Elena, El Umbral de la Obediencia (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 4) 6. DISPONIBLE
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6. DISPONIBLE

La vida de Elena, una vez que no quedó nada de ella, se volvió la cosa más simple del mundo.

Despertaba temprano, siempre antes que él, en el cuarto que ya sentía suyo aunque nada en él le perteneciera.

Lo primero que hacía, antes de levantarse, era buscar sobre la silla lo que Viktor le hubiera dejado para ese día, porque esa era ya la primera pregunta de cada mañana y él la contestaba de antemano, sin que ella tuviera que formularla.

A veces era encaje. A veces las tiras de cuero que la cruzaban sin cubrirla.

A veces, doblada con el mismo cuidado que todo lo demás, no había nada, y el nada era también una orden: ese día andaría por la casa desnuda, con el sello puesto, disponible a la vista sin una sola tela entre su cuerpo y los ojos de él.

Y a veces, junto a la prenda del día, estaba la cola: y entonces Elena sabía, antes de que amaneciera del todo, qué clase de día le esperaba, porque llevarla puesta era llevar encima, todas las horas, el recordatorio físico de a quién pertenecía.

Se la ponía ella misma ya, cada vez con menos torpeza, arrodillada en el suelo del baño con la disciplina de un rito, preparándose despacio, aceptando el peso curvo que la llenaba y se quedaba, sintiéndolo asentarse dentro y la cola rosa caer detrás, ligera, moviéndose apenas cuando ella se movía.

Y se levantaba, y se miraba un segundo en el espejo —la mujer del arnés de cuero, o la mujer desnuda, con la cola de zorra colgando como una firma— y ya no le costaba reconocerse.

Esa era la mujer que era. Se había hecho a ella con una rapidez que la habría asustado si le quedara con qué asustarse.

Ordenaba la casa como se atiende un altar.

Devolvía cada objeto a su sitio, sacaba brillo a las superficies desnudas, mantenía el silencio grueso de la casa sin romperlo, y trabajaba así durante horas, descalza, ceñida por el cuero o desnuda del todo, con el sello puesto, disponible siempre.

Y descubrió que había un placer extraño y hondo en aquello: en tener las manos ocupadas en el orden mientras el cuerpo llevaba encima, a toda hora, la marca de estar a merced de otro.

Ordenaba la casa de él con la cola de él puesta, y las dos cosas —el orden que ella imponía afuera y el orden que él le imponía adentro— eran la misma cosa, y en su encaje encontraba una paz que ninguna vida correcta le había dado nunca.

Porque esa era la ley de la casa, la que Viktor le había dicho el primer día y que ahora Elena vivía en el cuerpo cada minuto: ella manejaba la casa, y él la manejaba a ella.

Y él la manejaba a toda hora, sin horario, sin aviso, con la naturalidad absoluta de quien dispone de algo que es suyo.

Esa fue la parte que más la transformó: no las noches, no el caballete, sino el descubrimiento de que su cuerpo había dejado de tener momentos propios.

Podía estar ordenando una repisa, subida en la punta de los pies, y sentir de pronto las manos de él tomándola por detrás sin una palabra, porque le había apetecido en ese instante, y ella tenía que estar lista, y lo estaba, porque cuando el cuerpo no es de uno se aprende a estar disponible como se aprende a respirar.

Él no pedía. No había nada que pedir. Entraba a la habitación, y si esa vez la quería usar la usaba, y si solo quería mirarla pasaba de largo, y Elena había aprendido —él se lo había enseñado el primer día— a detenerse cuando lo oía entrar, ponerse de frente, en la postura, y esperar, ofrecida y quieta, a que él decidiera cuál de las dos cosas era esa vez.

Le gustaba mirarla. Eso Elena lo fue entendiendo con los días, y era una parte de él que la encendía de un modo particular.

Viktor podía sentarse en el sillón junto a la ventana con unos papeles y hacerle una señal para que ella siguiera con lo suyo, y quedarse ahí, largo rato, sin tocarla, solo mirándola moverse por la casa con el cuero ciñéndola y la cola colgando, siguiéndola con esos ojos color miel que no tenían prisa.

