Elena No fue un accidente (Elena 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Lo dijo como una reflexión en voz alta, sin dirigirla a Elena en particular, como si fuera algo que pensaba a menudo y que se le hubiera escapado sin querer. Después pareció volver al presente, la miró, y aclaró que no lo decía por nada concreto. Solo como reflexión.

Elena murmuró que gracias.

Se levantó. Recogió el bolso. Miró un último momento la foto de la chica con el traje de graduación.

Esa sonrisa de quien acaba de terminar algo y todavía no sabe qué viene después.

Un padre que la tenía ahí, a la vista de todos, sin ninguna incomodidad.

Sí, era el tipo de hombre que hacía las cosas bien.

Y sin embargo el caso de Marcos, en sus manos, había quedado cerrado demasiado pronto.

Saura la acompañó hasta la puerta del pasillo. Le repitió que cualquier cosa que recordara, por pequeña que pareciera. Elena asintió. Salió.

En la calle el aire era frío y húmedo y olía a lluvia inminente.

Elena caminó hasta el coche sin prisa, con la tarjeta de Saura en la mano, mirándola sin verla del todo. Se sentó en el asiento del conductor. No arrancó. Se quedó un momento con las manos en el volante mirando la calle a través del parabrisas, dejando que la conversación se asentara.

Repasó mentalmente lo que Saura había dicho.

El quitamiedos, la lluvia, la velocidad, la ausencia de frenada.

Las explicaciones posibles, el cansancio, el sueño, un fallo mecánico.

Todo razonable. Todo perfectamente razonable.

Y sin embargo Elena no podía quitarse la sensación de que razonable no era lo mismo que verdadero, de que había una diferencia entre una explicación que encajaba con los hechos disponibles y una explicación que era lo que realmente había ocurrido.

Marcos no se quedaba dormido conduciendo.

Era de las personas que paraban en una gasolinera a tomar café si notaban que el cansancio apretaba, que ponían el intermitente antes de cada cambio de carril por costumbre aunque no hubiera nadie detrás.

No era el perfil de alguien que perdía el control de un coche en una curva mojada por distracción.

Y nadie sabía adónde iba. Ni con quién había estado. Ni qué había hecho en las horas previas a las cuatro y veinte de la madrugada en el kilómetro dieciséis de la V-21.

Necesitaba respuestas. No solo porque fuera justo, no solo porque Marcos se lo mereciera o ella se lo mereciera, sino porque sin respuestas no había forma de cerrar nada.

El duelo necesitaba un suelo firme sobre el que sostenerse.

Y el suelo que Saura le había dado esa tarde era demasiado blando, demasiado provisional, demasiado lleno de puede ser y probablemente y de momento.

Arrancó. Condujo de vuelta hacia casa con las dos manos en el volante y la cabeza en otro sitio.

Pasó dos semáforos en ámbar sin darse cuenta de que había acelerado ligeramente para cruzarlos, algo que no hacía nunca, y solo lo notó al tercero, cuando frenó de golpe con más brusquedad de la necesaria.

Aparcó frente al portal.

Se quedó en el coche sin salir. Pensó en coger el teléfono y llamar a Marta.

Marta cogería al segundo tono, diría que cogía el coche y en dos horas estaba allí, y Elena tendría que convencerla de que no hacía falta, que estaba bien, que mañana hablaban.

No tenía fuerzas para eso ahora mismo. No tenía fuerzas para ser el tipo de bien que Marta necesitaba que fuera para no preocuparse.

Guardó el móvil en el bolso. Salió del coche.

Caminó hacia el portal. Eran cuarenta metros, no más, desde el aparcamiento hasta la puerta de entrada, y en esos cuarenta metros algo cambió.

Era la conciencia de lo que la esperaba al otro lado, no en ese momento sino en todos los momentos que vendrían después.

El piso vacío. La silla de Marcos en el estudio sin nadie sentado en ella.

El lado derecho de la cama sin deshacer .

Se paró en el portal.

No entró de inmediato. Se quedó de pie en ese espacio intermedio, entre la calle y el ascensor, con la llave en la mano y el bolso al hombro, y dejó que el silencio del portal la rodeara un momento.

El buzón con los nombres de los vecinos.

El espejo de la entrada con su propio reflejo, el abrigo negro, la cara de alguien que lleva demasiadas horas sosteniendo algo sin saber todavía el peso real de lo que sostiene.

Respiró.

Sacó el móvil. Llamó a Marta.

Marta cogió al segundo tono, como siempre. Elena le dijo lo que había pasado en cuatro frases, sin rodeos, porque así funcionaban las dos desde siempre. Marcos ha muerto. Esta madrugada. Un accidente en la V-21. He estado en comisaría.

Hubo un silencio breve al otro lado. Después Marta dijo que cogía el coche y estaba en dos horas.

Elena dijo que no hacía falta. Lo dijo con la firmeza tranquila que usaba cuando había tomado una decisión y no iba a moverse de ella. Dijo que necesitaba estar sola esa noche. Que mañana hablaban. Que estaba bien.

No estaba bien. Las dos lo sabían. Pero Marta también sabía que Elena tenía su propia forma de atravesar las cosas difíciles y que esa forma requería silencio y espacio. Dijo que de acuerdo. Dijo que llamara si necesitaba algo, lo que fuera, a la hora que fuera.

Elena colgó.

Subió en el ascensor hasta el tercero. Entró al piso. Cerró la puerta detrás de ella.