Elf P*rn
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Chapter 1
Eilyn jamás había visto unos árboles tan estúpidos. Se lo habían avisado, por supuesto. Le habían repetido hasta la saciedad que fuera de Ilendalië las cosas eran más lentas, más sucias o más apagadas. A veces, incluso, todo a la vez. Pero no había esperado que tanto.
―Luz de estrellas… ―murmuró para sí, consternada―. ¿Cómo pueden vivir así?
Sylvan caminaba a su lado. Había optimismo en su despreocupado tarareo, en su pose, en su expresión… Hasta en las huellas que dejaba en la tierra del camino. Aquel maldito elfo irradiaba todo lo que Eilyn había perdido desde que llegaran a las Tierras Mortales.
―¿Quiénes? ―preguntó.
―Los árboles. ¿Quiénes van a ser?
La mirada de Sylvan saltó al castaño medio pelado que crecía junto al camino.
―¿Y por qué hablas con ellos?
―Eso mismo me pregunto yo…
Apenas había pasado… ¿cuánto, tres días?
Tres míseros días y Eilyn ya echaba de menos Ilendalië.
Allí todo tenía la viveza que le correspondía.
El arroyo cantaba, el cielo refulgía y los árboles mantenían conversaciones interesantes.
En las Tierras Mortales, estos últimos eran apenas palos grandes con hojas.
¿En qué momento había pensado que irse de casa era una buena idea?
«En el que Sylvan me contagió su entusiasmo», se respondió a sí misma.
Al parecer, la Trinidad Papal de la Iglesia Élfica se había disuelto y los mortales esperaban celebrar un Alto Cónclave para restablecerla; con cardenales que tardaran algo más en morirse, a ser posible.
En opinión de Eilyn, era insostenible tener a los elfos yendo y viniendo para presenciar la celebración cada dos o tres décadas.
Sin embargo, si algo caracterizaba a los humanos eran dos cosas: sus tradiciones estúpidas y la mala costumbre de morir por el simple paso del tiempo.
―¿Estaremos ya cerca de la ciudad? ―preguntó Sylvan.
Eilyn tardó unos instantes en darse cuenta de que hablaba con ella.
―Deberíamos estar a unas horas.
El elfo paseó la mirada por los campos, como si buscara algo sin mucho ahínco.
―¿No debería entonces haber más mortales cerca?
La elfa imitó el gesto de su compañero.
―Supongo.
―Aún no hemos visto a ninguno.
―Mejor.
Eilyn tenía las mismas ganas de cruzarse con humanos que de comerse una piedra cocida.
―¿Qué dice el mapa? ―preguntó.
―¡Ah, el mapa!
Sylvan bajó al suelo sus macutos y empezó a abrir y a cerrar bolsillos. Dio con el mapa y se lo tendió a Eilyn. Ella lo tomó entre los dedos, sin saber bien qué hacer con él; teniendo árboles y estrellas, a nadie en Ilendalië se le habría ocurrido la absurda idea de orientarse con un papel.
En cuanto su compañero terminó de cargar los bultos, se lo tendió de vuelta. Él lo manoseó un rato antes de asentir.
―Sí. Creo que vamos bien.
Retomaron el avance. Sylvan había sacado un puñado de nueces peladas y se las echaba de una en una a la boca. Cómo podía tararear mientras tragaba era un misterio que quedaba fuera de la comprensión de Eilyn.
―Tengo ganas de llegar ―dijo el elfo.
―Yo de volver.
Sylvan la miró.
―Pues antes te parecía buena idea lo de ser adorada.
Sí, eso era lo que la había convencido en un primer momento.
¿Quién no querría hacer una visita a una civilización cuyo sistema de fe giraba en torno a los de su clase?
¿Quién no quería alzarse como un dios entre seres inferiores?
Sonaba bien en teoría. En la práctica, Eilyn empezaba a sospechar que la cosa sería muy diferente.
―Pues tendrán que adorarme mucho, me parece a mí.
―Aëdril y Silenna volvieron encantados del último Alto Cónclave. Tendrías que haber visto sus caras de envidia cuando les dije que nosotros íbamos con más antelación.
La elfa observó el movimiento de sus pies. En su momento, la idea de ir antes de tiempo también le había parecido atractiva. Pero eso había sido antes de ver dónde se estaba metiendo.
―Un mes entero se me va a hacer…
―¡Luz de estrellas! ―interrumpió Sylvan―. ¡Mira, Eilyn!
La elfa alzó la vista, preparada para el inminente peligro. Lo que encontró, sin embargo, fue la mirada absorta de un campesino sorprendido en plena faena. El hombre, comprendiendo que se había convertido en el centro de atención, dedicó a los elfos una burda y apresurada reverencia.
Sylvan se detuvo. Sacó entonces su cuaderno de dibujo y carboncillo y comenzó a retratarlo. El mortal se quedó quieto, como un ciervo deslumbrado. Una vez terminado el boceto, Sylvan se despidió del hombre con un gesto.
―¿Estarán todos tan… torcidos? ―preguntó Eilyn en voz baja, una vez retomaron la marcha. La expresión agria en su rostro la acompañó unos metros más.
―Son como piedras, ¿verdad? ―Sylvan dio un par de retoques al dibujo mientras caminaba―. Pequeños, achaparrados, nudosos. Escondidos bajo sus mantos…
La elfa asintió.
―Como patatas olvidadas en el fondo de un saco.
―Exacto.
