Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

La figura espumosa atravesó el corral y comenzó a bajar al muelle. Bajé rápido de Mantequilla y la seguí. Ib era veloz, o quizá solo no tenía sentido físico que existiera, no sabía. No entendía cómo era que podía presentarse ante mí rodeada de bruma.

Tropecé dos veces al bajar y me raspé las rodillas, pero seguí el descenso.

Ib estaba en el mar, el agua la cubría hasta el pecho.

Parecía una bailarina acuática que me iba a ahogar con su cántico.

Imité sus pasos y dejé que el agua helada me cubriera.

Ib me tendió la mano y, aunque tuve miedo, la acepté. Mi vista cambió.

Vi a mi madre, más joven. Sentí su calor, era más potente.

Quizá por la juventud, porque ella jamás portó el elemento.

Henning apareció detrás de ella, era un muchacho con calor igual de potente que el de un Señor, ¿qué?

Era como ver a través de una pantalla, lejos y a la vez cerca.

Ib apareció a mi lado, nos miramos unos segundos, y regresamos a la escena.

Todo cobró color y forma. Mi cabeza dolió un poco.

Estábamos en una cafetería. Personas difusas caminaban alrededor.

Todo parecía una pintura con pocos fotogramas.

Conocía el lugar, lo había visto en una enciclopedia de Universidades de Vulkan.

Llegué a imaginar que iba a estudiar en esos pasillos solo para no pensar en mi encierro.

Negué con la cabeza, ese ya no era mi presente.

Me concentré en mi madre y mi tío. Ambos se tomaron de la mano y se sonrieron. Quise dejar de respirar en ese momento. Henning no era mi tío, no era hermano de mi madre.

Henning no era mi tío.

Henning no era mi tío.

Henning no era mi tío.

Marie y Henning fueron pareja y nunca pudieron alejarse, por eso la vida de mi madre era un misterio.

Habían destruido todo para que Henning se convirtiera en mi tío y no hubiera lío en la Dinastía.

Para que el público no supiera de la infidelidad, para que no supieran que la Princesa era una bastarda.

Quise vomitar. No, quise explotar en llamas todo ese recuerdo que no me pertenecía.

Alguien más entró en escena, mi padre, joven también. No. Brand. El Señor Ignis. Comencé a respirar con rapidez, no. Brand alejó a Marie de Henning y la besó en la mejilla. Mi madre hizo una mueca incómoda.

—¿Qué hacen mis dos personas favoritas aquí? —dijo con celos.

—Nada, Brand —respondió Marie y se alejó del próximo Señor Ignis—. Estábamos hablando de nuestras próximas clases.

Brand se quedó pasmado—. ¿De qué hablas? Henning se acaba de dar de baja de la universidad. ¿No te había dicho? ― burló―. Joder, amigo, pensé que ya le habías dicho a Marie que te largabas.

—¿Qué?

—¿En serio? Joder, Brand, gracias —se quejó Henning—. Qué buen amigo eres.

—No iba a mentirle a Marie, sabes que no puedo, ella es mi debilidad. La amo demasiado.

Brand trató de abrazar a Marie, pero ella se alejó. Vio a Henning—. Tengo que hablar contigo.

—De acuerdo —ambos se levantaron.

—¡Algún día serás mía, Marie! —vociferó Brand con tono petulante—. Algún día te haré la Dama más poderosa de Vulkan.

Marie salió de la cafetería. Mi cabeza siguió con su bombeo feroz.

El fuego quería quemarme, y yo solo quería huir y dejar de saber la verdad.

Yo no era ninguna princesa. No. Solo era una bastarda que tuvo la mala suerte de nacer en una Dinastía.

Yo no merecía ser heredera de ningún trono.

Ib me tomó del brazo y me obligó a salir del lugar. Seguimos a mis padres.

Con esa pequeña interacción entendí todo.

Mi madre nunca quiso estar con mi padre, sino con Henning.

Sabía que la relación de mi madre y padre fue una ceremonia arreglada.

Todos lo sabían, pero para el público, ellos fueron la mejor pareja de los cuatro continentes.

Todos adoraban a Marie, la amaban. La creían una santa que ayudaba a toda a la población de Vulkan a prosperar.

Marie se cruzó de brazos y esperó a que Henning hablara.

—Tuve que enlistarme a la milicia —se confesó—. Perdí mi beca.

—¿Qué? ¿Y tu trabajo? ¿Brand no puede ayudar en nada? —las preguntas de mi madre sonaban desesperadas—. ¿Nosotros?

Henning suspiró, se relamió los labios y habló—. Sabes que no me gusta pedirle ayuda a Brand, él siempre quiere algo a cambio. Me despidieron de mi trabajo, y yo nunca voy a dejarte, lo sabes, te amo.

—Henning…

—Escúchame, Marie. Cuando me vaya, es probable que Brand vaya con tu padre, lo escuché parlotear sobre eso.

Creo que arreglará un matrimonio contigo.

No estoy seguro ― se calló para ver su reacción.

Ella estaba a punto de llorar, él le tomó el hombro—.

Ambos conocemos a tu padre, él aceptará de inmediato.

¿Qué mejor que casarte con el próximo Señor Ignis?

Sabes que cuando me vaya, Brand tomará la oportunidad de casarse contigo.

—Pero… —Marie se tocó el vientre—, prometiste que nos íbamos a casar.

