Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

Me impulsé con un hielo y brinqué. Aterricé en un techo que aún no se había quemado.

El Fuego Verde era exquisito de ver, la batalla del éter y el calor era una imagen espeluznante y excitante a la vez.

Era como ver un danzón de bailarinas queriendo destruir el mundo con sus movimientos fugaces.

Sabía que debía ayudar al cuerpo de Cassandra de alguna manera, pero no sabía cómo.

La masa negra crecía a cada momento, y las llamas verdes trataban de hacer lo mismo, lo cual era imposible debido a la lluvia.

Quizá podía deshacerme del torrente de agua, pero si lo hacía, los edificios que se estaban destruyendo por la batalla se incendiarían por completo y colapsarían, y matarían a la gente que aún no huía.

Ya, claro que yo había asesinado a un par de soldados, pero los ciudadanos no tenían la culpa, ellos eran inocentes.

Los culpables eran las Dinastías y el Parlamento.

Esos estúpidos llenos de poder que manipulan a las masas con sus elementos, me enfurecí.

Estúpido gobierno, no sirve para nada. Lo único que hacen es hacer que la clase trabajadora se pudra en deudas y muera de hambre.

¡Ahora yo formaba parte de ese sistema opresor al ser un estúpido príncipe!

Ugh.

Algo pasó a mi lado.

Me escondí tras un escombro. Una bola de fuego.

Sentí el temblor del impacto. Escuché un par de gritos de ayuda.

Creé muros de hielo a lo largo de la calle y traté de mantener en pie las casas dañadas por la caída del cuerpo de Cassandra.

Miré hacia el cielo, la nube de éter se achicó un poco, pero seguía ahí, atormentando a todo ser vivo en el Continente Vindas.

Salté a otro techo y vi la figura de Cassandra levantarse de su cráter.

Estaba intacta, parecía una muñeca de porcelana.

Tenía pequeñas heridas, pero estas dejaron de sangrar cuando las alas de fénix verde se formaron.

Agitó las alas y tomó vuelo de nuevo hacia el éter.

La espada de ceniza se formó en su mano con un brillo incandescente y la blandió al aire. Sentí un escalofrío.

Era imposible meterme a esa pelea. Vi explosiones, burbujas de gas elevarse, y el agua solo hacía que el espectáculo fuera más horrible. El corazón me palpitaba en el pecho, la cabeza me dolía, sonreí. La adrenalina estaba en mí. Me encantaba sentirla, pero no podía usarla con nada.

Comencé a saltar de techo en techo, debía ser rápido y tratar de mantener los edificios en pie para que la gente escapara. El fuego en las casas iluminaba la oscuridad de la noche, y la tormenta hacía que todo se viera espeluznante.

La mayor parte de la destrucción estaba en el centro, justo debajo de la nube tóxica.

A cada paso que daba, y con cada nuevo bloque de hielo que creaba, la gente desaparecía.

Era obvio que todos huían de la zona de peligro.

Ahí iba yo, listo para ayudar a la deidad que habita en el cuerpo de una chica que tengo un par de semanas de conocer.

Sentí un golpe en mi corazón. No me gustaba la preocupación que crecía en mí por ella. ¿Por qué la tuve que besar? Peor, ¿por qué no podía dejar de pensar en sus toques en el yate?

Ay, Cassandra.

Estaba furioso porque se la habían llevado de la cárcel, aunque ella dijera que se había ido por voluntad propia.

Se arriesgó a ir con el Señor Ignis, por Will.

Joder, la envidiaba. Ni siquiera pude quedarme en el yate para ayudar a Will y a sus madres.

Me fui solo a contar lo que había sucedido, y solo obedecí a mi amigo porque me besó.

Esa era mi condena, al tocar sus labios, no podía negarme a nada de lo que me pidiera.

Y por alguna razón, eso me estaba sucediendo con Cassandra también.

Brinqué y creé un bloque de hielo, pero al pisarlo resbalé y caí sobre la acera.

Sentí un cosquilleo infernal en el pie, me doblé el tobillo y rodé por el concreto.

Quise gritar, pero no lo hice. Me tomé el tobillo con fuerza, tratando de apaciguar el dolor.

¡¿Qué mierda me acababa de pasar?! ¡No! ¡Ya no podría pelear! ¡Ni siquiera pude hacerlo!

Me arrastré hasta chocar contra una pared.

Un poco de guijarro me cayó en la cara. La lluvia seguía cayendo.

