Capitulo 7
El sábado por la mañana sonó el telefonillo a las once.
Elena estaba en el estudio, sentada en la silla de Marcos con el portátil abierto, intentando ordenar lo que había encontrado el viernes por la noche.
Las búsquedas, la transferencia, el cajón entornado.
Lo había estado dando vueltas desde que se había despertado, con ese tipo de pensamiento circular que no avanza sino que repasa, que vuelve siempre a los mismos puntos como si en alguna de esas vueltas fuera a encontrar algo que no había encontrado antes.
Fue al videoportero.
Los padres de Marcos. La madre con el abrigo oscuro que Elena le había visto en el entierro el día anterior, el padre con la misma expresión que había tenido durante toda la ceremonia, esa mezcla de rigidez y derrumbe que tienen los hombres de cierta generación cuando el dolor es demasiado grande para contenerlo pero demasiado nuevo para saber cómo mostrarlo. Y detrás, un poco apartada, Marta.
Elena pulsó el botón para abrir el portal.
No había avisado nadie. No había habido llamada previa ni mensaje ni ninguna coordinación.
Simplemente habían venido, los tres, como se va a los sitios cuando no hay protocolo que seguir y el instinto dice que hay que estar cerca.
Elena lo entendió antes de que llegaran al tercero.
El dolor de la muerte de Marcos no era solo suyo.
Nunca lo había sido. Y aunque una parte de ella, la parte que llevaba días necesitando el silencio y el espacio para pensar, habría preferido otro fin de semana sola, había otra parte que sabía que eso no era justo.
Que una madre que acababa de perder a su hijo tenía tanto derecho a estar ahí como ella.
Abrió la puerta antes de que llamaran.
La madre de Marcos se llamaba Carmen y llevaba setenta y un años siendo el tipo de persona que expresa lo que siente sin filtros, no por descuido sino porque nunca había aprendido a hacerlo de otra forma, o quizás porque había aprendido hace tiempo que filtrar el dolor solo lo desplazaba sin reducirlo.
Entró al piso, miró el recibidor, miró el perchero con el abrigo de Marcos todavía colgado, y empezó a llorar antes de que Elena pudiera decir nada.
Elena la abrazó.
No fue un gesto calculado. Fue el gesto automático de quien ve a alguien derrumbarse y no tiene ninguna otra respuesta disponible.
Y en ese abrazo, con la madre de Marcos llorando contra su hombro y el padre de Marcos de pie en el umbral con las manos en los bolsillos sin saber dónde mirar y Marta detrás de todos con esa expresión que tenía cuando procesaba algo difícil, Elena sintió que el dolor que había estado sosteniendo en frío durante días encontraba una grieta por donde salir.
No lloró. Pero estuvo cerca.
Pasaron el sábado en el piso. Elena hizo café, sacó unas galletas que encontró en el fondo de un armario, puso el calefactor porque hacía frío y la casa había estado muchas horas sin nadie que la calentara.
Se sentaron en el salón, los cuatro, con las tazas entre las manos y la televisión apagada y el silencio llenándose poco a poco de palabras que buscaban a Marcos sin encontrarlo del todo.
La madre de Marcos habló de él de pequeño.
De cómo era de niño, serio y ordenado desde que tenía cinco años, de cómo doblaba la ropa del colegio antes de meterse en la cama porque no soportaba el desorden, de cómo una vez había reorganizado los libros de la estantería del salón por orden alfabético sin que nadie se lo pidiera y sin decírselo a nadie, y su padre lo había descubierto tres días después.
Lo contó con una sonrisa que tenía el dolor justo detrás, la sonrisa de quien recuerda algo que ya no puede volver a pasar, y Elena escuchó sin interrumpir, construyendo una imagen de Marcos niño que encajaba perfectamente con el Marcos que había conocido y que al mismo tiempo pertenecía a un mundo al que ella nunca había tenido acceso.
El padre de Marcos habló menos. Era así, había sido siempre así según lo poco que Marcos le había contado, un hombre de pocas palabras y muchos gestos, que expresaba las cosas a través de lo que hacía y no de lo que decía.
Ese sábado lo que hizo fue levantarse a media tarde y preguntar si había algo que arreglar en el piso, si había alguna cosa pendiente que él pudiera solucionar.
Elena pensó en el mueble a medio montar en el rincón del salón.
Le dijo que sí, que había un mueble que Marcos había dejado a medias, que faltaba una pieza pero que quizás él podía echar un vistazo.
El padre de Marcos se arrodilló frente al mueble, lo examinó durante un momento, dijo que con las piezas que había podía dejarlo estable aunque no terminado del todo, y pasó cuarenta minutos trabajando en silencio con las manos mientras los demás hablaban en el sofá.
Cuando terminó se limpió las manos en el pantalón y volvió a sentarse sin decir nada sobre lo que había hecho.
