CAPÍTULO 30 #2
—¿Cómo lo sabe? —gorgoteé con apuro—. Puede que el Señor Ignis ya los haya interceptado, y Cassie será llevada a Vulkan.
—El viento me dice que aún hay una lucha de poder en el cielo. La gente está huyendo, los guerreros tratan de mantener la guerra de elementos fuera del alcance de los ciudadanos. Están fallando.
—Debo ir —mustié—, debo ir a ayudar. No puedo quedarme aquí. Sabe que somos los marcados.
Rosa me vio con compasión, se debatió un poco y después asintió con la cabeza.
—Yo me encargo de los Salvajes. Ve.
—Gracias.
Hice una reverencia, golpeé el suelo y brinqué al hoyo. Era hora de encontrar a Eiden. O de hacer algo.
(…)
Jamás creí que encontraría a mi hermano llorando en el suelo, con el tobillo inflamado y lamentándose por no poder ayudar a Cassie y a William.
Y que después de darle palabras de apoyo, el Señor Ignis nos interceptaría.
Acepté la propuesta del Señor con imprudencia.
El problema fue que quería que mi amiga regresara con él a Vulkan.
Eiden y yo no íbamos a permitir eso. Pero las palabras que soltó el Soberano me hicieron callar.
Cassie ya había tomado una decisión. Yo sabía que le había hecho creer eso a su padre.
Esa era la razón de por qué no la encerraron en la mansión del Viento.
Todos pensaban que estaba cooperando. Pero no, fue su manera de salir de la cárcel.
Ayudé a mi hermano a caminar. Vimos a varios soldados tratando de entrar en la nube tóxica, por instinto, nos escondimos tras los destrozados muros de la ciudad cuando pasaban cerca de nosotros.
Llegar al epicentro de la tormenta fue como caminar sobre pequeñas piezas de plástico, que se te encajaban en los pies.
Eiden no quería que usara mi elemento, porque el Éter podría saber nuestra ubicación, y era más probable que los soldados nos encontraran y nos dispararan.
A cada paso que dábamos, el lugar se hacía más oscuro y caliente, a pesar de la lluvia, y de que ya casi amanecía.
Era como si la noche estuviera perpetua en ese lugar.
Ay, me quise convertir en chapopote. Todo esto me estaba desbordando, más que mi hermano no podía luchar.
Si no lo hubiera encontrado, estaba segura de que el Señor Ignis lo hubiera matado.
Había momentos en que podía ver el cuerpo de Cassie o el de Rocco. El que más veía era el del Señor Ignis y sus guerreros, que caían con regularidad. Ninguno estaba al nivel de las deidades. Supongo que nadie podría ganarle a un Dios. Ni nosotros.
La lluvia nos entorpecía, mi vista era casi nula, y la oscuridad nos carcomía con ácido.
Eiden me detuvo. Me tomó del brazo y me hizo dejarlo en el suelo.
Apenas podía ver su cara. El ruido de la lluvia nos ensordecía.
Mi hermano tocó el suelo, me alejé y sentí las vibraciones por varios segundos.
Luego, gritó. La lluvia comenzó a apaciguarse.
Lo único que quedó fue una pequeña llovizna.
El cielo se quedó negro. La nube de éter aún nos contaminaba. Al fin pude oír la pelea.
Vi a mi hermano caer al suelo. Corrí a él y traté de despertarlo, Eiden estaba inconsciente.
―No, no, no, no ―susurré con rapidez―. Eiden, por favor.
Volví a sentir esa sensación de picazón en el cuello, la angustia me estaba ahorcando.
Lo necesitaba para salvar a Cassie. Él era el Ladrón del Hielo.
Él sabía qué hacer en las calles, cómo defenderse de la autoridad y cómo escapar.
Yo solo sabía controlar mi elemento, lucir bien al hacerlo, alcoholizarme y tratar con los democráticos.
Eso era todo. Lo abracé y traté de buscar refugio en un callejón.
Ay no, era patética. ¡No servía para esto! ¡Yo no sé luchar en las calles!
Lloré.
Esto era demasiado para mí. ¿Por qué vine? ¿Para sacar a mi hermano con su pierna lastimada? ¿En qué iba a ayudar a Cassie? El fuego era más fuerte que mi piedra.
Debía calmarme y llevar a Eiden con Rosa y los Salvajes.
Solo esperaba que sí fueran aliados.
Suspiré. Tenía que hacer un plan. Primero, regresar al búnker.
Eso debí hacer desde un principio. No dejar que Eiden acabara con el torrente.
Eso lo agotó, y ahora estaba inconsciente.
Mi hermano había peleado toda la noche, creó tormentas y huyó de los soldados.
Por eso tuvo esa crisis hacía unos momentos.
Joder, yo estaba igual. Ya no soportaba ese día.
Quería que todo acabara. Pero no podía. Debíamos salvar a Cassie y deshacernos del éter.
Que era un Dios, y jamás moriría. Ay no, ¿por qué? ¡Un Dios!
Mi cuello volvió a palpitar, la adrenalina estaba contaminando mi cuerpo. Miré hacia el frente. Una figura se estaba formando. Reconocí ese porte, Rocco.
Chillé, no.
No.
No.
Entré en pánico. Traté de arrastrarme en el suelo con mi hermano.
Chocamos contra algo y lloré por el miedo.
El cuerpo de Rocco comenzó a emitir luz.
Le vi la cara. Era el mismo hombre que conocí en mi trabajo en la base Quetzal.
La misma mirada de inteligencia y poder que dejaba ver en sus entrevistas y conferencias.
Portaba un traje negro, y no parecía que acababa de estar en un duelo a muerte con Cassie. Tal vez nos iba a matar.
Como dijo Eiden, si usábamos nuestros elementos, nos iban a encontrar. Y justo eso sucedió. Rocco nos veía con desprecio.
―Aún me sorprende que la estúpida de Em los haya escogido a ustedes ―la voz de Rocco fue monótona―. Cassandra, lo entiendo. Ella es mi mujer fuego, ¿pero ustedes? Son patéticos. Ni siquiera pueden detener una lluvia decentemente.
Apreté el cuerpo de mi hermano con el mío, en un intento de protegerlo del mal que nos acorralaba en una jaula invisible.
Me quedé callada. No sabía qué decir ante la ofensa, y aún procesaba que Rocco había dicho que Cassie era suya.
No. Cassie no es un objeto. Es una persona. Rocco era un machista de mierda.
Cuando por fin me animé a hablar, el éter volvió a soltar palabras de desprecio―.
De hecho, sigo sin comprender por qué decidió mandar a un montón de niños a hacer el trabajo sucio que ella debería de hacer.
Así que escúchame, Chloe Lise Hanne Foster.
Esto es entre Em y yo. Yo soy el Primer Dios, yo debo de gobernar, no…
La frase del hombre se cortó. Una bola de fuego verde lo golpeó como un arpón.
El cuerpo de Cassie apareció, el aura era verde y sostenía la espada de ceniza cubierta de llamas.
Mi corazón comenzó a navegar carreras que no podía alcanzar.
El poder que emanaba era irreconocible, sus ojos eran blancos, su porte lleno de seguridad.
Esa era otra mujer que me invitaba a dejarme acuchillar, a cederle mi elemento, a matar por ella. Ah, quise arrodillarme ante ella.
―Largo de aquí, yo me encargo ―la voz fue tozuda y llena de intolerancia.
Reaccioné. Golpeé el suelo con mi mano y me hundí en el concreto.