Chapter 1 #2
Los humanos del séquito se movilizaron como un enjambre de moscas y se repartieron la carga de Sylvan. El elfo tan solo conservó su faltriquera, de la que sacó su cuaderno para hacer un par de bocetos rápidos.
―¿Me permitís, dama inmortal?
Eilyn miró a su lado y encontró un humano especialmente enclenque ofreciéndose como bestia de carga.
La elfa lanzó un suspiro, se liberó de uno de sus macutos y lo dejó en las manos del mortal.
Repitió el proceso con una mujer enjuta y retorcida como un árbol seco.
Sintió entonces una ligereza liberadora.
Aunque no lo fuera a reconocer, era más agradable caminar libre de peso.
Se pusieron en marcha. Uno de los hombres sacó un laúd y empezó a arrancarle una melodía desafinada. El líder del séquito avanzaba a la par de los elfos. Los demás, cargados con todas sus cosas, los seguían a unos metros de distancia.
―¿Y qué asuntos traen a dos inmortales del Bosque con tanta antelación? ―preguntó el hombre.
―No siempre se tiene la excusa de pasar un tiempo entre los mortales ―respondió Sylvan―. Queremos visitar algunas de vuestras ciudades antes del Alto Cónclave.
El líder asintió.
―Ah, el Alto Cónclave… Yo era muy joven cuando se celebró el último, pero las historias de las festividades y los regalos que nos trajisteis aún llenan las tabernas. ―El hombre observó a Sylvan con interés―. ¿Estaremos a la altura este año?
El elfo se echó una nuez a la boca.
―Por supuesto. ―Señaló al cargado grupo con el pulgar―. Verdeseda, hierbaluna, artesanía de nudos élficos y piezas metálicas y brillantes, como os gusta a los mortales. Aunque a vuestras espaldas quizá no tanto.
El líder rio y el elfo lo imitó. Acto seguido, le dio un codazo a Eilyn. Ella respondió poniendo los ojos en blanco.
―Un pequeño sacrificio por el placer de satisfacer a los inmortales del Bosque. ―El hombre miró hacia atrás―. ¡Bardo! Toca «La muchacha baja al río».
El músico recibió la orden con un asentimiento y comenzó a hacer sonar otra melodía.
―¡Perdón! ―interrumpió uno de los hombres―. Tengo que parar a mear.
El líder le lanzó una mirada ceñuda, pero le permitió ir con un gesto. El hombre se escondió tras los arbustos del camino y regresó poco después. Esa era otra de las características inoportunas y escatológicas de los humanos que había aprendido Eilyn: tenían que vaciarse de vez en cuando.
Caminaron a ritmo lento, ultrajando el silencio con discordante música mortal, conversaciones insulsas y excusas para hacer nuevas paradas de vaciado.
Demasiadas, quizá, ¿pero qué iba a saber Eilyn de biología humana?
En cualquier caso, el poco entusiasmo que la elfa había conseguido recuperar estaba tan ausente a esas alturas como la higiene corporal de sus acompañantes.
―¡Bardo! ―gritó el líder―. Toca ahora la de «El caballo en la herrería».
―No, por favor… ―murmuró la elfa.
El músico comenzó entonces a interpretar una canción más rápida y estridente que la anterior. Sylvan, el muy imbécil, lo animó dando palmas.
Los minutos se arrastraron como gusanos apaleados hasta que las murallas de Lindeburgo aparecieron tras un recodo del camino. Eilyn no pensó que se alegraría tanto al verlas.
Minutos después, el líder se detenía junto al portón de acceso a la ciudad.
―Me temo que nuestros caminos deben separarse en este punto ―dijo―. Id al Palacio Episcopal, el obispo Archimel os recibirá allí. ―Se volvió hacia atrás― ¡Descargad!
Los ayudantes, sudorosos y agotados como parturientas, soltaron los fardos con expresión de alivio.
―¿Nos dejáis aquí? ―preguntó la elfa, esperanzada por la inminente marcha.
―Nos contrataron solo para traeros hasta aquí ―se excusó el hombre―. Cualquiera podrá indicaros cómo llegar al palacio. ¡Suerte en vuestro viaje, inmortales del Bosque!
Los elfos observaron a aquel pintoresco grupo hacer sus reverencias de despedida y caminar de vuelta a los campos. Sylvan los despidió alegremente con la mano. Eilyn prefirió guardarse la alegría dentro.
―¿Serán todos tan simpáticos? ―preguntó el elfo.
―Espero que no ―respondió la elfa.
