CAPÍTULO 20 #4
—Nos trajeron comida, y en —miré el reloj de nuevo—, quince minutos vendrán a neutralizar nuestros elementos.
Él se enderezó, me miró con un ojo abierto y el otro cerrado, su cabello era un desastre. Se dio media vuelta en la cama y se talló la cara.
—No pueden quitarnos nuestros elementos —expresó—. No los voy a dejar.
—Pero…
Me interrumpió, se levantó de la cama y me tomó por los brazos—. He dicho que no. Ambos somos mayores de edad, Cass. A menos que estemos arrestados, no pueden hacer eso. ¿Entendiste? Somos malditos herederos, no pueden hacernos nada.
Los ojos de Eiden se hicieron una tormenta y gotas de agua crecieron encima de su cabeza. Me aclaré la garganta.
—¿Eh? Eso creo.
—Di que sí.
—¿Sí?
Aceptó mi respuesta. Me hizo dar media vuelta y nos acercó al carrito de comida.
Me soltó y comenzó a tomar comida con la mano.
Lo miré con asco. ¿Acaso no tenía modales?
Los cubiertos estaban ahí, podía usarlos.
Bueno, él no fue educado para ser un príncipe, tuvo una vida normal.
Seguro Hellena si le enseñó modales, ¿no?
Eiden me ofreció un pedazo de pan aplastado, negué la oferta, él comió.
—Cuando vengan a neutralizarnos, saltaremos por la ventana e iremos por Will.
—No creo soportar volver a caer de un risco contigo.
—No tienes opción. Debemos ir por Will.
—Ya mandaron a dos escuadrones, quizá si los seguimos…
Eiden volvió a interrumpirme—. Sí, sí. Los vamos a seguir, solo para saber qué dirección tomar. Yo no confío en el Señor Aqua, así que lo haremos a mi manera. ¿De acuerdo?
—Te di mi palabra.
—Bien.
Volví a tomar mi té de la mesilla. Lo vi comer como un animal, quizá eso fue en su vida pasada. Aunque no podía negar que seguía viéndose bien, a pesar de parecer un perro atropellado. Tomé un panqueque que Eiden aún no aterrorizaba con sus manos aplastadoras.
Miré hacia la puerta, Eiden también lo hizo.
Solté el bizcocho, la comida cayó al piso.
Eiden me tomó por la muñeca y me hizo ir hacia la ventana.
Traté de abrirla, vi el seguro, estaba por fuera.
Eiden puso su mano en el vidrio, esta se congeló, luego la golpeó.
Su piel comenzó a sangrar. Vi el cristal caer.
Eiden comenzó a quitar los pedazos de vidrio, sin importarle la gota roja en su mano. La puerta se abrió. Ambos volteamos.
Hellena y Aneka entraron. Las dos doctoras nos miraron con pasmo.
Eiden intentó saltar por la ventana sin mí, pero una ventisca de aire lo aventó lejos del agujero.
Aneka usó su elemento para decirme que me alejara de la ventana, y por una vez hice caso.
Hellena fue a levantar a su hijo del suelo, lo vi luchar bajo el agarre de su madre, pero cuando partículas de agua lo rodearon, dejó de resistirse.
Su coraza dura desapareció, fue como ver a un niño pequeño. Yo también me rendí.
Aneka se acercó a mí y tendí mi brazo, ya conocía la rutina. Sacó la jeringa, limpió la zona en mi brazo con alcohol y luego me inyectó. Sentí el líquido lechoso entrar a mi cuerpo. Odiaba la sensación de cosquilleo. Aneka retiró la aguja y fue con Eiden y Hellena.
Descubrí mi brazo con el pasaje de la Profecía.
Ahí estaba, junto con mis cicatrices que siempre ocultaba.
Sentí el frío de la mansión y lo odié. Miré a Eiden, su madre le sujetaba con fuerza el brazo.
Él solo retiró la mirada cuando Aneka lo inyectó.
Me burlé de él; le tenía miedo a las agujas.
Cuando lo soltaron, vio su brazo y luego se echó en el suelo pasmado. Él se convirtió en hielo.
—Hijo, deja de ser dramático —mustió Hellena—, no tienes tres años.
—¡Sabes que no me gustan las agujas, mamá! —se quejó en un puchero.
Aneka se acercó a mí, tomó el brazo donde estaba el pasaje y tocó una de mis cicatrices—. ¿Rocco?
Negué con la cabeza—. Sí y no. La mitad las hice yo, y las otras él. Rocco decía que mi poder estaba en la piel, por eso era inmune al fuego, incluso cuando mi poder estaba desactivado.
Aneka me soltó, su viento la ondeó derrotada—. Yo ya había descartado que tu poder recayera en la piel, esa información debería estar en los archivos que hice.
Me mordí el labio inferior—. Rocco solo leyó lo principal y se deshizo de toda tu investigación. Dijo que no iba a leer palabras de una mujer que decidió huir que seguir con la investigación.
Aneka frunció los labios, así hacía cuando algo se arruinaba en la base Quetzal, cuando algún interno arruinaba una prueba de sangre.
Suspiró—. Tenemos cosas más importantes que preocuparnos por el ego de un hombre— vio a Eiden en el suelo—.
Tomen una mochila con lo esencial y no traten de huir por la ventana de nuevo.
Los mandaremos a la base militar en la isla Mant.
― ¡Yo no iré a ningún lado! ― Eiden se quejó al ponerse de pie, pero Hellena le sostuvo la oreja―. ¡Está bien, mamá! ¡Suéltame!
―Los esperamos afuera, no huyan.
Hellena soltó a Eiden y volvió a caer al suelo. Yo solo apreté mis manos en puño. No había opción. Pero supongo que nunca la hubo.