Al principio la ponía nerviosa aquella mirada quieta.

Después empezó a buscarla. Descubrió que se movía distinto cuando sabía que la miraba, que ordenaba la casa ofreciéndose sin que él se lo pidiera, que había aprendido a ser vista, a que la contemplaran como se contempla una cosa de valor, y que ese ser mirada le daba algo que ni siquiera el ser usada le daba.

Una tarde, sin levantar los ojos de sus papeles, él dijo:

—Se mueve mejor cuando la miran.

No era una pregunta. Elena se detuvo, se puso de frente, bajó los ojos.

—Sí, señor.

—Bien —dijo Viktor, y volvió a sus papeles.

Pero algo en cómo lo dijo, en la satisfacción seca de haberlo comprobado, le dejó a Elena la sensación de que aquello —el que ella brillara bajo la mirada— era un dato que él acababa de guardar para algo.

No supo para qué. No preguntó. Pero se quedó con la impresión, muy leve, de que su gusto por ser vista y el gusto de él por mostrarla eran dos mitades de una misma cosa que todavía no se había armado del todo.

* * *

Una mañana, tardía ya, Elena estaba en la cocina.

Llevaba, ese día, solo el arnés de cuero fino que le cruzaba el torso y le ceñía la cintura, y la cola puesta, porque él la había dejado junto a la prenda y ella sabía lo que eso quería decir.

Estaba de espaldas a la puerta, inclinada sobre la encimera, secando una copa contra la luz para comprobar que no quedara una sola marca, con esa concentración de altar que le ponía a todo.

No lo oyó entrar. Nunca lo oía; Viktor se movía por su casa con el mismo silencio con que hacía todo.

Lo primero que sintió fue su mano en la nuca.

No brusca; el peso, nada más, la palma abierta contra la base del cuello, y ese peso solo bastó, porque su cuerpo ya conocía esa mano y ya sabía lo que significaba.

Elena dejó la copa despacio sobre la encimera, con cuidado, sin volverse, y esperó, porque no le tocaba a ella decidir qué venía después.

—Siga —dijo él, bajo, contra su oído—. No pare lo que estaba haciendo.

Y esa fue la orden: seguir. Elena tomó otra copa y volvió a secarla contra la luz, con las manos temblándole apenas, mientras la mano de él bajaba de su nuca por la línea de la espalda, sin prisa, reconociéndola, y le seguía la curva de la cintura ceñida por el cuero, y le bajaba por la cadera hasta encontrar la cola y jugar con ella un momento, moviéndola, recordándole que estaba puesta, que estaba ahí, que ella la llevaba porque él lo había querido.

Elena siguió secando la copa. Le costaba.

La mano de él la abría por detrás con dos dedos, comprobándola, encontrándola ya húmeda solo de aquello, solo del peso en la nuca y de saberse tomada sin aviso a media mañana en la cocina, y ella siguió secando la copa porque se lo habían mandado, aunque la respiración se le rompiera y la piel del cuello y del pecho se le encendiera en el mapa de siempre.

—Abra las piernas —dijo Viktor, y ella las abrió, ahí de pie contra la encimera, sin soltar la copa—.

Un poco más. —Y ella obedeció, y él le retiró la cola con una mano, despacio, dejándola a un lado, y con la otra le inclinó las caderas hacia atrás hasta ponerla en el ángulo que él quería, y la tomó ahí mismo, de pie, por detrás, entero y hondo, con la calma sin prisa de quien dispone de lo suyo a la hora que se le antoja.

No fue el castigo del caballete ni la ceremonia de la primera noche.

Fue algo, para Elena, todavía más definitivo: fue lo cotidiano.

Fue que la usaran a media mañana, en la cocina, sin ocasión y sin motivo, solo porque él pasaba y ella era suya y estaba disponible, mientras la luz entraba por la ventana y una copa a medio secar seguía en su mano.

Viktor la sostuvo por las caderas y se movió dentro de ella con un ritmo hondo y regular, dueño de todo, del ángulo, de la hondura, del tiempo, y le puso una mano abierta entre los omóplatos para mantenerla inclinada justo donde la quería, y Elena se dejó tomar con un abandono que ya le salía natural, la frente casi tocando la alacena, gimiendo bajo, entregada, secándose por dentro la resistencia que ya ni intentaba, porque no le quedaba con qué resistir y no quería resistir.

