Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

―Usted sabe quién es ―murmuré.

Mi padre tardó en responder, pero cuando lo hizo, quise gritar.

―La Suplantadora. La creadora de destrucción y de conexiones infinitas. La madre de los animales místicos. Sí, sé quién es.

Grité en frustración. Ib trató de tomar el control, pero como aquel día en el buque, no se lo permití.

Me eché al suelo y me tomé la cabeza con fuerza.

Ib trató de mover mi cuerpo, de hacerme sucumbir.

El Señor Ignis me envolvió en una llamarada.

Absorbí el fuego, me alejé de él y choqué con la pared.

Vi mis manos temblar: llamas verdes. Ib susurró contra mi oído, y perdí la vista del ojo derecho. Me estaba invadiendo.

Mi padre me tomó por los hombros y me incendió más.

Consumí las llamas y me calmé un poco. Vi de nuevo.

Fue lo mismo que había hecho Ulrik cuando volábamos, intentando alejarnos de todos.

Seguí mi lloriqueo. Cada vez que Ib intentaba tomar mi cuerpo y se lo impedía, terminaba agotada.

Era como si hubiera corrido diez kilómetros en cinco minutos.

Mi padre se alejó de mí.

―Ya veo. Lo que hay que hacer es mantenerte calmada. Ya sé que tienes cierta inmunidad con el Neutralizador. Así que recurriremos a los medicamentos.

― ¿Qué? No, no pueden darme drogas ―chillé.

―Es la única solución, Cassandra. Cámbiate. Te veo afuera. Después hablaremos de tu fuego.

Ya no me dejó replicar. Salió del cubículo.

Me vi las manos, estaban húmedas por el sudor.

Quise dormir, y jamás despertar. Vi los baúles.

No tenía opción, esa era la única oportunidad que tenía para salir de la cárcel y encontrar a Will.

Aunque tampoco tenía más opciones, era salir o salir.

Yo no sabía montar un espectáculo como Eiden.

Había aprendido hacía mucho que no servía de nada gritar contra el vidrio.

El cristal seguía opaco, y las cámaras aún me grababan.

Lloré por unos minutos y después me fui a cambiar al baño.

Vestido blanco corto con un lazo en la cintura.

Zapatillas blancas. Me miré en el espejo y no me gustó lo que vi.

Traté de cepillarme el cabello, pero desde que perdí la conciencia en el océano y me había dado una ducha, no lo había arreglado.

Lo había mantenido en una coleta deshecha.

Tardé más con el cabello que con el vestido. En mi encierro siempre me hacía trenzas, o lo dejaba en una coleta, pero cuando Chloe me rescató, opté por llevarlo libre. Lloré de nuevo, estúpido cabello.

Se me esponjó. Rezongué, me eché agua y traté de trenzarlo.

Nada servía. Mi cabello no cooperaba. Los baúles traían tres atuendos diferentes y varios objetos de aseo.

No me bañé, en esa cárcel no había ese privilegio.

Las duchas eran comunes, lo sabía por el libro de construcción de la cárcel, donde yo estaba era el área de elementos.

Seguridad extra y nada de contacto. La única manera de dejarnos salir era estar neutralizados, y daban diez minutos para bañarse.

Golpeé tres veces el vidrio. Volvió a ser transparente. La celda de Eiden estaba oscura. Suspiré, era obvio que no iban a dejarlo saber que me iría. Vi a un soldado abrir la puerta metálica. Salí.

El cambio de aire me atizó. Traté de mantener compostura, era la primera vez que salía de una cárcel sin rogar. Mi padre y yo nos vimos. El Señor parecía complacido con mi apariencia. Señaló el pasillo con la mano. Comenzamos a caminar.

Quise decir algo, pedir que me dejaran despedirme de Eiden, pero ya sabía la respuesta. Todo sería una negativa. Mi padre ya lo había dicho, me darían medicamentos para estar calmada y que Ib no tomara el control.

Sí, era una buena idea…, pero también, no. Ya había estado en ese tipo de medicamentos cuando Aneka fue desterrada. Era lo único que me mantenía sin llorar y sin pensar que me había abandonado.

(…)

Fuimos a la mansión de la Dinastía Viento.

Pensé que iríamos directo a un aeropuerto o a un puerto para subir a un buque. Pero no. Llegamos a los portones dorados con emblemas de viento. No quise entrar, pero mi padre me obligó.

Todo era de mármol blanco, con destellos dorados.

La había visto en una de mis enciclopedias.

Edificio de cuatro pisos, con un sótano, y un calabozo, como todas las Dinastías.

La única diferencia, todo era más ostentoso.

Sabía que era una manera de compensar el poco poder político de la Señora Ventus.

Su continente era el más débil entre las cuatro dinastías.

No me esposaron, solo me escoltaron cuatro soldados fuego. Como si fuera una ladrona que iba a escapar en cualquier momento. Mi padre iba al frente, guiando el camino con su fuego. Quise quemar todo y huir.

No lo hice.

En cuanto vi el portón de la mansión, sentí el calor de Will y de Chloe. Incluso, las madres de Will estaban ahí. Lo único que necesitaba era que me dejaran sola un momento para ir a buscarlos. Escapar, y destruir todo.

