Elf P*rn Chapter 2
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Chapter 2

―El asunto es que unos poderosos transmutadores andan sueltos por vuestras tierras ―dijo Sylvan, casi atragantándose con las palabras―. Pensaba que los humanos tenían vedado el acceso a esos poderes, pero… Luz de estrellas… ¡Esto es un uso muy negligente de la magia!

El alguacil se reclinó en su silla. Torció el gesto y movió su poblado bigote de lado a lado, como si quisiera espantar moscas con él. Una de las numerosas lecciones que había aprendido Sylvan aquel día era que el alguacil era a quien ibas cuando desaparecían tus cosas.

El hombre soltó un cansado suspiro antes de hablar.

―Veamos si lo he entendido: ibais camino a la ciudad cuando un grupo de gente se ofreció a cargar vuestras pertenencias. Después os las devolvieron y se marcharon. Fue en mitad del mercado cuando descubristeis que todo lo que guardabais en el interior de vuestros fardos había desaparecido.

―Transformado en tierra, piedras y palos ―corrigió Sylvan.

―¿Algún detalle más sobre cómo eran esos oportunos acompañantes?

―Eran bastante simpáticos. O al menos lo parecían, porque…

―Eran feos y sucios ―interrumpió Eilyn. La mirada del alguacil voló hacia ella―. Uno llevaba un laúd.

―¿Algún rasgo en particular?

―El líder tenía cierta complexión granítica.

El alguacil no supo cómo reaccionar ante esa información.

―¿Y los demás?

La elfa se encogió de hombros.

―Todos ellos parecían… bueno, mortales. Vaciaban a menudo sus vejigas.

―Ya…

Se escucharon unos golpes tras la puerta y acto seguido se abrió. Un adolescente larguirucho entró en la estancia, le dijo algo en voz baja al alguacil y salió corriendo.

―Señor ―intervino Sylvan, harto de que se desviaran del punto clave―. Son capaces de llevar a cabo hechizos de transmutación de materia. Ese es el rasgo más particular y peligroso que…

―Mis disculpas, inmortal del Bosque ―interrumpió el hombre―, pero sospecho que cuando iban a vaciar sus vejigas, en realidad vaciaban vuestros macutos.

Un vergonzoso silencio inundó la sala.

―Vaya… ―murmuró el elfo.

―Seguramente estaban compinchados con más gente escondida entre los matorrales.

―¿Y podrás recuperarlas? ―preguntó la elfa―. Nuestras cosas, digo.

El hombre soltó una ligera risa. Sylvan no entendió el chiste.

―Lo dudo, dama inmortal. A estas alturas, esas riquezas ya estarán bien lejos de aquí.

Eilyn asintió, estoica. Sylvan hundió los hombros.

Al parecer, ese era el hombre al que ibas cuando te desaparecían las cosas, pero no quien las recuperaba.

¿Quizá habría otra persona encargada de ello?

El elfo agradeció al menos haber conservado la faltriquera donde guardaba los utensilios de dibujo.

Ah, y las nueces. Se llevó una a la boca.

―Os recomendaría ser más cautelosos ―continuó el alguacil―. Los mortales tendemos a estar algo… corrompidos. La existencia de mi trabajo es la prueba de ello.

Esa era otra de las cosas que había aprendido Sylvan en su primer día entre los mortales. Y que comprar una herradura por diecinueve marcos era un timo. Y que un timo es una cosa que es mejor evitar que te pase. El elfo pensó que quizá debería ir apuntando todo eso en el cuaderno.

―¿Y qué haremos ahora? ―preguntó Eilyn―. ¿Qué hace aquí la gente cuando no le queda dinero?

El alguacil se rascó el bigote.

―Habitualmente, mendigar. ―Sylvan quiso preguntar qué era eso. Sin embargo, el hombre siguió hablando―. Pero supongo que no sería adecuado para vosotros… ―Negó para sí―. Olvidaos de eso. Enseguida vendrá alguien que podrá ayudaros.

Eilyn alzó la cabeza, alterada.

―No queremos más…

―¿Quién? ―preguntó Sylvan.

Empezaron a escucharse pasos tras la puerta. Unos pasos lentos, cadenciosos y exigentes que dominaban y sometían el suelo. El contrapunto de otros pasos inseguros y saltarines casi pasaba desapercibido.

―Ah, justo a tiempo… ―murmuró el alguacil.

Una figura apareció en la estancia, alta y sombría como un árbol alcanzado por un rayo. El hombre sonreía, pese a que las comisuras de la boca se negaban a curvarse hacia arriba. Una visión curiosa.

