Chapter 3
El gorgoteo que hizo Leoncia al sorberse los mocos provocó otra mueca de asco en Eilyn. Era un sonido que la elfa no había escuchado en la vida. Curiosamente, en los pocos minutos desde que abandonaran la comisaría ya lo había oído cinco veces.
―… y la madre Sela me dijo «ve tú, ve tú, que hoy no me siento muy bien» ―continuó Leoncia.
La voz temblando, los pasos rápidos para adaptarse al ritmo de los elfos―.
Ella quería que las rosas fueran rojas y la madre Camila las quería blancas para el desfile.
Para simbolizar la ascensión de los Aëthilile, ¿sabéis?
―Ya, claro ―respondió Sylvan, seguramente sin tenerlo nada claro.
―Al obispo Archimel no le podía dar más igual. ―Leoncia se secó las lágrimas con el dorso de la mano―. Me estaba diciendo que no lo molestara con eso cuando le avisaron de que estabais con el alguacil. Pero aún tenía que hablarle de lo de los geranios. Yo solo soy una monja, ¿sabéis? Y… y…
Volvió a sorberse la nariz.
«Seis», pensó Eilyn.
―… y ahora tengo que asegurarme de que dos inmortales del Bosque paguen una deuda de miles de marcos con la Iglesia.
Le sobrevino un nuevo estallido de lágrimas.
Eilyn se fijó en los paseantes. Los que los observaban con disimulo giraban la cabeza cuando la elfa los observaba de vuelta. Otros directamente realizaban un esfuerzo descomunal para evitar mirarlos. Todos se apartaban de su camino. Ni una sola de las reverencias prometidas.
Supuso que ya se había corrido la voz sobre su caída en desgracia.
Leoncia los guio por la ciudad mientras lloraba y balbuceaba. Recorrieron plazas, puentes y mercados. Finalmente, se internaron en una zona de edificios apiñados, suelo de tierra y olor viciado. La monja lo llamó suburbio.
Atravesaron una callejuela y se detuvieron frente a una puerta. Leoncia la abrió y subieron tres tramos por unas escaleras quejumbrosas de madera muerta.
―Este es el apartamento de mi tía ―explicó, mientras sacaba la llave. La puerta hizo clack clack ―. Lo heredé hace dos años. Yo vivo en el convento, pero suelo pasarme a regar las plantas.
Entraron al piso y Eilyn divisó el montón de tallos ennegrecidos al que Leoncia se había referido como plantas. La elfa negó en silencio. Por lo menos, les entraba algo de sol.
Sylvan se acercó a la ventana y miró por ella. El bullicio de la ciudad llegaba algo más apagado hasta esa altura, pero seguía presente. Eilyn empezó a sospechar que no había un solo lugar silencioso en toda la ciudad.
―¿Todos los mortales vivís en sitios como este? ―preguntó el elfo.
―Solo los que no somos ricos, lord Sylvanor ―respondió Leoncia.
Su voz empezó a quebrarse por momentos―.
Que en realidad, bueno… Somos la mayoría.
―De repente se lanzó al suelo y se arrodilló―.
Siento no poder ofreceros nada más digno, inmortales del Bosque.
Humillaros de esta manera es una vergüenza que llevaré conmigo toda la vida.
Sylvan miró a Eilyn con expresión confusa. La elfa se encogió de hombros.
―Como reverencia no está mal.
―En realidad, es mejor de lo que esperaba ―dijo Sylvan―. El alojamiento, digo. Antes de venir aquí pensaba que vivíais en agujeros en el suelo.
―Sí, podría ser peor ―coincidió Eilyn.
La elfa hizo un gesto a Leoncia para que se levantara. Esta obedeció, se sacudió el hábito y respiró hondo. Se tomó unos instantes para calmarse. Entonces terminó de enseñarles el apartamento.
Había dos estancias. La principal contaba con una mesa, varias sillas, las plantas torturadas, un pequeño hogar y un hueco en la pared tapado con una cortina que hacía de despensa. La otra estaba recargada con muebles y cajas. El resto del espacio lo ocupaba un colchón grande.
―El excusado es comunitario y tendréis que ir a la planta baja para… bueno, eso ―dijo Leoncia―. Rita, la del primero, suele cocinar para algunos de los inquilinos. Gestionaré con ella lo de la comida.
Eilyn asintió. Decidió no preguntar qué era un excusado; sonaba a cosa asquerosa de mortales.
Prepararon unas infusiones y se sentaron a la mesa. La piel de la monja fue recuperando el que parecía su color sonrosado habitual. Quizá, con suerte, aún pasarían unos cuantos minutos antes de que le sobreviniera otra crisis.
―Bueno, tenemos que comentar lo de la deuda ―dijo Leoncia―.
¿Qué sabéis hacer? ―Sylvan fue a responder, pero la monja siguió hablando―.
Algo para que os paguen por ello, me refiero.
Aquí la gente tiene empleos especializados.
Lavar la ropa, forjar el hierro, fabricar zapatos, sembrar y recoger la cosecha…
Sylvan y Eilyn se la quedaron mirando, en silencio.
―¿Hay gente que lava la ropa? ―preguntó Sylvan.
―Esto… ¿cómo hacéis en el Bosque cuando se os ensucia?
―La verdeseda no se ensucia ―Eilyn se señaló la blusa. A pesar del polvo del camino, seguía impecable.
―Y tampoco sé por qué lo llamáis el Bosque ―dijo Sylvan―. Ilendalië tiene un montón de biomas. Hasta desierto, ¿lo sabías?
