Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

Vi hacia la puerta, mi madre entró con la Doctora. Era una mujer joven, sin elemento, con la bata médica sucia. Quise hablar, pero ella no me lo permitió. Me revisó, me hizo un par de preguntas, y tuve que contestar moviendo la cabeza.

Cuando terminó, se dirigió a mi madre, no a mí. Eso me confundió. Ya era mayor de edad, podía comprar alcohol legalmente. Rosa volteó a verme, la Doctora salió.

—Al parecer estás bien —dijo confundida—. Solo estás agotado.

—Ya se lo había dicho —respondí—. La Diosa me curó.

Rosa suspiró, me dio una palmada en la pierna y se dirigió a Chloe. La detuvo, su frente estaba roja, por suerte aún no sangraba. Le susurró algo al oído y ella asintió. Chloe lloraba, pero al mismo tiempo no lo hacía. No entendí.

Hizo un movimiento con la mano y liberó a Eiden. Él cayó al suelo de nuevo, pero se incorporó con rapidez y se montó en mi cama. No me tocó. Apenas se acercó, nuestras narices casi se tocaban. Mi amigo olía un poquito mal. Rosa lo alejó y también lo calmó.

—Mi hijo está bien —dijo mientras lo obligaba a estirar la pierna lastimada. Él ocultó el dolor que le causaba moverla y se recostó al otro lado de la cama. Quedamos frente a frente—. En cambio, tú no. No debiste levantarte y correr hasta acá.

Eiden iba a reprochar, pero no lo hizo. Solo frunció el ceño y desvió la mirada. Me acomodé un poco. Los analicé a ambos. Estaban acabados. Chloe emocionalmente. Eiden físicamente. Aunque podía notar que los dos tenían heridas que ocultaban. Suspiré.

—¿Dónde está Cassie? —me animé a preguntar. Nadie me respondió.

Chloe se echó a llorar. Mi madre la consoló. Incluso Eiden soltó un par de lágrimas. Lo cual fue raro. Él odiaba a Cassie. Bueno, eso suponía…, porque ambos tuvieron sexo y me lo ocultaron.

Volví a sentir los celos en el estómago, carcomiéndome el intestino. Respiré varias veces. Debía mantenerme sereno. Ya no podía sentirme así. Debía dejar a Cassie ir.

—¿Dónde está? —volví a preguntar.

Eiden se limpió una lágrima y, sin mirarme, contestó.

—Dejó que el Fuego Verde la poseyera para que te pudieran salvar —su voz fue débil—. El cuerpo de Cassandra sigue luchando contra el Éter.

—La batalla inició en el centro de la ciudad —continuó mi madre—. El Señor Ignis y mi madre lograron moverlos a una ladera. Pero sigue habiendo evacuaciones, y hay mucha destrucción. Gente murió por los incendios.

—¿Y qué hacemos aquí? ¡Debemos salir a ayudar! —me quejé, mirando a Chloe y a Eiden—. Chloe. Eiden.

Los gemelos me voltearon a ver. Ninguno respondió.

—Chloe y Eiden llegaron apenas hace unas horas, están agotados, al igual que tú. No es recomendable que usen sus elementos.

Iba a reprochar, pero me mordí el cachete y dejé de ver a mi madre.

Estaba furioso. No podía creer lo que estaba escuchando.

Teníamos que ayudar al cuerpo de Cassie, vencer al éter y largarnos de ahí, para poder ganar la guerra y terminar la Profecía.

Teníamos que salvar el mundo. Apreté con más fuerza las sábanas.

Todos nos quedamos callados.

La escena era deprimente. El ambiente frío, el aire húmedo. Era como si una tormenta se acercara a matarnos. Me acomodé en la cama, quería preguntar dónde estábamos. El aire me decía que no estábamos en la superficie, lo cual me desconcertó.

Volteé a ver a mi madre. Rosa estaba en la puerta, como si esperara a alguien. Comencé a sudar frío. Mi cabeza dejó de funcionar.

No. No podía ser.

Mi madre me vio. Esta vez sonrió con alegría.

Lo entendí. Habían encontrado a mi padre mientras yo estaba inconsciente.

Sentí la mano de Eiden tomarme la pierna.

Su agua era tranquila, pero mi viento era un torbellino.

Volví a mirar hacia la puerta. Un hombre entró.

Su piel era más oscura que la mía, era alto, de facciones marcadas y más maduro.

Era como verme a mí mismo, pero más viejo.

Ese hombre, como había sospechado antes, era mi padre.

Comencé a hiperventilar. El lugar cambió de color.

Todo se opacó, como si me hubieran puesto unos lentes.

Anders y Rosa se acercaron a mí. El hombre me analizó.

Sus ojos eran intimidantes, y a la vez no.

Me sonreía de lado. Rosa lo abrazó de lado y puso su otra mano en su pecho.

Parecía que mi madre hubiese rejuvenecido veinte años. Lloré de nuevo.

—Este es tu padre. Se llama Anders —dijo Rosa. Lo miró y sonrió aún más—. Este es tu hijo, William.

Quise desmayarme.

