Chapter 3 #2
Se acercó a la fuente y probó la temperatura del agua. Estaba fría: perfecta para un caluroso día de verano. Se quitó la ropa y se metió dentro, feliz de que no hubiera ningún mortal ocupándola.
Se extendió en toda su largura y disfrutó de la serenidad de flotar como una hoja olvidada.
La copa del olmo se movía con la brisa, dejando huecos por los que se colaba el sol y que se sentían como besos en la piel.
Para Eilyn, el agua tenía el poder de lavar sus preocupaciones.
Le agradó comprobar que el agua mortal también poseía el mismo efecto.
Al fin y al cabo, ¿qué podían hacerles los humanos si no pagaban la deuda? Nada. Y su propia gente era razonable; estaba segura de que no habría elfo que simpatizara con Archimel cuando contaran en Ilendalië lo que había pasado. No había ningún problema. Todo estaba bien.
Se quedó un rato flotando, relajada, disfrutando de los pequeños fuegos que cruzaban su piel. Al menos, hasta que sintió movimiento en el agua. Unas perturbaciones que no tenían que ver con el chorro de la fuente.
Eilyn abrió los ojos.
―Oye, esto no está nada mal ―dijo Sylvan―. ¿Lo has encontrado tú sola?
El elfo estaba a su lado. Tumbado, desnudo, haciendo desbordar sus rizos por el murete de la fuente y orientando su torso hacia el cielo. Eilyn lo observó de arriba a abajo. Podía permitirse disfrutar de la única cosa perfecta que existía en aquella ciudad.
―De pura suerte. ―Su mano empezó a acariciarle el pecho por voluntad propia―. Me alegro de que contigo haya pasado lo mismo.
Sylvan sonrió.
―Se me hace difícil perderte de vista.
Eilyn amplió el rango de sus caricias.
―Tiene un aire a las termas de casa, ¿no te parece?
El elfo ladeó la sonrisa. Entonces se giró, agarró a Eilyn por la cintura y la hizo flotar hacia sí. El fuego que sintió la elfa no tuvo nada que ver con el sol.
―Para que fueran las termas ―dijo el elfo―, tendría que haber un poco de esto.
Eilyn sintió los labios de Sylvan. Suaves. Húmedos y cálidos. Perfectos.
Las manos de Eilyn se aventuraron a recorrer otras partes del cuerpo del elfo. Los músculos tensos, como fieras contenidas. La piel suave como el mármol. Una dureza que amenazaba con descontrolarse.
Sylvan respondió con sus propios movimientos; un contrapunto de roces en lugares específicos. Caricias que liberaban gemidos en Eilyn, como si de un instrumento se tratara. La elfa sonrió, feliz por la expectativa de terminar con tantos días de abstinencia.
El roce de sus manos se convirtió en un baile. Se mantuvieron flotando el uno junto al otro en aquel pequeño espacio, separando sus cuerpos y volviéndolos a atraer. Encontrándose y alejándose. Abriendo un apetito voraz y dejándolo insaciado. Pero siempre creciente.
El agua empezó a agitarse, bullendo de la pasión que estaba acogiendo. Eilyn se sentó a horcajadas sobre Sylvan y buscó sus ojos verdes. En ellos encontró toda la vida que faltaba en aquel mundo gris.
Sin embargo, enseguida advirtió que no eran los únicos ojos que la observaban.
Las personas de la plaza miraban ahora hacia la fuente. Los estudiaban con expresiones intensas, indescifrables para Eilyn. Una parte de ella se preguntó por qué miraban tanto. La otra sintió un nuevo impulso ardiente al percibir todos aquellos ojos encima. Por fin digna de ellos.
Dejó de preguntarse y se concentró en sentir. No había admiración ni devoción en sus miradas; había algo más intenso. Y si aquellos ignorantes mortales tenían curiosidad acerca de qué podían hacer dos elfos juntos, ella se lo iba a enseñar.
Sonrió mientras se acomodaba sobre el cuerpo de su compañero. Agarró el pene de Sylvan y lo guio hacia su interior. Un incontrolable gemido de placer escapó de su garganta.
Mantuvo los ojos abiertos para captar las reacciones de sus observadores. La mayoría giró la cabeza, aunque las miradas, furtivas, se mantuvieron. En Ilendalië ningún elfo habría pestañeado al ver a otros intimando. Allí, sin embargo, el sexo parecía ser objeto de una avergonzada veneración.
No le disgustó en absoluto.
―¡Bendita luz de las puras miradas de los inmortales olvidados! ―Una voz se alzó sobre el murmullo del agua―. ¡Ay mi madre! No, no, no… ¡Esto sí que no!
Como si fuera el fin abrupto de un sueño, la gente se giró y Eilyn sintió su fuego apagarse.
Encontró a Leoncia corriendo hacia ellos, sujetando una gran sábana como si quisiera pescar un banco entero de peces con ella.
En cuanto les tiró la tela encima, a Eilyn le quedó claro quiénes eran la captura.
―¿Cómo se os ocurre desnudaros y…? ¡Bendita luz!
Los sacó del agua a tirones, exhibiendo una fuerza inesperada en un cuerpo tan blando y pequeño. Una vez fuera, los terminó de envolver en la tela mojada.
―Me van a despellejar por esto ―se quejó la monja―. Me van a hacer limpiar las suelas de los zapatos de todo el obispado con la lengua. ¿En qué estabais pensando?
Eilyn se dejó cubrir, más curiosa que enfadada, sin entender cuál era el objetivo de toda aquella maniobra.
Las miradas de los observadores habían vuelto a recaer sobre Sylvan y ella, solo que esta vez el brillo de la lujuria estaba casi apagado.
Algunos habían comenzado a moverse, incómodos. Otros empezaban a murmurar.
―¿Qué pasa, Leoncia? ―preguntó Sylvan―. ¿Va todo bien?
La monja los hizo caminar a empujones.
―Me van a desterrar, me condenarán a vagar por los desiertos ―murmuró―. Blasfemia. Y de las gordas. ¡Y en mi primer día!
―Creo que hemos hecho algo mal ―susurró Eilyn a su compañero.
―Oh, sí. ¡Una blasfemia como un castillo!
Avanzaron dejando un rastro húmedo sobre los adoquines. Se acercaron entonces a una de las salidas de la plaza, bloqueada por un pequeño grupo de curiosos.
―¡Apartad si no queréis que os ahogue de uno en uno! ―chilló Leoncia.
La gente abrió un pasillo al momento.
Eilyn se dejó dirigir, aún envuelta en tela mojada. Volvió a observar los rostros, que ahora teniéndola tan cerca apartaban la mirada, avergonzados. ¿Cómo era posible?
Caminó entre ellos como si hubiera vuelto a ser invisible. Ningún roce, ninguna palabra, ninguna mirada. Se había convertido en aire.
Sin embargo, cuando estaban a punto de abandonar la plaza, sintió una presión en la palma de su mano. Algo frío, metálico. Volvió a repetirse hasta en dos ocasiones más. Y Eilyn sospechó que habría ocurrido más veces, de no ser porque Leoncia avanzaba como un caballo encabritado.
No se detuvieron hasta llegar al apartamento. Así, cuando la monja los liberó de su prisión de tela, Eilyn se permitió abrir el puño.
Sujetaba tres pulidas monedas. Tan brillantes como la idea que acababa de formarse en su mente.