CAPÍTULO 32 #2
Aunque no deseaba hacerla enojar, en ese momento no tenía tiempo para pensar en ella, porque Rocco volaba hacia mí.
No me defendí. Me quedé estática, solté la espada cuando me impactó.
Me tomó por los hombros y ambos comenzamos a caer.
Me envolví en fuego para hacer el golpe menos doloroso.
No sirvió. Caímos como una estrella en explosión.
El golpe me sofocó. Rodé en el suelo y me quedé ahí con tierra en la boca, no pude moverme.
Lloré por el dolor, traté de incorporarme y respirar, pero no podía hacerlo.
Cerré los ojos. Ese era el final. Rocco me iba a quitar mi fuego, tomaría el poder de Ib, y él al fin dominaría el mundo como había dicho que haría.
Sentí su presencia a mi alrededor. Poco me importaba si me mataba. Solo quería respirar.
Me abracé a mí misma, como si eso ayudara a que mi cuerpo volviera a trabajar con normalidad.
―Siéntate y sube los brazos, Cassandra ―la orden me dio escalofríos, pero hice caso con torpeza, él me ayudó y odié su tacto en mi―. Parece que no aprendiste nada de tus clases de medicina.
Tragué saliva con dureza. Poco a poco recuperé el aliento.
Cuando pude respirar con normalidad, abrí los ojos.
Estábamos en el suelo, y una burbuja negra nos rodeaba.
Afuera era oscuro, pero ahí dentro podía ver con claridad.
Era como estar encerrada en una caja. Seguía asustada.
Bajé los brazos y traté de levantarme para alejarme del hombre. Aún quería seguir llorando.
Rocco me tomó por un brazo. Entré en pánico y le di un manotazo. Me soltó, y volví a caer al suelo. Comencé a hiperventilar. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, y cada exhalación me ardía.
Lo vi. Él parecía fastidiado, y yo estaba cagada de miedo.
Ese era el fin. La Profecía no iba a completarse, porque yo iba a morir.
El Primer Dios estaba cubierto con un par de manchas de sangre y de tizne, pero además de eso, era como si acabara de levantarse después de tener sexo conmigo, porque así lucía después de que lo hacíamos.
Quise vomitar al recordar eso. ¡¿Por qué pensé en eso? !
―En serio que ustedes cuatro son inoportunos.
Comencé a retroceder en el suelo. No sabía qué hacer.
Me volví a paralizar. Sin Ib, no era valiente.
La Diosa tenía razón, el enojo de la deidad era lo que me daba la fuerza.
¿Pero yo? Yo aún estaba experimentando el mundo exterior, apenas disfrutaba de las pequeñas cosas que existían, estaba descubriéndome a mí misma, a aprender a dejar de pedir permiso para todo, a ya no tener nada en horario y en control.
Ser yo quien decide qué hacer. Era una niña pequeña que no sabía nada del mundo.
Me levanté. Debía defenderme, hacer el encantamiento. Rocco subió una ceja encarándome.
― ¿De verdad piensas atacarme? No seas patética, Cassandra ―La ofensa hizo que bajara la guardia―. Tú eres mía, lo sabes. Yo no quiero tu fuego, necesito el de Ib. Tu fuego solo es una piedra en mi camino.
―No te voy a dejar destruir el mundo ―tercié―. Yo no…
Me interrumpió. Se pasó una mano por la cara y puso la otra en su cintura. El éter lo rodeó con burbujas tóxicas. Estaba enojado. Conocía esa postura.
―No sabes nada, Cassandra. ¡No quiero destruir el mundo! ―gritó―. Yo creé este planeta. ¡Y lo quiero de regreso!
Sus manos se cubrieron de su líquido negro.
Comenzó a caminar hacia mí. Quise moverme, pero no pude.
Mis piernas se estaban cubriendo de la mucosidad negra.
Rocco me tomó la cara. Sentí la viscosidad en mi piel.
Quise seguir chillando. Me abstuve. Lo mejor era contener las lágrimas para cuando perdiera mi elemento.
―Nunca te haría daño ―habló con verdad―. Yo hice que nacieras, yo te creé, por mí estás con vida. Eres mi creación más perfecta, tu ADN y el mío son el mismo.
Vomité encima de él.
No le creía ni una palabra. El hombre se alejó y me vio con disgusto. El éter dejó de tocarme. Caí al suelo. Seguí vomitando el ácido de mi estómago. No había comido nada desde hacía dos días. Estaba agotada por la pelea. Ni siquiera podía pensar, y mucho menos hacer el estúpido hechizo.
―Levántate ―la voz de Ib me atizó en mi mente―. No puedes dejar que nos separe.
Quise contestarle y decirle que para eso había hecho el hechizo de protección en mí misma.
Si mi hipótesis era correcta, el alma de Ib y la mía se unirían.
O al menos eso esperaba. Eso, y que Ib ya no sonaba molesta.
Obedecí. Aún quería seguir vomitando. Me tragué el ácido y vi al Dios.
Él ya no tenía ninguna gota del regurgitado.
Era como si lo hubiera evaporado con sus poderes de Dios.
Joder, no entendía nada. Solo quería acabar con esa lucha e irme con mi padre…
, mi tío…, el Señor Ignis, ese hombre que era mi familia. Ugh.
― ¿Por qué te sigues levantando, Cassandra? ―terció ―. Solo deja de moverte, y así podré quitar a Ib de tu cuerpo.
Iba a responder, pero solo levanté la manga de mi brazo derecho y le enseñé la protección. Rocco no habló. Se restregó la cara con una mano.
― ¿Sabes la estupidez que hiciste, Cassandra? Has hecho un hechizo de sangre. ¡Esos son irrompibles!
Me quedé de pie. No, no sabía lo que acababa de hacer.
Solo vi el encantamiento en el libro antiguo y lo recité en mí.
Además, solo lo había hecho una vez para proteger a Eiden en la playa que estaba debajo de la Dinastía Agua, cuando mi padre trató de llevarme.
Debía de ser lo mismo. Era solo un hechizo, solo que ahora era para mí.
―Solo es una protección ―exclamé―. No sé de qué hablas.
Rocco ya no respondió. Me encarceló de nuevo con el éter. Quise defenderme con mi fuego, pero mis manos fueron encapsuladas. Grité, y lo último que vi, fueron sus ojos haciéndose negros.