Elena No fue un accidente (Elena 1)
© inepub.com
Capitulo 1
La cena estaba en el microondas desde las nueve.
Elena la sacó a las once, se sentó sola en la mesa y comió sin hambre.
Guisantes con jamón y un trozo de empanada que había sobrado del día anterior.
No era la cena de alguien que hubiera esperado compañía.
Era la cena de alguien que había aprendido, sin darse cuenta y sin decidirlo del todo, a no esperarla.
El comedor era pequeño, como el resto del piso, un tercero en el centro de Valencia comprado cuando los dos tenían treinta años y creían que el tamaño de las cosas iría creciendo con el tiempo.
La mesa era de madera clara, con cuatro sillas de las que solo se usaban dos, y en el centro había un frutero de cerámica azul que la madre de Elena les había regalado en la boda y que ninguno de los dos había propuesto quitar aunque a ninguno de los dos les gustara demasiado.
Cosas así. El piso estaba lleno de cosas así, objetos que se quedan porque nadie toma la decisión de moverlos, igual que hay conversaciones que no se tienen porque nadie toma la decisión de empezarlas.
Elena comió mirando el frutero. Después miró el móvil.
Después volvió a mirar el frutero. La empanada estaba fría por dentro, con ese punto gomoso que coge la masa cuando pasa demasiado tiempo entre el horno y la boca, y aun así siguió comiendo, un bocado detrás de otro, con la mecánica de quien come porque hay que comer y no porque el cuerpo lo pida.
Marcos no había llamado.
No era la primera vez que llegaba tarde.
Había cenas de trabajo que se alargaban, algún viernes que se quedaba con compañeros de la gestoría, noches en que el tráfico de la ciudad conspiraba contra cualquier horario.
Elena había aprendido a no preguntar dónde estaba porque las respuestas siempre sonaban razonables, completamente, perfectamente razonables, y porque había algo en ella que prefería las respuestas razonables a las que no lo eran.
Pero Marcos siempre avisaba. Era uno de esos hábitos pequeños que se instalan en un matrimonio sin que nadie los decida, como dejar las llaves en el mismo sitio o cerrar el grifo del baño antes de salir.
Un mensaje corto, a veces solo un emoji, pero siempre algo. Siempre.
Esa noche no había habido nada.
Recogió los platos sin terminar la empanada.
Fregó los dos vasos que había usado durante el día, la sartén de los guisantes, el plato.
Lo hizo despacio, con el agua más caliente de lo necesario, y cuando terminó secó la encimera aunque no estuviera mojada.
Era un gesto automático, de los que hace el cuerpo cuando la cabeza está en otro sitio, en la pantalla del móvil boca arriba junto al fregadero, en el silencio del piso, en el ascensor que subía y bajaba sin detenerse en su planta.
Fue al salón. Recogió el periódico que nadie había leído, lo dobló, lo dejó en la mesita.
Cogió un cojín del sofá que había quedado torcido y lo enderezó.
Fue al dormitorio, recogió la ropa que Marcos había dejado sobre la silla antes de salir esa mañana, un jersey de lana gris, los pantalones del día anterior, los calcetines enrollados encima como siempre, y la dobló y la dejó en el cajón que era el suyo.
El jersey todavía olía a él. Elena no lo pensó en ese momento.
Lo notó, de la misma forma en que se notan las cosas que no se quieren notar, y siguió doblando.
Cogió la mopa y pasó por el pasillo y la cocina aunque el suelo no lo necesitara.
Cuando terminó eran casi las doce menos cuarto y la casa estaba tan ordenada como podía estarlo, y ese orden no le dio la sensación de calma que solía darle.
Le dio la sensación de estar rellenando un hueco con tareas para no tener que mirar directamente lo que había dentro del hueco.
Se sentó en el sofá con el móvil en la mano.
La pantalla estaba en negro. Lo encendió. Ningún mensaje. Ninguna llamada perdida. Lo volvió a dejar boca arriba sobre el cojín de al lado y se quedó mirándolo como si eso pudiera cambiar algo, como si la atención fuera suficiente para hacer que apareciera lo que no estaba.
Pensó en llamarle. Pensó que si llamaba y no contestaba eso sería peor que no llamar, porque entonces ya no podría decirse que quizás estaba en algún sitio sin cobertura o con el móvil en silencio.
Pensó que si llamaba y contestaba, con esa voz tranquila que ponía cuando explicaba cosas que no necesitaban tanta calma, ella iba a notar que había llamado con miedo y él iba a notarlo también y habría algo en eso, en ser vista teniendo miedo, que le resultaba insoportable.
Fue a la cocina a beber agua. Volvió. Se sentó otra vez.
Cogió el móvil y escribió: ¿Todo bien?
Lo miró un momento. Dos palabras con signos de interrogación, neutras, sin el peso de lo que había debajo. Lo borró.
Lo volvió a escribir. Lo borró otra vez.
