Elena No fue un accidente (Elena 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

El jueves fue un día sin forma.

Elena pidió el día libre al instituto con una llamada corta a la secretaría.

Bajas por defunción de cónyuge, había un procedimiento, había un formulario, habría que presentar el certificado cuando estuviera disponible.

La secretaria le dijo que por supuesto, que lo sentía mucho, que no se preocupara por nada. Elena dijo gracias y colgó.

Después empezaron las llamadas.

Después llamó Marta. Después una prima de Marcos que Elena apenas conocía. Después una compañera del instituto que se había enterado por otra compañera.

Y después llamaron los padres de Elena, desde Castellón, los dos en la misma llamada, la voz de su madre con ese tono que Elena recordaba de la muerte del abuelo, veinte años atrás, el tono de quien está siendo fuerte para que el otro pueda no serlo.

Y la voz de su padre. Su padre no era de los que mostraban ese tipo de cosas, llevaba setenta y dos años siendo el tipo de hombre que resuelve los problemas en silencio y no habla de lo que siente a no ser que sea estrictamente necesario.

Escucharlo al teléfono con la voz quebrada, intentando decirle que lo sentía mucho y que estaban para lo que necesitara, le produjo algo que no supo nombrar del todo.

No era solo el dolor de escucharlo así. Era la conciencia de que el dolor de ella también era el dolor de ellos, que la red se extendía más allá de lo que cabía en ese piso, que había personas que la querían y que esa noche iban a quedarse despiertas pensando en ella aunque no estuvieran allí.

Elena respondió a cada llamada con la misma contención cuidadosa.

Daba la información que tenía, que era poca.

Decía que estaba bien, que era mentira pero que era lo que había que decir.

Agradecía las palabras de los demás con la brevedad justa para que sonaran sinceras sin invitar a más conversación de la estrictamente necesaria.

Entre llamada y llamada el piso estaba en silencio .

No comió hasta las tres de la tarde, y solo porque Marta la llamó por segunda vez y le preguntó directamente si había comido algo y Elena no supo mentirle con suficiente convicción.

Calentó las sobras de los guisantes que quedaban en el frigorífico y se los comió de pie en la cocina, mirando por la ventana el patio interior, sin probar el sabor de nada.

El plato en la mano, la cuchara moviéndose de forma automática, la vista perdida en las macetas de la vecina del segundo que necesitaban agua.

Cuando terminó fregó el plato, lo dejó en el escurridor, y se quedó de pie frente al fregadero sin saber qué hacer a continuación.

El día se extendía delante de ella sin forma, sin estructura, sin ninguna de las obligaciones que normalmente le daban el esqueleto a las horas.

No había clases que preparar, no había exámenes que corregir, no había ningún sitio al que tuviera que ir.

Solo el piso, y el silencio, y las llamadas que seguían llegando a intervalos irregulares como recordatorios de que había un mundo ahí fuera que sabía lo que había pasado y que esperaba de ella algún tipo de respuesta.

Fue al estudio a media tarde.

No fue a buscar nada. O no exactamente. Fue porque en algún lugar por debajo de la decisión consciente había algo que la llevaba hacia ese cuarto, hacia ese espacio donde Marcos había pasado tantas horas que el aire todavía parecía guardar algo de él, una presencia residual que Elena no sabía nombrar pero que notaba con la misma precisión con que notaba todas las cosas que prefería no nombrar.

Se sentó en la silla del escritorio.

Era una silla de oficina, giratoria, con el respaldo demasiado rígido y los reposabrazos desgastados en los bordes.

Marcos llevaba años quejándose de que le dolía la espalda cuando trabajaba mucho tiempo seguido y nunca la había cambiado, siempre había otra cosa más urgente, siempre se posponía para después.

Elena puso las manos sobre el escritorio, en el mismo sitio donde Marcos ponía las suyas cuando tecleaba, y se quedó quieta.

El flexo apagado. El portátil cerrado. Los libros en la estantería.

El diccionario de sinónimos y la caja de cartón con documentos viejos y el libro de historia medieval con la cubierta de tela azul oscura.

Todo exactamente en su sitio, todo sin tocar, todo esperando con esa paciencia específica de los objetos que no saben que ya nadie los va a necesitar.

Elena estuvo así un rato. Sin pensar en nada concreto, o intentándolo, dejando que el silencio del estudio hiciera lo que el silencio hace cuando uno lo deja, llenarse de cosas que no se pueden decir en voz alta.

La presencia de Marcos en cada objeto de ese cuarto, en la posición exacta de cada cosa sobre el escritorio, en el ángulo de la silla que ella había ajustado inconscientemente al sentarse porque era el ángulo de Marcos y no el suyo .

