CAPÍTULO 22
chloe
Nos recluyeron a todos en la misma habitación.
El Búnker Real estaba lleno de las Casas Elite y unas cuantas familias de los oficiales que luchaban en los buques en el mar.
La guerra había comenzado, lo sentía. Percibía un poco el movimiento de la tierra, aunque trataba de mantener mi elemento contenido, porque si lo dejaba expandirse, la presión en el pecho se volvería horrible; sentiría todo el peso de la tierra sobre mí misma.
Aspiré aire, concentré mi elemento en mis pies, solo en mí vibrar, en mis propios pasos.
Mi madre me quitó el anillo de la Tierra.
Dijo que era por precaución, porque mi hermano estaba sintiendo todo en el agua, y aunque mantuviera su elemento en sí mismo, sentía cada movimiento y el anillo multiplicaba esa sensación.
Ella estaba en contra de que usáramos las argollas.
Era comprensible, nadie sabía bien por qué podíamos portarlas sin morir.
Vi mi pasaje, estaba segura de que tenía que ver que habíamos sido marcados por la profecía.
Aún trataba de entender la relación entre los anillos y la Profecía.
La historia decía que la Diosa Em creó los metales para que los Primeros Guerreros los usaran y transmitieran sus conocimientos a sus descendientes.
Pero había una incógnita, el anillo negro, el éter.
Ahora por Einar, sabía que su madre experimentó con el anillo, pero cualquiera que lo portara, moría.
El único que no falleció, fue William. William y Rocco.
Suspiré.
Éter.
Por años mi padre especuló que podía haber un quinto elemento. ¿Cómo comprobarlo? En toda nuestra historia solo han existido cuatro elementos. Nunca cinco.
Ahora existía William, que podía usar el anillo. Cuando lo portaba, los cuatro éramos llevados al interior de las argollas, y así podíamos ver el conocimiento de los Primeros Guerreros.
Ni siquiera tenía sentido, porque no coincidía con la ceremonia de ascensión de un nuevo Señor o Señora, que solo podían usar su anillo por una hora y luego tenían que meditar toda la noche.
Y si lo usaban más tiempo, morían. Por eso solo cuando un príncipe era nombrado heredero, portaba el anillo por cinco minutos, solo para sellar su nombramiento.
Porque si alguien más usaba algún anillo, y no era perteneciente a una de las cuatro dinastías, su destino era morir.
Einar se sentó a mi lado. Vi las ojeras bajo sus ojos, me recargué en su brazo. No habíamos podido dormir bien en los últimos días, especialmente la noche anterior, porque estuvimos discutiendo. A eso se resumía nuestra relación estos últimos días: discutir y planear la estrategia de la guerra.
Solo nos daban lo básico, porque no quería que yo le dijera algo a mi hermano, a su amigo o a Cassie. ¿Qué información les iba a dar? La guerra ya comenzó y toda la costa tuvo que ir a los bunkers a refugiarse. Seguro la población aún estaba evacuando las ciudades cercanas a la Dinastía.
Además, Einar y yo habíamos trazado cómo seguiríamos la Profecía y qué haríamos mientras estuviéramos en guerra. Teníamos que salvar al mundo, detener al Primer Dios y conocer nuestra verdadera historia.
Cassie me lo había mencionado una vez: la historia de los Primeros Guerreros y la Diosa Em no era la primera, era la segunda. Quise preguntar más, pero Marie se la llevó.
Primero, ir a Ventus a encontrar a William y a sus madres.
Aún me sorprendía que mi hermano regresara a Lotán, en vez de luchar.
Él podía ganar si quería. Quizá William le pidió que viniera a dar el aviso de la cercanía de los buques enemigos.
Bueno…, sí, la llegada de Eiden nos dio tiempo de prepararnos. Uh.
La tierra retumbó. Vi a Einar.
—Son demasiadas bombas —murmuró—. Van a acabar con los corales.
—Ya lo sé —respondí con tedio—, y apenas había logrado que los protegieran.
―No pensé que Vulkan y Vindas atacarían tan rápido.
―Ni yo. Parece que ya estaban preparados para la pelea.
― ¿Crees que sea por Cassandra? Digo, se dieron cuenta de su ausencia y por eso el Señor Ignis activó su milicia.
―Es probable. Ella es mujer fuego. Yo también hubiera entrado en pánico si un día desaparece de la cárcel donde la tengo ― refuté con enojo―. Ya tenían todo planeado. ¿Por qué no lo vimos? Alguien debió ver los buques.
Einar no dijo nada, pero dirigió la vista a mi hermano. Estaba sentado en el suelo, con mi madre a su lado. Hellena le hablaba con su elemento, podía ver partículas de agua flotando entre ellos dos. Quise meterme en la discusión, pero por las expresiones de Eiden, quizá estaba siendo regañado.
Debía de pensar. Debía haber alguna manera en la que pudiera ayudar a la guerra. Einar era un aliado valioso, porque su madre ya se había posicionado en contra de la lucha. Así que solo nos quedaba él como contraparte de Farren.
Volteé a ver a Cassie, estaba con su madre y su tío.
