CAPÍTULO 21 #3
Henning la soltó. Marie también la agarró.
Quise llorar, y no solo por lo que estaba escuchando, sino porque a medida que mi elemento volvía, sentía la presión del océano encima de mí.
El movimiento, los buques, los portaaviones, la guerra estaba por comenzar.
La energía del agua me inquietaba. Íbamos a perder. Había demasiado fuego sobre el agua.
—Hija —la voz de Marie me distrajo; los padres de Cassandra se habían separado—. Sigues siendo la Princesa Fénix, heredera de la Dinastía Fuego, no olvides eso.
—¿Qué? —mustió, y tuve la misma reacción que Cassandra—. No. Si no soy hija del Señor Ignis, ya no soy la heredera. Ya no puede obligarme a casarme con Rocco.
—Sí puede —interrumpió Henning—. Legalmente, él es tu padre. Y si eres heredera a la Dinastía, yo soy hijo bastardo del antiguo Señor Ignis. Soy mayor que Brand por un mes. Él ahora sabe eso, cuando se enteró de que no eras su hija.
—¿Por eso te capturaron y te quitaron tu elemento? —preguntó Cassandra con pánico y el fuego se apagó de su cabello—. ¿El Señor Ignis sabe que son hermanos y tú eres mi padre?
—Sí, lo descubrió hace un año, cuando empezaron con los experimentos para quitarte tu elemento. Dijo que era mi castigo por traicionarlo, por nunca decirle que éramos hermanos y que yo era tu padre.
Quise vomitar con tanta información. Caminé hacia la puerta y salí, ya no quería seguir escuchando los secretos familiares de los Flur.
Lo único que quería era ir por Will. Comencé a sudar, mi corazón saltaba en el pecho.
Busqué a mi madre. Algo andaba mal. La energía del océano me estaba sofocando.
La encontré rodeada de personas que le preguntaban qué sucedía.
Los empujé con un coletazo de agua y me derrumbé en sus brazos.
Hellena cayó conmigo al suelo. Empecé a llorar.
Todo el estrés que absorbí con la familia de Cassandra me desesperó, y toda la presión que sentía encima por la guerra que estaba por estallar.
No podía estar ahí encerrado, necesitaba salir.
—Mamá, Will...
—Lo sé, lo vamos a rescatar, sé paciente.
Me aferré a sus palabras. Chillé de nuevo—. Tengo que salir, no puedo estar aquí. Están por atacar las tropas del Señor Ignis, lo puedo sentir. El agua, el agua…
Hellena me hizo separarme de ella y vio a unos soldados rodear a las personas de las Casas Elite para alejarlas de nosotros. Mi madre me sostuvo de los brazos con fuerza.
—¿De qué hablas? No puedo dejarte salir. Ni siquiera tu padre irá. La guerra será allá arriba, y todos nos quedaremos aquí, a salvo.
—¡No! —grité con desesperación, mi respiración era pesada—. Mamá, siento toda la tensión del océano dentro de mí.
Los ojos de Hellena se movían rápido, su elemento nos rodeó.
El agua de mi madre me calmó, pero no fue suficiente.
Sentía la presión del agua, el poder infinito de los guerreros, la guerra inevitable.
Cerré los ojos, no quería sentir esa tensión en mí.
Eran demasiados buques, demasiados guerreros, demasiado poder.
La muerte llamaba. Los animales marinos huían. Todos se escondían.
Mi madre me obligó a levantarme. Dos guerreros me cargaron.
Cerré los ojos, sentía que iba a desmayarme.
El mareo comenzaba a balancearme en una barca que se hundía.
Era el mismo pesar que sentí en la Isla de los Salvajes cuando comencé a vomitar líquido negro, solo que ahora la presión estaba siempre dentro de mí, como si yo fuera el océano. Quizá yo era el océano.
Entramos a una habitación. Sentí el fuego de Cassandra querer cazarme, la volteé a ver. Los Guerreros me dejaron en el suelo. Cassandra se acercó, sus ojos estaban rojos, quizá la discusión familiar había escalado a más secretos.
—¿Tú también lo sientes? —me preguntó— ¿La energía?
La tomé del brazo y vi cómo sus ojos se perdían.
La seguí con la vista y cambió todo. Estábamos en un buque.
Escuchaba gritos de soldados y guerreros.
Dejé de sentir la presión en el pecho. Me sentí en calma al fin.
Frente a nosotros, más de una docena de barcos con armas listas.
Vi a Cassandra, su aura era verdosa. Hubo un primer cañonazo, la tropa del Señor Ignis atacó. Regresamos a la habitación.
Cassandra se alejó de mí, dejé de sentir la presión en el pecho y comencé a respirar con rapidez.
Mi madre me hizo voltear a verla. Pude ver la preocupación en sus ojos.
Hellena empezó a calmarme con su elemento.
Le respondí con lo que había visto. Mi agua comenzaba a apaciguarse, pero el movimiento del océano no me detenía.
Hellena cortó la conversación, me tomó de la mano con el anillo y me lo quitó.
No luché, el vigor del Primer Guerrero desapareció y todo el sofoco que me daba, respiré con normalidad.
Ella volteó con Cassandra. Dudó en entregarle la argolla, pero lo hizo.
Marie se interpuso y tomó el anillo de la mano de Hellena.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Mi madre suspiró.
—La guerra acaba de comenzar.