CAPÍTULO 35
eiden
Su voz abrió una rendija en la realidad y todo explotó en fulgor.
Después de que Cassandra habló en la Lengua Antigua y Rocco se convirtió en luz, supe que debíamos huir. Vi a Will elevarse en el aire con ella en sus manos, que estaba medio inconsciente, y luego Chloe nos hundió a ambos en la tierra.
No tardamos en encontrarnos. Will cargaba con Cassandra. Pero lo que nos alejamos no fue suficiente. La onda explosiva nos alcanzó. Chloe cerró el túnel sobre nosotros y nos quedamos abajo, inmóviles, mientras la sensación de calor y movimiento se disolvía como un mal sueño.
Pasamos un día entero alejándonos del epicentro. Chloe solo generaba el túnel, y tratábamos de encontrar el búnker de los Salvajes. Pero ella no lograba sentir sus vibraciones, sabía que era porque estaba agotada, joder, todos lo estábamos.
Yo solo quería ir a robar algo para sentirme mejor, que me subiera la adrenalina, pero sabía que lo único que iba a encontrar era gente inocente muerta y un montón de ruinas. No hice nada. No podía hacerlo. Mi mente estaba apagada.
Además, debía cuidar a Cassandra, su temperatura corporal estaba en su punto mínimo.
Estaba helada, y lo único que hacía era rodearla de agua caliente, eso la ayudaba un poco.
Pero no era suficiente, nada lo era. Will me decía que no era necesario, que la Diosa la ayudaría mientras estuviera inconsciente.
Lo golpeé.
Nos peleamos, sí, ya estaba harto. Will llevaba desde que nos sumergimos en la tierra diciendo que la Diosa nos iba a guiar a donde teníamos que ir, que todo eso era plan de la Diosa.
Que debíamos confiar. Yo no podía. Ya no quería escuchar más estupideces.
Sí, sí, meditó o lo que fuera mientras era torturado por la Señora Ventus, pero eso no significaba que la Diosa nos iba a ayudar.
Porque, por ahora, quien se había deshecho del Primer Dios había sido Cassandra, y tuvo que sacrificar su poder.
Ella era la víctima de todo este desastre.
Chloe nos gritó, y luego me dijo que, si quería podía irme a la superficie.
Que me largara. Acepté y me llevé a Cassandra.
Ellos no quisieron dejar que me la llevara, pero solo congelé toda nuestra cueva improvisada con un grito.
Luego discutí con ambos y ataqué a Will; cedió después de un par de gritos.
No quería golpear a Chloe, le tenía cierto pavor de que me enterrara vivo.
Todo mi cuerpo temblaba, y el aire dentro de la cueva ya era ácido para mí.
Mi hermana me subió a la superficie, no sin antes decirme que me arrepentiría de haber atizado a Will y de llevarme a Cassandra.
No me importó, estaba seguro de que incluso ellos sabían que, si no estaba junto a Cassandra, ella moriría de frío por la falta de su elemento.
Lo único que la mantenía con vida era el agua caliente.
Por eso no me reprochaban mucho. O tal vez recordaba todo mal.
Vi el cielo.
Ceniza caía del cielo, el azul ya no existía, era gris. El aire olía a sulfuro, casi tóxico. No había gritos, ni sonidos humanos, tampoco de animales. No había nada. Solo el silencio de la ceniza que nos bañaba.
Estábamos en un bosque.
Tenía que alejarnos de ahí. Traté de cargar a Cassandra, pero por mi pierna y mi agotamiento no pude, la arrastré hasta que dejé de oler el ácido en el aire.
El bosque comenzó a hacerse espeso. Estaba confundido, en el Continente Vindas casi no hay árboles, pero sí pequeños bosques que colindan con todas las ciudades.
Quizá estábamos cerca del océano, si era así, podría crear una lancha de hielo y escapar.
Dejé a Cassandra recostada contra el tronco de un árbol y traté de calentarla con mi agua. Sirvió un poco, pero sabía que debía detenerme. Si seguía usando mi elemento, me desmayaría, y entonces cualquiera podría encontrarnos. No podía permitir que se la llevaran al Continente Vulkan.
Dormí un rato, no sé cuánto. Desperté por un ruido entre las hojas, con el corazón acelerado. Cassandra seguía a mi lado, respirando con dificultad, pero viva. Eso bastó para calmarme. Pude dormir de nuevo, pero no descansé.
Al despertar, el cielo ya no era gris, la neblina comenzaba a disiparse.
Tal vez los guerreros del viento estaban alejando las nubes de las ciudades principales.
Me puse de pie, y cada hueso de mi cuerpo crujió en protesta.
El dolor en el pie me hizo recordar la herida, derretí el hielo que lo cubría y volví a envolverlo, intenté mantener la presión.
