Capitulo 3
El miércoles amaneció con esa luz plana y sin compromiso que tiene Valencia en noviembre, el tipo de luz que no promete nada, ni lluvia ni sol, solo un gris uniforme que se instala sobre la ciudad como si pensara quedarse una temporada.
Elena llegó al instituto a las ocho menos cuarto, como siempre.
Antes de entrar, sentada todavía en el coche con el motor apagado, marcó el número de Marcos.
Lo había intentado ya en el piso, justo antes de salir, y el resultado había sido el mismo que ahora, señal de apagado, sin tonos, sin buzón de voz, el silencio específico de un teléfono que no existe en ninguna red.
Se quedó un momento con el móvil en la mano y el motor apagado, mirando la fachada del instituto a través del parabrisas, antes de decidirse a salir del coche.
Lo guardó en el bolso. Cogió la bolsa con los exámenes sin corregir y el ordenador portátil y entró por la puerta lateral que usaban los profesores para no cruzarse con el aluvión de alumnos que llegaba por la principal entre las ocho y las ocho y cuarto.
En la sala de profesores había tres compañeros tomando café.
Le dijeron buenos días. Elena respondió con un buenos días.
Abrió su taquilla, dejó el abrigo, sacó el temario del día.
Nadie le preguntó nada. Ella no dijo nada.
Se sirvió un café que no llegó a beberse del todo, lo dejó en la mesa y salió hacia el aula con la bolsa al hombro, notando el peso de la noche anterior en los hombros de una forma que no tenía nada que ver con el peso real de los exámenes que llevaba dentro.
Tenía dos clases ese miércoles. Primero con segundo de bachillerato, a las ocho y media, la Revolución Francesa, un tema que Elena podía explicar casi sin pensar, con los ojos cerrados, con la mitad del cerebro en otro sitio.
Después una hora libre. Después con tercero de la ESO a las once y media, la clase más ruidosa y más impredecible del instituto, la que requería toda la atención disponible y a veces más.
Entró en el aula de segundo de bachillerato y empezó a hablar.
Lo hizo en piloto automático, esa forma de funcionar que el cuerpo aprende cuando lleva años haciendo lo mismo, cuando los gestos y las palabras están tan interiorizados que no necesitan supervisión consciente.
La guillotina, el Terror, Robespierre, el 9 Termidor.
Elena lo decía, lo escribía en la pizarra, respondía preguntas, señalaba fechas en el mapa.
Y mientras lo hacía, por debajo de todo eso, como un ruido de fondo que no se podía apagar, estaba la misma pregunta que había estado haciéndose desde que se levantó.
Dónde estaba Marcos.
No era solo la pregunta. Era el tiempo que llevaba sin respuesta.
Hacía ya casi veinticuatro horas desde la última vez que había tenido alguna señal de vida de su marido, una señal que no había sido más que su ausencia en la cama cuando se había despertado a las dos de la madrugada.
Y el teléfono apagado. Ese detalle era el que más le pesaba, el que se le metía entre frase y frase mientras explicaba las causas del Terror ante treinta alumnos que tomaban notas sin saber que su profesora estaba en otro sitio.
Marcos nunca tenía el teléfono apagado. Era una de esas personas que lo necesitan siempre encendido, que lo cargan en cualquier enchufe disponible antes de que baje del cincuenta por ciento.
Que se le agotara la batería era posible.
Que lo apagara deliberadamente era otra cosa.
Y que lo apagara deliberadamente sin haberle dicho nada a ella, sin haber encontrado la manera de contactarla de ninguna forma en casi veinticuatro horas, era demasiadas casualidades juntas para llamarlas casualidades.
Los alumnos de segundo tomaban notas. Uno levantó la mano para preguntar algo sobre los girondinos. Elena respondió. Siguió hablando.
La hora libre la pasó en su mesa de la sala de profesores con los exámenes sin corregir delante y el bolígrafo rojo en la mano.
Corrigió dos. En el tercero se quedó mirando una respuesta sobre las causas de la Primera Guerra Mundial sin leerla del todo, con la vista fija en las letras pero la cabeza en otra parte.
Lo dejó, fue a la máquina del café, volvió .
Sacó el móvil. Marcó el número de Marcos.
Señal de apagado.
Lo mismo que por la mañana. Lo mismo que cuando lo había intentado desde el piso antes de salir.
El teléfono de Marcos llevaba horas apagado y él no había encontrado la manera de decirle que estaba bien, de mandarle un mensaje desde el teléfono de alguien, de llamar desde cualquier número que no fuera el suyo.
Había tenido toda la noche y toda la mañana para hacerlo y no lo había hecho.
