CAPÍTULO 27 #4
Dejé de comer. El hombre cerró el portón. Quise correr, pero mi cuerpo no respondió. Me quedé estancada donde estaba.
Él me analizó, quizá quería averiguar por qué había cooperado con el Señor Ignis. O, al ser el Primer Dios, ya estaba en mi mente, viendo mi razón. ¿Él podía leer la mente? Esperaba que no.
Dejé el panqué y el té en la mesita. Rocco se acercó.
―Pensé que tardaría más en verte, pero me equivoqué ―dijo, se detuvo―. Hueles un poco mal, deberías darte una ducha.
―Vete a la mierda ―exploté con un susurro―. Lárgate de aquí o llamaré a mi padre. Él ya sabe que le mentiste sobre el Fuego Verde.
Rocco soltó una carcajada sin gracia, como si fuera yo la ignorante―. ¿Crees que no tengo un plan para eso? Tarde o temprano se daría cuenta de que el Fuego Verde está en ti. ¿Pero sabes de quién será la culpa? Tuya. Por mentirme.
Retrocedí―. Yo no mentí. Fuiste tú.
― ¿A quién le va a creer? ¿A la niña desesperada por salir, o al científico que te cuidó por años?
Quise matarlo ahí mismo. Quemar su cuerpo. Deshacerme de él.
―Si lo haces, se va a volver a generar ―susurró Ib en mi cabeza―. No importa qué le hagas. El Éter siempre va a volver. Déjalo hablar.
Apreté la tela de mi vestido con fuerza―. Entonces toma el Fuego Verde de una vez y déjame en paz.
Rocco sonrió como si fuera un Señor―. Primero tengo que deshacerme de tu fuego. Luego tomaré a Ib de tu cuerpo. Todo a su tiempo, Cassandra.
―Udo no tiene la fuerza suficiente para separarnos ―habló Ib―. Usa eso como ventaja.
Rocco comenzó a caminar hacia mí. Esta vez, pude moverme. Retrocedí hasta chocar con la pared. Se posicionó frente a mí. Lo vi hurgar en su saco y sacar el anillo del Éter. El metal brilló bajo la luz artificial.
Mi respiración se hizo irregular.
Sí, cuando nos atraparon, nos quitaron cualquier cosa con la que pudiéramos defendernos, incluyendo los anillos de los Primeros Guerreros. ¿Dónde estaría el mío? Mierda. La cabeza me empezó a doler, como si el dorado de las paredes se derritiera y cada gota me cayera en la frente.
―Ya conseguí mi argolla. Ya solo me falta tu poder, y después...
―No te lo vamos a permitir ―escupí con odio―. La Diosa nos escogió para derrotarte.
Rocco rio con ironía.
― ¿Em? ¿Esa estúpida profeta? Ella me traicionó en la verdadera Primera Guerra y puso a mis creaciones en mi contra.
Así que no la vuelvas a mencionar ―Su voz se volvió amarga, autoritaria, la energía de la habitación se hizo reseca―.
Mató a mis demás profetas para absorber su poder y encerrarme.
Pero no volverá a pasar. ¿Sabes por qué?
Puso sus brazos a cada lado de mi cabeza. Tragué con fuerza y me obligué a hablar―. ¿Por qué?
―Porque yo fui quien condenó a las mujeres fuego. Porque tú naciste solo para servirme. Ninguna mujer fuego volverá a nacer hasta que yo regrese al mundo. Y gracias a ti, mataré a todos los elementos. Y contigo, crearé un nuevo mundo.
Lo empujé. Solo retrocedió un par de pasos, no entendí lo que dijo―. Eso no es cierto. Yo no te ayudaré en nada.
―Siempre regresas a mí, Cassandra. Que te enamoraras de mí no fue casualidad. Está en tu ADN. En tu historia ancestral. Eres mía, y de nadie más, ¿entendiste?
― ¡No! ―sentí el calor en mi espalda―. Abusaste de mí. Me usaste para hacer experimentos. ¡Te odio!
―Yo no te hice nada ―se mofó―. Tú fuiste la que quiso.
― ¡Eso no es cierto! ¡Era una niña! Me usaste ―chillé―. Te di mi confianza y te aprovechaste. No me importa que seas un Dios. Es una mierda lo que hiciste.
―No te toqué hasta que tuviste dieciocho ―trató de defenderse, pero no pudo.
―Eso no lo hace menos erróneo. Me usaste. Y no lo voy a volver a permitir.
―Eso dices ahora.
― ¡Cállate!
Ese fue el ultimátum.
Mi aura se volvió verdosa.
Pero Ib no pidió control.
Rocco sonrió. La masa negra nos rodeó.
― ¿En serio quieres atacarme, Cassandra? ―se burló, con ojos negros y sin vida. Sentí que un cadáver hablaba―. Vas a perder.
Picos de éter se crearon frente a mí y me atacaron. No reaccioné. Solo me cubrí la cara con los brazos y esperé el golpe.
Nada sucedió.
Me quedé quieta varios segundos. No escuchaba nada, solo mi respiración. Era como si Rocco se hubiera metido a mi mente como un parásito.
― ¿Qué sucede aquí? ―la voz de mi padre me trajo de vuelta.
Me descubrí la cara. El Señor Ignis me miraba, juzgándome. Me enderecé y comencé a contar. Mi cabello seguía encendido. Temblé, no sabía qué sucedía.
―Nada, Señor ―habló Rocco con calma. Ya no había éter. No había nada, solo mi respiración agitada―. Solo vine a asegurarme de que Cassandra estuviera en buena salud. Al parecer, no esperaba verme tan pronto.
Mentiroso.
