CAPÍTULO 21
eiden
Nos tenían en el laboratorio de la mansión.
Chloe, junto a Aneka, hacían pruebas con la sangre de Cassandra.
Yo estaba fastidiado, quería irme de ahí pero no podía.
Mi madre me tenía sujeto del brazo, siempre hacía eso cuando pensaba en cómo castigarme y no se le ocurría nada.
Cassandra también estaba sujeta por su madre, al parecer Marie también desconfiaba de ella.
Ahora sería más difícil escapar, sobre todo porque no teníamos nuestros elementos.
Maldito neutralizador. Debí insistir a Cassandra en la noche para largarnos, pero en cuanto me recosté en el sofá, caí y me convertí en pepino de mar.
Einar entró a la habitación con un par de carpetas, se las dio a Chloe, y ella junto a Aneka comenzaron a hojear la información.
Quise escuchar de qué hablaban, pero solo captaba susurros.
Mi madre me dejó en la silla y se acercó al grupo.
Todos analizaron los papeles, incluso la madre de Cassandra se alejó de ella para ver los datos.
Chloe señaló la pantalla y volvió a susurrar algo.
Tampoco entendía los datos que se mostraban.
Yo solo veía números y palabras sin sentido.
Cassandra se recorrió en su silla y se acercó a mí.
Vi el grupo de personas para no concentrarme en sus ojos saltones.
Estaba sorprendido, le habían sacado cinco tubos de sangre y ella seguía inmaculada.
Sabía que ya estaba acostumbrada a ese tipo de estudios.
Estuvo encerrada once años, siendo solo un sujeto de experimentos para entender de dónde venía su Fuego.
Lo escuché decirlo en la Isla de los Salvajes.
Se lo contó a Will, y yo solo escuché desde lejos con celo.
Cassandra vio mi mano vendada, yo quería quitarme la tela que me curaba.
Mi madre, como castigo me echó alcohol encima sin advertencia.
Ya, que importaba. Cassandra puso su mano en mi hombro, sentí su calor emanar, ella ya había recuperado su elemento.
Dejé de verla y me concentré en mi agua, no pasó nada.
Al menos ahora podíamos escapar con su fuego, ¿el problema?
Estábamos rodeados. Se alejó de mí y balanceó sus piernas en la silla.
—Nos van a trasladar —susurró—. Es una base militar.
—¿Qué? ¿Por qué mierda harán eso?
Se encogió de hombros y miró a los adultos—. Porque dicen que somos impredecibles. Supongo que quieren que entrenemos nuestros elementos.
Una pequeña flor de fuego se formó en la palma de la chica. Quise solaparle para ver si los pétalos se iban volando.
—¿Y? Es obvio, eres la única mujer fuego que existe.
—Y tú eres el Ladrón del Hielo —me miró de nuevo.
Intenté sonreír, pero no pude. Quise coquetear, decir algo que aligerara la seriedad, pero me quedé callado. Mi mente se fue en busca de Will secuestrado por las fuerzas de la Señora Ventus. Volví a ella cuando me tocó de nuevo, no me gustó esa sensación de angustia.
—Tenemos que salvar a Will —susurró―. ¿Qué vamos a hacer si no nos dejan de vigilar?
―Necesitamos una distracción. Solo hay que esperar a que regrese mi elemento. Tú aún no sabes volar con tu fuego, ¿o sí?
Negó con la cabeza―. No. Sabes que no.
Suspiré, me recargué en la silla. Aún procesaba que había un ente en el cuerpo de Cassandra y que ella no era hija del Señor Ignis.
La verdad, es que en el momento en que me lo contó, la desesperación de largarme de nuevo en busca de Will, me ganaba cualquier sentido racional.
Ahora, entendía que lo que me contó era una locura.
¿Una deidad? ¿Ser una bastarda? Joder. Incluso ella debía de estarlo entendiendo.
Cada día nuestra vida cambiaba y no había manera de detener el transcurso del tiempo.
Nos quedamos callados, no teníamos plan de escape, ni qué dirección debía de tomar una vez que mi elemento regresara. No sabía dónde estaba Vindas. Debía de ver un mapa. Cassandra se enderezó y vio la puerta del laboratorio. Tres soldados de Agua entraron. Hellena los vio confundida.
—Tenemos que evacuar ahora, señora —habló un soldado con apuro―. Hemos recibido informes de qué buques enemigos se acercan.
—¿De qué hablas? —preguntó mi madre—. No podemos irnos.
—Orden directa del Señor Aqua. Las fuerzas armadas del Continente Vulkan se acercan por el norte, llegarán en cualquier momento. Debemos evacuar y poner a todos a salvo —dijo con firmeza el soldado―. Por favor, síganos.
Chloe se acercó a los soldados, la tierra la rodeó—. No podemos irnos al búnker, necesitamos el laboratorio.
El soldado iba a responder, pero Henning entró—. ¡Tenemos que irnos, ya! ¡Cuando sea seguro podrán regresar!
El silencio nos rodeó a todos. Mi corazón bombeó en mi cerebro.
¿Qué? ¿Vulkan iba a atacar? ¿Cómo pasaron la barrera de defensa en el océano?
Mierda. ¿Qué no Lotán eran los mejores guerreros del agua?
Joder. Íbamos a perder esta tonta batalla.
