Elena No fue un accidente (Elena 1) Capitulo 1 #2
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Capitulo 1 #2

A las dos de la madrugada cogió el móvil. Lo desbloqueó. Buscó el nombre de Marcos en los contactos y se quedó mirándolo sin pulsar llamar. Después lo dejó en la mesilla otra vez.

Se dijo que si algo le hubiera pasado de verdad, algo grave, ya habrían llamado.

La policía, el hospital, alguien. Las malas noticias siempre encontraban el camino de llegar, eso lo sabía desde los cuarenta y dos años de su padre, desde la llamada que había recibido Marta un miércoles por la tarde y que había llegado a Elena diez minutos después en otra llamada, con la voz de su hermana haciendo ese esfuerzo específico de mantenerse entera para poder hablar.

Las malas noticias llegaban. El silencio no era una mala noticia. El silencio era solo silencio.

Se durmió con eso.

Sin saber que estaba eligiendo no saber.

A las ocho y cuarto de la mañana siguiente abrió los ojos .

Lo primero que hizo fue mirar el otro lado de la cama.

La almohada sin marca, el edredón liso, el despertador de Marcos en la mesilla con la pantalla apagada.

Lo supo antes de mirar, lo había sabido desde antes de dormirse, pero verlo con la luz de la mañana era diferente.

La luz de la mañana no dejaba espacio para las versiones que se necesitan por la noche.

Marcos no había llegado.

Se quedó un momento más tumbada, mirando el techo, notando el peso concreto de esa certeza antes de moverse. Después se levantó. Fue al recibidor.

El perchero estaba igual que la noche anterior — su abrigo, el abrigo de Marcos, el paraguas, la bolsa de la compra reutilizable.

La bandeja donde dejaban las llaves tenía las suyas.

No tenía las de Marcos. Elena las miró un momento, como si la ausencia de unas llaves pudiera decirle algo que todavía no sabía, y después fue a la ventana del salón.

La calle estaba en ese estado quieto de las mañanas entre semana, antes de que el barrio terminara de arrancar.

Un par de personas caminando hacia el metro, una furgo de reparto con las luces de emergencia puestas, un hombre sacando a un perro pequeño que olisqueaba la base de cada árbol con la concentración absoluta de quien tiene una misión.

Elena miró los coches aparcados. El hueco donde Marcos solía dejar el suyo estaba ocupado por un Seat azul que no era el suyo .

No estaba.

Cogió el móvil. Marcó el número de Marcos. Cuatro tonos. Buzón de voz. La voz grabada de Marcos, neutra y breve, pidiendo que dejara un mensaje tras la señal. Elena no dejó ninguno.

Se quedó sentada en el borde de la cama mirando el suelo.

Las baldosas del dormitorio eran de ese beige neutro que tienen los pisos comprados con treinta años y poca imaginación, y Elena llevaba ocho años mirándolas sin verlas.

Pensó que nunca las habían cambiado aunque a los dos les parecieran feas.

Que había muchas cosas así en el piso, cosas que se quedan porque nadie toma la decisión de moverlas.

Llamó al 091.

La voz que respondió era joven y profesional, entrenada para exactamente ese tipo de llamada a exactamente esa hora de la mañana.

Elena habló con la misma calma con la que habría llamado a una compañía de seguros para notificar un parte.

Nombre completo del desaparecido: Marcos Martín Valls.

Edad: cuarenta y un años. Descripción física.

Última vez vista: ayer por la mañana, antes de que los dos salieran a trabajar.

No, no habían discutido. No, no tenía familia en otra ciudad a la que pudiera haber ido sin decírselo.

Sí, tiene coche propio. No, no sé la matrícula de memoria, tengo que buscarla.

Buscó la matrícula en un correo antiguo de la ITV.

Marcos le había reenviado el mensaje el año pasado cuando ella llevó el coche a la revisión porque él no podía ese día.

Lo encontró en treinta segundos. Lo leyó en voz alta con la misma calma de todo lo demás mientras el agente al otro lado tecleaba.

Cuando colgó se quedó sentada en el borde de la cama un momento más.

Por la ventana entraba una luz blanca y fría de noviembre que no había decidido todavía si iba a llover.

En la calle alguien arrastraba un contenedor de basura por el asfalto con ese ruido específico que tiene el metal sobre la piedra, honesto y sin pretensiones, el sonido de alguien haciendo lo que tiene que hacer.

Elena pensó que probablemente Marcos aparecería antes de que terminara el día.

Se lo dijo con claridad. Con la misma claridad con que se había dicho a las dos de la madrugada que habría una explicación en una sola frase.

Se lo dijo porque necesitaba poder levantarse, porque el día que seguía a una noche sin Marcos tenía que parecerse al resto de los días o no sabía cómo empezarlo, porque había una clase a las nueve y media con tercero de la ESO y treinta y dos alumnos que no sabían nada de todo esto y que necesitaban que Elena entrara por esa puerta con el temario del día y la lista de asistencia.

Que Marcos aparecería antes de que terminara el día .

Que esta llamada se convertiría en una anécdota que nunca le contarían a nadie.

Se levantó. Fue a la cocina. Puso el café.

Y mientras esperaba a que el agua hirviera se quedó de pie frente a la ventana mirando el patio interior del edificio, las macetas de la vecina del segundo, la ropa tendida del primero, el gato naranja que vivía en los bajos y que aparecía cada mañana en el alféizar como si tuviera un horario, y no pensó en nada concreto, o eso se dijo, aunque en algún lugar por debajo del pensamiento consciente algo ya sabía que el día que empezaba no iba a parecerse a ningún otro.