Debía encontrar algo para curarnos. Algo natural.
Mi madre me había enseñado bien. Entre todas las peleas en las que terminé metido en el Continente Farren, aprendí a suturar y limpiar heridas, era eso o morir desangrado. Y la nana de Will…, ella fue quien me mostró las plantas que podían reemplazar un medicamento. Pensé en la caléndula.
No encontré ninguna. Así que hice lo único que podía, limpié las heridas de Cassandra con agua fría y las cerré lo mejor que pude con calor.
Luego hice lo mismo conmigo. El agotamiento me nublaba la vista, y ni siquiera entendía por qué me sentía tan irritable.
Bueno, sí lo sabía. No soportaba seguir encerrado con Will y Chloe, escuchando cómo él repetía una y otra vez que la Diosa nos guiaría.
Ya no podía con eso. No quería saber más sobre divinidades y guerra.
Nunca quise ser parte de la Profecía. Y ahora que entendía que todo era una lucha divina entre Rocco y la Diosa, solo me hervía la sangre.
Ella nos estaba usando, nos manipuló para que hiciéramos su trabajo, debilitar al Primer Dios.
¿Para qué? ¿Para que ella siguiera gobernando desde su trono celestial mientras nosotros nos desangramos abajo?
Lo peor era que no teníamos opción. Teníamos que destruir al Primer Dios.
Si no lo hacíamos, Cassandra seguiría poseída por el Fuego Verde, la batalla se prolongaría y el Continente Vindas terminaría reducido a cenizas.
Ya habría muerto todo el mundo. Si ella no se hubiera sacrificado como lo hizo…
, no sé qué hubiera sucedido. No sé si yo seguiría vivo.
Negué con la cabeza. No podía seguir con estos pensamientos.
No debía importarme si la gente de Vindas moría.
Se supone que son el enemigo de Lotán. Por eso hay guerra, porque la Señora Ventus y el Señor Ignis son enemigos.
No debo compadecerme de quienes no entienden que su conflicto nos arrastra a todos.
Decidí que resistiríamos unos días en el bosque.
Creé un muro de hielo a nuestro alrededor para protegernos.
Con suerte, me bastaría hasta que Cassandra despertara y yo recuperara fuerzas para viajar a Lotán, o al menos hasta la Isla de los Salvajes.
Tal vez alcanzaría a llegar antes de caer inconsciente.
Me quedé varios minutos junto al muro, respiré el frío y recargué mi frente, dejé adormecerme los pensamientos. Era lo único que me tranquilizaba.
Entonces escuché un ruido. Un gemido ahogado.
Cassandra.
Un sollozo me heló el pecho. Fui hacia ella.
(…)
Cassandra no pudo moverse durante cuatro días por el dolor de sus heridas, y porque tenía frío todo el tiempo.
Me explicó que solía regular la temperatura de su cuerpo con su elemento, y que, incluso cuando se lo neutralizaban, seguía sintiendo el calor o el frío como cualquier persona.
Pero ahora que no tenía su elemento, su cuerpo estaba desbalanceado.
Dijo que se sentía hueca, que sin el fuego su organismo intentaba adaptarse a la idea de que quizá nunca volvería a tenerlo.
Pensé que estaba exagerando, pero no lo dije en voz alta.
Tuve que explicarle por qué solo quedamos nosotros dos. Cassandra no dijo nada, solo que le alegraba saber que los cuatro seguíamos con vida.
Pasamos dos días más en esa explanada. Ella me ayudaba a caminar, mi pie seguía inflamado por el esfuerzo de la batalla y esos días de reposo forzado, yo era quien buscaba bayas o alguna fruta para comer, porque Cassandra apenas podía levantarse sin ayuda. Ahora era ella quien me sostenía.
Cuando al fin deshice el muro que nos protegía, nos quedamos en silencio por un momento, comenzamos a caminar.
Como sospechaba, estábamos cerca de la costa.
Pero había un problema, el lugar estaba lleno de refugiados.
Nos detuvimos al borde del bosque, observamos a la gente.
Cassandra rompió a llorar, murmuró que todo era su culpa, que había permitido que Ib tomara control de su cuerpo.
La obligué a seguir caminando en otra dirección, no podíamos quedarnos allí.
Si alguien nos reconocía, nos encarcelarían.
Y yo no pensaba pelear, mucho menos contra civiles que solo intentaban sobrevivir.
Además, no quería escuchar sus lamentos, porque entonces yo también caería con ella.
Llegamos a un risco. No le pregunté a Cassandra si quería saltar, simplemente la empujé, y luego salté detrás de ella.
Tal vez no fue la mejor decisión, pero al menos ya no podía quemarme por haberlo hecho.
