Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

cassandra

El fuego me rodeaba, y el éter trataba de atacarme. Todo olía a hierro, y yo quería vomitar de nuevo.

—¿Es en serio? —Rocco chistó con una mueca de hastío—. ¡Ya estoy harto! ¡Entrégame a Ib y te dejaré vivir!

Su voz resonó en un eco en mi cabeza. Quise responder, pero no sabía qué hacer. No, sí sabía qué hacer, solo estaba cagada del miedo. Todo mi cuerpo temblaba, y aunque el fuego me diera valía, sabía que, con una brisa de éter, caería.

Cuando Rocco invadió mi mente, sentí su poder tratar de hacerme ceder, me torturó sin tocarme.

Desgarró mi conciencia con visiones, recuerdos falsos y emociones que no eran mías.

Lo que sentí fueron días, pero en realidad fueron minutos, minutos que fueron una eternidad.

Aun así, gané gracias a que Ib me ayudó a recordar quién era yo.

Rocco, furioso, recurrió a Eiden para hacerme salir, pero no dejaría que se llevara a Ib.

Ni muerta. Ahora sabía que el hechizo nos unía en alma para siempre.

Eso se lo expliqué a Eiden. La única manera de romper ese conjuro de sangre era si Ib y yo decidimos separarnos, pero una moriría.

O al menos, eso creía Ib, porque no fui yo quien creó los conjuros, ese fue otro profeta.

Claro, Ib puede crear seres vivos y unir su poder con un elemento para hacerlo más poderoso, ¿además de eso?

Nada. Los conjuros no son su especialidad, ni los míos.

Así que solo me quedaba rogar que el hechizo que la deidad me dio para hacer explotar al Primer Dios, funcione.

—Tienes que deshacer la burbuja —me habló Ib al oído—, si no, tú también explotarás en el universo.

Quizá consideré el acto suicida, pero Ib me convenció de que debía seguir viviendo, quizá porque ella aún quiere seguir en este plano existencial. O quizá porque de verdad tengo que estar viva para salvar el universo. No sabía, no quería saber.

Mi fuego comenzó a apagarse, el éter estaba consumiéndome. Rocco dio un paso hacia mí. No pude retroceder.

Debo distraerlo. O al menos debilitarlo para que deje de reforzar esta protección que nos encierra.

Debo pensar, pero no puedo, estoy agotada, casi no puedo mantenerme de pie y el fuego es lo único que me mantiene despierta.

Quise llorar, mi cuerpo duele, toda mi piel tiene cortes por la batalla que Ib libró con Rocco por dos días y medio, y ahora yo debo luchar también, sin plan, sin fuerza o la espada que perdí.

Sentí cuando Eiden fue ultrajado del campo de éter, eso era una desventaja, él iba a distraer al Primer Dios para usar la magia. Ahora no sabía qué hacer.

Quizá sí logro concentrar toda mi energía en realizar el hechizo, puedo hacerlo explotar en miles de millones de moléculas.

Es la única manera de ganar tiempo y figurar un plan para enterrarlo de nuevo, como lo hicieron los Primeros Guerreros.

Algo hicieron ellos en el pasado, y debemos descubrir qué fue.

Eso será la salvación del mundo. Debo deshacerme de Rocco sola.

—Ya sé que no me vas a matar —comencé a hablar bajito—, lo dijiste en la Dinastía Viento. Me necesitas con vida.

Rocco no mostró sorpresa. Sus ojos, por un instante, dejaron de ser abismos negros y me mostraron ese color café que una vez me había encantado. Ahora ese mismo tono me dan ganas de vomitar. No puedo hacerlo, pero deseo expulsar algo. Tengo hambre.

—Tienes razón, Cassandra. No te mataré, pero eso no significa que no sufrirás.

—¡Ya me torturaste! —grité—. Qué importa lo que más le hagas a mi cuerpo. ¡Mírame! Estoy llena de heridas por esta estúpida pelea que Ib libró contigo. ¡Vete a la mierda!

La rabia me calentó por dentro. Concentré mi elemento en todo mi cuerpo desde mi pecho hasta la punta de mis dedos y lo dejé escapar. Ya no voy a controlarlo, ya no voy a mantener mi elemento para mí sola, ya no haré que se limite. Exploté.

No sentí el calor. Lo único que pude percibir fue la liberación del fuego.

La burbuja de éter que nos contenía se desintegró con un crujido que me hizo caer.

