Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 29 #3
88%

CAPÍTULO 29 #3

El Señor Ignis se acercó a mí. Me golpeó y apretó mi cuello con una mano, mientras con la otra presionaba mi abdomen. Sentí el calor quemarme. Quise escupir.

—Tú sabes qué le sucede a mi hija. Dime cómo deshacerme del éter.

Quise moverme, pero no lo hice. El Señor Ignis sabía del éter, sabía que esa mucosidad negra que luchaba contra Cassandra era el Primer Dios. Y sí sabía eso, sabía de Ib.

—Estoy seguro de que sabe lo mismo que nosotros. El éter no se puede destruir.

El Señor Ignis apretó más mi cuello. Chloe habló, y quise callarla, pero no lo hice. La mano del Señor quemaba mi piel, y moverme podía matarme.

—Señor —dijo Chloe apurada—. Si sabe del éter, entonces sabe que se trata del Primer Dios.

El Señor la miró, su cabello se oscureció. Bajó la vista a las manos de Chloe, vio el anillo de los Primeros Guerreros, y luego el mío.

—Cassandra ya porta el suyo —mentí.

Quise decir que Will era quien faltaba con su argolla, pero la Señora Ventus tenía el metal, y mi amigo estaba inconsciente en algún lugar del Continente. Al menos me calmaba que Chloe hubiera dicho que ya lo habían rescatado y está bien.

Intenté liberarme, pero el Señor me quemó un poco el cuello. Me detuve. Podía congelarlos a todos con un golpe, solo necesitaba pisar el suelo y convertirlos en estatuas, estábamos rodeados de lluvia, esa era nuestra ventaja.

Un estruendo atrás nuestro anunció la caída de un edificio. Por suerte, no escuché lloriqueos, solo gritos de soldados.

― ¿Dónde está el bastardo de Rosa? —preguntó el Señor Ignis a Chloe.

Ella me miró, pero el soldado que la sujetaba la obligó a fijar la vista en el Señor Ignis. Se enojó, tragó saliva y respondió:

―Está en coma.

Otro edificio se desplomó. El suelo tembló. Chloe parecía nerviosa, y bajo la lluvia, mojada, parecía un perrito abandonado.

Yo estaba peor. No podía decir nada, había llorado por mi pierna, y no había hecho nada para ayudar a Cassandra.

—Veo que Hav no lo mató —dijo el Señor Ignis mientras me apretaba el cuello.

Me retorcí, me había vuelto a enojar. Me importaba una mierda que me quemara. Quise moverme.

― ¡Eiden, basta! —gritó Chloe.

Tomé la mano del Señor y traté de quitármela de encima. Él me miró y sonrió, parecía desquiciado, y a la vez, un padre orgulloso de su hijo.

Eso me hizo querer vomitar. ¿Por qué se enorgullece de mí?

—Tienes agallas, he de admitirlo. Ya entiendo por qué mi hija te quiere.

Dejó de apretar y soltó mi cuello. Caí al suelo. Hice que el agua llegara a mi piel y la congelé para apaciguar el dolor. Me quejé, pero guardé silencio. Dejaría que Chloe manejara todo. Yo ya no podía pensar. Ni siquiera sabía dialogar con personas de poder.

—Hagamos un trato —empezó el Señor Ignis, y Chloe le mantuvo la mirada—. Yo me encargo del éter, y ustedes de mi hija.

—Hecho —respondió Chloe, firme—. Solo si nos dejan ir después de eso.

—Cassandra se irá conmigo.

― ¡No! —grité, intenté levantarme—. Ella no se irá contigo, ella…

Un soldado me golpeó y terminé de nuevo en el suelo. Escupí sangre al piso. Vi el líquido derretirse en el agua. Chloe solo soltó un sonido amortiguado, casi un suspiro. Saboreé la sangre, mi labio estaba abierto. El Señor Ignis me miró con burla.

—Mi hija ha decidido regresar a Vulkan, desde que la saqué de la cárcel Rokwen, así que no hables por ella.

Los soldados que sostenían a Chloe la empujaron hacia mí. Ella me tomó del brazo y me lanzó una disculpa con la mirada. Los dos volteamos a ver al Señor y sus guerreros. Los vimos elevarse en una voluta de fuego hacia Cassandra y el Éter.

Por primera vez desde que había empezado a lloriquear, miré al cielo. Pronto amanecería, pero las casas y edificios en llamas verdes y rojas hacían parecer que ya era de día.

La tormenta seguía. El Fuego Verde y el Éter se escondían en su propio humo, arriba del chubasco de nubes. Rayos verdes salpicaban sobre las nubes, y los picos de éter intentaban destruirse mutuamente. Ahora el fuego naranja del Señor Ignis y sus guerreros se unió a ese danzón de destrucción.

Mi hermana me miró con pena.

—No podrás ir muy lejos —dijo—. Lo único que puedo hacer es llevarte con Rosa. Yo…, yo puedo encargarme de Cassie, creo —comenzó a tartamudear—, creo, ah, creo que puedo hacer que regrese a su cuerpo, y convencerla de ir conmigo, antes de que el Señor Ignis nos encuentre, creo…

La detuve antes de que terminara. Escuché la mitad de sus palabras y entendí poco por el golpeteo de su habla.

—Puedo caminar —le dije—. Solo llévame al ojo del ciclón, y mientras el Señor Ignis retiene al Primer Dios, yo congelaré el cuerpo de Cassandra. Eso hará que el Fuego Verde pierda poder.

Chloe empezó a mover los ojos, parecía que tenía un ataque de ansiedad o quizá el que tenía el ataque era yo. O tal vez los dos estábamos desbordados y no entendíamos nada.

― ¿Estás seguro?

—No.

Ella cerró los ojos y suspiró. Cuando me volvió a mirar, había determinación en su mirada.

—Hay que hacerlo. La Diosa nos escogió por algo. Debemos ganar.

Quise mofarme, pero no pude. Sí, la Diosa nos había escogido. ¿Pero para qué? ¿Para que un montón de niños se ocuparan del Primer Dios para que ella siguiera en el poder?

Parpadeé varias veces.

Oh.