La ayudé a flotar hasta la superficie, y no pude evitar reírme al verla empapada.
Parecía un conejito con sus mejillas rosadas.
Ella solo me devolvió el gesto salpicando agua hacia mi cara.
Reímos un poco entre las olas, como si eso calmara lo que acabamos de vivir hacía unos días.
La hice descender, me abrazó y le di la misma orden de siempre, cierra los ojos y respira con normalidad. Viajamos bajo el agua por horas, hasta que intercepté varios buques de guerra. Me lamenté, eran buques de Vulkan.
Había tratado de alejarme del Continente Vindas, ir al Lotán, o al Continente Farren.
Era imposible que estuviéramos cerca de Vulkan, a menos que esos barcos vinieran de Lotán.
No. Mi madre estaba ahí. Era imposible que ya hubiéramos perdido la guerra.
Teníamos que ir a Lotán de inmediato, no podíamos parar en la Isla de los Salvajes. Debíamos..., Cassandra me apretó.
Creé una burbuja de hielo y drené el agua. Ella nos separó.
—¿Mi padre está en esos buques? —preguntó.
Negué con la cabeza y traté de encontrar la bomba que era el Señor Ignis. Sí, ahí estaba. Asentí.
—Tienes que dejarme aquí —dijo con pena—. Súbeme a uno de esos barcos, yo...
—No, ¿estás loca, Cass? No pienso dejarte con el Señor Ignis, él ni siquiera es tu verdadero padre.
Me sonrió con desilusión—. Lo sé. He estado pensando, y lo mejor es que me vaya con él.
—¿Por qué lo dices?
—Ya no quiero luchar —chilló—, ya no soporto todo esto. Y quizá si me voy con mi padre, pueda conseguir información para acabar con la guerra. Ulrik está de nuestro lado, puedo mandar lo que sea que descubra con él.
La tomé por los brazos, no quería dejarla ir, pero tenía razón. Tampoco quería luchar, lo único que quería era robar y vivir de eso. La abracé, Cassandra siguió con su sollozo.
—Por favor― murmuró―. Rocco ya no está, así que no me casaré con él. Además, la gente no sabe que perdí mi elemento, creerán que están ganando, pero no es así. La ventaja la tendrán ustedes.
—Cassandra...
—No, Eiden, te lo ruego. Ya no quiero ser parte de la Profecía, soy humana, la única manera en la que puedo ayudar en la guerra es si me infiltro en la Dinastía Fuego, mi Dinastía.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —pregunté con pena. Comenzó a dolerme la cabeza.
—No, pero es la única oportunidad que tenemos. Dile a mi mamá y a Henning que estoy bien. Y solo dile al Señor Aqua el plan, ¿me lo prometes?
La apreté contra mí.
—Cassandra...
Me calló—. Te lo ruego, Eiden, por favor, júrame que le dirás el plan al Señor Aqua.
—De acuerdo —me forcé a hablar—, pero tú prométeme que estarás bien. No quiero dejarte.
—Sí —susurró—, estaré bien. Yo tampoco quiero dejarte.
Deshice el hielo que nos protegía, comencé a nadar hasta localizar al Señor Ignis. Creé un torrente alrededor de nosotros y me impulsé hacia arriba. Aterrizamos en la popa, ambos rodamos por el metal. Cassandra comenzó a toser por el impacto. Fui a socorrerla y la ayudé a incorporarse.
—¿Estás bien?
—Sí —elevó la vista y sentí al Señor Ignis querer explotar—. Padre.
Nos levantamos juntos. Vi al Señor, tenía un par de heridas en la cara que ya estaban curando y portaba su traje formal. Él miraba a Cassandra con una nota de alivio, pero sabía que ya sabía que Cassandra no tenía elemento. Ella se puso frente de mí.
—Me iré con usted —dijo—, pero deje ir a Eiden, por favor. Él me salvó.
El Señor Ignis pareció meditar lo que su hija le pedía. Hizo que los soldados bajaran sus armas y asintió con la cabeza. Cassandra me volteó a ver, las gotas de agua mostraban que aún seguía llorando. Me abrazó y susurró.
—Cuídate mucho, trataré de que Ulrik se ponga en contacto con los Salvajes. Solo confía en él.
Se separó. Cassandra me dio un beso en la mejilla, se sintió cálida por un momento, como si ella nunca hubiera sacrificado su elemento para deshacerse del Primer Dios.
Quise quedarme ahí, rendirme ante el Señor Ignis y ser su prisionero.
Me costó soltarla. Pero lo hice, y tuve frío.
Comencé a cojear hacia la borda, le di un último vistazo a la Princesa Fénix, ella me despidió con la mano.
Salté. Debía ir al Continente Lotán y decirle a mi padre el plan de Cassandra.