La mentira me hizo enfurecer. Aun así, me quedé callada. Seguí con mi conteo. El calor comenzó a disminuir, pero mi temblor, no.
―De acuerdo ―mi padre nos analizó a los dos―. Salga de aquí, señor Magt. La próxima vez, avise que vendrá a ver a mi hija. Nadie puede estar en contacto con ella sin mi autorización.
―Sí, Señor ―Rocco me volteó a ver. Me enseñó sus ojos negros y se fue.
Mi padre cerró la puerta. Se veía cansado…, y al mismo tiempo, no. Porque su fuego aún se extendía hasta el sol.
Me senté en la cama. Ya no podía enojarme de nuevo. Me tallé las manos en la cara. Respiré. Exhalé. Varias veces. Ya sabía que me iba a regañar, no había razón de comportarme.
Mi padre se colocó frente a mí, lo vi, me dio un frasco con medicamento. Tomé el plástico. El Señor se sentó a mi lado. Quise alejarme de él. No lo hice.
―Hasta que lleguemos a Vulkan mañana, toma una pastilla cada ocho horas, ¿de acuerdo? Eso te mantendrá calmada.
Jugueteé con el frasco entre los dedos.
―Está bien.
Mi padre movió su brazo. Los baúles aparecieron frente a mí.
―Date una ducha y descansa. Mañana tomaremos un avión al Continente.
―Sí, padre.
Me tomó por el hombro. Lo volteé a ver. Era la primera vez, desde los años en la base Quetzal, que veía compasión en los ojos del Señor Ignis.
Suspiré. Tenía que preguntarlo. Necesitaba que lo dijera.
― ¿Cuándo supo que no era su hija?
Retiró su mano. Se quedó impasible, como si no esperara que yo supiera la verdad.
―Claro que eres mi hija. ¿De qué hablas?
Me relajé, cambié mi postura. Estaba agotada. Que mi aura se hiciera verde me había desgastado. Igual que esa tarde, cuando me confrontó en la cárcel.
―No me mienta ―hablé con pena―. Sé que mi padre es Henning. Y que él es su hermano. Usted es mi tío.
Dejó de verme. Suspiró, tedioso.
―El año pasado ―dijo, y guardó silencio unos segundos―.
Antes de que comenzaran los experimentos para el Fuego Verde.
Hicieron pruebas de ADN, ya que el Fuego Verde sería para mí.
Teníamos que ser compatibles. Cuando llegaron los resultados, supe que no era tu padre.
Hice que corrieran los datos de Henning contigo.
Sabía que tuvo un amorío con tu madre antes de enlistarse en la milicia.
Eres su hija, sí. Y también es mi hermano. No es secreto que mi padre tuvo incontables amantes. No dije nada. Era extraño escuchar la verdad de quien había considerado mi padre. O al menos, el que se suponía que debía serlo.
― ¿Cuándo quisieron apagar mi elemento?
Tardó en responder―. Nunca quise deshacerme de tu elemento.
Estaba enojado. Quería vengarme de Henning por su traición.
Así que lo busqué, a pesar de que yo mismo lo desterré.
Cuando logramos quitarle su elemento por completo, decidí que era momento de sacarte de la base Quetzal y darte la libertad que tanto anhelabas.
Quise llorar. No lo hice. Apreté la orilla del colchón con fuerza.
―Voy a cooperar. Eso ya lo sabe. Aunque no sea mi padre. Solo quiero una vida normal.
― ¿Quién te dijo que no eras mi hija? ―preguntó. Salió forzado de su boca. Como si le costara admitir que yo sabía esa verdad que tanto había ocultado.
Encendí mi mano. Chispas verdes saltaron entre las llamas rojas―. Ib. Ella me lo dijo.
― ¿Qué más te ha dicho?
¿Debía decírselo? ¿Que mi madre y Henning estaban con vida? ¿Que eran ellos, junto a Aneka y el Señor Aqua, quienes coordinaban la guerra?
No. No podía.
No quería que Brand fuera en busca del amor que nunca le correspondió.
Marie lo detestaba por haberla obligado a casarse con él. Por haberla separado de Henning, su verdadero amor. Negué con la cabeza. No respondí. Apagué el fuego.
―No digas a nadie que no soy tu padre ―sentenció―. Es mejor que todos piensen que eres mi hija…, y no mi sobrina.
― ¿Morten? ―pregunté.
―Tampoco es mi hijo. Él no sabe nada. Así que quédate callada.
―Lo haré, padre. Para mí, usted es eso.
―Te encerré.
Me dolió la cabeza y mis lágrimas salieron―. Sí, y entiendo por qué lo hizo. Soy la única mujer fuego en el mundo. Soy una anomalía.
―No para mí. Pero tu fuego debe ser contenido, lo sabes. La profecía no puede cumplirse.
Quise refutar, no lo hice―. Lo sé.
El Señor Ignis ya no dijo nada, se levantó y salió de la habitación. Yo me eché a llorar. Ya no quería nada. Quería irme. Escapar. Pero no podía dejar a Will.
Acepté las condiciones de mi padre para poder salvarlo.
Me recosté en la cama. Seguí llorando. Debía calmarme.
Ir por Will. Estaba segura de que lo estaban torturando.
Eso era de lo que más se acusaba a la Señora Ventus.
Ella torturaba a los desertores y a los Salvajes.
Aunque el Parlamento nunca logró confirmarlo, los datos estaban ahí. O al menos, eso me había dicho Chloe.
Abracé con fuerza el frasco de los medicamentos. No los tomaría. Si lo hacía, Rocco podría aprovecharse para deshacerse de mi elemento.
Solo esperaba que mi padre…, o mi tío…, no lo permitiera.