Elena lo miró y pensó que entendía de dónde venía Marcos.
Se fueron después de cenar, los dos, con el taxi que Elena había pedido porque ninguno de los dos conducía bien de noche.
La madre de Marcos la abrazó en la puerta con una fuerza que no esperaba de una mujer de su tamaño, le dijo que si necesitaba cualquier cosa que llamara, que cualquier cosa, que estaban para lo que fuera.
Elena dijo que gracias. Lo dijo de verdad.
Marta se quedó .
No lo había planeado, o quizás sí, era difícil saberlo con Marta porque Marta era de las personas que planean las cosas sin decir que las han planeado para que parezcan espontáneas.
Le dijo que si no le importaba se quedaba a dormir, que había traído una bolsa pequeña por si acaso.
Elena dijo que claro. Le hizo la cama del cuarto de invitados que en realidad era el cuarto que usaban de trastero y que tenía un sofá cama que se abría con cierta dificultad pero que funcionaba.
El domingo fue más tranquilo.
Marta no era de las que llenaban el silencio con palabras porque sí.
Sabía cuándo hablar y cuándo no hablar, que era una habilidad más rara de lo que parecía y que Elena agradecía especialmente en ese momento.
Hicieron el desayuno juntas en la cocina con la radio encendida a un volumen bajo, sin hablar de Marcos al principio, simplemente existiendo en el mismo espacio con el café y las tostadas y el ruido suave de la ciudad llegando desde la ventana.
Después hablaron.
No de todo, no de lo que Elena había encontrado en el ordenador, eso lo guardó para sí misma sin decidir activamente guardarlo, simplemente no era el momento y Marta no era la persona adecuada para esa conversación todavía.
Pero hablaron de Marcos, de los años que habían pasado juntos, de las cosas pequeñas que Elena iba a echar de menos y que no eran las que uno esperaría sino las más cotidianas, la forma en que Marcos dejaba el tapón del aceite de oliva mal cerrado, cómo siempre ponía el volumen del televisor en números impares porque los pares le parecían arbitrarios, el ritual de los domingos por la mañana de leer las noticias en silencio durante media hora antes de hablar con nadie.
Marta escuchó. En algún momento dijo que iba a ser un proceso largo, que no había forma de acortar el duelo, que lo único que se podía hacer era atravesarlo.
Lo dijo sin el tono de quien da consejos sino con el tono de quien constata algo que sabe que es verdad aunque no sirva de consuelo.
Elena lo agradeció más que cualquier otra cosa que le hubieran dicho en esos días.
Después de comer Marta recogió la bolsa, dobló las sábanas del sofá cama aunque Elena le dijo que no hacía falta, y se despidió en la puerta con un abrazo que duró más de lo habitual.
Dijo que llamara cuando quisiera, que estaba al otro lado del teléfono a cualquier hora.
Elena dijo que lo sabía. Cerró la puerta.
El silencio del piso volvió de golpe, como vuelve el silencio cuando alguien que llenaba un espacio desaparece de él. Elena se quedó un momento en el recibidor, con la espalda contra la puerta cerrada, dejando que el silencio se instalara.
Alivio .
No era un pensamiento que hubiera elegido tener, pero era lo que había.
El alivio de estar sola, de no tener que administrar el dolor de nadie más, de poder dejar de ser la viuda funcional que recibía abrazos y decía gracias y preparaba café y encontraba sábanas para el sofá cama.
De poder simplemente estar sin que nadie la mirara.
Fue al estudio.
Se sentó en la silla de Marcos. No abrió el portátil de inmediato. Se quedó un momento en silencio, con las manos sobre el escritorio, dejando que la cabeza volviera a donde había estado antes de que llegara el fin de semana y la interrumpiera.
Las búsquedas. La transferencia. El cajón entornado.
Extradición. Programas de protección de testigos.
Abogados penalistas especializados en delitos económicos.
Cuarenta mil euros a una cuenta de Andorra dos días antes de morir.
Alguien que había entrado al piso mientras ella estaba en comisaría y había registrado el cajón del escritorio sin molestarse en dejarlo exactamente igual.
Ninguna de esas cosas era compatible con un accidente de tráfico fortuito en una noche de lluvia.
No por separado, y mucho menos juntas. Podía ser que se equivocara, podía ser que hubiera una explicación razonable para cada una de esas cosas por separado.
Pero juntas formaban un patrón, y los patrones no eran accidentales. Los patrones eran información.
Marcos no había muerto por accidente.
No lo sabía con certeza. Pero lo creía. Y la diferencia entre saberlo y creerlo era exactamente lo que necesitaba resolver antes de poder hacer nada con ello.
Se quedó en el estudio hasta que oscureció, pensando en círculos que cada vez se hacían un poco más pequeños, un poco más concretos. Cuando salió fue a la cocina a preparar algo de cenar, lo más sencillo que encontró, y lo comió en el sofá con la televisión encendida pero sin ver lo que ponían.
