Elena No fue un accidente (Elena 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Las puertas se abrieron al rellano de siempre, con la misma luz amarillenta de siempre y el mismo olor a edificio viejo que Elena llevaba ocho años sin notar porque las cosas que están siempre dejan de percibirse.

Esta noche lo notó. Notó el olor y la luz y el sonido de sus propios pasos sobre el suelo de terrazo mientras caminaba hacia la puerta del piso con las llaves en la mano.

Abrió.

Encendió la luz del recibidor. Después la del pasillo. Después la del salón. Fue encendiendo luces mientras avanzaba, como si la oscuridad fuera algo que había que ir empujando hacia atrás habitación por habitación, como si la luz pudiera cambiar el peso de los espacios.

El recibidor estaba igual que siempre. El perchero con los abrigos de los dos, el paraguas, la bolsa de la compra reutilizable que nadie había devuelto a su sitio desde la última vez.

Elena se quedó un momento mirando el abrigo de Marcos, el marrón oscuro que se había comprado el año pasado y que le quedaba un poco grande de hombros pero que él decía que así era más cómodo.

Lo había dejado colgado el lunes por la mañana cuando salió a trabajar, porque el martes había hecho menos frío y había cogido la chaqueta más ligera.

No iba a volver a ponérselo .

Lo pensó con la misma distancia con que había pensado todo lo demás durante el día. No como algo que dolía, sino como un hecho. La diferencia entre las dos cosas era cada vez más pequeña pero todavía existía, y Elena se aferró a ella sin saberlo.

Fue al salón.

Encendió la lámpara de pie junto al sofá.

La luz cálida llenó el espacio con esa familiaridad específica de los sitios donde uno ha pasado muchas horas, y Elena lo recorrió con la vista sin moverse del umbral.

El sofá con los cojines en su sitio. La mesita con el mando a distancia y el posavasos.

El frutero de cerámica azul en el centro de la mesa del comedor con dos naranjas y un plátano maduro que empezaba a oscurecerse por los extremos.

Y en el rincón junto a la ventana, el mueble.

Era una estantería baja que habían comprado hacía un par de semanas en una tienda de muebles del extrarradio, de esas que venden todo desmontado en cajas planas.

Marcos había empezado a montarla el fin de semana pasado, un sábado por la tarde con las instrucciones extendidas en el suelo y las piezas ordenadas por tamaño.

Había llegado casi al final cuando se había dado cuenta de que faltaba una pieza, un tornillo especial que no estaba en el paquete.

Había llamado al servicio de atención al cliente, le habían dicho que se lo mandarían desde fábrica en una semana, y el mueble había quedado así, apoyado contra la pared, a medio terminar, esperando .

Elena lo miró.

La pieza llegaría. Quizás ya estaba en el buzón, quizás llegaría mañana o pasado. Y cuando llegara el mueble seguiría ahí, con el hueco donde tenía que ir el tornillo, esperando a alguien que ya no iba a terminarlo.

Se quedó mirándolo más tiempo del que había planeado.

No lloró. Pero algo se movió por dentro con un peso que no había tenido ninguna de las otras cosas de esa noche, más que el abrigo colgado, más que el despertador de Marcos en la mesilla con la pantalla apagada.

Quizás porque el abrigo y el despertador eran objetos terminados, objetos que habían cumplido su función.

El mueble no. El mueble era algo que Marcos había empezado y que estaba esperando que él volviera a terminarlo, y esa espera ya no tenía a quién ir dirigida.

Fue a la cocina. Abrió el frigorífico. Lo miró durante un momento y lo cerró sin coger nada.

No tenía hambre. No tenía nada que pudiera llamarse hambre.

Tenía el estómago cerrado con esa contracción específica que produce la tensión sostenida, cuando el cuerpo lleva demasiadas horas en estado de alerta y ha decidido que las funciones básicas pueden esperar.

Bebió un vaso de agua de pie frente al fregadero.

Miró por la ventana el patio interior del edificio, las macetas de la vecina del segundo, la ropa tendida que nadie había recogido, el gato naranja del primero que no estaba en el alféizar a esa hora.

Todo igual. Todo exactamente igual que cualquier otra noche.

Dejó el vaso en el escurridor, boca abajo, en el mismo sitio donde siempre lo dejaba, y se quedó un segundo mirándolo como si esa pequeña continuidad pudiera significar algo.

Fue al estudio.

El portátil de Marcos estaba donde siempre, cerrado sobre el escritorio, con el cable del cargador enrollado al lado.

Elena se sentó en la silla, la silla giratoria con el respaldo demasiado rígido y los reposabrazos desgastados en los bordes.

La silla de Marcos. Se quedó un momento quieta con las manos sobre el escritorio, en el mismo sitio donde Marcos ponía las suyas, en el silencio del estudio con el flexo apagado y los libros en la estantería y todo exactamente en su sitio.

Abrió el portátil.

La pantalla de inicio pedía contraseña. Elena la miró un momento.

Pensó en el papel que había encontrado hacía casi un año entre las páginas del libro de historia medieval, la secuencia de caracteres en la letra pequeña y ordenada de Marcos.

Lo había memorizado sin saber para qué, con la misma automaticidad con que memorizaba las cosas que no entendía del todo pero que le decían que podían ser importantes.