Elena guardó el móvil. Cogió el bolígrafo.
Corrigió otros tres exámenes sin recordar después lo que había leído.
En algún momento de esos veinte minutos se dio cuenta de que llevaba el mismo folio delante desde hacía rato, con el bolígrafo rojo apoyado sobre el margen sin haber trazado nada, y tuvo que obligarse a leer la respuesta desde el principio para poder puntuarla.
La clase de tercero de la ESO fue más difícil.
Tercero era un grupo con energía propia, con una dinámica interna compleja que requería atención constante, saber quién estaba en qué estado, detectar antes de que ocurriera el momento en que una discusión entre dos alumnos podía convertirse en algo más, mantener el ritmo sin perder a los que iban rezagados ni aburrir a los que iban adelantados.
Elena lo hizo. Lo hizo bien, o suficientemente bien, porque nadie notó nada.
Los alumnos salieron al recreo con el mismo ruido de siempre y Elena se quedó un momento sola en el aula, de pie frente a la pizarra con el borrador en la mano, en silencio.
Pensó que quizás había una explicación simple que ella todavía no sabía.
Que quizás Marcos estaba bien y habría noticias antes de que terminara el día.
Que el teléfono apagado y la noche sin avisar tenían una razón que haría que todo esto pareciera exagerado en retrospectiva.
Se lo dijo con la firmeza de quien necesita creerlo para poder seguir funcionando.
Borró la pizarra. Recogió sus cosas. Fue a la sala de profesores a coger el abrigo.
La llamada llegó a las seis menos cuarto, cuando Elena estaba en la puerta del instituto poniéndose el abrigo con una mano y sujetando la bolsa con la otra.
El teléfono sonó en el bolsillo y Elena lo sacó sin mirar la pantalla primero, con el gesto automático de quien siempre coge las llamadas. Después lo miró. Número desconocido, nueve dígitos que no reconoció.
Hubo una fracción de segundo, menos que eso, un instante sin nombre, en que algo por debajo del pensamiento consciente le dijo que no era una llamada normal.
No supo por qué. El número no significaba nada, la hora tampoco.
Pero el instinto llegó antes que la lógica y el instinto dijo que algo había pasado.
Cogió la llamada .
La voz era de hombre, joven, con ese tono neutro y entrenado que se aprende cuando el trabajo consiste en dar noticias que nadie quiere recibir. Se identificó como agente de la Policía Nacional, unidad de atestados de Valencia. Preguntó si era Elena Martín Soler, esposa de Marcos Martín Valls.
Ella confirmó.
El agente hizo una pausa de menos de un segundo, el tipo de pausa que no es duda sino protocolo, el espacio que se deja para que la otra persona esté lista, aunque nadie está nunca realmente lista, y le comunicó que lamentaba informarle de que su marido había fallecido esa madrugada en un accidente de tráfico en la V-21, a la altura del kilómetro dieciséis.
Que si podía acercarse a dependencias policiales para los trámites de identificación y papeleo correspondiente.
Elena confirmó que sí. Dijo que iba para allá. Murmuró gracias, aunque no supo por qué.
Colgó.
Se quedó de pie en la acera, delante de la puerta del instituto, con el móvil en la mano y el abrigo a medio poner.
La gente pasaba a su alrededor, alumnos que salían, padres que llegaban a recoger, un par de compañeros que cruzaron sin mirarla.
El mundo seguía su ritmo exactamente igual que un minuto antes, con la misma velocidad y el mismo ruido, como si nada hubiera cambiado, como si la información que acababa de entrar por esa llamada no tuviera ningún efecto sobre el resto de las cosas.
A su lado pasó una alumna de tercero, una chica callada que siempre se sentaba en la primera fila y que a veces se quedaba después de clase a preguntar cosas que el resto no preguntaba, y le dijo adiós profesora con esa entonación específica que tienen los adolescentes cuando se despiden de los adultos que les gustan.
Elena movió la cabeza. No supo si fue en respuesta o porque el cuerpo necesitaba hacer algo.
El cielo estaba de ese color gris plano que tiene Valencia en noviembre cuando no ha llovido todavía pero va a llover.
Pensó: Marcos ha muerto.
Lo pensó como quien lee una frase en otro idioma que entiende pero no siente.
Las palabras existían, tenían significado, remitían a algo concreto en el mundo.
Pero no tenían peso todavía. Eran información.
Solo eso. El peso vendría después, o eso le dijo algo por debajo del pensamiento consciente, como una advertencia amable de que el cuerpo estaba gestionando los tiempos por su cuenta y que ahora mismo lo que necesitaba era funcionar.
Caminó hasta el coche .
