Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 33 #2
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CAPÍTULO 33 #2

No esperaba eso. Lo vi. Comencé a caminar, quise chocar con su hombro y quitarle el anillo, pero no me lo permitió.

Llegué con Cassandra. La tomé por la cara, luego volteé a ver al Dios.

El éter se deshizo. Ella cayó en mis brazos.

Su cuerpo estaba cubierto de heridas y sangre.

También estaba manchada de tizne. Parecía una víctima más de la guerra divina.

Vi su mano. Saqué el anillo de fuego y se lo puse. Después le tomé la mano.

Dejé de verla y su peso se esfumó de mis manos. Lo que vi fue un campo vacío. Y lo único que estaba ahí, era Cassandra sentada entre el pasto. A su lado, había otra mujer idéntica a ella. Era la deidad que vivía dentro de ella. Caminé hacia las dos.

Me puse enfrente de ellas. Cassandra tenía la mirada baja, y se veía apagada, justo como en la Dinastía Viento, cuando me dijo que estaba harta y ya no quería luchar.

La deidad me miraba. Era igual que Cassandra, la diferencia era que se veía antigua, con poder, y llena de conocimiento.

Además, su aura era verdosa, no como la de Cassandra, que era roja.

—¿Udo te mandó? —habló la deidad con cinismo, luego sonrió de lado—. Ya no nos puede separar.

Dejé de verla, y me arrodillé frente a Cassandra. Ella me volteó a ver. Sus ojos ya no tenían luz. No, algo andaba mal.

—Ib tiene razón —dijo con voz baja—, Rocco no puede separarnos…

Ib la interrumpió.

—Cassandra, ¿por qué no le enseñas la idiotez que hiciste?

Seguí mirándola. Cassandra levantó un poco la manga de su brazo derecho y me enseñó los símbolos antiguos. No tenía idea de qué significaban, solo sabía que eran de la Lengua de los Muertos, y que ella era la única que podía leerlos y recitar los encantamientos. Se había hechizado a sí misma.

—Es el mismo encantamiento que usé en ti para protegerte después de la declaración de la guerra —dijo con ese mismo tono torturado—. Rocco ha tratado de entrar a mi mente para deshacerlo y llevarse a Ib. Pero…

Ib volvió a interrumpir.

—El encantamiento no solo protege a Cassandra, sino que yo ya no puedo tomar posesión de su cuerpo, por ende, Udo no puede separar mi alma de la de Cassandra.

Quise entender lo que me estaban diciendo, pero no lo hacía del todo.

Estaba confundido. Lo único que comprendía era que el alma de Cassandra y la de Ib estaban conectadas, y no podían separarse.

¿O quizá si entendí? Lo que debía hacer era despertarla, y de alguna manera, atacar a Rocco. O hacer algo. Hacer…

—Debo… —Cassandra comenzó a hablar—, debo hacer el encantamiento que Ib me dijo, eso debilitará a Rocco. Eso…, eso tengo que hacer.

La deidad se levantó del suelo. La miré. Ib me mostró los símbolos con el fuego verde.

—Después de que Cassandra haga el hechizo, ella perderá su elemento. Udo regresará a su forma divina, y se esparcirá en el universo.

—Esto es una guerra entre Em y él —me quejé—. ¿Por qué mierda tenemos que hacerlo nosotros? ¿Por qué carajos Cassandra tiene que sacrificar su elemento?

Ib sonrió. Esta vez, me enseñó los dientes.

—Porque no solo es una guerra de poder. Es una guerra divina, y Udo tiene que perder, si ustedes quieren vivir. Em es la única que les puede dar ese privilegio. Y tú, recuperarás el fuego de Cassandra.

(...)

Volví a mi realidad. Cassandra seguía en mis brazos.

Vi sus heridas. Quise curarla. Ayudarla, hacer algo.

Suspiré. Ib no me dio más información, solo que debía salir de la mente de Cassandra y atacar al Primer Dios.

Ella dijo que me vería ahí, que solo necesitaba que lo distrajera, y que ella haría el resto.

Vi al Primer Dios. Sus ojos seguían negros, y me miraban con hastío, casi con celos.

Ya lo sabía…, Cassandra me lo había dicho: habían tenido sexo.

También es posible que alguna vez hayan sido pareja.

Joder. Por once años estuvo encerrada. Era obvio que la primera persona que la tratara bien… , se enamoraría.

La apreté contra mi cuerpo. No quería entregarla. Ahora el celoso era yo. ¿Por qué debía dársela? Ella debía tomar la decisión, hacer lo que deseaba, no doblegarse ante el Dios.

—Dámela —ordenó Rocco.

―No lo haré.

―Hazlo, o morirás, al igual que ella. Debo curarla.

Tragué mi orgullo…, y obedecí. Quise quejarme, atacar, crear mil posibilidades en mi cabeza. Pero no lo hice. Rocco cargó con ella. Le retiró el cabello del rostro con delicadeza, como si de verdad le importara. Me revolvió el estómago. Me miró.

—Ya no te necesito.

Picos negros se formaron y volaron hacia mí.

Intenté usar mi elemento para detenerlos, pero no pude.

Tuve que evadirlos. Me lancé al suelo. Tenía que ganar tiempo para que Cassandra despertara e hiciera el maldito hechizo.

El Dios me miraba molesto. Mucosidad negra comenzó a generarse en el suelo y a devorarme.

Grité e intenté golpearlo, caí contra una pared.

—¿En serio? ¿Qué tienen ustedes mocosos con seguir luchando cuando ya han sido derrotados? Joder, es molesto.

Justo cuando la masa comenzó a cubrirme la cara, lo sentí. El calor. Abrí los ojos. Cassandra estaba de pie, y su fuego la rodeaba, parecía una Diosa, quise adorarla.

Una llamarada me alcanzó. El éter dejó de aprisionarme. Me arrastré con los pies hasta que toqué la pared negra. Sentí una corriente de aire, el agua me habló de nuevo, unas manos me tomaron de los hombros y me sacaron de la esfera.