Elena, El Umbral de la Obediencia (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 4) 5. LA REGLA DE LA CASA #2
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5. LA REGLA DE LA CASA #2

Se detuvo delante de ella. La miró largo, sin tocarla, con las manos en los bolsillos, y cuando habló lo hizo despacio, como quien le explica una cosa importante a alguien a quien va a doler.

—Le voy a decir cuál fue su falta, porque quiero que la entienda antes, no después.

No fue hablar. No fue cubrirse. Esas son las ramas.

—Sacó una mano del bolsillo y le apartó un mechón de la cara, casi con calma—.

Su falta fue decidir. Le di una sola cosa que hacer esta noche: no decidir nada, ni para complacerme.

Y usted, para complacerme, decidió. Se creyó, por un segundo, dueña de cómo servirme mejor.

Y no lo es. Yo le quité esa carga el primer día.

No se la devolví. Usted se la tomó de vuelta sola, delante de mi mundo, y me hizo quedar como un hombre que tiene una cosa a medio hacer.

—Le dejó caer el mechón—. Eso no se corrige con una palabra.

Elena sintió las lágrimas subirle, y no de miedo al castigo, sino de la vergüenza limpia y aplastante de haber entendido, por fin, qué había hecho.

—Perdón, señor —dijo, en un hilo.

—El perdón no lo va a decir con la boca —dijo Viktor—. Lo va a decir con el cuerpo. Venga.

* * *

La llevó a un cuarto en el que Elena no había estado.

Era una habitación austera, sin ventanas, de paredes desnudas y luz baja, un sitio que no figuraba en la parte de la casa que ella ordenaba cada mañana, un sitio que existía solo para lo que iba a pasar en él.

Y en el centro, sobre el suelo desnudo, había un caballete: una estructura baja y sólida, de madera oscura y cuero, con una crin acolchada en lo alto para el torso y cuatro puntos de amarre abajo, pensada con una precisión de instrumento para poner un cuerpo en la única posición en que ese cuerpo queda entregado del todo, abierto, sin defensa, ofrecido por delante y por detrás a quien esté al mando.

Elena se detuvo en la puerta. El corazón le golpeaba. Y Viktor, que lo notó, hizo entonces lo único que hacía que todo aquello fuera lo que era y no otra cosa: le dio la puerta.

—Ahí está la salida —dijo, sin señalarla, con los ojos—.

La misma por la que entró la primera noche.

Sigue detrás de usted. Si cruza esa puerta ahora, se acaba, y no la busco, y no pasa nada.

Lo que va a pasar en este cuarto va a pasar solo si usted se queda.

Así que quédese porque quiere, no porque yo se lo diga. Como todo, desde el principio.

Y Elena, que podía irse, que tenía la puerta a la espalda y el mundo entero al otro lado, miró el caballete, miró a Viktor, miró el sitio hondo de sí misma donde llevaba toda la vida una presión buscando una mano lo bastante firme para contenerla del todo, y entendió que no quería irse.

Que quería, con una necesidad más vieja que ella, ser corregida.

Ser llevada hasta el fondo. Que le sacaran de encima, a golpes si hacía falta, esa última parte suya que todavía decidía, esa que esa noche la había traicionado, para no tener que cargar nunca más con ella.

Cruzó el cuarto por su pie. Y se entregó al caballete.

Viktor la puso él mismo, sin prisa, con las manos seguras.

La dobló sobre la crin acolchada, de modo que el torso le quedó apoyado y las caderas altas, y le fue atando las muñecas y los tobillos a los cuatro puntos con correas de cuero forradas, ni flojas ni brutales, exactas, hasta dejarla abierta e inmóvil, incapaz de cerrarse, incapaz de apartarse, expuesta entera.

Comprobó cada amarre con dos dedos, como comprobaba todo.

Y cuando la tuvo así —quieta, tensa, la piel translúcida ya encendida de anticipación y de miedo y de una excitación que la avergonzaba sentir en semejante momento—, se paró detrás de ella, y ella no pudo verlo, y esa ceguera fue la primera parte del castigo.

—Va a contar —dijo la voz de él, a su espalda—. En voz alta. Cada uno. Y después de cada uno va a decir: gracias, señor. Si pierde la cuenta, o si se salta el gracias, volvemos a empezar desde uno. No importa dónde estemos. ¿Entendió?

—Sí, señor —dijo Elena, y la voz ya le temblaba.

—Y una cosa más. —Una pausa—. No la estoy castigando por hablar, ni por cubrirse. La estoy sacando. Esta noche sale de usted todo lo que todavía decide. Cuando terminemos, no va a quedar en usted nada que no sea mío. Y va a agradecérmelo, porque es lo que vino a buscar y no sabía nombrar.