Lo intentó una tercera vez, cambiando el orden — Todo bien?
— sin el primer signo de interrogación, como si quitar un carácter pudiera quitarle también parte de la urgencia que llevaba dentro.
Tampoco lo envió. Dejó el móvil boca abajo sobre la mesita y se quedó mirando la pantalla del televisor apagado, donde se reflejaba una versión oscura y deformada del salón, de ella misma sentada con las piernas recogidas bajo el cuerpo.
Se dijo que si algo hubiera pasado ya le habrían llamado.
Que Marcos era un adulto con cuarenta y un años y carnet de conducir desde los dieciocho y la capacidad de resolver cualquier cosa que pudiera haberle pasado en una noche de martes en Valencia.
Que había noches así, noches sin explicación aparente que al día siguiente tenían una explicación completamente razonable.
Pensó en la noche de hacía año y medio.
Había pasado algo parecido entonces, aunque no exactamente igual.
Marcos no había llegado a dormir, sin avisar, sin mensaje, sin llamada.
Elena había pasado una noche similar a esta, con el móvil en la mesilla y el otro lado de la cama sin deshacer y los mismos pensamientos dando vueltas en la misma oscuridad.
Y Marcos había aparecido a la mañana siguiente con una bolsa de churros y una explicación que cerraba todas las preguntas antes de que pudieran formularse del todo.
Había salido con unos compañeros del trabajo, la noche se había alargado más de lo previsto, cuando se quiso dar cuenta era demasiado tarde para llamar y no quería molestarla.
Elena había aceptado los churros. Habían desayunado juntos en la cocina, en silencio en su mayor parte, con esa normalidad recuperada que a veces es más incómoda que el conflicto abierto porque ninguno de los dos nombraba lo que había pasado y los dos sabían que el otro lo sabía.
Ahora ese recuerdo volvía con otro peso.
No porque lo de entonces fuera necesariamente mentira, quizás era exactamente lo que había contado, una noche que se alargó y un hombre que no quiso molestar.
Sino porque lo que cambiaba no era ese recuerdo sino el marco en que lo estaba viendo.
Y el marco estaba cambiando, muy despacio, sin que Elena hubiera tomado todavía ninguna decisión al respecto.
Se dijo que lo mejor que podía hacer era irse a dormir.
Se fue a dormir.
O lo intentó.
Se tumbó en su lado de la cama con el móvil en la mesilla, boca arriba, con el brillo al mínimo para verlo si se encendía.
Dejó el otro lado sin deshacer. No porque no quisiera deshacerlo, era un gesto automático, el mismo de cada noche, el lado de Marcos sin tocar hasta que Marcos llegara.
Pero esa noche el gesto tenía un peso distinto, una especie de declaración que Elena no quería examinar demasiado.
La persiana dejaba entrar una línea de luz de la calle que cruzaba el techo del dormitorio en diagonal.
Elena la conocía de memoria, sabía exactamente a qué altura estaba, cómo se movía cuando pasaba un coche, cómo cambiaba de intensidad entre las doce y las tres cuando los bares de la calle paralela iban cerrando uno a uno y la ciudad bajaba el volumen poco a poco.
Había mirado esa línea de luz tantas noches que ya no la veía. La vio ahora.
La vio y pensó en Marcos .
No en el Marcos de esa noche, ausente y en silencio, sino en el Marcos de hacía años, cuando acababan de comprarse el piso y todavía todo en él les parecía un descubrimiento.
La forma en que se quedaba dormido en seguida, con una facilidad que a Elena siempre le había parecido casi injusta.
El ruido suave de su respiración. El peso de su cuerpo en el colchón, ese desplazamiento leve que se nota cuando alguien se mueve o se da la vuelta y que es tan pequeño que no te despierta pero sí te dice que no estás sola.
Hacía tiempo que Elena había dejado de pensar en esas cosas.
No sabía exactamente cuándo. Había habido un antes y había un ahora y entre los dos había una frontera que no recordaba haber cruzado, que quizás no se cruzaba de una sola vez sino en pequeños pasos tan graduales que cuando llegabas al otro lado ya no recordabas desde dónde habías empezado.
Durmió a ratos. No del tirón sino en fragmentos, esa forma de dormir que no descansa del todo porque la cabeza sigue encendida por debajo y cualquier ruido del edificio, el ascensor, una puerta, unos pasos en el rellano, la trae de vuelta a la superficie antes de que pueda hundirse del todo.
Cada vez que se despertaba lo primero que hacía era mirar el otro lado. Y el otro lado seguía igual.
En uno de esos despertares, pasadas la una según el móvil, se quedó un rato con los ojos abiertos escuchando los sonidos del edificio.
Una cañería en algún piso de arriba. El motor de la nevera arrancando en la cocina con ese zumbido grave que normalmente no oía.
Un coche pasando despacio por la calle, casi al ralentí, y el silencio después, más denso que antes de que pasara.