CAPÍTULO 31
william
Entrenar con la Diosa.
Eso fue lo que hice.
Ella me guio, me adoctrinó, y ayudó a soportar el dolor de la tortura.
Debía aprender a controlar el éter para poder regresar al Primer Dios a su infierno. Porque ahora mismo, yo estaba en el cielo, y era protegido por la Diosa. Pero mi cuerpo reflejaba los dolores de cada castigo. Aunque no quemaba, este era el mundo de la Diosa, no mío. Yo aún no merecía el cielo.
La Diosa me explicó lo que haría al regresar al mundo.
Debía luchar contra el Éter, debilitarlo y elaborar un plan para deshacerme de él para siempre.
Para salvar el mundo de su destrucción. La Diosa me hizo entrar en coma, ya que, según ella, mi cuerpo no soportaría la tortura que me infligiría la Señora Ventus.
Y tenía razón. A momentos, en mi viaje astral veía las heridas en mi piel.
Eso me hacía desesperar, pero la divinidad siempre me decía que debía de concentrarme en entrenar, en aprender a usar el éter.
Fallé siempre.
Solo logré crear una pequeña bola entre mis manos, y moldearla un poco.
La Diosa fue paciente conmigo. Para mí, fueron meses los que estuve tratando de hacer que mi parte de la profecía se volviera real, pero sabía que, en el mundo real, solo habían pasado un par de días.
Cuando logré mantener el éter en mis manos, me dijo que era momento de regresar.
Me aseguró que había curado mi cuerpo y mente, para que, al momento de despertar, fuera directo a la batalla.
Debía de salvar a Cassie del fuego verde. Alejarla del éter, salvar el mundo.
Salvar el mundo.
Salvar el mundo.
Aspiré aire.
Me sentía fuerte. No abrí los ojos. No me sentí encerrado. Quizá era porque no podía moverme por los grilletes. Aun así, estaba listo para derrotar al Primer Dios. Solo necesitaba salir de la cárcel donde estaba cautivo e ir por mi nuevo enemigo.
Sentí manos en mí, pero mi cuerpo no reaccionó. No pude.
Mi viento no me dijo nada. Mis manos fueron liberadas, al igual que mis piernas. El peso en mi cara desapareció. Pude respirar con normalidad. Quizá Eiden me había encontrado. Sí, seguro mi amigo me había salvado.
Eso me calmó, pero recordar la verdadera historia, no. La Diosa me contó por qué Rocco fue desterrado. Se había puesto celoso de sus elementos y decidió eliminarlos, pero ellos lucharon, y gracias a Em, ganaron. Ella era una profeta que se hizo Diosa.
Ahora era mi turno, el de Cassie, Eiden y Chloe. Repetir la historia y, como dijeron los Primeros Guerreros, reformar el mundo como nosotros quisiéramos. Convertirnos en Dioses, iguales a Em, y ser los próximos gobernantes del mundo.
Medité por mucho tiempo. La Diosa me dijo que debía hacerlo, y aclarar mis sentimientos hacia Cassie y Eiden.
Me costó aceptarlo, pero debía dejarlos a los dos.
Debía aceptar que sí, quería a Cassie a mi lado, pero no era posible.
Debíamos cumplir con la Profecía y terminar con el Éter.
Eiden, por su parte…, sí, seguiríamos siendo amigos, pero eso era todo.
Teníamos que cumplir con nuestro deber, y los sentimientos solo nos detenían a llegar a nuestro destino.
Estaba seguro de que Chloe lo entendería. Ella era quien nos guiaba, y estaba firme en terminar con la Profecía, en seguir el destino que la Diosa nos había impuesto. Debíamos seguir las palabras de Em al pie de la letra.
(…)
Cuando pude abrir los ojos, esperé ver la negrura, como la primera vez que regresé de mi encuentro con la Diosa, cuando me dijo que la Señora Ventus me torturaría.
Pero vi luz. Un techo blanco. Estaba recostado en una cama.
Mi cuerpo no dolía, así que me enderecé. Olí alcohol etílico. Eso me confundió.
Cuando quise bajarme de la cama, la vi.
Mi madre dormía a un lado mío en una silla. Gimotee. ¿Ella me salvó?
Lloré.
Estaba un poco desorientado, no sabía cómo había llegado aquí, pero al menos, ya no tendría que luchar para salir de la cárcel e ir a la batalla. Podía levantarme y salir de esa habitación. Lo hice.
Me quité la intravenosa de la muñeca. Sangre brotó.
No me importó. Lo que tenía que hacer era ir al campo de batalla y terminar con el Primer Dios.
Me levanté de la cama. Caí al suelo. Me quejé mientras trataba de ponerme en pie.
Estaba usando otra ropa. Eso fue raro. Escuché ruidos.
Rosa soltó una exclamación, se despertó y luego me abrazó por la espalda.
Las lágrimas siguieron saliendo de mis ojos. Quizá podría luchar después de aceptar su cariño.
No dije nada. Me dejé regresar a la cama.
Todo ese lugar parecía un hospital rústico.
Rosa me inspeccionó la cara. Pude notar su preocupación, cómo intentaba mantener las lágrimas dentro.
Yo no pude. Quise hablar, pero mi garganta estaba reseca.
Le pedí con mi elemento un poco de líquido, y hasta ese momento que usé mi poder, me sentí agotado.