Pensé que mi tonto aviso nos daría ventaja, pero al parecer no fue así.
Marie fue la primera en salir, no sin antes tomar a su hija del brazo y llevársela a tirones.
Los demás los siguieron. Chloe tomó con desesperación todos los papeles y salió.
Hellena me tomó del brazo y me arrastró fuera.
Los empleados domésticos de la mansión ya estaban saliendo de la vivienda con cajas y maletas, al igual que todos los soldados y Salvajes.
Al salir, nos montaron en camionetas. Vi a Cassandra luchar contra su madre para ir por el caballo Mantequilla. Ugh. Mierda. Los gritos de los trabajadores me rajaron la cordura.
Cassandra soltó una llamarada, su madre se alejó de ella con un traspié y la miró sorprendida. Cassandra corrió hacia los corrales. Mi mamá veía todo extrañada. Me desesperé y le hice que volteara a verme.
—Yo iré con ella, ustedes váyanse, los seguiremos por atrás.
— ¡No! ¿Para qué escapen de nuevo? No, jovencito. Tú vienes conmigo.
—Mamá, te prometo que los vamos a seguir. Necesitan a Cassandra, la voy a cuidar, lo prometo. No se irá sin el tonto caballo.
Mi madre se debatió consigo misma, me soltó el brazo.
—Si no siguen la camioneta, Eiden Skyler Aren Foster, te juro que vas a olvidar lo que se siente estar en el agua.
Asentí varias veces con la cabeza y corrí a los corrales. Cassandra ya estaba arriba del caballo. Henning trataba de negociar con su sobrina. Lo alejé del caballo, el hombre se interpuso.
—Los vamos a seguir, váyase —exclamé con la respiración acelerada―. No podemos detenernos más tiempo.
—No pienso dejarlos solos —dijo el hombre con enojo—. Sé que quieren escapar para ir por William, esta no es la manera.
—¿Y cuál es? —ataqué—. Los vamos a seguir. Cassandra no quiere dejar al caballo atrás. Si quiere a su hija a salvo, váyase ahora.
Henning palideció y se quedó estático un momento antes de tomarme con fuerza del brazo.
—¿Cómo sabes eso?
—Ella lo sabe, me lo dijo. Lárguese ahora.
Lo empujé. El hombre retrocedió, luego corrió a la última camioneta y los vi marcharse. Escuché el galopeo detrás de mí. Vi a Cassandra montada en Mantequilla. Sus ojos brillaron con poder y gratitud. Un par de llamas adornaban su cabello. Joder, ¿qué hacía yo aquí abogando por ella?
El caballo relinchó, corrí a los corrales, abrí las puertas de los otros tres animales para liberarlos y me monté en uno. Cassandra estaba quemando el establo para escapar. La seguí por detrás.
Los caballos tomaron rienda tras las camionetas. No entendí nada. ¿Cómo los convencí tan rápido? Ellos no querían que huyéramos, ¿por qué dejarnos ir por los caballos? ¿Por qué a ellos también les daba miedo el fuego de Cassandra? Quizá era eso. Sí, era eso.
Cuando salimos del claro, vimos los enormes buques de guerra acercarse a la costa.
¿Cómo mierda llegaron tan rápido? ¿Y los buques de Lotán?
Esto eran malas noticias. Cassandra y yo nos vimos por un momento, el fuego en su cabello se apagó, y ambos seguimos las camionetas hacia el búnker.
Ya no podríamos escapar nadando para buscar a Will.
Los caballos eran rápidos, pero al tocar el concreto bajaron la velocidad. Dos motocicletas con Salvajes nos escoltaron por la ciudad. Todo estaba en caos. Claro, la gente, al ver buques enemigos entraron en pánico. La guerra debía de estar en medio de los océanos, no en el Continente.
Al parecer se emitió estado de emergencia, y todos trataban de resguardarse en las zonas de seguridad de la ciudad.
Cassandra me explicó que cada Continente tenía búnkeres subterráneos para refugiados.
Estos se crearon después de la Segunda Guerra de Elementos.
Solo protegían a los humanos, porque estos estorbaban en la guerra.
Luego se calló y dijo que todos eran iguales, Blancos y Elementos.
Chisté, odiaba que usaran la palabra Blanco como insulto para los humanos. La corregí, ella se disculpó.
La ciudad era un caos, los autos pasaban a cada segundo, la gente corría con sus pertenencias.
Algunos intentaban abrirse paso entre la seguridad para golpear las camionetas, incluso algunos nos ofendían a nosotros por ir montados en caballos.
¿Por qué el búnker estaba tan lejos de la mansión?
Era posible que Cassandra supiera, pero su pánico ante la gente que nos soltaba insultos la mantenían aferrada a la montura de Mantequilla en silencio.
Quise montarme atrás de ella para calmarla, no. ¿Por qué haría eso?
Yo quería ir a la costa, tirarme al agua e ir por Will, pero no pude. No podía hacer nada. Tomé la correa de Mantequilla y lo junté a mi caballo. Cassandra ya no podía mantener el orden en su propia mente, menos podría controlar al animal.
La gente nos rodeaba e impedía el paso. Los soldados Reales nos separaban con corrientes de agua, y las camionetas salieron de la avenida principal y tomaron callejuelas. Un par de humanos nos siguieron, pero logramos perderlos.