El primer golpe llegó sin aviso.

No fue la mano. Fue algo delgado y firme que le cruzó la piel abierta con una línea de fuego tan limpia y tan honda que Elena se arqueó entera contra las correas y el aire se le fue de golpe. Tardó un segundo entero en encontrar la voz, y cuando la encontró, temblando, se acordó de contar:

—Uno —dijo—. Gracias, señor.

El segundo cayó en el mismo sitio, y el tercero un poco más abajo, y Viktor no tenía prisa: dejaba entre uno y otro el tiempo exacto para que el ardor floreciera del todo, para que ella lo sintiera crecer y extenderse y no supiera cuándo iba a llegar el siguiente, de modo que la espera entre golpe y golpe se volvió parte del golpe.

Elena contaba. Contaba y daba las gracias, con la voz cada vez más rota, la piel encendiéndosele en franjas, el cuerpo entero tensándose y aflojándose al ritmo que él le imponía desde atrás, sin verlo, entregada a una mano que administraba el dolor con la misma frialdad milimétrica con que le había administrado el placer la primera noche.

Y en algún punto —ella no habría sabido decir cuál— empezó a pasar lo que Viktor sabía que iba a pasar.

El viejo yo de Elena, el que decidía, el que quería quedar bien, el que se cubría por pudor, empezó a pelear.

Se le rebeló el cuerpo. Tiró de las correas, forcejeó, se le escapó un no entre dientes que no era una palabra de seguridad sino la última resistencia de aquello que todavía era ella, de la mujer correcta y ordenada que había cruzado la puerta semanas atrás creyendo que podía entregarse conservándose.

Y Viktor, que reconoció esa rebelión por lo que era, no aflojó ni se ensañó: apretó el ritmo con una regularidad implacable, sostenido, sin rabia, sin descanso, decidido a durar más que la resistencia de ella, porque el castigo no era el dolor sino la duración, el llevarla más allá del punto donde el yo aguanta, hasta el sitio donde el yo se suelta porque ya no puede sostenerse a sí mismo ni un golpe más.

Elena perdió la cuenta. Y él la hizo volver a empezar desde uno, con la misma voz tranquila, y ella lloró de verdad entonces, no por el dolor de la piel sino por la enormidad de lo que se le pedía, y volvió a contar desde uno con la voz deshecha, uno, gracias señor, dos, gracias señor, y en algún punto de esa segunda cuenta, de tanto contar y agradecer, de tanto no poder cerrarse ni apartarse ni decidir nada, de tanto entregar el cuerpo a una mano que no se cansaba, algo dentro de Elena cedió por fin.

No se rompió. Se soltó. Fue como cuando la garganta había cedido aquella mañana, pero en todo el cuerpo y en toda ella a la vez: la resistencia que había estado sosteniendo el viejo yo simplemente dejó de sostenerse, y en el hueco que dejó entró una entrega tan total, tan sin fondo, que Elena dejó de contar los golpes como quien padece y empezó a recibirlos como quien agradece de verdad.

La voz se le volvió otra. Gracias, señor dejó de ser una fórmula que decía para no equivocarse y se volvió lo único cierto que le quedaba, lo que sentía con el cuerpo entero: gracias por sacarme esto de encima, gracias por no parar antes de tiempo, gracias por llevarme adonde yo sola no sabía llegar.

Se abandonó del todo. Y en ese abandono encontró, por debajo del dolor, empapándolo, una excitación honda y líquida que la recorría entera, porque su cuerpo entendía —antes que su cabeza— que estaba siendo poseída hasta el último rincón, que no le quedaba ni un centímetro sin entregar, y esa posesión sin resto era exactamente lo que la presión de toda su vida había estado pidiendo.

Viktor lo notó. Notó el momento exacto en que la resistencia se soltó y la mujer que tenía atada al caballete dejó de defender lo último que le quedaba. Y solo entonces se detuvo.

* * *

No la desató enseguida. La dejó ahí un rato, abierta y quieta y temblorosa sobre la crin, respirando hondo, con la piel encendida y la cara mojada, y él le pasó la mano abierta por la espalda castigada, despacio, de arriba abajo, no como una caricia sino como quien recorre una superficie recién terminada para comprobar que quedó como debía.

La palma tibia sobre el ardor le arrancó a Elena un gemido largo que ya no distinguía el dolor del placer, porque a esas alturas no había frontera: todo era lo mismo, todo era él, todo era ser suya.

—Ya no queda nada suyo —dijo la voz de Viktor, baja, detrás de ella, y no era una pregunta—. ¿Verdad?