Elena No fue un accidente (Elena 1) Capitulo 2
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Capitulo 2

La primera vez que Elena pensó que algo no cuadraba fue un jueves de febrero de hace tres años, aunque entonces no lo llamó sospecha. Lo llamó cansancio.

Marcos había llegado tarde por cuarta vez en dos semanas.

Cena de trabajo, había dicho esa mañana antes de salir, con la misma naturalidad con que decía cualquier cosa.

Elena no había preguntado con quién ni dónde.

Le dio igual con quién porque estaba corrigiendo exámenes de tercero de la ESO en la mesa del comedor y tenía la cabeza en otra parte, en los errores de concepto que se repetían de alumno en alumno como si hubieran copiado no las respuestas sino la forma de equivocarse.

Pero cuando se fue a dormir y Marcos todavía no había llegado, se quedó mirando el techo y se dio cuenta de algo que no había pensado hasta entonces.

No sabía nada de cómo era el día de su marido.

No el día de ese jueves. Ningún día. Sabía que salía a las ocho y cuarto y llegaba entre las seis y las siete, salvo cuando había algo que lo retrasaba.

Sabía que comía un bocadillo en la gestoría la mayoría de los días porque decía que salir a comer perdía demasiado tiempo.

Sabía que había un compañero llamado Ferran con el que a veces tomaba café y otro llamado Paco que le caía mal desde hacía años por una razón que Elena no recordaba.

Pero no sabía qué hacía exactamente durante esas horas, de qué hablaba con la gente, qué pensaba mientras miraba la pantalla.

No sabía si le gustaba su trabajo o simplemente lo hacía. No sabía si era feliz.

No fue un pensamiento dramático. Fue una observación, casi clínica.

Como notar que una planta lleva semanas sin riego y preguntarte cuándo fue la última vez que la regaste, y darte cuenta de que no lo recuerdas.

Se quedó un rato con eso, tumbada de espaldas, mirando la sombra que la farola de la calle proyectaba en el techo, y en algún momento se dio cuenta de que llevaba varios minutos sin pestañear, con la vista fija en un punto que no era ningún punto, solo un lugar donde dejar los ojos mientras la cabeza hacía otra cosa.

Marcos llegó a las once y media. Elena fingió estar dormida.

Después vinieron otras cosas.

Los viajes fueron los primeros. Marcos nunca había viajado por trabajo, la gestoría era una empresa pequeña, con clientes locales, sin necesidad de desplazamientos, y de repente había tres en seis meses.

Murcia en marzo. Zaragoza en mayo. Castellón en junio, aunque Castellón estaba a menos de una hora en coche y no tenía muy claro por qué eso requería pasar la noche fuera .

Cada viaje llegaba con una explicación. Un cliente importante que prefería las reuniones presenciales.

Una formación obligatoria del sector. Una visita a unas instalaciones que había que inspeccionar in situ.

Las explicaciones eran razonables, completas, con el nivel justo de detalle para que no hubiera preguntas evidentes que hacer.

Elena las escuchaba, asentía, decía que de acuerdo.

Después se quedaba sola en el piso durante una noche o dos y pensaba que los billetes de tren o de autobús que Marcos dejaba a veces sobre la mesa existían, que las ciudades existían, que no había nada concreto a lo que agarrarse.

En esas noches sola había empezado a hacer algo que no se atrevía a nombrar del todo: dejaba la televisión encendida más tiempo del habitual, con un volumen bajo, solo para que el piso no sonara tan vacío.

Cenaba antes de lo que solía, como si adelantar el reloj pudiera adelantar también el momento en que Marcos volviera.

Y a veces, sin admitírselo, comprobaba en la aplicación del banco los cargos de las últimas horas, buscando el nombre de un hotel o de un restaurante que confirmara la ciudad que Marcos le había dicho, y cuando el cargo aparecía sentía un alivio que después le daba vergüenza, porque comprobar algo así ya era, en sí mismo, no creer del todo.

Pero los viajes se podían explicar. Lo del móvil no.

Marcos siempre había tenido el teléfono encima, era una de esas personas que lo usan para todo, el banco, el correo, la lista de la compra, pero en algún momento eso cambió de hábito a necesidad.

Lo llevaba al baño. Lo dejaba boca abajo sobre las superficies, siempre boca abajo, con una consistencia que requería esfuerzo consciente porque uno no deja el móvil boca abajo por accidente, uno lo deja boca abajo porque no quiere que nadie vea la pantalla cuando se enciende.

Cuando sonaba y Elena estaba cerca, Marcos lo cogía antes de que pudiera ver nada, con un gesto demasiado rápido para ser natural y demasiado repetido para ser casualidad.

Elena lo observó durante semanas sin decir nada.

En algún momento, en los peores momentos de esas semanas, pensó en preguntarle directamente.