El fuego se expandió. Creció hasta ser una llamarada salvaje que se alzó como una bestia indomable.

Comencé a recitar el encantamiento. Percibí los símbolos frente a mí, brillaban rojos y amarillo, no pude leerlos.

No importaba. Tenía que enviarlos directo a Rocco.

Algo me golpeó. Dejé de respirar. Mi fuego se apagó y los símbolos desaparecieron.

Rocco estaba sobre mí. Su figura era sombra absoluta, cada pliegue de su piel se derretía en negro.

La lluvia caía con finas cortinas que quebraban el resplandor de mi fuego.

Eso me recordó que estábamos en medio de una guerra sin fin.

Él, un Dios, yo, una Dama que la mayor parte de su vida estuvo encerrada y aprendiendo a valerse por sí misma.

Empecé a llorar, pero las lágrimas se mezclaban con la lluvia y la sangre.

Rocco alzó su brazo viscoso. Su mano se cerró en un puño y me golpeó como si fuera un objeto roto que ya no iba a reparar.

Quise defenderme, pero no pude. Lo que sea en lo que Rocco se convirtió después de liberar mi fuego, no tenía nombre en ninguna lengua que conocía.

Quise creer que era su forma divina. Solo recibí su castigo.

Traté de concentrarme, de percibir a Ib, o al Señor Ignis, sabía que estaban aquí, en algún lugar cerca de mí.

Quise a mi padre. Necesitaba ayuda y no sabía cómo pedirla.

Rocco me volvió a golpear, y al tercer puñetazo, algo frío nos rodeó y estalló a nuestro alrededor, agua.

Una cortina líquida emergió de la nada y lo arrancó de mi regazo.

Me quedé en el suelo con la vista nublada.

Tosí hasta que el sabor de la sangre me quemó la garganta y el ácido me subió, vomité. Las lágrimas siguieron su camino.

Sentí el retumbar del suelo, quizá era Chloe, quizá…

Alguien me tomó por los brazos, chillé, pateé a la persona, quise alejarme, pero me obligaron a quedarme quieta.

Cuando al fin vi, me dejé caer en sus brazos, era Will.

Lo abracé sin pensarlo, él nos separó. Vi la sangre escurrir por mi piel.

Él estaba caótico, me analizaba como si yo fuera una presa y él un águila al acecho.

Will me tomó por los hombros y me hizo voltear.

Con su elemento me dijo dónde estaba Rocco.

Me ayudó a levantarme del suelo. Comencé a caminar mientras él me guiaba. No pude procesar lo que sucedía.

Estaba exhausta, a punto de romperme, o quizá ya estaba rota.

Ni siquiera estaba segura de poder recitar el encantamiento que debía aniquilar a Rocco.

Miré hacia adelante, agua y tierra se encontraban en un mismo punto, mezclándose y tensándose como un mecanismo a punto de estallar.

Parecía una bomba elemental, a segundos de detonar.

Entonces percibí a los gemelos. Luchaban hombro con hombro contra el Primer Dios, clavados en una contienda que tenía una coreografía macabra, la tierra golpeaba, el agua envolvía, el éter vibraba con poder.

Todo se movía en un danzón espeluznante del que no quería formar parte.

Sentí las fuerzas del mundo en colisión, y supe que, si sobrevivimos, nada volvería a ser lo mismo.

Comencé a hacerme preguntas. ¿Dónde estaba el Señor Ignis? ¿La Señora Ventus? ¿Todos los guerreros? ¿Dónde estaban ellos? ¿Será que la Diosa Em me estaba ayudando? ¿O simplemente dejé de percibirlos? Quería dormir y jamás despertar.

Will me detuvo. Me eché al suelo, aún con lágrimas, concentré todo mi elemento en mis manos, las vi brillar con un fulgor decadente.

Si hacía el encantamiento, perdería mi elemento, ya no sería el fuego de la Profecía, sería una humana, una Blanca.

¿De verdad valía la pena perder mi elemento?

Sí, debía hacerlo, era la única manera de ganar.

La frase de Eiden decía que el agua reviviría el fuego, algo tenía que significar.

Quizá no perdería mi fuego para siempre, solo por un momento.

Solo en lo que la profecía se termina. Me aferré a esa esperanza.

Cerré los ojos. Recité el hechizo y se lo aventé a Rocco.

(…)

Lo último que recuerdo es ver el fulgor de los símbolos.

