CAPÍTULO 25
eiden
—¿Cass?
Su aura se volvió verde. Retrocedí un poco. El Fuego Verde había tomado control.
Quizá no debimos entrenar. Debí negarle y decirle que descansara, que no escuchara los comentarios de los soldados.
Que no importaba si no sabía defenderse.
Que era bastante capaz de pelear con su fuego.
Sus ojos desaparecieron, parecía que le habían robado el alma.
Golpeé el suelo, intenté mandarle un mensaje a mi hermana.
Ella sabría qué hacer, ¿no? Era una Dama, ella sabía cómo actuar en momentos de crisis. ¡Yo solo huía porque era un ladrón!
Vi su cuerpo temblar, cayó de rodillas, y luego gritó.
Su aura cambiaba de color, de naranja a verde, de verde a naranja.
Cassandra estaba luchando contra esa entidad dentro de ella.
Se detuvo y me miró; un ojo blanco, el otro café, aún batallaba con la deidad que la habitaba.
Las alas del fénix crecieron en su espalda, el calor me alejó, y ella voló.
Me moví, sentí el sudor recorrerme la espalda. Corrí hacia dentro del buque. Necesitaba a Chloe, ella sabría qué hacer. No podíamos perder a Cassandra, ella era a la que le hacían caso los soldados.
Encontré a mi hermana con el General que nos había pedido piedad. Ay, quise golpearlo. Aún no confiaba en él, en especial porque era casi de nuestra edad, quizá un poco mayor, y noté la adoración ciega que le tenía a Cassandra, como si fuera una Diosa para él. Chloe me vio.
—¿Sucede algo?
El General y ella veían un mapa del Continente Vindas. Cerré los ojos para ordenar mis ideas.
—Es Cassandra. Está volando.
Le comuniqué lo demás con mi elemento. El vapor que la rodeaba se llenó de polvo. Chloe tiró el lápiz que sostenía y corrió a la popa. La seguí, junto con el idiota del General. Ugh.
Chloe se detuvo a mitad de la plataforma, miraba al cielo, buscaba a Cassandra.
Hice lo mismo. Las nubes nos seguían, y cubrían el cielo, no había ninguna mancha roja o verde.
Me concentré un poco, e ignoré el aire salado.
Sentí su calor, era horrible, como una bomba a punto de explotar.
No, era una bomba que ya estaba explotando. Una llamarada nos hizo encogernos.
El General se elevó, subió al cielo con un brinco lleno de fuego. Desapareció entre las nubes, al igual que Cassandra. Ya no había color, solo blancura. Chloe me tomó por los hombros.
—Vamos a tener que decirles sobre Cassie. Pensé que podíamos ocultar el Fuego Verde...
―Da igual. Tendremos que explicar por qué se alejó así.
―Ya lo sé. Enfríala cuando baje. Así nadie notará el calor.
Me zafé de ella, no le di respuesta. No había muchos soldados en la popa; eso era bueno, pocos sentirían el fuego de Cassandra cambiar, aunque era inútil pensar eso.
El Fuego Verde había tomado el buque, no Cassandra.
Un rayo rojo cayó del cielo: un cometa humano.
Aterrizó frente a nosotros. El golpe hizo el buque chirriar.
El General cayó delante con la elegancia de un gato.
El fuego y el humo se disiparon con un movimiento de mano suyo.
Corrí a socorrer a Cassandra, aventé al General con enojo y me adentré en el pequeño cráter que el impacto había creado. El metal estaba caliente, ignoré el dolor.
Me cubrí los brazos con hielo. La piel de Cassandra brillaba, tenía los ojos cerrados y soltaba pequeñas quejas; parecía dormir.
No, su energía disminuye, ¿qué le hacía esa deidad?
La toqué, el fuego comenzó a atacar el hielo.
Cubrí a Cassandra con escarcha, esta se derritió y el fuego se calmó.
Mi hermana entró a la abolladura y me apartó.
Cassandra abrió los ojos, tosió y se incorporó un poco.
Estaba pálida, parecía asimilar lo que había pasado.
Quise tocarla, ayudarla, algo. Me quedé quieto con las manos suspendidas.
Ella volvió a toser, no nos vio; veía al General.
Sentí el elemento de ambos, luego olí el gas, se estaban comunicando.
Intenté entrar en la conversación, pero no entendí nada.
Chloe se puso de pie y obligó al General a alejarse de Cassandra.
Ella se levantó con una queja, vio el cráter que había creado con su caída y cortó comunicación con el General.
Cassandra salió del metal hundido a gatas, me dejó ayudarla a ponerse de pie. Chloe golpeó el material y se recompuso. No pude procesar que mi hermana también podía controlar el metal. El General nos miró con suspicacia.
—Tenemos que hablar, ya.
El hombre se dio media vuelta hacia el buque.
Apreté la mano de Cassandra, nos miramos, y Cassandra me jaló para caminar.
Me sonrió un poco en súplica, estaba carcomida, parecía un pan viejo, como si la deidad hubiera ganado la batalla dentro de ella.
Chasqueé la lengua, mi hermana suspiró y caminó. La seguimos.
El silencio nos abordó cuando llegamos a una sala de comando. Estábamos solos, y el hombre parecía que hubiera preferido morir en las aguas de Lotán, que lidiar con un fuego que no podía ser controlado.