Fue entonces cuando lo vio.

El cajón derecho del escritorio, el que Marcos siempre tenía cerrado, el que tenía una cerradura pequeña que nunca había visto usar pero que existía como recordatorio de que ese cajón era suyo, estaba entornado.

Un centímetro, quizás menos. La rendija era tan pequeña que en cualquier otro momento, con cualquier otra luz, Elena no la habría notado.

La notó.

Se quedó mirándola sin moverse. Pensó en los años que ese cajón había estado cerrado, en el acuerdo tácito que existía entre ellos sobre ciertos espacios que eran de uno y no del otro, en que ella nunca había abierto ese cajón precisamente porque era de Marcos y porque había algo en ella que respetaba esa frontera aunque ya no supiera muy bien por qué.

Estiró la mano despacio. Se detuvo un momento con los dedos sobre el borde del cajón.

Había algo en ese gesto, en abrirlo ahora, que se sentía distinto a cualquier otra cosa que hubiera hecho ese día.

Abrir el ordenador con la contraseña que había memorizado era una cosa.

Abrir ese cajón era otra. Era entrar en la privacidad de Marcos de una forma más directa, más física, más irreversible.

Lo abrió.

Dentro había lo que siempre había habido, o lo que Elena suponía que había habido porque nunca lo había visto: facturas viejas en una carpetilla de plástico, dos bolígrafos, una grapadora pequeña, un rollo de celo a medias, unas monedas sueltas en un rincón.

Nada extraordinario. Nada que justificara que el cajón estuviera abierto.

Pero el orden estaba cambiado.

Elena lo supo con la misma certeza con que sabía otras cosas que no podía demostrar.

No podía señalar exactamente qué estaba diferente.

No había hecho una foto antes, no tenía punto de comparación objetivo.

Pero llevaba ocho años en ese piso y sabía cómo estaban las cosas, y las cosas no estaban como siempre.

La carpetilla de facturas estaba al revés.

El rollo de celo no estaba en el mismo rincón donde lo guardaba Marcos.

Las monedas estaban dispersas de una forma que no era la dispersión natural de unas monedas sino la de alguien que ha movido cosas con prisa y no ha tenido tiempo de dejarlas exactamente igual.

Alguien había abierto ese cajón.

Elena cerró el cajón. Se quedó sentada en la silla de Marcos durante un momento más, mirando el portátil cerrado sobre el escritorio, con las manos todavía sobre la madera, quietas, mientras el pulso se le aceleraba un poco sin que hubiera decidido que tuviera que acelerarse.

Pensó en las horas que el piso había estado solo mientras ella estaba en comisaría con Saura.

En que las malas noticias habían llegado a ella a las seis menos cuarto y que no había vuelto al piso hasta bien pasadas las ocho.

Dos horas largas en que las llaves de Marcos, que no estaban en la bandeja del recibidor, podían haber estado en manos de cualquiera.

Podía equivocarse. Lo sabía. Llevaba días sin dormir bien, acababa de enterrar a su marido, no estaba todo lo centrada que le gustaría. Pero también sabía que la capacidad de observar no desaparecía solo porque uno estuviera cansado o en duelo. Era demasiado parte de ella para apagarse así.

Salió del estudio. Cerró la puerta.

Esa noche durmió otra vez en el sofá.

El entierro fue el viernes a las doce.

Hacía frío, el tipo de frío seco y sin viento que tiene Valencia en noviembre cuando el cielo está despejado y la luz es clara y dura y no perdona nada.

Elena se vistió de negro delante del espejo del dormitorio y se miró un momento sin reconocerse del todo.

No era el vestido. Era la cara. Tenía la cara de alguien que lleva días dentro de algo que todavía no entiende, y que ha aprendido a funcionar a pesar de eso porque no hay alternativa.

En el tanatorio había más gente de la que esperaba .

Estaban sus padres, que habían venido desde Castellón esa mañana temprano y que la abrazaron en la puerta con ese tipo de abrazo que los padres reservan para los momentos en que no hay palabras suficientes.

Estaba Marta, cuatro años mayor y con la misma mandíbula firme de siempre, que le puso la mano en el brazo cuando la vio y no dijo nada porque no hacía falta.

Estaba la madre de Marcos, que había venido desde Alicante con una prima y con los dos hermanos de Marcos, Rafael, el mayor, al que Elena había visto tres veces en ocho años, y Tomás, el pequeño, que vivía en Madrid y con el que Marcos hablaba por teléfono de vez en cuando.

Y estaba el grupo.