CAPÍTULO 27
cassandra
Atacamos, todo fue un acto, y cuando llegó la milicia de Ventus, dejé mi fuego mostrarse por un momento más, antes de rendirme.
Nos separaron de Chloe, y nos quitaron el elemento con el neutralizador.
Me pusieron esposas fuego para que no usara mi poder, al igual que me retuvieron los pies.
A Eiden le pusieron un bozal porque no dejaba de gritar y maldecir, parecía un perro rabioso.
Yo me mantuve callada. No quería que me pusieran algo en la boca, aunque también parecía que ningún soldado quería acercarse demasiado a mí.
Nos aislaron en una habitación, Eiden se quedó encadenado en el suelo y yo solo pude quedarme en la cama, mientras dos soldados nos apuntaban con sus armas.
El viaje al Continente Vindas fue rápido.
En ese periodo de tiempo, recuperé mi elemento.
Decidí no intentar liberarme, debía cooperar.
Fingí que era una Dama sin conocimiento del mundo. Bueno, eso era.
Al llegar, nos metieron a una camioneta sin ventanas y cuando volví a ver algo más que un tinte negro, fue paredes grises. Hubo ruidos, gritos, y empujones bruscos que me hacían sentir pequeña.
Nos encerraron en celdas especiales para nuestros elementos.
Me sentí como un ratón atrapado, estaba rodeada de vidrio antifuego, igual que en la base Quetzal.
La única diferencia es que esta celda era pequeñísima.
Eiden estaba enfrente de mí. A él también lo aprisionaba un material transparente.
Quizá plástico. Ambos seguíamos con nuestras cadenas.
Me senté en el catre, las manos me pesaban, quería quitarme el metal y descansar, pero no quería que se dieran cuenta de que mi elemento había regresado.
¿Por qué no sentían mi fuego? Quizá no sabían cómo notar los cambios corporales, o solo lo ignoraban porque era la única mujer fuego.
Eiden fue el único que protestó cuando nos encerraron, bueno, aún lo hacía. Yo no podía.
Me recosté. Fingiría que dormía, pero en realidad estaría meditando.
Debía encontrar a Will con su calor corporal.
La cárcel no era tan hermética, podía sentir a la gente que estaba afuera de la celda.
Era obvio, ese lugar estaba creado para fuegos hombres, no mujeres.
Las historias lo decían, la Primera Guerrera fue el fuego más poderoso que alguna vez existió, y para que no hubiera guerras por su poder, la Diosa la condenó a que no hubiera más mujeres fuego.
No podía repetirse el desbalance de poderes.
El techo me gritó que era una pecadora por haber nacido con elemento.
Suspiré.
Ya no sabía si eso era verdad. La Diosa no me quería decir la verdadera historia de nuestro mundo, e Ib solo me había dado datos incompletos.
Además, no quería perder el control de nuevo si la llamaba.
Si no hubiera sido por el General Ulrik, Ib hubiera explotado el buque donde estábamos.
Mi elemento estaba siendo consumido por el fuego verde, y no sabía cómo detenerlo. Cerré los ojos.
≥Una brisa me acarició la piel. Abrí los ojos.
No estaba en mi celda. Vi el cielo, sin nubes.
Libre de cualquier atadura. Me levanté del suelo, estaba en un prado, descalza, mi ropa era distinta, era la misma que usaba en mi encierro.
Suspiré, y comencé a correr. Me sentí como un ave.
Quise que el fuego me rodeara con sus alas, y volar, volar por el horizonte y alejarme de las ataduras que me mantenían en el suelo.
Chillé.
A veces, cuando meditaba, despertaba en ese campo, tenía que correr para encontrar la respuesta al final de la colina. Cuando subí, no vi nada. La Diosa no estaba para recibirme con su sonrisa dulce. La cabeza comenzó a dolerme, me eché a llorar al suelo.
(…)
Me desperté con una opresión en el pecho.
Grité y traté de quitarme a mi atacante.
Caí al suelo y me arrastré hasta tocar la pared.
Mi celda estaba un poco iluminada, y no había nadie.
Solo yo y la oscuridad. El corazón me chocaba en el pecho, y la cabeza me dolía como si me hubieran golpeado con un martillo.
Comencé a contar para calmar mi ansiedad. Los números subían y subían.
Lloré. Abracé mis piernas y traté de rascarme las piernas, pero por el metal que cubría mis manos, no lo logré.
La impotencia me hizo querer crear un torbellino de fuego.
La Diosa no estaba, ni tampoco Will. No había nadie, estaba sola.
Eso solo podía significar que Rocco se estaba volviendo más poderoso, a tal punto que la Diosa Em ya no me quería ver en mis meditaciones, o Rocco estaba cerca de mí.
No.
Rocco no podía estar aquí.
¿O sí?
Sabía que en cuanto tocara el Continente Vindas, la Señora Ventus llamaría a mi padre para que viniera por mí.