―Porque la frontera entre nuestras tierras y las suyas es un bosque ―dijo Eilyn―. Y pocos han ido más allá.
―Ah, pues eso es…
Leoncia levantó las manos, reclamando atención.
―¿Y la comida? ¿No tenéis campesinos que hagan la siembra?
―Las plantas nos proveen ―dijo Sylvan―. Todo crece solo.
―¿Y quién hace vuestras casas?
―Los cantantes de la piedra y los conversadores de árboles.
―Eso no va a funcionar aquí ―avisó Eilyn.
Leoncia asintió con lentitud.
―¿Y la ropa?
―Las arañas y los gusanos ―dijo Sylvan.
Leoncia torció el gesto.
―¿Y los zapatos?
Eilyn levantó un pie y lo colocó sobre la mesa. Estaba desnudo, pero inmaculado y suave a pesar del largo viaje.
―Yo sé hacer nudos élficos ―dijo Sylvan, mostrando su anillo entretejido.
―Es hilador ―especificó Eilyn―. Y muy bueno, además.
―Y también dibujo.
―Eso no lo hace tan bien ―aclaró la elfa.
La monja asintió despacio.
―Me temo que ser hilador no te servirá de mucho por aquí ―dijo. Señaló el anillo―. Pero quizá quieras vender eso.
Sylvan escondió la mano más rápido que si se hubiera quemado.
―Espero que lo hayas dicho en broma ―dijo Eilyn.
Leoncia volvió a ruborizarse.
―En cualquier caso, sois más fuertes y veloces que el grueso de los mortales, ¿verdad? ―continuó―. Os pagarían muy bien por echar una mano en la construcción. O a los caravaneros, o a los estibadores en el puerto fluvial. Con suerte, en un mes…
Eilyn no pudo evitar poner una mueca de horror. Debió de ser tan evidente que Leoncia dejó de hablar.
―Aquí estamos ignorando lo obvio: y es que no hemos abandonado Ilendalië para convertirnos en bestias deslomadas.
―La elfa señaló a Sylvan―. Ya he asumido que no veré las maravillas que me prometió este y que los humanos no nos venerarán como imaginaba, pero la lista de asunciones se acaba aquí.
Prefiero volver y reconocer que nos hemos metido en un lío, o incluso mandar a la mierda a la Iglesia Élfica, a rebajarme a trabajar como un mortal.
Sylvan tuvo la decencia de parecer compungido mientras escuchaba. Leoncia cambió el rubor por la palidez.
―No será para tanto, Eilyn ―dijo el elfo―. Trabajaremos unos cuantos días, saldaremos la deuda, retomaremos nuestro viaje y regresaremos a Lindeburgo a tiempo para el Alto Cónclave. ¿Verdad, Leoncia?
La monja lanzó una mirada lastimosa al elfo.
―Me temo que no funciona así…
Procedió entonces a explicar el sistema económico humano. Jornadas de trabajo, salarios medios y precios. Al terminar, la expresión de Sylvan estaba tan descompuesta como la de Eilyn.
La elfa se levantó.
―Necesito ir a darme un baño ―dijo―. No puedo más con esto. ¿Hay algún arroyo por aquí cerca?
―Tras la puerta norte, al final de la calle del correo ―respondió Leoncia―. Te ayudaré a…
Eilyn la detuvo con un gesto de la mano.
―¡No! Estoy harta de ayuda, de ruidos desagradables y de… ―Señaló la sien de Leoncia―. … de vuestras orejas pequeñas y redondas. ¡Luz de estrellas! Necesito tranquilidad.
Eilyn salió del apartamento y cerró la puerta con más fuerza de la que pretendía.
Bajó los tramos de escaleras y llegó a la calle.
Caminó entonces hacia la dichosa puerta norte, huyendo de la tormenta que se estaba desatando en su cabeza.
¿Cómo se había dejado convencer para ir allí?
¿Y cómo podía haberse ido todo al desastre tan rápido?
«Quizá lo mejor sea volver a Ilendalië ―pensó―. Y no salir de allí jamás».
La presencia de los mortales correteando por aquel laberinto la distrajo de sus pensamientos.
Pequeños, enclenques y de miradas nerviosas que posaban en cualquier lugar salvo en ella.
Eso era como llamar la atención sin ninguno de los beneficios de…
bueno, de llamar la atención. Si al menos trataran a Eilyn con la deferencia que merecía, podría hacer el esfuerzo de vivir en aquel nido de ratas.
¿No se supone que era una especie de diosa, o algo así?
«Quizá no», pensó. Se le hacía muy raro que los dioses tuvieran que pagar deudas.
Llegó a una parte más calmada y antigua de la ciudad. Lo más probable es que no estuviera ni cerca de la muralla norte, ya que Eilyn había caminado en ascenso y sin prestar atención a sus pasos. Sin embargo, no le disgustó lo que vio.
Arcos y columnas. Estatuas y relieves. Enredaderas serpenteando por la roca vieja. Escuchó entonces el sonido de una fuente. Lo siguió a través de calles de suelo adoquinado. Por alguna razón, le recordó a la calma del hogar.
El arrullo terminó llevándola hasta una plaza.
Allí encontró una fuente de aguas claras, amplia, de planta octogonal.
Un olmo viejo, cuya enorme copa cobijaba la plaza del intenso sol vespertino, crecía justo al lado.
Los pocos mortales que había por allí desperdigados hablaban silenciosamente, sentados en bancos.
A Eilyn le gustó. De hecho, parecía mejor que cualquier arroyo que pasara cerca de una ciudad humana.