Cruzaron el portón y dieron a parar a una amplia plaza gris y pétrea. Muy pétrea. Demasiado.
El suelo era de roca. Las paredes eran de roca.
Las colinas, altas y repletas de torres, se alzaban ahogadas bajo construcciones de roca.
Los puestos de los mercaderes estaban construidos con una madera tan muerta que bien podría ser roca.
Los duros y ajados rostros de los mortales, que se repartían por cada rincón de la plaza, también.
No había un solo árbol en todo el espacio.
Aunque, de haberlo, Eilyn estaba segura de que apenas habría sabido pronunciar su nombre.
―Luz de estrellas… ―murmuró Sylvan, sonriendo. Aquel elfo y su condenado entusiasmo…―. ¡Es genial, Eilyn! ¿Has visto cuánta gente? ¿Y cuántas frutas y telas y…? ―Se señaló la oreja―. ¿Qué me dices del ruido? Seguro que nunca has escuchado tanto estrépito, ¿a que no?
Eilyn intentó no horrorizarse. Trató de poner la misma expresión que Sylvan, pensando que tal vez así absorbería parte de su estado de ánimo. Aparte de terminar de horrorizarse, solo consiguió sentirse estúpida.
En la plaza empezaron a atraer miradas, aunque esta vez solo provocaron murmullos y alguna que otra reverencia. Por suerte, la gente de la ciudad parecía ir más a sus cosas. Incluso les abrían pasillos por los que avanzar entre el gentío. Eilyn lo agradeció.
―¿No deberíamos ir directos al Palacio Episcopal? ―preguntó.
Para su consternación, el uso que daba Sylvan a los pasillos era para acercarse a los puestos en vez de alejarse de ellos. A cada paso que daban, más se hundían entre la multitud y el ruido.
―Solo un ratito y nos vamos. ¿Te parece bien?
La elfa soltó un suspiro exasperado por respuesta. Sylvan se saltó una cola entera de personas frente a uno de los puestos, ignorando las miradas de reproche.
―Buen día, amigo mortal ―saludó al confuso mercader―. Querría intercambiar eso.
El mercader miró donde señalaba el elfo.
―¿Una herradura, inmortal del Bosque?
―¿Se llama así esa artesanía humana? ―El mercader asintió, dubitativo―. Será la primera adquisición para mi colección. ―Sylvan se llevó la mano al bolsillo y mostró su contenido―. Te puedo dar unas nueces a cambio. O quizá…
―Las piezas de metal, Sylvan ―interrumpió Eilyn―. Los mortales comercian con eso. ¿Verdad, humano?
El mercader dio un tímido asentimiento.
―Así es, dama inmortal. Lo llamamos… humm… dinero.
―Ah, dinero, cierto. ―Sylvan se quitó uno de los fardos. De repente recordó algo―. También nos dijeron que nunca había que aceptar la primera cifra que nos pidieran por el intercambio. ¿Recuerdas, Eilyn?
La elfa asintió.
―Recuerdo.
―Bien, pues, mercader. ¿Cuál es esa cifra?
―Humm… ¿Veinte marcos, lord inmortal? ―preguntó el hombre, que no terminaba de salir de su estado de confusión.
―Vaya, lo veo un poco excesivo… ―respondió el elfo.
Eilyn se abstrajo de la negociación, previendo que el «ratito» de Sylvan se extendería más de lo prometido. Dirigió entonces su mirada hacia las alturas.
Sí, las construcciones estaban hechas de roca muerta, pero poseían la extraña belleza de las cosas sin vida.
Como un retrato o una escultura, quizá. Los humanos se dejaban ver entre las ventanas, colgando la ropa al sol y hablando a gritos con sus vecinos o con los paseantes.
Era un caos; pero un caos exótico y, en cierta medida, atrayente.
¿Serían así Fuentestrella, Monteclaro y el resto de ciudades que planeaban visitar? ¿Se acostumbraría en algún momento a…
―Eh… Eilyn ―llamó Sylvan. Eilyn dirigió su mirada hacia él―. ¿De dónde ha salido esto?
El elfo sujetaba su macuto de manera que mostraba su interior a la vista. Un interior rebosante de piedras y grava; nada que ver con el contenido original. ¿De dónde…?
De repente, una amarga intuición se apoderó de Eilyn. Colocó sus propios fardos en el suelo y los fue abriendo de uno en uno. Un peso plomizo se le instaló en el estómago.
Descubrió que no solo la plaza estaba hecha de roca. Al parecer, también sus posesiones.