A su lado había otra humana: bajita y algo entrada en carnes, de cabello y ojos oscuros. Su absorta mirada saltaba entre los dos elfos como un pez luchando por volver al agua. Ambos vestían raro. Pero claro, para Sylvan todo el mundo allí vestía raro.

La mujer se inclinó en una exagerada reverencia.

―Hermana Leoncia, por favor, contrólate ―ordenó el recién llegado.

Dirigió entonces a los elfos una sonrisa de disculpa; apenas una leve variación en las arrugas de su boca―.

Dama Eilynwen y lord Sylvanor, inmortales del Bosque.

Soy el obispo Archimel, fiel servidor de vuestra iglesia, guía espiritual de los mortales de Lindeburgo desde hace más de tres décadas.

Salvo error mío, no os esperábamos por aquí hasta el mes que viene, para la celebración del Alto Cónclave.

El hombre dejó la pregunta implícita tan clara que a Sylvan le pareció escucharla en su cabeza:

«¿Qué demonios hacéis aquí?».

―Queríamos aprovechar la ocasión para visitar las Tierras Mortales con más calma ―explicó el elfo―. Os enviamos una carta.

―A la que no se dio contestación ―respondió el hombre, borrando de golpe cualquier rastro de simpatía de su rostro―. Por una razón evidente.

Eilyn intervino.

―Hemos tenido un problema en el viaje…

―Y habéis perdido lo que traíais con vosotros ―completó el obispo―. Incluidos los obsequios a la Iglesia Élfica. Sí, ya me han puesto al día de todo.

Sylvan asintió, avergonzado. Eilyn mantenía la expresión ceñuda que reservaba a los humanos. Quizá, de hecho, con el ceño algo más pronunciado de lo habitual.

―El alguacil ha dicho que vendría alguien para ayudarnos ―dijo Sylvan―. ¿Eres tú?

―¿Ayudaros?

El obispo lanzó una mirada interrogante al alguacil. Este, apoyado sobre su escritorio, mostró las palmas de las manos.

―Algo habrá que hacer con estos dos.

―La Iglesia Élfica celebrará el Alto Cónclave dentro de un mes ―explicó el obispo, tensando la voz―.

Será el evento más importante que Lindeburgo acogerá en décadas; un momento clave de cambio para nuestra Iglesia.

Los cardenales vendrán desde todos los rincones de la civilización y los fieles llenarán las calles y las plazas.

Como podréis imaginar, la delicada planificación de este evento no contaba con la presencia anticipada de dos inoportunos elfos.

Las tres últimas palabras las expulsó haciendo pausas, como si quisiera aplastar cucarachas con ellas.

―Y, por si fuera poco ―continuó el obispo―, ahora tenemos que resolver el problema de la deuda.

Se hizo el silencio.

―¿Deuda? ―preguntó Eilyn.

―Los regalos de los inmortales del Bosque pasan a ser propiedad de la Iglesia Élfica nada más entrar en Tierras Mortales.

Eilyn y Sylvan se miraron.

―¿Ah, sí?

―Testimonios del Ocaso, sección cuarta, Libro de las Constelaciones del Códice de la Luz ―murmuró la mujer con voz temblorosa.

Todos la miraron durante un instante, como si se les hubiera olvidado que estaba allí. A Sylvan se le había olvidado, de hecho.

El obispo asintió.

―Sin dar más rodeos: debéis regresar al Bosque y traernos nuevas ofrendas.

―¿Cómo? ―El ceño de Eilyn se frunció aún más―. ¿Ahora que acabamos de llegar?

―¿Cómo si no coronaremos a los papas elegidos, ascenderemos a los nuevos cargos eclesiásticos, nombraremos a los nuevos amigos de los elfos…

? ―La expresión del obispo se volvió repentinamente piadosa―.

La Iglesia Élfica es una institución antigua y sagrada cuyos rituales son tan importantes como la misma fe que predica.

Rituales que se han llevado a cabo con exquisita pulcritud durante los últimos siglos.

Imagino que no querréis ser conocidos como los elfos que les pusieron fin.

Sylvan tragó saliva. Volver a Ilendalië nada más llegar a la ciudad era lo último que deseaba hacer. Y menos aún con la vergüenza que sería hacerlo en esas condiciones.

Retorció su anillo, contrito. Se lo había trenzado él mismo llevando sus propias habilidades al límite; sabía lo que era implicarse tanto en una creación. ¿Cómo iban a pedir a los artesanos que rehicieran las tiaras, las gargantillas, las vestimentas y los broches que habían perdido por el camino?