Él me obligaría a casarme, me quitaría el elemento, y así, Rocco obtendría el poder de Ib para dominar el mundo.
No. No podía permitir eso. No quería perder mi elemento, pero tampoco quería que Ib siguiera conmigo.
Pero si esa era la única manera en la que el Primer Dios no recuperara todo su poder, entonces me iba a sacrificar.
La Primera Profecía se había marcado en mi brazo por algo. ¿Qué mierda debía hacer? ¡No sabía! Maldita sea, nunca debí dejar que Rocco experimentara conmigo.
Me enderecé.
Me limpié las lágrimas con el hombro y me levanté del suelo.
Las luces se encendieron. Comencé a sentir el calor corporal de las personas de seguridad.
Miré hacia la cárcel de Eiden. Estaba dormido en el catre, la mitad de su cuerpo colgaba, y la otra se aferraba a la colchoneta.
La luz pareció no molestarlo. Jamás lo iba a entender.
Sacudí mi cabeza, eso no importaba. Traté de secarme las lágrimas como pude.
Dos soldados aparecieron en el pasillo con un carrito.
Se abrió una compuerta al nivel de mi pecho.
El soldado enseñó la jeringa con el neutralizador.
Pasé los brazos, sentí el medicamento dentro de mí.
Primero, retiraron las esposas anti-fuego, y al quitar el metal de mis manos, me sentí libre por un momento.
Otra puerta se abrió en el suelo, y me quitaron las esposas de los pies.
Me alejé del portón. El otro soldado deslizó un emparedado y una botella de agua.
Suspiré. Esperé a que las rendijas se cerraran.
Luego, tomé la comida del suelo y comencé a comer en el catre.
Levanté la vista y vi cómo los soldados golpeaban el vidrio de Eiden para que despertara.
Le tomó un momento hacerlo, ya que se echó de nuevo la cobija encima y fingió que los soldados no existían.
Uno entró a su celda y lo inyectó aún dormido.
Le quitaron el bozal y las esposas de las manos y los pies.
Eso no lo despabiló. Le aventaron la comida y siguieron su camino por el pasillo.
Los vi irse. Sentí un par de elementos encerrados en el pasillo. ¿Ellos qué crimen habían cometido?
El mío era haber nacido.
Eiden despertó una hora después, comió en el suelo, y me dio la espalda, como si no quisiera verme.
Los soldados volvieron a pasar. El carrito estaba vacío.
Se detuvieron en medio de los dos. Esta vez, sí me miró.
Sus ojos azules me incomodaron, como si me estuviera inyectando con agua salada para que me convirtiera en una corriente de agua que solo él pudiera controlar.
Desvié la mirada y me concentré en un soldado. Uno se acercó a mi puerta. Lo vi presionar un botón y escuché estática. Me crispé por un momento.
―Tu padre vendrá pronto, Princesita, y te hará ver morir al bastardo de la Princesa Rosa, y a este imbécil ―señaló a Eiden con una media sonrisa―.
Espero que nos dejen ver tu fueguito, dicen que puedes quemar ciudades enteras― negué con la cabeza, eso no le gustó al hombre―.
Qué lástima, entonces solo eres una cara bonita que tendrá que presenciar la muerte de dos idiotas.
La voz y la estática se detuvieron. Los soldados se alejaron. Los vi reírse de mí. Sí, me asusté con lo que dijo, porque sabía que mi padre era capaz de hacerme presenciar la muerte de Will y Eiden con tal de castigarme por desobedecerlo.
Eiden golpeó su pared de cristal. Sabía que quería que le dijera lo que el soldado vociferó. Negué con la cabeza, y me encerré en mi pequeño baño. Ni siquiera había manera de comunicarnos.
Me senté en el retrete un momento. No sabía que debía de hacer, la Diosa no estaba en mi meditación, y la única guía que podía recibir era de Ib, pero no quería que tomara posesión de mi cuerpo y que me condenaran a algo mayor.
O que mi padre decidiera al fin ejecutarme por haber escapado y convertirme en una criminal.
Ya no importaba. Salí. Sabía, por mi encierro en la base Quetzal, que, si me quedaba mucho tiempo encerrada, vendrían por mí y me harían algo.
O le harían algo a Eiden. No lo sabía. En la cárcel Rokwen los prisioneros eran torturados por cualquier cosa.
O eso decían las enciclopedias. Me senté en el catre y miré hacia el pasillo.
Eiden estaba recostado en el suelo y veía el techo.
Ninguno de los dos podía salir, a menos que vinieran por nosotros, y aun así, nuestro elemento era nulo.
Ya, el neutralizador casi no duraba mucho tiempo en mi cuerpo, pero no quería provocar algún ataque que aumentara nuestras sentencias.
De momento, lo único que podía hacer, era esperar algún veredicto. O que Eiden se desesperara y lograra escapar. Quizá él sí sabría qué hacer. Porque yo no.
(…)