Capítulo 6 #2
Cuatro personas que llegaron juntas, que se mantuvieron un poco aparte durante toda la ceremonia y que Elena no había visto nunca.
Dos hombres y dos mujeres, edad media, ropa discreta y correcta.
Uno de los hombres, el más alto, con el pelo muy corto y una expresión que Elena no supo leer del todo, estuvo mirando el féretro durante varios minutos sin moverse, con esa quietud específica de quien está pensando en algo que va más allá del momento.
Las mujeres hablaban entre ellas en voz baja. El otro hombre no habló con nadie.
Elena preguntó a Marta en voz baja si sabía quiénes eran.
Marta dijo que no .
La ceremonia fue breve. El sacerdote dijo las palabras que dicen los sacerdotes, palabras que Elena escuchó sin escucharlas del todo, con una parte de la cabeza en el grupo de los cuatro desconocidos, en la forma en que el hombre del pelo corto seguía mirando el féretro, en la pregunta de qué sabían ellos de Marcos que ella no sabía.
Cuando terminó, en el exterior del tanatorio, con el sol frío de noviembre dando de lleno en la fachada blanca, el hombre del pelo corto se separó del grupo y se acercó a Elena.
Dijo que lo sentía mucho. Lo dijo con la formalidad cuidadosa de alguien que ha preparado las palabras o que simplemente es así, formal y cuidadoso por naturaleza.
Dijo que Marcos era una persona muy especial, que lo echarían mucho de menos.
Dijo su nombre, que Elena oyó y perdió antes de que terminara la frase, como pasa con los nombres cuando la cabeza está en otro sitio, y dijo que eran compañeros de la gestoría, que llevaban años trabajando juntos.
Elena dijo que no sabía que Marcos tuviera tantos compañeros.
Lo dijo con naturalidad, sin intención particular, pero mirando al hombre a los ojos mientras lo decía.
El hombre sonrió. Una sonrisa correcta, medida, que llegó a la boca pero no del todo a los ojos.
Dijo que Marcos era muy querido, que era de esas personas que no hacen ruido pero que se notan cuando no están.
Le estrechó la mano con una firmeza que duró un segundo de más. Después volvió con los otros tres.
Los cuatro subieron a un coche gris aparcado en doble fila y se fueron sin mirar atrás.
Elena los vio marcharse desde la puerta del tanatorio con Marta al lado, sin decir nada, mientras el coche giraba en la esquina y desaparecía entre el resto del tráfico como si nunca hubiera estado allí.
Marcos le había hablado de la gestoría muchas veces.
Del trabajo, de los clientes, de los cierres de trimestre.
Nunca le había mencionado a ninguna de esas cuatro personas por su nombre. Ni una vez en ocho años.
Esa noche, cuando todos se fueron y el piso volvió a estar en silencio, Elena fue al estudio.
Encendió el flexo. Se sentó en la silla de Marcos. Abrió el portátil y tecleó la contraseña.
Esta vez no fue a la carpeta cifrada. Ya sabía que había una segunda contraseña que no tenía. Fue al historial del navegador, a los correos, a los archivos recientes, buscando en los sitios donde Marcos no había tenido tiempo de limpiar del todo.
Encontró las búsquedas primero. Extradición entre países de la Unión Europea.
Programas de protección de testigos en España.
Abogados penalistas en Madrid especializados en delitos económicos.
Las fechas eran recientes, todas en las últimas semanas, todas hechas en horarios en que Elena estaba durmiendo o fuera de casa.
Las leyó dos veces cada una. No eran las búsquedas de alguien que tiene curiosidad intelectual ni las de alguien que escribe un artículo.
Eran las búsquedas de alguien que está evaluando opciones.
Que tiene un problema concreto y está buscando soluciones concretas.
Después encontró los correos.
Había varios, fragmentarios, guardados en la papelera del sistema que Marcos había vaciado pero que el gestor de correo conservaba durante treinta días antes de eliminar definitivamente.
Elena los fue abriendo uno a uno, leyendo lo que había, construyendo el contexto a partir de los fragmentos disponibles.
La mayoría eran correos de trabajo, anodinos, del tipo que se manda entre compañeros sobre plazos y documentación. Pero en tres de ellos, fechados en el último mes, aparecía un nombre que Elena no había oído nunca.
Calvo.
La primera vez aparecía en una línea de asunto: Reunión pendiente — Calvo. El cuerpo del correo estaba incompleto, solo el encabezado y las primeras palabras antes de que el texto se cortara. Pero el nombre estaba ahí .
La segunda vez aparecía en el cuerpo de un correo que Marcos había recibido de una dirección de la gestoría, en una frase que decía que el señor Calvo había preguntado por el estado de ciertas gestiones y que convenía tenerlo todo al día antes de fin de mes.
La tercera vez aparecía en un correo que Marcos había empezado a escribir y que nunca había enviado, guardado como borrador. Solo había dos líneas. La primera decía: Necesito hablar contigo antes de que esto llegue más lejos. La segunda decía: Calvo no puede saber que estoy en contacto con.
El correo se cortaba ahí. El destinatario no estaba visible. El resto del texto, si es que existía, había desaparecido.
Elena se quedó mirando esa frase durante un buen rato.
Calvo no puede saber que estoy en contacto con.
Con quién. Con qué. El correo no lo decía.
Pero la frase existía y Marcos la había escrito y el hecho de que la hubiera escrito y no la hubiera enviado y la hubiera guardado como borrador decía algo sobre el estado mental en que estaba cuando la escribió, sobre la urgencia que sentía y la precaución que también sentía y la tensión entre las dos.
Buscó el nombre en el buscador del correo.
Calvo. Aparecieron otros fragmentos, menciones dispersas en correos anteriores, siempre en el mismo contexto, siempre como referencia a un cliente de peso, a alguien cuyas gestiones eran prioritarias, a alguien cuyo nombre aparecía con una frecuencia que no correspondía a la de un cliente ordinario.
Después encontró la transferencia. En la carpeta de enviados, en un correo de confirmación bancaria que el sistema había archivado automáticamente. Cuarenta mil euros a una cuenta de Andorra, dos días antes de morir.
Elena miró la pantalla durante un momento.
Cerró el portátil.
No de forma dramática, no de un golpe. Lo cerró despacio, con cuidado, como si la información que había dentro fuera algo que necesitaba tiempo para asentarse antes de poder moverse.
Demasiado. Demasiado para esa noche. Las búsquedas sobre extradición y testigos protegidos.
Los correos con el nombre de Calvo. El borrador incompleto.
La transferencia de cuarenta mil euros. El cajón entornado.
No encontraba todavía la lógica que unía todo eso. Pero el nombre de Calvo estaba en el centro de algo, y ese algo era lo que Marcos había estado intentando resolver antes de morir, y ese algo era también lo que había llevado a alguien a entrar en ese piso mientras ella estaba en comisaría .
Mañana buscaría quién era Calvo.
Por la mañana llamaría a Saura. No para contarle todo. Solo para ver si el nombre le decía algo.