Respiré y aspiré varias veces mientras ella regresaba. Me volví a recostar en la cama.
Sí, la Diosa curó mis heridas, aun así, mi cuerpo estaba cansado por el daño que me hicieron. Quizá tendría que esperar unos minutos antes de ir a atacar. También tenía que buscar a Eiden, a Chloe y a Cassie. Debía hablar con ellos primero. Bueno, ¿Dónde estaba Cassie? ¿Qué me dijo la Diosa?
Traté de recordar la historia que me contó la Diosa, pero no pude.
Mi madre entró y me dio un vaso de agua. Bebí con rapidez. Me atraganté y comencé a toser. Rosa me dio unas palmadas en la espalda, me quitó el vaso y lo puso en una mesilla cerca de la cama.
Estaba confundido. La última vez que vi a mi madre, estábamos luchando contra los guerreros del viento en un yate. Ella hizo movimientos implacables con el aire. Traté de imitarlos, pero fui torpe. Por eso nos atraparon.
No, no me culparía por eso. Sabía que los guerreros nos llevarían. Por eso, cuando el yate estaba ahogado en el océano, y lo único que nos mantenía a flote eran nuestros elementos, nos rendimos.
Lo que me había preocupado era que, cuando nos separamos, pensé que lastimarían a mi madre y a Melinda. Pero ahora que la veía de frente, sana y sin ningún rasguño, me calmé. Mis lágrimas al fin se detuvieron.
Aunque aún no sabía dónde nos encontrábamos. Quizá era un hospital. Estaba seguro de eso. Lo único fuera de lugar era ese toque sucio y derruido, como si el edificio hubiera sido abandonado años atrás y, hasta ahora, por la guerra, hubiera sido ocupado de nuevo.
Rosa me examinó. Parecía que buscaba alguna herida en mí, pero no tenía. La Diosa Em me lo dijo: me curó. Pero mi cuerpo aún se recuperaba del dolor infligido cuando estaba inconsciente.
—La Doctora dijo que tenías tres costillas rotas, debes recostarte —habló mi madre, su voz fue corta—. Hazlo.
—No, la Diosa me sanó. Estoy bien.
Mi madre me tomó la cara y sonrió de lado, pero a la vez estaba llena de pena, como si mencionar a la Diosa fuera una jugarreta de un niño pequeño.
—Recuéstate —ordenó—. Iré por la Doctora, y también le diré a Eiden y a Chloe que ya despertaste.
Hasta ese momento, no me había detenido a pensar en que los cuatro estuviéramos ahí. Eiden, Chloe, Cassie y yo. Pero la Diosa dijo…
—¿Cassie?
Mi madre volvió a hacer esa sonrisa con tristeza y salió de la habitación.
No.
Me negaba a que Cassie no estuviera ahí con nosotros.
Me volví a acostar, la cabeza me dolía, y sentía frío.
¿Qué era lo que me había dicho la Diosa sobre Cassie?
¿Su padre la atrapó? Era lo más seguro. El Señor Ignis solo quería recuperarla para encerrarla de nuevo y quitarle su elemento, para que la Primera Profecía no se cumpliera.
Pero ahora lo sabía, la Profecía iba a seguir su curso sin importar lo que sucediera.
La Diosa me lo dijo. Todos sus augurios se harían realidad, y yo me encargaría de eso.
Apreté con fuerza las sábanas y me concentré en la pared.
No debía perder el control, la Diosa me lo advirtió cuando logré usar el éter.
Si me desesperaba, la mucosidad atacaría a todos.
Aún necesitaba practicar, y no tenía tiempo para hacerlo.
Por eso entrené con ella en mi viaje astral.
Aun así, mi control seguía siendo pobre.
Esperaba que eso me sirviera para derrotar a Rocco.
Escuché ruidos, quejas…, y el irreconocible grito desesperado de Eiden. Cuando lo vi, esperé ver a mi amigo de pie, con una mirada decidida, listo para luchar. En cambio, lo vi sucio, con el cuello rojo, el pie vendado en un cabestrillo, y tropezando por el suelo.
Chloe llegó después. Ella parecía una roca frágil, incluso parecía que hubiera llorado. La vi tratar de levantar a su hermano del suelo, pero Eiden se movía como un pescado fuera del agua, o más bien como un pulpo. Le dio un golpe a Chloe y gritó una incoherencia.
Chloe se tensó, golpeó el suelo y cubrió a su gemelo con concreto. Lo único que dejó libre fueron sus ojos y nariz. La vi desmoronarse. Se restregó las manos en la cara y luego recargó la frente en el muro, dándose pequeños golpecitos. La oí llorar.
Negué con la cabeza y observé a Eiden. Estaba atrapado en un cubículo de concreto.
Sus ojos me veían sin parpadear, y de su frente saltaba una vena.
La misma vena que aparecía cuando estábamos llenos de adrenalina mientras robábamos.
Por eso empezamos a usar máscaras. Mucha gente comenzó a describirnos como los Ladrones de la Vena.
No era el mejor nombre, así que Eiden dedicó un mes entero a cambiar nuestra reputación al Ladrón del Hielo y del Viento.
¿Funcionó? Sí. El problema fue que ahora teníamos algunos enemigos en el Continente Farren.
Aunque, bueno, ya no estábamos ahí, y era poco probable que regresáramos pronto.
Cerré los ojos con fuerza, no, debía de concentrarme.