Debía detenerla, pero si el fuego seguía ardiendo, sería imposible.

Grité. Un rayo cayó a unos metros de donde estaba.

Sentí la carga eléctrica hasta donde me sentaba.

Me cubrí con un cubículo de hielo. ¡Mierda, mierda, mierda!

Me quité la bota que llevaba puesta y miré mi tobillo.

Todo mi cuerpo palpitaba, casi no sentía dolor por la adrenalina.

Joder, era un estúpido que no sabía saltar bien.

Si Will hubiera estado a mi lado, nada de esto me hubiera pasado.

Él me habría atrapado con su aire, y luego ambos habríamos ido a ayudar a Cassandra. Era un inútil sin mi amigo.

Inútil.

Inútil.

Inútil...

Comencé a golpear mi cabeza contra la pared mientras lloraba.

No debía dejar que mis sentimientos me dominaran, pero ya no podía más con el estrés.

Le prometí a Will que lo rescataría, pero en cambio, quien lo encontró fue Chloe y Rosa, mientras yo intentaba ayudar al cuerpo de Cassandra. Pero fallé, estaba descompuesto.

No servía para nada.

Me derrumbé en el suelo, me agarré el tobillo y chillé. Ya no escuchaba la pelea, ni sentía el fuego o la lluvia. Solo estaba yo, y mis sentimientos de pena.

(…)

Me quedé ahí varios minutos, minutos en los que solo sollozaba, apretando mi tobillo con fuerza mientras el dolor aumentaba con cada segundo, como si me clavaran agujas.

Sentí varios temblores en el suelo, pero los ignoré, era posible que la batalla siguiera cerca de mí.

Golpeé el suelo con frustración. Tampoco pude ayudar a Cassandra, ni a su cuerpo, ni a lo que fuera.

Ya no sabía qué mierda estaba pasando. Estaba agotado.

Ni siquiera podía pensar con claridad; la adrenalina había salido de mi sistema y me había dejado hecho basura desde que escapé de la cárcel.

El suelo volvió a temblar. Esta vez se creó una grieta que se ensanchó.

Vi la cabeza de mi hermana aparecer. Empujé el hielo para que ella también pudiera meterse en mi refugio de lloriqueos.

Chloe entró por completo y me vio. Se veía cansada, tenía un par de heridas en la cara y sangraba por la frente.

Iba a preguntarle, pero ella se adelantó. Me abrazó.

— ​ ¿Qué mierda te pasó? ¿Estás bien?

La preocupación en su voz me hizo querer vomitar. ¿Por qué mierda se preocupaba por mí? Ni siquiera nos conocíamos tanto. No debía importarle.

Chloe me enderezó sin permiso. Me examinó y terminó en mi tobillo.

No sentí que estuviera roto, eso era bueno. Pero el músculo estaba inflamado, y eso no me gustaba. Chloe me miró, como si me hablara en voz alta y me preguntaba si podía caminar. Negué y chillé, pero ella no aceptó esa respuesta.

—Sí, sí puedes —dijo con fuerza—. Escapaste de una prisión con la seguridad más extrema de los cuatro continentes.

Creaste una tormenta que se volvió un ciclón en el Continente más árido, solo porque estabas enojado.

Hace unos días derribaste una flota entera del Señor Ignis.

Vas a cubrir tu pierna con hielo y nos iremos de aquí.

La pelea entre Rocco y Cassie está fuera de control.

El Señor Ignis ya está en la lucha, al igual que la Señora Ventus.

Estamos rodeados, por favor, levántate. No puedo dejarte aquí.

Ya rescatamos a Will, está bien, respira. Por favor, debes de ir a verlo.

Cerré los ojos, encapsulé el dolor, e hice caso. Chloe me ayudó a ponerme de pie. Iba a hacer que bajáramos por el concreto cuando el hielo que nos protegía comenzó a derretirse. Guerreros Fuego nos rodearon. Estaban mojados y a la vez secos, vapor salía de su piel cuando una gota los tocaba.

Entonces apareció el Señor Ignis rodeado de sus alas de fénix. Su cabello era naranja, como cuando Cassie se enojaba. Usaba todo su elemento, y ordenó con voz tensa.

—Sepárenlos.

Una bola de fuego nos apartó. Casi caigo. Dos soldados sujetaron a Chloe. Ella iba a defenderse, pero un guerrero le puso una cuchilla en el cuello.