CAPÍTULO 32
cassandra
Cuando Ib me prometió que tendría todo bajo control, y que se desharía de Rocco con rapidez, le creí.
Porque yo no era capaz de atacar. Cuando vi el éter en la habitación, tuve miedo. Ib, no. Pero al parecer, ninguna de las dos podía contra él. Era un Dios, no podía morir, ¿o sí?
Una persona pasó corriendo a mi lado envuelta en llamas verdes.
Sus gritos me hicieron cerrar los ojos con fuerza y querer caer a un vacío sin color.
En general, eso era lo que había visto: gente huyendo con alguna de sus pertenencias, niños llorando en medio de la calle en busca de sus padres.
Desolación y sufrimiento. Lágrimas y tormentos. Dolor. Eso era, dolor.
Lo que más me atormentó fueron las personas cubiertas de fuego verde, que corrían desesperadas, en un intento de apagar las llamas crecientes en su cuerpo.
Era como ver bolas de fuego que aullaban como hienas.
Su piel se derretía y caían muertos con un golpe húmedo.
A veces lograba apartar la vista, a veces no.
Vi al cielo, la lucha seguía, lo único que yo hacía era caminar el mismo recorrido que Ib y Rocco creaban.
Tenía que estar cerca de mi cuerpo, Ib me lo había dicho porque si no, algo horrible podía pasar, ¿qué?
No estaba segura. Tampoco quería huir, ¿a dónde me iría?
Era un alma en pena, que veía a los vivos sufrir por una guerra que no los debía de afectar.
Ignoraba los gritos de dolor, cerraba los ojos cuando alguna persona corría, o cuando veía a alguien derretido en el suelo.
Parecían figuras de cera, derretidas por el mal cuidado, pero en realidad, eran personas.
Y algunas aún respiraban y pedían ayuda a la Diosa, pero ella nunca los iba a amparar.
La lucha ya había durado dos días. Sentía mi cuerpo agotado, y a la vez, lleno de energía.
Aunque no podía estar segura. Sentía los golpes que le daba Rocco, pero no había dolor.
Solo estaba cansada. En la mañana del segundo día, traté de dormir.
No pude. Mi alma no podía experimentar eso.
Solo me quedé fija en las llamas y el torrente negro que encapsulaba la ciudad.
Sabía que el Señor Ignis y la Señora Ventus estaban atacando al éter.
No estaba segura si los golpes que le estaban dando a Rocco servían de algo.
En realidad, no sabía qué sucedía en la nube tóxica de éter.
Solo podía ver las llamaradas verdes y rojas, las explosiones con el aire y el movimiento de la nube.
Pero lo único que pasaba, era que el éter se expandía a cada hora, oscureciendo todo.
Si lo deseaba, podía salir del ojo del ciclón, e ir fuera de la nube, y ahí vería el sol de la tarde.
No lo hice, no quería intentar que tan lejos de mi cuerpo podía estar.
Me recosté en el suelo. Solo veía oscuridad, con los choques de fuego. Era como ver la noche, y a la vez, no. Era una tormenta de fuego y oscuridad que lastimaba a cualquiera que viera el fogón negro. Día y noche. Carbón. No, carbón no.
Quise llorar.
No pude.
Era un alma que solo existía, pero sufría.
Estaba segura de que, si llegaba a recuperar el control, me desmayaría de inmediato.
O quizá tendría una crisis como la tuvo Eiden.
Verlo llorar con el tobillo inflamado me acongojó, porque no lo podía ayudar, o siquiera consolarlo.
Estuve con él hasta que llegó Chloe y lo calmó.
Les grité, traté de usar magia, de que me vieran, nada. No hubo nada.
La seguridad que había emitido Chloe en sus palabras me alentó, pero no a Eiden. Porque Chloe estaba patética, y a punto de colapsar. Lo cual hizo, cuando el éter apareció frente a ella, mientras sostenía a Eiden inconsciente.
Aún repasaba el trato que mi padre había hecho con los gemelos.
El Señor Ignis estaba seguro de que me iría con él.
Eiden trató de pelear por mí, decir que no me iría al Continente Vulkan, pero ya estaba harta.
Ya no quería estar ahí y ver a las personas inocentes sufrir.
Jamás creí que vería cómo la piel de una persona se caía a gotas.
Los aullidos de pena. No. Ya no podía. Sí, me iría con mi padre.
Suspiré. Claro, podía atacar a los soldados sin cerebro del Señor Ignis.
Pero ¿personas inofensivas? No. Ahí era donde ponía mi barrera moral, y justo ahí fue donde perdí el control de mis emociones, cuando escuché a Chloe decir que Will estaba en coma, todo porque la Señora Ventus lo torturó.
Juré venganza. Eso haría. Quizá irme con mi padre, además de huir, me serviría para recabar información y derrocar a los Señores desde adentro.
Eso era mejor que solo irme porque ya no quería ver a la gente sufrir.
¿No? Era una buena idea. Así era como conseguía información en Quetzal.
Analizaba a la gente que me analizaba. ¿Tenía sentido? No lo sabía.
¿Qué más podía hacer?
¿Irme a Lotán?