Pensó que ir al instituto al día siguiente sería bueno.
Que la rutina era lo más parecido a la normalidad que tenía acceso y que la normalidad, aunque fuera falsa, era mejor que el vacío.
Que necesitaba salir del piso, moverse, hacer algo con el cuerpo y la cabeza que no fuera dar vueltas a lo mismo.
Se durmió con eso.
El lunes llegó al instituto a las ocho menos cuarto.
Antes de salir del coche, con el motor apagado y la bolsa en el asiento del copiloto, sacó el móvil y marcó el número de Saura. Se quedó un momento con el pulgar sobre la pantalla antes de pulsar llamar, ordenando en la cabeza el tono exacto que quería darle a la conversación.
Saura cogió al tercer tono. Elena se había preparado mentalmente lo que iba a decir, no las palabras exactas sino la estructura, preguntas que pudieran parecer las de una viuda que necesita cerrar cabos sueltos, no las de alguien que ha estado revisando el ordenador de su marido muerto y que cree que no fue un accidente.
Le preguntó si había alguna novedad sobre las circunstancias del accidente.
Saura dijo que la investigación seguía su curso pero que de momento no había elementos nuevos.
Le preguntó si sabían adónde iba Marcos esa noche.
Saura dijo que todavía no habían podido determinarlo con certeza.
Le preguntó si era normal que alguien condujera por la V-21 a esa hora.
Saura dijo que dependía, que era una vía de acceso habitual a polígonos industriales del extrarradio, que no era inusual.
Elena dijo que entendía. Dejó pasar un momento. Después, con el mismo tono neutro con que había hecho las otras preguntas, preguntó casi de pasada si el nombre de Andrés Calvo le decía algo en relación con el caso.
Silencio de dos segundos .
Saura dijo que no, que no le sonaba en relación con el caso. Le preguntó por qué lo mencionaba.
Elena dijo que Calvo era un cliente importante de la gestoría donde había trabajado Marcos y que había aparecido en el entierro con unos compañeros. Que era solo por situar caras con nombres.
Saura dijo que entendía. Que si recordaba algo más no dudara en llamarle.
Elena colgó y se quedó mirando el parabrisas durante un momento.
La respuesta de Saura había sido exactamente lo que esperaba y exactamente lo que no quería que fuera.
Dos segundos de pausa antes de decir que no le sonaba — no los dos segundos de alguien que oculta algo, sino los de alguien que está buscando en su cabeza y no encuentra nada.
Saura no sabía quién era Calvo porque nadie había querido que lo supiera.
La relación entre Marcos y Calvo había pasado siempre por la gestoría como pantalla, sin llamadas directas, sin correos entre los dos hombres, sin ningún rastro en los registros que Saura habría revisado al cerrar el caso.
No era su culpa. Era exactamente lo que hacía que todo fuera más difícil.
Cogió la bolsa del asiento del copiloto. Salió del coche. Entró al instituto .
El día fue exactamente lo que había temido que fuera, solo que de una forma más suave y más constante de lo que había imaginado.
No hubo un momento malo. No hubo ninguna conversación que se le fuera de las manos, ningún alumno que dijera algo fuera de lugar, ningún compañero que la mirara con una lástima tan visible que resultara insoportable.
Simplemente fue un día en que cada cosa que hacía requería el doble de esfuerzo del habitual, como si entre ella y el mundo hubiera una capa de algo transparente que amortiguaba todo, los sonidos, los gestos, las palabras, y que hacía que llegar a cualquier cosa requiriera un poco más de lo que tenía disponible.
En el recreo se quedó de pie en la sala de profesores con un café que se le fue enfriando en la mano sin que llegara a bebérselo, mirando por la ventana el patio donde los alumnos gritaban y corrían con la energía de quien todavía no sabe que el mundo puede romperse de un día para otro.
Para cuando terminó el horario de mañana Elena ya sabía lo que iba a hacer.
Fue al despacho de la jefa de estudios. Rosaura la escuchó con la expresión de quien ya esperaba esa conversación.
Elena dijo que no estaba en condiciones de dar clases en ese momento, que lo sabía y que era honesta al respecto, que prefería pedir una baja temporal a seguir viniendo al instituto sin poder dar lo mejor de sí misma.
Que sus alumnos no merecían una profesora a medio gas .
Rosaura dijo que lo entendía perfectamente. Que se tomara el tiempo que necesitara.
Elena fue al coche y llamó a su médico de cabecera. Explicó la situación. El médico dijo que tramitaba la baja de inmediato.
Cuando colgó se quedó un momento en el coche con las manos en el volante y la cabeza ya en otro sitio, en la gestoría de la calle Cirilo Amorós, en el grupo de desconocidos del entierro, en el nombre de Calvo que Saura no había reconocido.
Tenía la tarde por delante.
Arrancó el coche.