Elena No fue un accidente (Elena 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

El inspector Saura la recibió en la puerta del pasillo y la guió hasta su mesa sin mucho preámbulo, un apretón de manos breve, el pésame dicho con la sobriedad de quien lo ha dicho muchas veces y ha aprendido que las palabras largas no ayudan más que las cortas, y después el gesto de acompañarla hacia el interior.

La sala era diáfana, con varias mesas dispuestas en filas, ordenadores encendidos, archivadores metálicos contra la pared del fondo.

Había cuatro o cinco personas trabajando, algunas al teléfono, alguna mirando una pantalla con la concentración específica de quien busca algo concreto entre mucho ruido.

Nadie levantó la vista cuando Elena entró.

Era el tipo de lugar donde la presencia de alguien que acababa de perder a su marido no era una excepción sino una parte más del día.

Olía a café recalentado y a la calefacción puesta demasiado alta, un olor que Elena registró sin querer y que asociaría después, durante mucho tiempo, con esa tarde concreta.

La mesa de Saura estaba junto a la ventana.

Era la más ordenada de la sala, no de forma ostentosa, sino con esa pulcritud funcional de quien necesita saber en todo momento dónde está cada cosa.

Una bandeja con documentos clasificados, un cuaderno cerrado con un bolígrafo encima, el teclado del ordenador en paralelo con el borde de la mesa.

Elena lo registró todo en los segundos que tardó en sentarse, con esa atención automática que aplicaba a cualquier espacio nuevo.

Y en el ángulo derecho de la mesa, enmarcada en un marco simple de madera oscura, una fotografía de una chica de unos dieciocho años vestida con traje de graduación, sonriendo a la cámara con la sonrisa específica de quien acaba de terminar algo importante y todavía no sabe qué viene después.

Elena la miró un momento. No dijo nada. Registró.

Saura le indicó la silla frente a su mesa y se sentó al otro lado.

Tenía unos cuarenta y ocho años y la cara de alguien que ha aprendido a no llevarse el trabajo a casa, o que lo intenta con resultados desiguales.

Pelo entrecano peinado sin demasiada insistencia, corbata con el nudo un poco flojo, como si hubiera empezado el día con más formalidad y la hubiera ido perdiendo por el camino.

Abrió una carpeta sobre la mesa, la miró un momento, la cerró. La volvió a abrir.

Dijo que antes de nada quería decirle que lo sentía mucho.

Lo dijo mirándola, sin el automatismo de quien cumple un protocolo, con la atención de alguien que sabe que hay una persona al otro lado de la mesa y que esa persona acaba de recibir una noticia que va a cambiar todo lo que viene después.

Elena agradeció con un gracias. Saura asintió y empezó a hablar.

Le explicó lo que había. La patrulla de tráfico que había encontrado el vehículo a las cuatro y veinte de la madrugada en el arcén de la V-21, a la altura del kilómetro dieciséis.

El impacto contra el quitamiedos en una curva abierta, sin señales de frenada previas en el asfalto.

Lluvia moderada en ese tramo durante la madrugada, visibilidad reducida.

Elena interrumpió.

Preguntó qué significaba que no había señales de frenada. Si eso no era raro. Si Marcos no habría frenado al ver la curva.

Saura no se alteró. Respondió con la misma paciencia con que había empezado, como si la interrupción fuera lo más natural del mundo, que en cierta forma lo era.

Dijo que la ausencia de marcas de frenada podía tener varias explicaciones.

Un momento de distracción, quedarse dormido al volante en un trayecto nocturno, algo que ocurría con más frecuencia de lo que la gente pensaba.

O un problema mecánico, un fallo en el sistema de frenos que no había dado tiempo a corregir.

Que era algo que estaban verificando pero que de momento no habían encontrado nada definitivo.

Elena escuchó. Algo en esa respuesta no cerraba del todo, lo notó, aunque no supo todavía dónde estaba exactamente la fisura.

Saura no mentía, eso también lo notó, la honestidad en su voz era de la clase que no se puede simular del todo.

Pero había una diferencia entre no mentir y tener todas las respuestas.

Saura continuó. El coche con el airbag activado, el conductor sin cinturón.

Marcos nunca se ponía el cinturón en trayectos cortos, Elena lo sabía, llevaba años diciéndoselo, y el impacto a una velocidad que el sistema de registro del vehículo situaba por encima del límite permitido.

No de forma extrema, había dicho Saura, eligiendo las palabras con cuidado. Pero sí por encima.

Elena interrumpió otra vez.

Dijo que Marcos llevaba conduciendo desde los dieciocho años.

Que no había tenido un accidente en su vida.

Que era de las personas que frenaban antes de las curvas por principio, incluso cuando la carretera estaba seca y no había nadie delante.