No, ahí tendría que luchar por mi puesto. Lo mejor era Vulkan, así Lotán ganaría una espía desde dentro de la Dinastía.
Vi a un guerrero caer del cielo cubierto de llamas. Me volví a sentar en cuanto el hombre volvió a volar hacia la pelea. Quería ayudar, y a la vez, no. ¿Qué iba a hacer yo ahí?
Suspiré.
Al menos, aquí ya no había humanos que sufrirían por el caos de la lucha divina que estaba en el cielo.
Bueno, vivos, ya no había humanos vivos.
Eso era lo único que me calmaba la picazón en el pecho.
Quería arrancarme el corazón y dárselo de comer a los cuervos.
Ya no quería sentir ese vacío dentro de mí.
Porque también sabía que Ib me haría hacer el encantamiento que pondría prisionero al éter por un tiempo, y tendría que ceder mi elemento por completo para que después renaciera como decía la Primera Profecía.
Me lo dijo antes de tomar control. Acepté.
También tendría que hacer un hechizo en mí misma para que Ib no robara mi cuerpo. Eso no se lo dije a la deidad.
Me levanté. Me sentía rara. Volteé a los lados.
Entonces los vi. Chloe, Eiden con su pie cubierto en hielo, y Will.
Quise llorar, e ir a abrazarlo, y decirle lo mucho que lo extrañaba.
Él estaba bien, la Diosa lo había sacado de su coma, para poder venir a luchar.
Vi a los tres muchachos correr hacia el ciclón del éter.
Bueno, Chloe y Will corrieron, Eiden cojeó.
Aunque parecía que su pie dañado poco le molestaba.
Comencé a seguirlos. Necesitaba estar cerca de ellos. O al menos verlos.
Cuando detuvieron su camino, Chloe comenzó a golpear el piso con sus pies.
Picos de tierra comenzaron a formarse y se elevaron hasta el cielo, para apuñalar la nube viciosa encima de nosotros.
Will y Eiden se tomaron de una mano, luego gritaron hacia el cielo, y golpearon el suelo con sus manos hechas puños.
Se me erizó la piel. Estaban creando un aguacero, y con el calor de Ib, la lluvia se haría una tormenta.
Quise decirles algo, detenerlos. Comencé a hiperventilar, mi cuerpo estaba recibiendo demasiado daño.
Me vi a mí misma. La sangre estaba escurriendo por primera vez.
Ib me iba a regresar el control de mi cuerpo.
No, no, no. Era tiempo de hacer el hechizo que me dijo.
Era tiempo de matar a Rocco por un par de meses.
Bueno, desaparecerlo. Rocco era un Dios, no podíamos asesinarlo.
Chloe se elevó en uno de sus picos de tierra y desapareció en la mucosidad.
Eiden brincó, envuelto en agua contaminada que había comenzado a caer, y siguió a su hermana.
Will se quedó de pie, parecía que no había sido torturado.
Bueno, estaba segura de que la Diosa lo curó.
Era lo más razonable que surcaba por mi mente.
—Sé que estás aquí, Cassie. Me dijeron que dejaste que el Fuego Verde tomara control de tu cuerpo para salvarme. Gracias.
Quise chillar. No pude.
Will dio un brinco, y se elevó hasta entrar al torrente.
Aspiré aire. Traté de calmar la locura de mi pecho.
Era un alma que podía experimentar todos los sentimientos, pero no podía expresarlos.
Me tumbé al suelo. Quería decirle tanto a Will, y no podía.
Nadie podía escucharme, más que Ib, y ella estaba en una lucha infinita contra Rocco, el Primer Dios, que no tenía su poder máximo, y, aun así, no podíamos derrocarlo.
Apreté el pasto con mis manos y grité. Aspiré aire. Sentí vacío el estómago. Vi negro. Sentí la electricidad de la tormenta rodearme. El viento me rajaba toda la piel con violencia. Olí el ozono que me quemó los pulmones, y el fuego me rodeó. Vi mis alas: eran de fuego verde. Estaba volando.
Traté de no mirar hacia abajo. No quería sentir vértigo y caer. Ib me susurró lo que tenía que saber: Rocco estaba siendo atacado por los Señores, los soldados, Chloe, Eiden y Will. Era tiempo de desterrarlo de su cuerpo mortal.
En mis manos, vi la espada de ceniza. Me pesó y quise soltarla.
Empuñé el metal gris, traté de mantenerme despierta.
El cuerpo me ardía, sentía la sangre escurrir en mi piel, y, a la vez, no sentía nada.
Mi corazón estaba palpitando todas mis extremidades con rapidez, o quizá era la presión en mi mente que me nublaba la vista.
Debía actuar rápido, debía proteger mi cuerpo y después atacar a Rocco. Solo esperaba que mi fuego durara.
Recité el encantamiento y lo visualicé en la parte superior de mi brazo derecho.
La quemazón me hizo morderme la lengua, y el olor a carne se mezcló con el ozono del aire. Suspiré, vi mi fuego echar chispas verdes, y sentí a Ib frente a mí.
― ¡Eres una estúpida!
― ¡No te dejaré tomar control de mi cuerpo! ―blandí la espada para quitármela de encima.