Eilyn volvió a mirar hacia atrás. El campesino, concentrado en su trabajo, horadaba la tierra bajo el peso de unos mantos gruesos y descoloridos.
―¿No pasarán calor?
―Ni idea.
Tanto Sylvan como ella vestían blusas de verdeseda, que se sentían como un sutil y fresco contacto en la piel.
En un día caluroso de verano como aquel, no veían necesidad de ponerse nada más.
En todo caso, deberían ir con menos. Pero, que supiera Eilyn, en las Tierras Mortales no estaba bien visto viajar sin ropa.
Pocos metros más adelante volvieron a encontrarse con otro humano: una hembra, esta vez, más pequeña y achaparrada incluso que el campesino que acababan de dejar atrás.
La mujer dejó escapar un grito, soltó sus herramientas y se arrodilló en el mismo suelo que estaba arando.
Eilyn se fijó en su rostro enrojecido, en los mechones de cabello empapados y en la película brillante que le cubría el cuello.
Sylvan, al parecer, se estaba fijando en lo mismo.
―¿Por qué brilla? ―preguntó.
―Es sudor ―respondió Eilyn, sintiendo cómo su expresión volvía a agriarse.
Durante sus últimos días en Ilendalië se había documentado sobre los humanos.
Había sido poco, pero estaba segura de que era más que lo que había leído Sylvan en todos sus siglos de vida.
Y, curiosamente, la mayoría de las cosas versaban sobre lo escatológico―. Creo que lo expulsan para… algo.
Enseguida aparecieron más; hombres y mujeres que detenían su trabajo y los observaban con diferentes grados de fascinación. Niños que señalaban y corrían desde lejos. Incluso un anciano; uno de esos mortales marchitos que perdían el color. Sylvan centró su atención especialmente en este último.
―Es todo tan diferente… ―murmuró, entusiasmado.
Eilyn observó a los humanos de vuelta. Tan endurecidos y a la vez tan frágiles. Viéndolos era fácil comprender por qué podían venerarla.
De repente se sintió diferente. Elevada. Mejor.
Desfiló ante sus adoradores y disfrutó de sus miradas. Expuesta. Dominante. Se soltó las elaboradas trenzas y dejó ondear en la brisa su largo cabello cobrizo. ¿Qué veían cuando la observaban? ¿Qué sentían cuando ella los observaba de vuelta?
Sintió entonces la chispa de un fuego en algunas de esas miradas. No lo suficiente como para poder quemarla, pero sí para encenderla. Le vino a la mente otra cosa inesperada que echaba de menos de Ilendalië: algo que esperaba no haber dejado atrás.
Sintió la acuciante necesidad de sentir el roce de un cuerpo. Anhelaba despojarse de las responsabilidades y hundirse en un mar de sensaciones. Necesitaba vida. Si en Ilendalië se hubiera topado con un coro de observadores tan entregados, ya habría tumbado a alguno de ellos. O a más de uno, quizá.
Pero quienes tenía alrededor eran mortales.
Criaturas retorcidas. Seres-patata. Tan diferentes de ella y tan ajenos a su líbido como un palo a una serpiente.
Por suerte, tenía otro fuego en el que poder consumirse: uno que había traído consigo y que caminaba a su lado.
Uno que no se extinguiría si ella se desataba. Sylvan.
Miró a su compañero y se encontró con que él la observaba de vuelta. Eilyn se perdió en sus rizos oscuros y en sus ojos primaverales. Se deleitó con sus músculos tensos y con la forma de la clavícula sobre su pecho. Se encendió aún más con su sonrisa desenvuelta.
―Tal vez deberíamos buscar un sitio apartado ―sugirió, acercando su cuerpo al del elfo―. Nos merecemos hacer un alto, ¿no te parece?
Sylvan ensanchó su sonrisa y asintió con rotundidad. Con los preparativos y el viaje, ambos habían sufrido unos cuantos días de forzada abstinencia. Algo completamente inaceptable.
―He visto antes un claro que…
Una voz al frente los interrumpió.
―¡Bendiciones para los inmortales del Bosque!
Eilyn y Sylvan alzaron las miradas, más curiosos que molestos. ¿Qué clase de criatura se atrevía a interrumpir la intimidad de su momento?
Encontraron un grupo de humanos sonrientes y andrajosos frente a ellos.
El que parecía el líder dio un paso adelante.
Tenía la misma altura que Sylvan, pero ahí acababan las semejanzas.
El tipo parecía un bloque de granito desprendido de la cima de una montaña y vapuleado en su caída hasta un estercolero.
―Nos envían a escoltaros hasta Lindeburgo ―dijo este―.
Bien se sabe que estas tierras indignas pueden ser confusas para las puras gentes del Bosque.
―El humano miró hacia atrás, esperando confirmación.
Los hombres y mujeres de su séquito asintieron con vehemencia―.
Estamos dispuestos a ofreceros cualquier tipo de ayuda.
Eilyn frunció el ceño, ahora sí, molesta por sufrir una interrupción tan absurda. El día que necesitara ayuda de un mortal, se despeñaría por el mismo precipicio que el señor bloque-de-granito.
―¿Has visto, Eilyn? ―Sylvan la miró un instante, entusiasmado―. ¡Esto es tener suerte!
La elfa respondió con un bufido.
―Lindeburgo está a unas pocas horas de aquí ―dijo el hombre―. Nos honrará acompañaros este último trecho del camino. ¡Compañeros, ayudadlos con los bártulos!