La Señora Ventus nos recibió con una ventisca seca. Su mirada recayó en mí. Me sonrió con falsedad, luego me analizó con una mueca. Tal vez decidía si era enemiga o no. Ni yo sabía.

Mi padre dejó que me viera. Mantuve la postura. Era lo mínimo que podía hacer. La Señora soltó una risita incómoda, y se estrechó las manos con mi padre, nos invitaron a pasar. Los soldados me hicieron caminar.

―Puedo sentir su elemento, Brand. ¿Por qué no está neutralizada? ―la queja de la Señora hizo que mi padre se detuviera en la entrada―. Es una mujer fuego. No sabemos las cualidades de su elemento.

Mi padre levantó la mano y tomó la palabra.

―Mi hija tiene control total de su elemento. Si quisiera atacar, ya lo habría hecho. Además, no lastimó a ninguno de tus guerreros cuando la atraparon, ¿o sí?

―No, no lo hizo. Cooperó bastante, como una Dama.

―Claro, Hav. Mi hija es una Dama.

― ¿Entonces por qué la encerraste? ―atacó la Señora―. Vela, parece una Salvaje.

Me quedé callada. Acepté la agresión. Mi padre rió sin gracia―.

Sé que lo parece. Estas semanas convivió con muchos Salvajes, con el bastardo de tu nieto y el idiota del hijo de Aquiles.

Es obvio que adquirió sus maneras de expresarse, tan…

radicales ―se alisó el traje―. Será mejor que la dejemos en una habitación.

Cassandra no hará nada. Tenemos que hablar, Hav.

―Lo sé, Brand ―la Señora se volteó a verme, me observó con asco―. Llévenla a una habitación. Cualquier cambio sutil de temperatura, ataquen.

Los soldados asintieron, incluso los guerreros fuego.

―Eso no será necesario ―intervino mi padre―. ¿Verdad, Cassandra?

―No, padre ―susurré con plenitud―. No usaré mi elemento.

El Señor Ignis sonrió. Los soldados me hicieron caminar. Debía escapar pronto. Y no podría usar mi elemento. Ugh.

(…)

Traté de abrir la ventana y escapar, pero luego vi la altura, y reconsideré quedarme unos minutos más en la habitación.

Sí, podía usar las alas de fuego, pero jamás había volado sola.

La que lo hacía era Ib, y aún no figuraba cómo lograba mantenerse en el aire.

No era físicamente posible. Aunque tratara de hacer la matemática en mi cabeza, siempre concluía que no debía de ser posible.

Los fuegos siempre volaban impulsados con fuego en sus pies. No con alas.

Vi la habitación, era normal. No había cámaras ni micrófonos. Eso me calmó. Traté de sentir el calor de Chloe, era difuso, pero estaba ahí. Quizá eran las paredes que impedían que las temperaturas se transmitieran bien.

Lo que me confundía era que la había sentido al entrar al palacio, y ahora ya no. A menos que la hubieran neutralizado. El calor de las mamás de Will seguía ahí. El que iba y venía era Will.

Era como si estuviera luchando por mantener su elemento.

Quizá lo estaban torturando. Y yo ahí, sin plan, cooperando con mi padre.

Al menos Will y Chloe estaban en la mansión, eso ya era un avance.

Debía hacer algo. Pero tampoco podía hacer nada.

Debía convencerlos de que me llevaran a ver a Will, o negociar mi casamiento con él.

Esa era una buena estrategia. Me gustaba Will, y lo quería.

Podía casarme con él, si lograba hablar con el Señor Ignis podría proponerlo.

Incluso, podría hacer una alianza política.

Podía convencer a Will de cooperar. Fingir que haríamos lo que los Señores querían y, cuando estuviéramos comprometidos o casados, atacarlos.

Y seguir con la tonta profecía. No, no podríamos. Si lo que dijo mi padre es verdad, entonces me convertirá en su heredera, y Will, aunque nos sea reconocido por su abuela, era heredero de Rosa. Entre príncipes no nos podemos casar.

Me recosté en la cama. Podía meditar, pero ya sabía la respuesta.

La Diosa no estaba. No valía la pena volver a intentar contactarla.

La última vez que la vi, ella e Ib dijeron que Rocco podía interceptar lo que decían.

Vi el techo. Creé tres caballos con mi fuego.

Extrañaba a Mantequilla. Era el único que no me tenía miedo. Solo esperaba que estuviera bien.

La puerta se abrió. Los caballos se fueron galopando. Me enderecé. Dos guardias entraron, seguidos por una persona de servicio con un carrito de comida. Me hicieron una reverencia y salieron con prisa. ¿Por qué todos me temían?

Yo solo quería una vida normal. No ser una Dama, ni una Princesa.

Siempre deseé no haber nacido con elemento.

Pero ahora que me lo querían quitar… No quería perderlo.

Solo quería ser yo. Y que nadie me temiera por mi fuego.

Suspiré, me levanté y fui por comida. Tomé un panqué y me serví un té.

Había un plato con carne y ensalada, incluso una sopa.

Esa era mi cena. Iba a pasar la noche aquí.

Miré por la ventana, ya era el atardecer.

Esperaba que me dieran ropa nueva para darme una ducha. Ya apestaba.

La puerta se volvió a abrir. Rocco entró.