En sentarse frente a él una noche después de cenar y decirle que tenía la sensación de que algo pasaba, que había cosas que no cuadraban, que necesitaba que le dijera qué era.

Lo pensó de verdad, llegó a ensayar mentalmente las palabras, a imaginar cómo empezaría la conversación.

Pero siempre se detenía en el mismo punto.

Marcos se ponía a la defensiva con facilidad.

Era algo que Elena había notado desde hacía tiempo, si ella hacía alguna pregunta que se salía del guion habitual de su vida en común, si insinuaba algo que sonara a cuestionamiento, Marcos reaccionaba con una tensión específica, breve pero visible, antes de responder.

No con agresividad, nunca con agresividad, sino con esa clase de defensividad que parece razonable desde fuera pero que desde dentro suena a puerta que se cierra.

Y Elena había aprendido, sin decidirlo conscientemente, que ciertas preguntas costaban más de lo que valía hacerlas.

Así que observó. Había aprendido desde pequeña que la observación era más útil que la pregunta. Las preguntas avisaban a la gente de que estabas mirando. La observación no avisaba de nada.

Compró la cámara un martes de octubre, a la salida del instituto.

No tomó el camino de siempre sino que dio un rodeo por el centro, alejándose de la ruta que Marcos conocía, por si acaso.

No sabía por si acaso qué, exactamente. Marcos estaba en la gestoría a esa hora.

No había ninguna razón para que apareciera en ninguna calle del centro a las cuatro de la tarde.

Pero dio el rodeo de todas formas, porque cuando uno empieza a moverse en secreto el secreto tiene su propia lógica y su propia geografía.

La tienda era pequeña, entre una papelería y una ferretería.

Entró, encontró lo que buscaba en menos de cinco minutos, una cámara pequeña, del tamaño de un mechero, con conexión wifi y capacidad para grabar en continuo durante doce horas, y pagó en efectivo.

El chico que atendía la caja tenía unos veinte años y no levantó la vista del móvil mientras hacía el cambio.

Elena se sorprendió calculando, mientras esperaba las vueltas, que aquel chico no tenía forma de saber para qué era la cámara, y que aun así ella había bajado un poco la voz al pedirla, como si el objeto en sí mismo fuera capaz de delatarla.

Elena guardó la cámara en el bolso, debajo de los exámenes sin corregir, y volvió a casa por el camino de siempre.

Esa noche, mientras Marcos veía el telediario en el salón, Elena instaló la cámara en el estudio.

Lo hizo con las manos un poco menos firmes de lo que habría querido.

No era miedo exactamente, era la conciencia de lo que estaba haciendo, de que había cruzado una línea que no podía descruzar después.

Estaba espiando a su marido. Había pagado en efectivo en una tienda a la que había ido dando un rodeo para que no la vieran, y ahora estaba instalando una cámara oculta en el cuarto donde él trabajaba por las noches.

Había algo en eso que chocaba con la imagen que tenía de sí misma, con la persona que creía ser.

Pero el orgullo también dolía. Y el orgullo había resultado ser más fuerte que la imagen.

Colocó la cámara en la estantería de arriba, entre un diccionario de sinónimos y una caja de cartón con documentos viejos, orientada hacia el escritorio donde Marcos se quedaba después de cenar con el ordenador.

Comprobó la imagen desde el móvil, ajustó el ángulo un par de milímetros, y salió del estudio antes de que Marcos terminara el telediario .

Esa noche durmió mejor de lo que había dormido en semanas.

No porque esperara encontrar algo. En el fondo, en ese lugar donde uno se dice la verdad cuando nadie más está mirando, Elena esperaba no encontrar nada.

Esperaba que las grabaciones mostraran exactamente lo que habían mostrado siempre, a Marcos trabajando, a Marcos mirando el móvil, a Marcos siendo el hombre discreto y metódico que llevaba ocho años siendo, y que eso le permitiera decirse que había sido todo imaginación suya.

Que la desconfianza era el problema, no Marcos.

Que el matrimonio estaba bien y ella estaba viendo fantasmas donde no había nada.

Pero algo dentro de ella, algo más antiguo y más honesto que esa esperanza, la había empujado a poner la cámara de todas formas. Como un acto de confirmación. Como una forma de decirse: tienes que saberlo, sea lo que sea.

Así que durmió mejor. Porque por fin estaba haciendo algo.

La rutina de las tres semanas siguientes fue siempre la misma.

Elena salía del instituto a las cuatro, caminaba hasta el aparcamiento, se sentaba en el coche y antes de arrancar abría la aplicación en el móvil y revisaba la grabación del día anterior.

La pantalla pequeña del teléfono, el ángulo fijo de la cámara, Marcos en la silla del escritorio con la luz del flexo encendida.

Lo que veía era siempre lo mismo.