Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

cassandra

Me estaban regañando solo porque maté a los prisioneros.

Uno sobrevivió, estaba grave, y Aneka estaba segura de que no viviría más que un par de horas.

Mi madre no dejaba de gritarme, pero yo no escuchaba nada.

Solo pensaba que estaba bailando en una pradera rodeada de caballos que galopaban a mi alrededor.

Quise ir a la caballeriza y volver a montarme en Mantequilla.

Ese era el único caballo que no se rehusó a que lo tocara. ¿Sentiría el fuego dentro de mí?

―Cassandra ― Henning me trajo de regreso a la realidad―. Te está hablando tu madre.

Él estaba detrás de Marie, con los brazos cruzados. Quise hablar con mi tío a través de mi elemento, pero me abstuve, él ya no portaba su fuego y no quería tocar el tema de su elemento perdido. ¿Qué sentiría? Ahora era un blanco débil. ¿Qué poder tendría? Nada.

Me encogí de hombros―. Yo no los toqué, ellos cayeron al océano.

Mi madre rodó los ojos y se volteó con Henning.

Entendía su desesperación. Ella tenía un concepto de mí que no era verdad.

Pensaba que era una chica que estuvo encerrada la mayor parte de su vida, que no sabía nada del mundo y necesitaba protección constante.

Eso no era cierto. Leí todos los libros que pude sobre el exterior, aunque nunca lo viví, sabía lo que había allá afuera.

Además, tenía mi elemento, podía defenderme.

―Eso no es verdad ―Marie se quejó―. Sus elementos no estaban. Eres una Dama, no puedes comportarte así.

―Soy la princesa Heredera de Vulkan, no una Dama. Estamos en guerra, me voy a defender si es necesario.

― ¡Eso no me importa! Eres mi hija, si puedo protegerte lo haré.

― ¿Protegerme de qué? ― me puse de pie y sentí mi cabello calentarse―. Estuve encerrada once años, ¿a eso le llamas proteger? Ni siquiera mi tío hizo nada.

―Yo traté de sacarte de ahí, Cassandra ― Henning se quejó―. Y ahora no tengo elemento por eso. Hemos sacrificado mucho por ti, así que no le hables así a tu madre.

Chisté y di un paso hacia atrás―. No me conocen, como yo no los conozco a ustedes. A ti te perdí por un año, Henning y a mi madre toda mi vida.

Aneka entró a la habitación y cortó el grito que mi madre iba a soltar.

Marie la miró con molestia. Me calmé, ni siquiera había procesado lo que mi mamá me dijo.

¿Por qué se quejaban? ¿Por qué creían que era una niña inocente?

¿Debería sentirme pésimo por eso? Quizá.

Lo único que quería era mandarle un mensaje a mi padre, ya no tenía miedo.

Si eso incluía matar, lo haría. Estábamos en guerra y yo quería luchar.

—El hombre sobrevivió —dijo Aneka con cansancio—. Le hemos neutralizado su elemento por un par de horas —me miró—. Lo único que quiero saber, Cassie, es cómo lograste derribarlos.

Me quedé en blanco. La verdad es que no sabía cómo lo hice. Estaba furiosa porque Chloe no me dejó quitarles sus elementos, y cuando los vi volar, solo solté mi furia en ellos.

—Que yo no fui. Ellos cayeron solos. Quizá fue el gas que usaron para escapar.

—No te creo —soltó Aneka molesta—. En su cuerpo no había rastros de gas. Así que no mientas. ¿Qué hiciste?

Volví a sentir mi cabello calentarse, maldita sea, ¿por qué me culpaban? Sí, sí fui, pero no tenía idea de cómo había hecho para que cayeran. Ni siquiera tenía idea de cómo quitar sus elementos, solo sabía que podía agarrar su núcleo y hacerlo desaparecer.

—Ya lo he dicho, no fui yo.

Aneka suspiró con tedio, y Marie le dio paso para acercarse a mí. Sentí un poco de pavor.

—Usaste un conjuro, ¿cierto?

—¿Qué? No.

Henning se interpuso cuando Aneka iba a atacar de nuevo. La mujer se alejó.

—Mi sobrina dice la verdad. Noto cuando miente.

—Yo también —se quejó Aneka—. No usó gas ni conjuro. ¿Qué hiciste?

—Hija —murmuró mi madre—. Responde.

Me retracté, me quedé callada y crucé los brazos. No tenía respuesta, porque no sabía qué había hecho. Solo cerré el puño y ellos cayeron. Esa era toda la información que tenían.

―Que no fui yo. Yo no los hice caer.

—Estás castigada —sentenció mi madre.

—¿Qué? ¡No! —grité—. Ya soy una princesa. No me pueden castigar. No soy una niña.

Mi madre se acercó, me tomó del brazo y me obligó a sentarme.

—Vas a hacer lo que te diga por qué soy tu madre.

Te vas a quedar aquí hasta que sepamos qué hacer contigo.

Estamos en guerra, hija, y no queremos que tu padre ataque primero.

Hemos tenido suerte de que sus buques se mantengan en el océano, así que no pienso permitir que te comportes de esta manera.

Quise replicar, pero me quedé callada. Ella me soltó. Los tres adultos salieron de la habitación y me dejaron sola con mis pensamientos. Claro, podría quemar la puerta y salir, pero mi madre tenía un punto: no debía arriesgarme a que el Señor Ignis nos atacara, perderíamos en segundos.