Se veía afligida y bastante pálida, lo relacioné con no tener rayos ultravioletas en el búnker.
Cassie me lo dijo cuándo la saqué de la base Quetzal.
El sol es lo que la mantiene con vida. O tal vez ella también sentía todo el movimiento de la milicia en el exterior. El fuego evaporando el agua.
—Amor —volteé a ver a Einar, y él me mostró un bote de Rekila entre su camiseta—. No nos hemos divertido en mucho tiempo. Hay que dejar de pensar en esto por un momento.
Sonreí. De repente olvidé que estaba enojada con él y que la guerra existía.
Nos levantamos y salimos de la habitación sin ser vistos.
Bueno, no fue difícil, todos estaban concentrados en Cassie o en Eiden.
En especial en Cassie, todos querían ver si de verdad existía una mujer fuego.
Como si todo lo que mi padre expuso en la declaración de guerra hubiera sido solo parloteo.
Einar me tomó la mano y caminamos. Nos alejamos lo más que pudimos de todas las personas y encontramos un muro donde nadie nos vio.
Creé un túnel para nosotros. Einar prendió la linterna de su celular.
Cerré nuestro escondite. Nos sentamos. Tomé la botella de su mano y bebí primero.
Mi novio me siguió y sin darnos cuenta, nos acabamos todo el líquido.
Estar borracha era lo único que me mantenía cuerda. Me divertía y no me importaban mis responsabilidades como Dama.
Cuando entré a la Universidad, me desaté en el Continente Farren.
Así volví a conocer a Einar en una fiesta, y me enamoré de su faceta revoltosa.
No el Príncipe derecho, no aquel que siempre me sonreía con cordialidad en las reuniones.
No, me enamoré del chico que me hacía emborracharme hasta perder el control y dejar de pensar en que era una Dama que había perdido su puesto como heredera.
Tres meses después nos comprometimos. Quizá fue apresurado, como me dijo Cassie.
Me comprometí con el primer hombre que me trató bien y me hizo olvidar mi estatus. No, Einar era diferente, él me quería. Él me amaba. Aunque últimamente tuviéramos problemas, el amor seguía ahí. Además, estábamos en guerra, y lo entendía. Yo también estaba al borde del colapso.
Comenzamos a besarnos, quizá necesitábamos tener sexo para relajarnos, hacía días que no nos tocábamos.
Pero de repente, Einar se separó de mí. Negó con la cabeza y se alejó.
Parecía confundido. Vi sus arcadas en cámara lenta, y luego el vómito salir.
También quise expulsar el alcohol que tenía encima, lo imité.
Caí al suelo junto a mi escupitajo. Llevaba semanas sin probar una gota de alcohol, era obvio que íbamos a salir destruidos. Cerré los ojos, todo dio vueltas, quise vomitar otra vez, pero me lo tragué.
(…)
Desperté con jaqueca y ganas de vomitar.
El dolor punzante martillaba mis sienes y mi estómago parecía querer darme la vuelta completa.
Sentí la acidez subir y bajar en mi garganta, tosí hasta que me dolió el pecho.
El olor a vómito me llegó como un cuervo listo para atacarme.
Me levanté con las manos y me apoyé en la pared.
Vi a Einar; respiraba con normalidad, aunque estaba cubierto de vómito, y a mí también me cubría la ropa con escupitajo alcohólico.
Quise levantarme, irme y cambiarme, si es que había ropa para mí.
Me sentía mal, con pesar, y la cabeza quería estallar. Me concentré en mi elemento; sentía las vibraciones de las personas. Nadie nos buscaba, o quizá sí. Era difícil sentir el poder y las intenciones de los demás; todo recaía en cómo pisaban, y en ese momento, todo estaba disperso.
Tosí, tuve arcadas y vomité ácido. Me recargué en la pared. La luz del teléfono de Einar ya se había apagado y yo apenas lograba ver a mi novio. Saqué mi propio aparato y nos alumbré. La tierra me empanizaba. Ugh.
Me sentí sucia. Nadie podía verme así, ni siquiera Einar podía verme en este estado tan triste.
Éramos el ejemplo de las Dinastías y las Casas Elite.
Éramos la pareja perfecta. Temblé. Si nos veían así, los chismes comenzarían, y eso desataría una ola de desapruebo que nos quitaría poder público ante la guerra. Mierda. Me dejé caer.
Eso odiaba de ser una Dama de Dinastía: todos estaban interesados en mi vida, en lo que hacía o no hacía.
Si no hacía una reverencia o si dejé todo en Lotán para convertirme en científica.
Que solo debía de casarme con Einar y dejar la ciencia a los hombres.
Que yo no era digna de nada desde que dejé de ser Princesa.
Cuando decidí ser científica, los noticieros me destrozaron.
Decían que sería una desobligada ante mis tareas de Dama y que nunca lograría nada.
Me desesperé y les grité que eran unos machistas retrógrados.
Aún me trataban de idiota. Mi padre tuvo que calmarme; si no, habría herido a todas esas personas.
Quise hacerlo, quise enterrarlos a todos bajo tierra.
Golpeé el piso, la roca se rompió bajo mi puño.