Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

Nada sucedió. Eiden no desesperó, lo único que hizo fue lamer el vidrio, y luego golpearlo.

Dormí por un rato, hasta que fue la hora de la comida.

Solo me dieron un pedazo de carne fría y un vaso con jugo de naranja.

Eiden tomó la comida y la aventó contra las paredes, comenzó a gritar.

Los soldados entraron, y él los atacó con su elemento, pero ellos se defendieron, y ganaron.

Lo volvieron a neutralizar. Chilló cuando lo inyectaron.

Yo cooperé.

Comí tranquila. No sabía qué más hacer. Estaba desesperada, sí, pero eso nunca me sacó de Quetzal.

Eiden tomó un pedazo de carne del suelo y se lo comió.

Quise vomitar al verlo. Él me dio una pequeña sonrisa burlona.

Estaba actuando de esa manera para molestarme, y para molestar a nuestros captores.

Estaba dándoles lo que querían ver, un espectáculo verídico: el hijo perdido del Señor Aqua, que puede controlar el hielo, y es inestable.

Un rebelde. Un ladrón. Un Príncipe sin cadenas.

¿Yo? También les estaba dando la escena que querían. Una Princesa encerrada que siempre cooperaba, porque toda su vida estuvo metida en una caja de cristal. Una niña inocente.

Tuve un escalofrío. No. ¿Tan pronto?

Dejé de comer, me levanté del catre y me acerqué a la pared transparente.

Ese calor lo conocía. Era mi padre. Retrocedí hasta chocar con la pared.

El Señor apareció por el pasillo, nos vimos por un momento entre los vidrios.

Eiden comenzó a golpear su cárcel. Mi padre entró a la habitación.

Dos guardias metieron dos sillas, luego cerraron la puerta, y el cristal se opacó. Me crispé.

El Señor Ignis se sentó en su silla y me invitó a sentarme en la otra.

Dudé.

No lo veía desde la Declaración de Guerra en el Continente Lotán, cuando trató de llevarme a la costa. Si no hubiera sido por Will y Eiden, en ese momento estaría encerrada en el Continente Vulkan, casada con Rocco y sin elemento.

No estaría aquí, sería una Dama con una identidad nueva. Ya no sería princesa heredera. Tragué saliva.

Me senté.

―Me han dicho que has cooperado desde que los atraparon de polizones ―comentó mi padre complacido―. Atacaste un poco, pero no heriste a nadie. Así que todos tus cargos serán revocados.

No contesté. No entendía nada. Pensé que actuaría de otra manera.

Quizá haría lo que el soldado me había dicho en la mañana.

En cambio, parecía alegre de que hubiera cooperado.

En realidad, sí quería atacar, pero si lo hacía, Ib tomaría posesión de mi cuerpo.

Por eso me rendí con rapidez cuando atacamos de manera falsa en el buque.

Porque Ib estaba susurrándome al oído que cediera el control, y casi logra tomar mi cuerpo sin permiso. Negué con la cabeza.

― ¿A cambio de qué? Sigo siendo una criminal, por eso me trajeron aquí.

―Te tienes que casar, eso ya lo sabes. Ya que el mundo sabe que aún estás con vida, tu gente te quiere en Vulkan. Así que debes atender las responsabilidades que tienes como Dama, o, mejor dicho, princesa.

― ¿Qué? ¿Me aceptará como su heredera?

―Aún no lo sé. Deberás ganarte mi favor.

Resoplé, ya sabía que quería.

―Está bien. ¿Con quién me casaré?

Mi respuesta lo complació, casi como si todo estuviera yendo justo como había planeado. En realidad, necesitaba que me sacaran de ese cubículo para buscar a Will. Él no estaba en esta cárcel, tampoco Chloe.

―Te dejaré decidir eso. Ya que dijiste que no deseabas estar con el señor Magt. Y como ya todos saben que estás con vida, las Casas Elite hicieron lista de las personas que quieren casarse contigo. Al parecer, una mujer fuego no es tan escandaloso como creí. Creen que eres un milagro de la Diosa.

Quise replicarle que yo no era ningún milagro. Pero eso mi padre ya lo sabía.

El Señor Extendió la mano, y en una voluta de ceniza, apareció una libreta. Ugh. Odiaba el viaje de ceniza.

En teoría, solo los Señores y algunos soldados pueden adquirir esa habilidad yendo con los Profetas de la Diosa Em para aprender el antiguo arte.

Los que aprenden la habilidad deben ser alabados por el Profeta Magistral de la Diosa, y así se vuelven los únicos con el poder suficiente para transportar objetos de un lado al otro con solo pensarlo.

Había leído libros sobre eso. Solo debías saber con exactitud dónde estaba lo que querías traer.

Pero era más complicado que eso, ya que yo lo había intentado años atrás con la técnica, para irme de la base, y fallé.

La Diosa me dijo que yo no podía hacer el viaje de ceniza.

Nunca podría. Era mi condena por ser mujer fuego.

Mi padre me entregó la carpeta.

Iba a empezar a hojear mis opciones, pero las hojas desaparecieron en humo. Lo miré confundida. Estaba cooperando con él, no entendía qué sucedía.

―Sé que estás fingiendo, hija. ¿Por qué están aquí? ¿Y cómo es que se infiltraron de polizones en mi buque?

Me quedé sin pensamientos. Vi al Señor Ignis emanar su poder. Esa mirada llena de imposición. Quería hacerme ceder, hacerme decir la verdad. Cerré los ojos y suspiré. No podía dejarme arrodillar ante él. Debía de ser la princesa que era. Cuando volví a verlo, quise gritarle.