(…)

Me escabullí para ir a los establos. Estuve en mi habitación dos horas. Leí un libro un rato, pero me aburrí. ¿Castigada? Ugh.

Fue fácil salir. Todos estaban en una oficina haciendo planes para la guerra.

Nadie cuidaba mi puerta. Ya no estaba en Quetzal, no había seguro, ni candados.

Solo palabras con orden. Palabras que ya no tenía que seguir.

No tenían manera de comprobar que yo hice a los hombres caer, así que solo podían dejarme en mi habitación.

Yo era una carta poderosa para Lotán.  La princesa muerta, había regresado a la vida.

Como una mujer fuego, la primera en el mundo. Un milagro de la Diosa Em.

Cuando salí de la mansión, sentí al El Señor Aqua yendo a la oficina donde tenían todos los planes de guerra.

Su herida sanó rápido después del conjuro.

Quizá él era quien tomaría la decisión de qué hacer conmigo, como dijo mi madre.

Lo más probable que rondaba en mi mente era inyectarme el neutralizador, quitarme mi elemento por un par de horas.

Pero…, no. No lo habían hecho desde que Chloe me rescató.

Quizá solo hablarían conmigo. El Señor Aqua era el que tenía el poder en Lotán, él debía decidir que me harían.

Suspiré y me trepé al caballo. Mantequilla, era de pelaje marrón, y fue el único animal que me dejaba montarlo.

Todos los demás huían de mí. Ni siquiera dejaban que los acariciara.

Eiden fue quien notó que Mantequilla no me aborrecía.

Galopé hasta el corral. Miré hacia la mansión, apenas veía su techo.

La colina tapaba toda la construcción. Eso me calmaba, nadie me vería rondar ahí.

Me iban a regañar de igual manera, no importaba el veredicto que tuvieran sobre mi existencia.

Yo era una anomalía, siempre lo he sido.

El caballo relinchó y se detuvo. Traté de hacerlo caminar, pero se quedó quieto. Solo golpeó el piso.

―Vamos, Mantequilla, quiero distraerme un poco.

El caballo sacudió su cabeza. Traté de moverlo con las correas, pero no hizo caso. Se quedó estancado donde estábamos.

Me enderecé y sentí el cosquilleo en la nuca, Ib.

La deidad no me pidió ceder el control de mi cuerpo, solo estaba ahí, alrededor de mí.

Mantequilla se movió un poco e Ib apareció frente a mí.

Era como ver espuma marina con forma humana, y en cualquier momento el aire se desharía de Ib.

Sabía que eso no sería posible, porque Ib vive en mí, compartimos el mismo cuerpo, y lo que veía era una versión más antigua de mí misma, justo como la vi en mi sueño con la Diosa, donde Will apareció.

Era yo, sin ser yo. Tal vez esa era la forma que tomó después de que el Primer Dios la hiciera nacer o lo que sea que haya hecho con mi fuego, para que Ib pudiera parecer. La espuma verdosa se movió en un balanceo. Sentí que se burlaba de mi poca fuerza para comandar al animal.

—Es un caballo de fuego —habló Ib con seguridad, el conocimiento estaba en sus palabras, tuve un escalofrío por la espalda—. Los nuevos elementos perdieron su conexión con los animales místicos.

—¿De qué hablas?

La pregunta me salió forzada, aún me costaba verme desde afuera. O entender que otra alma existía en mi cuerpo. Ib comenzó a caminar, la bruma que la rodeaba se desintegraba e iba dejando un cuerpo más en la explanada. El caballo sintió al Fuego Verde y retrocedió un poco.

—Cada elemento tiene su propio animal. Los Fuegos tienen un caballo, casi extinto. Los Agua, los delfines. Los Viento, los halcones. Y los Tierra, los topos.

—¿Cómo sabes eso?

—Yo soy su creadora, Cassandra. Igual que Em, yo también fui profeta del Primer Dios —se calló para ver mi reacción.

Me quedé quieta, quería seguir escuchándola.

El aura de Ib se hizo más verdosa, como su fuego—.

Éramos siete. Cada uno creó parte del mundo para dar orden.

Porque el Primer Dios solo dio vida y creó a un montón de humanos inútiles.

Udo solo quiere poder, y te quiere a ti.

Me relamí los labios y agarré con fuerza la correa de Mantequilla―. ¿A qué te refieres?

―La historia que conoces, no es la verdad. Es una mancha de pintura sobre la página. Em manchó todo para ella controlar la narrativa. Ella no quiere que nadie sepa la verdad. Ni que ella solo es una profeta como yo.

―No entiendo. Rocco…, digo, Udo. ¿Él nos creó? ¿Él es el verdadero Dios?

―Sí.

Mantequilla volvió a retroceder. ¿Debía creerle?

No, la Diosa jamás me mintió. ¿O sí? Lo que Ib decía tenía sentido, no había razón para que un primer Dios existiera antes de la Diosa que nos creó a todos.

Dejé de verla por un momento. Debía de conocer la verdad, debía de entender las razones de Udo, de Em, de Ib, de todos. Suspiré. La vi, Ib sonrió.

—Cuéntame la verdadera historia de la creación del mundo.

Ib dio un paso hacia mí, Mantequilla no se movió—. Primero tienes que conocer tu propia creación, Cassandra.

Chasqueé la lengua—. De acuerdo. Dime todo.

—Sígueme.