Cassandra fue quien habló casi todo, y el General Ulrik respondió con calma.
Chloe intentaba intervenir, pero Cassandra siempre la callaba.
Su porte era desterrado, mientras que el de mi hermana estaba desesperado.
Yo estaba en una esquina, escuchaba y observaba todo, sin intención de meterme en la conversación. No tenía nada que aportar.
Cassandra no dio más detalles, solo contó lo que Rocco le hizo a su Fuego, por eso había perdido el control hacía unos momentos. El General tragó cada verdad a medias que soltó.
—Está bien. Los rumores son ciertos —mustió.
—¿Qué? —preguntó Chloe con pasmo―. ¿De qué rumores habla?
Ulrik se encogió de hombros y señaló la sala—.
En la milicia del Fuego siempre ha habido ese rumor, primero, sobre la existencia de la Princesa Fénix.
La mujer fuego más poderosa en el mundo, cuyo fuego fue modificado para ser usado como arma.
Por eso, las Fuerzas Armadas se fortalecieron y reclutaron a cualquier persona capaz de luchar, para combatirla en caso de emergencia.
El aire en la sala se volvió eléctrico, casi explosivo.
Quería salir de ahí; mi cabeza iba a reventar si seguía escuchando.
No, no era posible que el Señor Ignis hubiera hecho eso.
¿Todo para qué? ¿Contener a su hija si escapaba?
Cassandra era un arma para su padre, por eso la mantuvo encerrada.
Pero eso se contradecía, él quería casarla con Rocco y quitarle su poder.
¿Por qué entonces modificar su elemento?
No..., Rocco manipuló al Señor Ignis para modificar el fuego de Cassandra, ella lo dijo.
El Primer Dios quería el poder de Ib, y para lograrlo, debía quitarle su elemento para llegar a la deidad. Quizá... Sí, eso debía ser.
—El Señor Ignis tiene miedo —susurró Chloe—. Por eso atacó de inmediato a Lotán. Sabe que va a ganar.
El General asintió. Cassandra se recargó en la mesa que nos separaba a todos, parecía querer vomitar, o quizá seguía luchando contra el Fuego Verde dentro de ella. Me alejé de la pared.
—Me tiene miedo —dijo con pena—. Mi padre sabía de los experimentos que hizo Rocco con mi elemento, se salió de control y por eso quisieron apagar mi fuego. Yo no soy un arma.
—Cassie... —Chloe quiso acercarse, pero la pelinegra se alejó—. Todo va a estar bien.
―No, no lo estará― su cabello comenzó a volverse naranja, sus ojos compartieron el mismo color—. No, por eso me quiso quitar mi elemento y casarme con Rocco —dijo, goteando dolor—. Si no hubiera perdido el control del Fuego Verde, seguiría encerrada. No me hubieras rescatado.
—Cassie, no. Aun así, yo hubiera ido por ti —exclamó Chloe.
—Claro que no, los Salvajes solo se apresuraron a sacarme porque secuestraron a Henning, y sabían que esto iba a suceder.
El General interrumpió con una voluta de fuego—. Esperen, ¿Henning? ¿Henning Rok?
Cassandra comenzó a llorar y retrocedió hasta que se derrumbó contra una pared. Chloe estaba constipada, fue a consolarla. La conversación nos estaba haciendo perder la cordura. Suspiré, era mi turno de hablar.
—Sí. Él y la Doctora Aneka han ayudado a la causa, y son ellos quienes hicieron que mi hermanita salvara a Cassandra.
El General se mostró impasible, suspiró y miró la mesa—.
Henning fue el líder de este buque antes de ser desterrado.
Fue mi mentor, y fue él quien nos dijo que cuando la Princesa Fénix fuera liberada, iríamos a la guerra, sin importar qué sucediera.
Que siempre debíamos estar del lado de la Princesa, porque es ella quien debe gobernar, no el Señor Ignis.
Aunque todos pensáramos que eran mentiras que la Princesa siguiera con vida. A pesar de los rumores…
Dejé de mirar al General. Chloe trataba de relajar a Cassandra sin tocarla, cuyo cabello seguía naranja.
Golpeé el suelo con el pie y un frío hielo corrió hasta ella, envolviéndola en una fina capa.
Cassandra se estremeció, su cabello volvió a ser negro y se calmó con un respiro lleno de vaho.
La miré a los ojos, brillaban con pena. Quizá eso significaba mi pasaje de la Profecía.
Tenía que domar el fuego. Tenía que calmarlo y redirigirlo con mi agua. Pero…, ¿cómo?
El General rodeó la mesa y se acercó a Cassandra, la observó y luego me miró a mí.
—¿Qué le hiciste?
Me molestó, no quería responder, chasqueé la lengua—. Solo la enfrié. Sigue caliente, puedo sentirla.
—Perdón —gorgoteo Cassandra mientras Chloe la ayudaba a componerse—. Es que…
—No te disculpes —interrumpió el General—. Es entendible, es demasiada información.
Intentó sonreír, o al menos eso pensé, pero solo se dibujó una mueca en sus labios.
—Necesito descansar —expresó con un suspiro—. Por favor.
—Claro —Ulrik le tendió la mano—. La llevaré a un camarote.