Una secuencia alfanumérica sin patrón aparente, guardada en un libro del estudio, cerca del único dispositivo que Marcos usaba en ese cuarto.

La deducción era simple: era la contraseña del ordenador.

Lo que Marcos había querido proteger estaba aquí dentro.

Tecleó la secuencia. Carácter por carácter, sin apresurarse, comprobando cada uno antes de pasar al siguiente aunque llevara meses recitándosela de memoria en momentos sueltos, en la ducha, esperando el semáforo, sin saber muy bien por qué.

El escritorio se abrió.

Elena se quedó mirando la pantalla un momento.

El fondo era una foto de los dos en la playa, de hacía unos años, con Marcos entornando los ojos por el sol y ella riéndose de algo que ya no recordaba.

No se detuvo en la imagen más de lo necesario.

Después empezó a moverse por las carpetas con la metodicidad de quien busca sin saber exactamente qué busca pero confía en que lo reconocerá cuando lo encuentre.

Documentos personales, facturas, declaraciones de renta, carpetas con nombres de clientes que no le decían nada.

Todo ordenado, todo con la misma pulcritud discreta que tenía Marcos para las cosas que consideraba importantes.

Encontró una subcarpeta sin nombre, solo un punto.

La abrió.

Dentro había un único archivo con una extensión que Elena no reconoció. No era un documento de texto ni una hoja de cálculo ni nada que pudiera abrirse con los programas instalados en el ordenador. Intentó abrirlo de todas formas. Una ventana emergente le pidió una contraseña.

Elena probó la misma que había usado para entrar al escritorio.

Incorrecta.

Se quedó mirando la ventana un momento. Había otra contraseña.

Otra secuencia que Marcos había guardado en algún sitio que ella todavía no había encontrado.

Lo procesó con la misma calma con que procesaba todo, lo archivó como un problema que tendría solución cuando tuviera más información, y cerró la ventana.

Siguió mirando otras carpetas. El historial del navegador, parcialmente borrado pero no del todo. Algunos correos sin eliminar. Nada que pudiera abrirse como una respuesta clara todavía, solo fragmentos, piezas sueltas que necesitarían más tiempo y más cabeza de la que Elena tenía esa noche.

Cerró el portátil.

Se quedó sentada en la silla de Marcos durante un momento más, con las manos en el regazo y el estudio en silencio.

El flexo apagado. Los libros en la estantería, el de historia medieval en la segunda balda con la cubierta de tela azul oscura.

La grapadora en el cajón. Todo en su sitio, todo esperando a alguien que ya no iba a volver .

Salió del estudio. Apagó la luz.

Fue al dormitorio.

Se desvistió despacio, con el cansancio de quien lleva demasiadas horas sosteniendo algo pesado, y se puso el pijama. Se sentó en el borde de la cama.

El otro lado estaba liso, sin deshacer, con la almohada en su sitio y el edredón sin ninguna marca. Elena lo miró durante un momento. Más tiempo del que habría querido. Después se tumbó en su lado, apagó la mesilla y se quedó en la oscuridad mirando el techo.

La línea de luz de la persiana estaba en el mismo sitio de siempre.

Intentó no pensar. Era un ejercicio que había practicado desde pequeña, vaciar la cabeza, reducir el ruido interno a algo manejable, encontrar ese estado neutro entre la vigilia y el sueño donde las cosas todavía no tienen el peso que van a tener mañana.

Normalmente lo conseguía. Era una de esas habilidades que nadie le había enseñado y que había desarrollado sola, a base de necesitarla.

Esa noche no la conseguía.

El otro lado de la cama era demasiado presente.

No por lo que había en él, no había nada, solo tela y relleno y una almohada, sino por lo que no había.

Por el peso que no desplazaba el colchón, por la respiración que no se escuchaba, por la ausencia específica de otra persona en el espacio que había sido de otra persona durante ocho años.

Elena se levantó.

Cogió la manta que había al pie de la cama, la manta de repuesto, más ligera, que usaban cuando hacía menos frío, y fue al salón.

Se tumbó en el sofá con la manta encima y se quedó mirando el techo del salón, que era diferente al techo del dormitorio, sin la línea de luz de la persiana, solo el reflejo tenue de la calle a través de las cortinas.

El sofá era más estrecho y más duro que la cama. No importaba. Era un espacio sin historia compartida, sin el peso de los dos lados, sin la geometría específica de un matrimonio que ya no iba a volver a ocupar esa geometría.

Pensó en la carpeta cifrada. En la contraseña que no tenía.

En el mueble a medio montar en el rincón del salón esperando una pieza que llegaría demasiado tarde.

En Saura diciendo lo poco que sabemos de las personas que tenemos más cerca con esa voz de quien reflexiona en voz alta sin saber el peso de lo que está diciendo.

Los pensamientos se fueron haciendo más lentos. Más difusos. El cansancio del día entero empezó a pesar de una forma que ya no se podía ignorar, el tipo de cansancio que no viene solo del cuerpo sino de haber sostenido demasiado durante demasiado tiempo, y Elena dejó de pelear contra él.

Se durmió con el ruido suave del frigorífico llegando desde la cocina como el único sonido vivo en el piso, con la manta hasta la barbilla y el salón en silencio y el mueble a medio montar esperando en el rincón, paciente e inútil, como todas las cosas que se quedan a medias cuando alguien desaparece de repente y no hay forma de terminarlas.