Ya no escuche. Los abracé. A los dos. Al fin tenía una familia. Al fin tenía a alguien a quien llamar papá y mamá. Me aferré a ellos como si fueran a desaparecer en ese accidente de auto que siempre me contaban mis abuelos.

Sí. La Diosa me lo dijo. Que mis padres estaban con vida. Que buscara a Rosa Vind y luego fuera por mi padre. Y ahora estaban ahí. Los dos. Mi mamá y mi papá. Quería seguir llorando, disfrutar el momento. Ser feliz.

Mi madre nos separó. Los tres teníamos lágrimas en la cara.

—¿Tienen hambre? —la voz de mi padre fue rasposa y llena de felicidad—. Les traeré algo.

Antes de salir, Anders volteó a ver a Rosa con una sonrisa cálida.

Eiden me dio un golpecito en la pierna. Lo volteé a ver.

—Ya tienes padres, idiota.

Le lancé una pequeña corriente de aire. Eiden solo cerró los ojos y sonrió.

Chloe nos interrumpió. También se subió a la cama. De cerca se veía horrible, como si la Dama hubiese sido sustituida por un soldado que regresaba de la guerra sin alma.

—Debemos planear cómo traer a Cassie con nosotros. No podemos dejar que el Señor Ignis se la lleve.

Mi madre le puso una mano en el hombro.

—Entiendo que quieran ir ya a la superficie, pero mi hijo, y ustedes dos, necesitan descansar. Estoy bastante segura de que el Señor Ignis y mi madre tienen todo bajo control.

—¿Cómo puede estar tan segura? —cuestionó Chloe.

Mi madre se tocó el pecho con una mano.

—El viento lo siente todo.

Chloe la miró como si quisiera vomitar. Rosa movió la cabeza.

—Iré con Anders. Quédense aquí.

Cuando salió, Eiden se quejó—. ¿Qué mierda dijo?

Le di un golpe en el hombro, solo por defender a mi madre.

Aunque, siendo honesto, ni yo sabía qué había querido decir Rosa.

Ya, entendía un poco la analogía, pero no del todo.

Cuando usaba mi elemento, podía sentir en qué dirección estaban las corrientes y qué había a mi alrededor.

Si me concentraba, hasta cuántas personas había en una sala.

Todos se mueven diferente en un espacio.

Aunque no soy bueno identificando eso, sí me resulta fácil saber quién es quién por la forma en que respiran.

Por eso siempre sé dónde está Eiden: él respira con la boca abierta, porque según él, necesita sentir la humedad para poder extraer agua de ahí.

—Tenemos que ir a la superficie —dijo Chloe bajito—. Tenemos que ir por Cassie.

—¿Dijiste superficie? ¿Dónde estamos? —pregunté—. Digo, estoy bastante seguro de que esto no es un hospital.

—Estamos en un búnker de los Salvajes —contestó Eiden—. Tienen años aquí, o al menos, eso fue lo que logré escuchar.

—Es un refugio —añadió Chloe—. Empezó como algo pequeño, pero es enorme. Son salas y salas, pasillos y corredores. Y son varios niveles. Nosotros estamos en el nivel del hospital, es el segundo más alto.

Parpadeé varias veces, asimilé la información.

—¿Qué hay arriba de nosotros?

—Un búnker falso. Si algún soldado Viento encuentra el lugar, solo verá eso.

—Ah.

Nos volvimos a quedar callados. Le pregunté con mi elemento a Eiden cómo se había lastimado el pie.

Disolvió la conversación con un movimiento de mano y no me contestó.

Lo conozco bien. Seguro se tropezó o se resbaló.

Es común en él. Siempre que escapábamos de alguna tienda que robábamos, y usaba el hielo, se caía. Yo siempre lo atrapaba con el viento.

Suspiré. Mi vida antes era más sencilla. Aunque no podía quejarme. Ahora tenía a mis padres. Mi Nana estaba a salvo. Probablemente ya había encontrado a mi abuelo, y ambos estarían en la Isla de los Salvajes, protegidos y lejos del caos de la guerra.

Quería contactarme con ellos. Ver a mi Nana.

Abrazarla. Que me reconfortara. Pero sabía que no podía hacerlo.

Los Salvajes solo usan tecnologías análogas, y ni ellos ni yo sabemos usar ese tipo de aparatos.

Las Dinastías y el Parlamento eliminaron esas tecnologías para impedir que los Salvajes se comunicaran entre sí sin ser encontrados por los radares.

Lo cual era estúpido. Los gobiernos los exiliaron, y al mismo tiempo querían tenerlos controlados. Saber dónde estaban a cada segundo.

Me sequé las lágrimas con el hombro.

Quizá, si salgo vivo de rescatar a Cassie, trataré de convencer a mi padre de contactar la Isla. Necesito hablar con mi Nana. La extraño muchísimo. Solo espero que estos Salvajes tengan conexión con los de los otros Continentes. Que sepan de la alianza.

Porque tenemos que cumplir la Profecía. Salvar al mundo del Primer Dios, que solo quiere destrucción y caos.

Debo hacerlo. Em nos escogió por algo.

Suspiré.

Debo salir de aquí pronto, salvar a Cassie y seguir con mi destino.

No puedo fallarle a la Diosa.