—Deje la copa —dijo él en algún momento, y ella la dejó, y él le llevó las dos manos a la encimera y se las apoyó ahí, abiertas, para que se sostuviera, y siguió usándola más hondo, y le habló bajo, contra la nuca, con esa voz que no se alzaba nunca—: Esto es lo que es ahora.

Cualquier hora. Donde yo la encuentre. No hay un solo minuto del día en que este cuerpo no sea mío. ¿Lo entiende?

—Sí, señor —dijo Elena, deshecha, con la voz rota contra el borde de la encimera.

—Dígalo.

—Es suyo, señor. Todo el día. A cualquier hora.

—Bien.

Y la usó hasta que quiso, sin apurarse, y le permitió terminar solo cuando él estuvo cerca, diciéndoselo, dándole el permiso con una palabra como quien abre una compuerta, y Elena se corrió ahí de pie contra la encimera de la cocina, temblando entera, con las manos abiertas sobre la piedra y la cola a un lado y el cuerpo sacudiéndose alrededor de él, mientras él terminaba dentro con un último empuje hondo y se quedaba un momento quieto, sosteniéndola por las caderas, dueño hasta del último espasmo.

Después le devolvió la cola a su sitio, con dos dedos, acomodándola, comprobándola como comprobaba todo.

Le pasó la mano una vez por la espalda. Y se fue a lo suyo sin una palabra más, dejándola ahí, inclinada todavía sobre la encimera, recuperando el aire, con la copa a medio secar y el cuerpo lleno de él y la mañana entera por delante.

Elena terminó de secar la copa. La puso en su sitio.

Siguió ordenando la casa, ceñida por el cuero, con la cola puesta y el cuerpo tibio y usado, y lo hizo con una sonrisa pequeña que no sabía que tenía, porque acababa de recibir la única prueba que su cuerpo entendía del todo: que era de él a toda hora, sin ocasión, sin permiso, sin resto.

* * *

Fue esa misma tarde, ya cayendo el sol, cuando Elena tuvo por primera vez el pensamiento, y ni siquiera llegó a ser un pensamiento, sino apenas la sombra de uno.

Estaba sentada en el suelo junto al sillón de él —su sitio, cuando él leía—, quieta, con la mejilla apoyada en el muslo de Viktor y la mano de él descansando distraída en su pelo, en una de esas calmas de la casa en que no pasaba nada y no hacía falta que pasara.

Tenía todo lo que había ido a buscar. La casa que atender, el hombre que la atendía a ella, el cuerpo sin decisiones, la paz.

Y en medio de esa calma perfecta, sin motivo, le pasó por dentro algo que no supo nombrar: una punzada pequeña, sorda, la conciencia fugaz de que hacía ya mucho —no sabría decir cuánto— que no tenía un solo minuto que fuera solo de ella.

Ni uno. No un minuto robado, no un rincón, no un pensamiento que no cupiera repetir en voz alta delante de él.

Todo lo suyo se lo había dado, y él lo había tomado, y estaba bien, era lo que quería.

Pero por un segundo, ahí en el suelo, con la mano de él en su pelo, sintió el borde de algo enorme y hueco, como quien de noche, medio dormido, intuye el tamaño de una habitación por el eco y no por la vista.

Duró un instante. Elena no lo entendió, y por eso no se asustó.

Se acurrucó más contra el muslo de él, buscó su mano con la nuca, y la punzada se disolvió en la calma como una gota en el agua.

Viktor, arriba, siguió leyendo. No lo notó.

No había nada que notar: su mujer estaba a sus pies, en orden, en paz, sellada, suya sin una grieta.

Todo estaba, para él, exactamente como debía.

Y Elena cerró los ojos contra el muslo de su dueño y se dejó estar, en paz, sin saber que lo hueco que acababa de rozar no era un vacío que faltara llenar, sino uno que empezaba, muy despacio, a llenarse solo.