Un círculo místico creándose alrededor del danzón caótico del éter y los elementos.

Un destello que creció hasta el cielo y aclaró la lluvia.

El silencio adornó el claro de la guerra.

El vacío en mi cuerpo llegó rápido, paz, y luego, la explosión.

Creí que despertaría en mi Dinastía, que estaría en una habitación siendo atendida por los mejores doctores.

En cambio, me arrastraban entre árboles, Eiden a mi lado con el pie lastimado.

Quizá el encantamiento no sirvió, quizá Eiden y yo fuimos los únicos sobrevivientes, y por eso me llevaba entre los árboles muertos.

Olor a quemado, humedad. Los árboles no estaban quemados, pero la ceniza volaba en el aire. Eso era lo único que percibía. Mi cuerpo dolía, quería llorar, hablar, decir algo. Expresar mi lamento. Quería saber qué pasó con el Primer Dios, pero sabía que, aunque intentara algo, Eiden no me oiría.

(…)

Despertaba a lapsos, escuchaba murmullos, y olía diferentes aromas que me resultaban exquisitos. Era como cuando salí por primera vez de la base Quetzal, y lo único que podía hacer era ver y oler todo. Ahora no podía ver nada. Mis ojos no se abrían.

Ni siquiera podía pensar en lo que le pasó a Rocco. Lo único que surcaba mi mente era que mi elemento ya no estaba en mí. Estaba vacía, vacía como mis plegarias a la Diosa Em. Vacía como mi celda en la base Quetzal.

(…)

Soñé que todo seguía igual. Que Chloe nunca fue a salvarme, y que mi padre se deshizo de mi elemento.

Tuve que aceptar. Era mi única manera de salir de la base Quetzal.

Me vi a mí misma recibir mi nueva identidad.

El vacío seguía en mí, incluso en el sueño.

Rocco parecía complacido, como si por fin él tomó lo que le pertenecía: Ib y a mí.

(…)

Desperté con jaqueca. Tenía frío. Odiaba el frío. Quise regular mi temperatura, pero no pude. Tenía una chaqueta encima de mí que me protegía, pero no era suficiente. Me di media vuelta donde estaba recostada y abrí los ojos, todo estaba oscuro.

Sentí la superficie, era tierra. Me incorporé.

Todo mi cuerpo dolía, como si me hubieran golpeado con un martillo mientras estuve inconsciente.

Solté una queja. Me arrastré hasta chocar con un árbol.

Levanté la cabeza, era de noche, la luna era menguante y todavía caía ceniza del cielo, como una lluvia de sonetos tristes.

Tomé la chaqueta, olía a Eiden.

Vi mis brazos. Las cicatrices seguían ahí, al igual que todas las nuevas heridas que Rocco me dejó en la batalla con Ib, aunque alguien las había curado con hierbas.

Mi pedazo de Profecía seguía ahí, estampado para siempre en mi piel.

Traté de ver el hechizo de protección en mi brazo, tenía una hoja cubriéndolo.

Comencé a llorar, aun sin mi elemento, seguía siendo parte de la Profecía.

Me abracé a mí misma; lo único que me reconfortaba era saber que estaba en un bosque, lejos de todo

Lejos de Rocco.

Lloré.

Escuché pasos, detuve mi lamento, me tapé la boca con las manos.

Quise levantarme y huir, pero no pude. Estaba débil, mi estómago me exigía alimento, y todo mi cuerpo gritaba por el dolor a cada movimiento que daba.

El sonido se intensificó, luego vi a Eiden cojear hacia mí con frutas en sus manos. Estaba solo, quise abrazarlo.

Su pie lastimado estaba cubierto de hielo, justo como en la pelea. Se hincó frente a mí. Dejó la fruta a un lado mío. Él también tenía raspones curados por todo el cuerpo. Eiden me sonrió un poco, me tomó por los hombros y me atrajo hacia él. Seguí llorando.

—Todo está bien, Cass. Estamos bien —su susurro me rompió más—, estamos bien.

Me aferré al muchacho, como si eso me regresaría mi elemento, pero no, ahora era una Blanca, una humana. Jamás pensé que lloraría abrazada a Eiden. Se suponía que nos odiábamos porque los dos queríamos estar con Will. ¿Ahora qué? ¿A quién quería?  ¿Qué éramos? ¿Amigos?

Sí, quizá eso éramos.