—Lo sé. Y también sabes que mi madre está muy enferma, enlistarse en las fuerzas armadas es mi último recurso. Necesito ayudarla. Te prometo que haré todo para llegar a ser uno de los generales de Brand. No te dejaré sola con él.

—Tu madre no merece el destino que le tocó…

—Basta —Henning volteó la cabeza, Brand los veía desde la cafetería y su fuego comenzaba a crear pequeñas chispas en su cabello—.

No luches contra Brand, sabes cómo es, está obsesionado contigo.

Si arregla el matrimonio, hazle creer que el bebé es suyo.

Con suerte, no tendrá elemento. Dale la vida que yo no le puedo dar.

—A mí no me importa eso —Marie lo tomó de la cara—. Yo quiero estar a tu lado, no de Brand.

Henning negó con la cabeza—. Si es niña, llámala Cassandra, como mi madre.

Marie se desplomó, abrazó a Henning, ambos lloraron en silencio.

(…)

Respiré. Comencé a toser, tuve frío. Vomité agua.

Seguí tosiendo. Alguien me dio golpes en la espalda.

El mareo me confundió. ¿Qué? Miré donde estaba, una plataforma de hielo, Eiden.

Me enderecé y lo vi. Él me miraba pasmado, con la respiración acelerada.

Volví a toser y a escupir agua. Ib me había dejado ahogar.

Maldita. Quería mi cuerpo. Lo vi de nuevo y lo abracé. Joder, me alegré de que me encontrara.

― ¿Qué haces aquí?

Eiden me separó—. Nos atacaron.

—¿Y Will?

Me tomó por los brazos, me analizaba. Aún tenía frío. Cerré los ojos, traté de nivelar mi calor corporal, no pude. Comencé a temblar—. No puedo quitarme el frío.

—Tragaste mucha agua, dale un poco de tiempo. ¿Qué mierda hacías aquí, Cass?

No supe qué contestarle. Volví a aferrarme a él. Su cuerpo era lo único que me daba calor. Volví a toser. Sentí el movimiento y miré hacia la bahía. Estábamos mínimo a tres kilómetros de la costa. Maldita Ib. Por eso me trajo al océano, me trajo a morir.

—¿Cómo me encontraste? —pregunté con un silbido.

—Delfines te mantenían a flote. Eso, y sentí tu calor. Me confundí bastante, tú no sabes nadar.

No dije nada, lo abracé con fuerza. Cerré los ojos y recité en mi cabeza lo que dijo Ib hace unas horas, los delfines son los animales místicos de los Elementos Agua, quizá por eso me ayudaron a vivir.

(…)

Eiden explicó lo que pasó en el yate. Los interceptaron los soldados de la Señora Ventus, justo como la Diosa me había advertido en el sueño.

Eiden contó cómo me encontró. Mi madre volvió a regañarme, ahora solo por haber ido a nadar al océano sin supervisión.

Quise replicar, pero me quedé callada. No podía explicar que Ib vive dentro de mí y que la historia que todos conocen no es la verdadera.

La creación de la humanidad era distinta.

Tuve que darme una ducha para calmar el tambaleo de mi cuerpo.

Hellena sugirió un encantamiento de la Lengua Antigua para curarme.

Me negué, ya no iba a darle poder a Ib. Solo usaría conjuros en emergencias.

De hecho, ni siquiera pude caminar cuando encallamos, Eiden me cargó en sus brazos y farfulló que le tenía que explicar que mierda hacía yo en el océano si no sé nadar.

Le dije en un susurro que le diría todo.

El Señor Aqua mandó dos barcos con soldados a buscar el yate donde estaban Will y sus madres. Después de eso, nos encerraron a Eiden y a mí, sin decirnos nada. Solo nos dieron comida porque Eiden empezó a quejarse de que tenía hambre.

Estaba en la cama, cubierta con cobijas.

Ya había regularizado la temperatura de mi cuerpo, pero aún sentía los estragos del frío en mi piel, como si quisiera comerme.

Estaba segura de que era culpa de toda el agua que tragué cuando Ib me dejó morir.

Eiden se rascaba la cabeza, caminaba de un lado al otro en la habitación, y murmuraba palabras que yo no entendía.

Estaba desesperado. Yo también, quería quejarme con mi madre, quería que Marie me dijera la verdad.

Que soltara quien era mi verdadero padre, y que yo no era ninguna Dama o princesa, solo una bastarda sin título.

Eiden volteó a verme—. Ya dime qué hacías en medio del océano.

Tardé en contestar—. ¿De qué hablas?

—No sabes nadar, Cassandra.

—Prometiste que ya no me llamarías así —me quejé incómoda.

Él entrecerró los ojos, se cruzó de brazos y caminó hacia mí—. No cambies de tema. ¿Qué hacías en el agua? Peor, ¿qué hacías tan lejos de la costa?

Suspiré. No estaba acostumbrada a contar mis problemas a nadie.

La única persona con la que lo hice fue Aneka, hasta que se fue, y cuando llegó Rocco, no le dije nada.

Aunque me hubiera enamorado de él, nunca le conté todo.

Me mordí el labio inferior y le hablé de Ib, de lo que vi.

También le conté que Henning era mi verdadero padre, no el Señor Ignis.

Eiden me escuchó atento. Cuando terminé, se alejó un poco.

Pensé que se iría a contarles todo en la mansión, pero no, se quedó ahí conmigo como un perrito. Quise un perrito.