Tardó doce minutos en encontrar aparcamiento cerca de comisaría.
Dio dos vueltas a la manzana con las manos en el volante y la radio apagada, mirando los bordillos pintados de amarillo, los vados, los coches aparcados en doble fila con las luces de emergencia puestas.
En cualquier otro momento le habría parecido una molestia menor, una de esas pequeñas frustraciones urbanas que se olvidan en cinco minutos.
Ahora era el único pensamiento concreto que tenía, encontrar un sitio, aparcar, entrar, porque los pensamientos concretos eran manejables y lo otro todavía no.
No lloraba. No sentía que fuera a llorar.
Conducía con las dos manos en el volante y la espalda recta y los ojos en la carretera como si fuera un trayecto cualquiera, como si el destino fuera el supermercado o el médico o cualquier otro sitio al que uno va un miércoles por la tarde.
El shock tenía esa propiedad, convertir lo extraordinario en una especie de normalidad funcional que permitía seguir haciendo cosas mientras el resto del sistema procesaba lo que había ocurrido a una velocidad que el pensamiento consciente no podía seguir.
Marcos ha muerto en la V-21. Accidente de tráfico.
Esa madrugada. Esa madrugada ella estaba en la cama.
Había decidido no llamar. Había pensado que todo se resolvería solo y se había dormido y mientras dormía Marcos estaba en una carretera de circunvalación a las tres o las cuatro de la mañana y algo había pasado.
Algo había pasado y ella había dormido. Eso era lo que había. Era información. Era un hecho.
Encontró un hueco en una calle perpendicular, estrecho, entre una furgoneta y un coche más pequeño. Aparcó mal, con la rueda delantera demasiado cerca del bordillo y el morro del coche saliendo un palmo más de lo que debería. Lo miró un momento desde el asiento del conductor. Lo dejó así.
Caminó hasta comisaría.
En la entrada había dos agentes uniformados y una mujer con un niño pequeño que esperaba sentada en un banco con cara de llevar allí mucho tiempo.
Elena se acercó al mostrador, anunció su nombre, explicó que la habían llamado en relación con Marcos Martín Valls.
El agente del mostrador tecleó algo, asintió, le pidió que esperara un momento.
Se sentó en el banco de enfrente al de la mujer con el niño.
El niño tendría tres o cuatro años y estaba comiendo una galleta con una concentración absoluta, sin prestarle atención a nada más.
Elena lo miró sin verlo. A su alrededor la sala seguía siendo exactamente lo que era, la recepción de una comisaría a las seis de la tarde de un miércoles, con su luz fluorescente y su temperatura excesiva y el ruido sordo de teléfonos y conversaciones al fondo.
Un espacio completamente normal en el que Elena estaba sentada con la información de que su marido había muerto en una carretera de circunvalación esa madrugada y que todavía no pesaba lo que debería pesar.
El niño se le cayó un trozo de galleta al suelo, lo miró un segundo con una expresión de contrariedad total, y siguió comiendo lo que le quedaba en la mano como si nada.
La madre no se dio ni cuenta. Elena se sorprendió reparando en un detalle tan pequeño con la misma atención con que habría reparado en cualquier otro día, como si una parte de ella siguiera funcionando exactamente igual mientras otra parte esperaba, en algún sitio, a que le llegara el turno de reaccionar.
Pensó en Marcos.
Solo en Marcos. No pensó en llamar a Marta, no pensó en sus padres, no pensó en lo que vendría después, en los trámites y los papeles y todas las gestiones que habría que hacer.
Solo pensó en él. En que esa mañana, cuando había buscado sus llaves en el recibidor y no estaban, había pensado que quizás había vuelto mientras ella dormía y había salido otra vez.
En que el teléfono apagado llevaba horas siendo una señal que ella había intentado interpretar de todas las formas posibles menos de esta.
No puede ser verdad.
Lo pensó con la misma claridad con que pensaba otras cosas, pero debajo había algo diferente, una especie de resistencia del sistema, como cuando uno intenta instalar algo en un ordenador que no tiene espacio suficiente y el proceso se queda colgado.
La información estaba ahí. El espacio para contenerla todavía no.
Un agente de paisano apareció por la puerta del fondo. Se presentó: Inspector Saura. Le indicó que le acompañara.
Elena se levantó.
En ningún momento había llorado. En ningún momento había sentido que fuera a llorar. Lo que sentía era algo parecido al frío, pero por dentro, como si alguien hubiera dejado abierta una ventana en algún lugar al que ella no llegaba, y el aire de fuera entrara sin que hubiera forma de cerrarla.
Siguió al inspector por el pasillo.