―Estamos en guerra.

―Vinieron por el bastardo de la Dama Rosa ―confirmó―. No mientas. Esta estúpida guerra la ganaré yo. No Aquiles. Así que decide bien en qué lado quieres estar, hija. Porque sé que tu cooperación es una farsa.

― ¿Qué?

―Cassandra, deja de mentir. Esa Profecía no se cumplirá.

―La Diosa…

Me interrumpió―. Ya sé lo que les dijo la Diosa. Yo la consulté años atrás, cuando incendiaste la Dinastía y tu madre murió. Sé lo que sucederá, por eso te encerré, para protegerte del mundo.

Sentí el calor en los hombros. Comencé a contar. Si perdía el control, Ib iba a poseer mi cuerpo. No, no podía…

―Era una niña ―susurré―, no sabía lo que hacía.

―Sabías lo suficiente como para ocultarme tu elemento.

Me sulfuré. Sí, tuve que retener mi elemento, ya que mi madre me lo pidió.

Me dijo que nunca mostrara mi fuego, porque si lo hacía, mi padre me iba a encerrar.

Y eso fue lo que sucedió. Estuve once años encarcelada porque él me tenía miedo, y cuando tuvo oportunidad de modificar mi fuego para crear un arma, lo hizo. Hice afán de hablar. Estaba harta.

―Mamá…

El Señor Ignis me calló otra vez―. No metas a tu madre en esto, ella está muerta.

Quise replicar, decirle que eso no era cierto, que Marie estaba viva.

Que ella había ayudado en la declaración de guerra.

También quise decirle que él no era mi padre, que era Henning.

Me quedé callada. Apreté la tela de mi pantalón con fuerza.

Ib estaba a mi alrededor, lista para tomar el control de mi cuerpo en cuanto mi enojo me dominara.

―Me vas a encerrar de nuevo ―susurré con sulfuro―, no sé por qué estamos teniendo esta conversación.

Me levanté de la silla y le di la espalda.

Me crucé de brazos y traté de mantener las lágrimas dentro de mí.

No quería llorar frente a él, pero deseaba hacerlo.

La presión en el pecho me hacía querer desfallecer, era como si a cada respirar me llenaran el cuerpo de rocas.

Ya no podía soportar una discusión más, ni una batalla.

Lo único que quería era salvar a Will y terminar con la tonta Profecía. Tener una vida normal.

Escuché a mi padre levantarse, pero no hubo más ruido. Vi de reojo la ceniza caer. Me giré. Dos baúles y un espejo. Vi al Señor.

―No te encerraré. Como dije, las personas ya saben que sigues con vida.

Tu gente, en tu Continente, te necesita, te quiere ahí.

Creen que eres algún milagro de la Diosa.

Cámbiate y sal cuando estés lista ―me vio con tranquilidad, pero la orden venía de mi Señor, de mi gobernante, no de un padre―.

Eres una Dama y tienes responsabilidades que cumplir.

En cuanto a tu elemento…, sé que lo tienes controlado.

Nunca en once años has tenido un accidente.

― ¡Claro que lo tuve! ―exclamé con enojo―. Cuando mi elemento se hizo verde y el sol artificial explotó.

Mi padre parpadeó, sin comprender―. ¿Tu fuego se hizo verde?

Me retracté. Él no sabía eso. ¿Entonces lo que me había dicho Ulrik no era cierto? No, tenía que serlo. Nadie más podía haber dado esa orden. Ni siquiera Rocco tenía ese poder.

―El señor Magt me dijo que el experimento fracasó ―habló mi padre con impaciencia―. Enséñame.

Me exasperó la orden. Lo vi con molestia, los ojos me picaban por las lágrimas―. ¿Entonces es cierto? Dio la orden para qué modificaran mi elemento. ¿Para qué? ¿Para crear un arma?

Me mantuvo la mirada, y una llama se incendió en sus ojos―.

El Fuego Verde es una leyenda entre los Señores Ignis.

Cada Señor ha intentado replicar aquel gran poder de la Primera Guerrera.

Y yo no soy la excepción. Sí, di la orden de que modificaran tu elemento.

Ya que, por primera vez teníamos una mujer como sujeto de prueba― Quise vomitar.

Mi cárcel comenzó a darme vueltas. Me sostuve de la silla―.

Después de meses de prueba, el señor Magt dijo que el experimento fracasó. Por eso se detuvo.

― ¡Eso no es cierto! ―perdí la paciencia―.

Cuando mi fuego cambió, yo detuve a Rocco y no lo dejé experimentar con mi cuerpo― Me callé.

Volví a contar los números, no debía de exasperarme, tragué saliva―.

Porque el Fuego Verde toma posesión de mí, así que, si quiere que le enseñe, ese fuego lo matará.

Mi padre se alisó el traje desinteresado.

―Pareces tenerlo en control, así que dudo que me lastimes.

― ¡Yo no! ¡Ib lo matará!

El calor escaló por mis hombros y espalda. Mi cabello ya estaba naranja. El Señor Ignis apagó el fuego que nos separaba.

― ¿Quién es Ib, hija?

―Oh, él sabe quién soy ―el susurro de Ib me distrajo―. Los Primeros Guerreros siempre les cuentan la verdadera historia. En siete días se creó el mundo. Siete profetas para ayudar al Primer Dios.