5. LA REGLA DE LA CASA #3
—No, señor —dijo Elena, y era la cosa más verdadera que había dicho en su vida—. No queda nada.
—Bien —dijo él. Y después—: Falta el sello.
Elena no supo qué quería decir hasta que lo sintió.
Viktor se colocó detrás de ella, entre sus piernas abiertas y amarradas, y le pasó primero la mano por donde estaba mojada —comprobando, con esa frialdad de siempre, hasta qué punto el castigo la había encendido, y encontrándola encendida del todo— y usó esa humedad para prepararla despacio, con paciencia, con un dedo primero y después con dos, abriéndola por detrás con la misma calma milimétrica con la que hacía cada cosa, sin preguntar, porque no se pregunta lo que ya es de uno.
Elena, todavía atada, todavía deshecha, se abrió a eso también, sin defensa, con un sonido roto en la garganta, porque ya no le quedaba nada con qué cerrarse.
Y cuando la sintió lista, la tomó por detrás, entero, hondo, sujetándola por las caderas altas que el caballete le ofrecía, y la poseyó en el último sitio que le faltaba por poseer, lento y total, hasta el fondo, hasta que Elena no fue más que eso, un cuerpo abierto y lleno y suyo, atado, agradecido, terminado.
La usó largo, sin prisa, y ella se dejó usar con un abandono absoluto, corriéndose en algún punto sin permiso y sin darse cuenta siquiera de que se corría, deshecha en una entrega que ya no distinguía dónde terminaba el castigo y dónde empezaba la posesión, porque eran la misma cosa.
Y cuando él terminó, dentro, y se quedó un momento quieto y hondo dentro de ella, no se retiró enseguida.
En su lugar, Elena sintió que él ponía algo en el sitio que acababa de dejar: algo firme, curvo, frío al principio y tibio enseguida, que la llenó y se quedó, un peso nuevo y permanente que su cuerpo aceptó y cerró sobre sí.
Y sintió, colgando detrás, rozándole apenas los muslos, algo suave y ligero que se movía cuando ella se movía.
—Esto se queda —dijo Viktor, y le acomodó el sello con dos dedos, comprobándolo como comprobaba todo—.
Lo va a llevar puesto cuando yo lo diga, y a partir de esta noche va a ser con frecuencia.
Es la marca de que es mía. No la elige usted, no se la quita usted.
La cola dice, sin que yo tenga que decir nada, de quién es este cuerpo.
—Le pasó la mano por la cadera, y la cola rosa se movió con el gesto—. Ahora sí está hecha.
* * *
La desató despacio, muñeca por muñeca, tobillo por tobillo, frotándole cada punto donde el cuero había ceñido para devolverle la sangre, y cuando la tuvo suelta la levantó del caballete y la sostuvo contra su cuerpo, porque las piernas de Elena no la sostenían.
La tuvo así un rato largo, de pie, en aquel cuarto sin ventanas, con una mano firme en la espalda castigada y la otra en la nuca, y Elena se dejó sostener con la cara hundida en la camisa de él, temblando, vaciada, con el sello nuevo pesándole dentro y la piel ardiéndole por fuera y una calma inmensa y desconocida abriéndose en el centro de todo.
No hubo palabras dulces. Elena ya sabía que no las habría, y ya no las echaba de menos.
La mano en su nuca no era ternura; era la mano que se posa sobre una cosa recién terminada para sentir que responde, y ella respondía, se apretaba contra esa mano, buscaba ese peso.
Estaba, por primera vez en su vida, completamente en paz.
No quedaba en ella una sola decisión que tomar, una sola parte que defender, un solo rincón que fuera suyo y no de él.
Se lo había dado todo. Se lo habían sacado todo.
Y en el hueco enorme que eso dejó no había, creía ella, más que descanso.
Solo que no era todo descanso, y Elena, tan cansada, tan vaciada, tan en paz, alcanzó apenas a rozar lo otro sin llegar a nombrarlo.
La presión de siempre —la que la había empujado hasta la puerta de él, la que ninguna mano propia había sabido calmar— seguía ahí, en el fondo de todo.
No la habían vaciado esta noche tampoco.
La habían sellado. El castigo le había sacado de encima hasta la última resistencia, sí, pero eso que empujaba desde siempre no era una resistencia: era otra cosa, más honda, que no salió con los golpes porque no estaba hecha para salir por ahí, y que ahora, con todas las salidas de Elena cerradas de una vez —el cuerpo poseído entero, la boca callada, las decisiones entregadas, hasta el último sitio marcado con un sello que no podía quitarse—, se quedaba dentro, quieta, sin ningún lugar adonde ir.
Elena no lo pensó así. Apoyada en el pecho de Viktor, sostenida por sus manos, con la cola rosa pesándole dentro como la firma de que ya era completamente suya, sintió solo la paz, y se entregó a ella, y creyó que la paz era el final del camino.
Se durmió de pie contra él, casi, exhausta y en calma, sin saber que una presión que ya no tiene por dónde salir no desaparece: espera.
Y que lo que se sella entero, entero termina, un día, por reventar.
No esa noche. Esa noche solo estaba hecha, como él había dicho, y era suya, y estaba en paz.