―No dará tiempo ―respondió Eilyn, simplificando en voz alta todos los pensamientos del elfo.

Y poniéndoles un poco más de confianza, ya de paso―.

Los artesanos no trabajan tan rápido. Y, como podrás imaginar, la delicada planificación de este evento no contaba con la inoportuna desaparición de los regalos.

El obispo frunció los labios hasta hacerlos desaparecer. Eilyn se cruzó de brazos. La mujer bajita hundió aún más la mirada en el suelo y el alguacil volvió a acariciarse el bigote, distraído. El silencio se extendió por la habitación como una capa de escarcha en una noche de invierno.

―En ese caso, tal vez podamos encontrar otra solución ―habló finalmente el obispo.

Se inclinó sobre el escritorio del alguacil. Tomó una pluma, papel y escribió algo en la superficie. Agitó el documento para que la tinta se secara y se lo tendió a los elfos.

Era un número seguido de un montón de ceros.

―El valor de las riquezas que habéis perdido es incalculable ―prosiguió―. Pero esta cantidad quizá ayude a paliar el dolor que habéis infligido a nuestra amada Iglesia.

Sylvan siguió observando el papel, esperando quizá que apareciera algo más.

―¿Qué debemos hacer con esto? ―preguntó.

―Ganarlo, mendigarlo, robarlo… ―El alguacil carraspeó. El obispo le lanzó una mirada retadora―. Mañana mismo viajaré a la Ciudad Papal a apagar los fuegos que ha ocasionado vuestra presencia. Volveré para la celebración del Alto Cónclave. A mi regreso, quiero esa cantidad de marcos esperándome.

Eilyn miró a Sylvan.

―Otra oferta de ayuda de los humanos que vuelve a salir mal. ¿Has visto?

―Sí, lo voy a apuntar. ―Sylvan sacó su cuaderno.

La elfa volvió a dirigirse al obispo.

―Aún no me queda claro por dónde debemos empezar.

―No es de mi incumbencia, dama inmortal. Pero os sugeriría buscar un puente con buena cobertura de la lluvia para establecer…

―¿Y el Palacio Episcopal, su gracia? ―interrumpió la mujer. Todas las miradas volaron de nuevo hacia ella―. Aún no ha llegado ningún cardenal y….

―Las habitaciones del Palacio están reservadas para miembros de nuestra Iglesia, hermana Leoncia ―respondió el obispo―.

Abades, arzobispos, sacerdotes, los sagrados árboles sobre los que orinó Liverna la Luminosa, portadora del Antalvalaï, e incluso las monjas atolondradas como tú.

Los inmortales del Bosque, pese a que los adoramos, no forman parte de ella.

―Curioso concepto de adoración… ―murmuró Eilyn, con la mirada puesta en su compañero.

El elfo se encogió de hombros.

―¿Y los visires de Huä que vinieron el año pasado, su gracia? ―insistió Leoncia―. Ellos eran paganos, y…

El rostro del obispo empezó a cambiar de color; del ceniza al granate. Sylvan observó con expectación esa curiosa transformación cromática. ¿Los mortales podían hacer eso?

―¡Leoncia! ―ladró, provocando que la mujer diera un pequeño salto.

Fue a decir más, pero algo que pasó por su cabeza le hizo detenerse―.

Enhorabuena; quedas encargada de ayudar a los inmortales del Bosque en lo que requieran hasta la celebración del Alto Cónclave.

―Levantó un dedo―. Sin hacer uso de uno solo de los activos de la Iglesia.

Confío en que, bajo tu sabio criterio y dirección, nuestros amigos élficos encontrarán la manera de devolver a tiempo lo que nos han quitado.

―¿Yo? ―murmuró la mujer. Comenzó entonces su propio proceso cromático hacia la palidez absoluta.

El hombre asintió, se dio la vuelta y se dirigió a la salida.

―Nos veremos dentro de un mes. Y espero que ya con todo en orden.

Un pesado silencio invadió la sala tras el portazo del obispo. Eilyn soltó un largo y cansado suspiro.

―Otra oferta de ayuda humana. ―Miró de nuevo a Sylvan―. ¿Qué opinas al respecto?

Sylvan miró a su vez a la tal Leoncia. La mujer, pequeña, pálida y temblorosa, había fijado los ojos en un punto del suelo y parecía incapaz de despegarlos de ahí. Eso terminó con las reservas de optimismo del elfo.

―Que pinta mal la cosa.