Elena No fue un accidente (Elena 1) Capitulo 2 #2
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Capitulo 2 #2

Marcos se sentaba, encendía el ordenador, trabajaba.

A veces miraba el móvil, lo sacaba del bolsillo, lo miraba, lo volvía a guardar.

A veces se levantaba a buscar algo en las carpetas que guardaba en el cajón de abajo.

A veces se quedaba un momento con la vista perdida, mirando la pantalla sin teclear nada, con esa expresión que tienen las personas cuando están pensando en algo que no tiene que ver con lo que tienen delante. Después volvía a teclear.

No había llamadas en voz alta. No había mensajes escritos con urgencia, con esa postura que adopta el cuerpo cuando escribe algo que no quiere que nadie lea. No había nadie que apareciera en el encuadre. No había nada que pudiera recortarse y mostrarse como prueba de lo que fuera.

Cada tarde en el aparcamiento Elena revisaba la grabación con una mezcla de alivio y frustración que no sabía muy bien cómo nombrar.

Alivio porque no había encontrado nada. Frustración por la misma razón, porque si no había nada en esas grabaciones entonces el problema era ella, su cabeza, los tres años de sospecha construidos sobre impresiones y gestos y ausencias que quizás no significaban lo que ella había creído que significaban.

Algunas tardes se quedaba en el coche más tiempo del necesario, con el vídeo ya visto y la pantalla en negro, mirando el parabrisas y el muro de ladrillo del aparcamiento, sin ganas de arrancar todavía.

Al cabo de tres semanas, Elena desmontó la cámara.

Lo hizo una noche que Marcos se durmió pronto, con la misma discreción con que la había instalado.

Lo que había entendido, al cabo de veintiún días de grabaciones, era que si Marcos hacía algo que no debía, no lo hacía en casa.

Y que seguir grabando el estudio vacío solo demostraba que Elena estaba dispuesta a mirar pero no sabía dónde mirar.

Guardó la cámara en el fondo del armario del dormitorio, detrás de las cajas de zapatos.

Marcos nunca preguntó nada. Elena nunca dijo nada.

Y los dos siguieron viviendo en el mismo piso con la misma normalidad cuidadosa, como si nada hubiera cambiado, porque en cierto modo nada había cambiado, Elena seguía sin saber, y Marcos seguía sin decir.

El libro de historia medieval apareció un miércoles de noviembre, casi un año después.

Elena lo había comprado hacía tiempo en una librería de segunda mano, un tomo grueso con la cubierta de tela azul oscura, y nunca lo había terminado de leer pero tampoco lo había tirado porque había un capítulo en particular, el dedicado a la caída de Constantinopla, a aquella ciudad resistiendo sola mientras esperaba una ayuda que no llegaba, que le parecía una de las imágenes más tristes de la historia y al que volvía de vez en cuando, como se vuelve a las cosas que duelen un poco pero que contienen algo verdadero.

Ese miércoles había surgido en clase una discusión sobre el Imperio Bizantino.

Uno de los alumnos había dicho algo impreciso sobre las fechas y Elena le había corregido de memoria pero al llegar a casa quiso confirmar un dato concreto, una cifra que no recordaba con exactitud.

Fue a la estantería del estudio, buscó el libro entre los lomos alineados, lo sacó.

El papel estaba entre las páginas del capítulo de Constantinopla.

Un papel doblado en cuatro, cuadriculado, arrancado de una libreta. Elena lo desplegó sin pensar, con la misma automaticidad con que se abren los papeles que aparecen en los libros, esperando quizás una nota de la librería de segunda mano o una anotación olvidada de alguna lectura anterior.

Era una secuencia de caracteres. Números, letras, mayúsculas y minúsculas mezcladas, sin ningún patrón aparente. La letra era pequeña y ordenada.

Elena la reconoció antes de terminar de leerla.

Era la letra de Marcos .

Se quedó mirando el papel durante un momento.

Un sobresalto breve, el tipo de reacción que produce encontrar algo inesperado en un lugar donde no debería haber nada, no pánico, no revelación, solo el instante de desajuste entre lo que uno espera y lo que encuentra. Después el cerebro empezó a procesar.

Una secuencia de caracteres en la letra de Marcos, dentro de un libro que era suyo, en un capítulo que ella había leído varias veces.

Podía ser cualquier cosa. Una contraseña anotada y olvidada.

Un código para algo que ya no existía. Un número de serie, un PIN, cualquiera de esas cadenas alfanuméricas que la gente escribe en papeles y guarda en sitios que cree que son seguros.

Dobló el papel exactamente como estaba, lo metió entre las páginas del mismo capítulo, en el mismo sitio donde lo había encontrado, y cerró el libro.

Fue a buscar el dato que necesitaba en internet.

Esa noche, mientras cenaban, Marcos le preguntó cómo había ido el día.

Elena contestó que bien, que había habido una discusión interesante en clase sobre el Imperio Bizantino.

Marcos respondió que qué interesante, con el tono de alguien que escucha sin escuchar del todo. Elena asintió. Siguieron cenando.

Ninguno de los dos mencionó el libro.

Ninguno de los dos mencionó el papel .

Y cuando Elena se fue a la cama esa noche tardó en dormirse más de lo habitual.

No porque el hallazgo fuera dramático en sí mismo, no lo era, o al menos no tenía por qué serlo.

Sino porque había algo en ese papel, en esa secuencia de caracteres en la letra de Marcos guardada entre las páginas del libro que ella siempre releía, que le producía una incomodidad que no sabía nombrar del todo.

Podía ser una coincidencia. Podía ser nada. Probablemente era nada.

Pero se quedó despierta mirando el techo durante un rato, con una secuencia de caracteres memorizada girando en algún lugar de su cabeza, guardada con el mismo cuidado silencioso con que guardaba todas las cosas que no entendía del todo.

Solo por si acaso.