Lo dijo sin acusación, sin el tono de quien está culpando a alguien.

Pero lo dijo. Porque necesitaba decirlo, porque si no lo decía la información se quedaría dentro sin salida y eso era peor.

Saura asintió. Dijo que lo entendía. Que la experiencia al volante era un factor importante pero que en condiciones de lluvia nocturna y visibilidad reducida los márgenes de error se estrechaban para cualquier conductor, independientemente de los años que llevara.

Lo dijo sin condescendencia, con la misma precisión cuidadosa de antes.

Elena tuvo la sensación de que Saura era el tipo de persona que había tenido esa misma conversación muchas veces y que había aprendido, a base de repetirla, cuáles eran las palabras que ayudaban y cuáles las que no.

Su vista cayó de nuevo, brevemente, sobre la foto de la chica con el traje de graduación.

Un padre que ponía la foto de su hija en la mesa de trabajo donde cualquiera podía verla.

No era un gesto de descuido, era un gesto deliberado.

Decía algo sobre el tipo de hombre que era Saura, sobre lo que consideraba importante mostrar del mundo que lo rodeaba. Elena lo archivó sin nombrarlo.

Preguntó adónde iba Marcos a esa hora.

Saura explicó que eso era precisamente lo que estaban tratando de determinar.

Que de momento no habían podido establecer el punto de origen ni el destino del trayecto.

Que estaban revisando los movimientos del vehículo y cualquier otra información disponible.

Que si Elena recordaba algo que pudiera ser relevante, si Marcos había mencionado algún plan, alguna cita, alguna razón para estar fuera a esa hora, sería de gran ayuda.

Elena respondió que no. Que Marcos no había llegado a casa esa noche y que ella lo había dado a conocer esa mañana llamando al 091. Que no sabía dónde había estado.

Preguntó si sabían con quién había podido estar reunido. Si había algún rastro de eso.

Saura contestó que estaban revisando los registros disponibles. Que de momento no tenían nada concreto sobre los movimientos de Marcos en las horas previas al accidente. Que si aparecía algo se lo harían saber .

Sin testigos. Sin cámaras en ese kilómetro concreto. Sin ningún otro vehículo implicado. Saura lo afirmó con la neutralidad de quien expone hechos, no con la indiferencia de quien no les da importancia.

Elena preguntó si era normal que alguien condujera por la V-21 a esa hora.

Saura respondió que dependía. Que la V-21 era una vía de acceso habitual a varias zonas industriales y polígonos del extrarradio. Que no era inusual a cualquier hora.

Elena lo miró mientras respondía. Pensó que Saura creía lo que decía.

Que no había nada en su forma de hablar que sugiriera que estaba ocultando algo o que había llegado a una conclusión que prefería no compartir.

Era un hombre que tenía ante sí un accidente de tráfico con unas circunstancias específicas y que estaba explicando esas circunstancias con toda la honestidad de la que disponía.

El problema era que la honestidad de Saura alcanzaba exactamente hasta donde llegaba la información que tenía. Y Elena empezaba a tener la sensación, todavía vaga, todavía sin forma precisa, de que la información que tenía Saura no era toda la información que había.

Dijo que de momento la investigación seguía abierta pero que no había elementos que apuntaran a nada distinto de un accidente.

Que si aparecía algún elemento nuevo se lo harían saber de inmediato.

Que si ella recordaba algo, o encontraba algo en casa que pudiera ser relevante, que no dudara en contactar con él.

Le dio su tarjeta.

Elena la cogió. La miró un momento. Antonio Saura Medina.

Inspector. Brigada de Seguridad Ciudadana.

Un número de teléfono directo y un correo electrónico.

La pasó entre los dedos antes de guardarla en el bolsillo del abrigo, notando el grosor ligero de la cartulina, ese pequeño gesto físico que a veces hace más real un dato que el propio dato.

Antes de levantarse, Saura cerró la carpeta y la dejó a un lado, como si quisiera separar lo que había dicho hasta entonces de lo que iba a decir a continuación.

No miró a Elena directamente sino hacia algún punto de la sala, con la expresión de alguien que está formulando un pensamiento que lleva tiempo sin formular en voz alta.

Dijo que llevaba muchos años en esto. Que había visto muchos casos, muchas familias en situaciones como la de Elena, y que lo que más le había sorprendido con el tiempo no era la gente que hacía cosas malas sino otra cosa.

Que lo que más le había sorprendido, si era honesto, era lo poco que sabemos de las personas que tenemos más cerca.

Que la vida en pareja, en familia, creaba una especie de ilusión de conocimiento, la sensación de que porque compartíamos un espacio y una historia con alguien lo conocíamos del todo, y que esa ilusión a veces no se correspondía con la realidad.