CAPÍTULO 19 #2
No sabía qué hacer. Tenía miedo de cerrar los ojos y volver a ver a la Diosa.
Que Ib dijera que yo podía controlar el Éter como el Primer Dios.
Bueno, el tatuaje de la Profecía lo decía.
Y al Éter, solo uno lo controlará. ¿Qué mierda significa eso?
Nunca sentí que podía controlar esa masa mugrosa.
Vi mis manos, traté de crear algo, pero solo el viento me hizo caso.
Quizá el día que Rocco me apuñaló y me curé de manera instantánea… Quizá ahí sucedió algo. Ni yo, ni nadie supimos qué fue. Cassie terminó diciendo que me curó con un encantamiento antiguo, pero los dos sabíamos que era mentira.
Me levanté de la cama. Quizá si hablaba con Eiden podría aclarar mi mente. No estaba en el camarote. Lo más probable es que estuviera nadando a un lado del yate. Aunque también tenía que despertar a mi madre y decirle lo que vi en mi sueño. ¿Me creería? Bueno, si creyó que era su hijo.
Fui a la popa.
La luna resplandecía en el agua con un brillo metálico. Como un espejo triste de mi realidad. Envolví el aire con mis brazos. Di un giro y dejé escapar una ráfaga de viento contra el agua.
Esperé dos minutos. Eiden saltó al yate semidesnudo. Vi el agua evaporarse de su cuerpo. Me sonrió con galanteo por un segundo, luego dejó de hacerlo, como si alguien lo hubiera reprendido por la acción. No dije nada.
― ¿Qué sucede? ―preguntó.
―Soñé con la Diosa y con Cassie ―solté―. Estoy algo confundido con lo que vi.
― ¿Soñaste con Cassandra? ―chistó con asco―. No pensé que te gustara tanto.
― ¡No me refiero a eso! ¡Fue una maldita visión! La Diosa me advirtió de algo y Cassie estaba ahí. No soñé que tenía sexo con ella.
―Ugh, hubiera sido mejor que soñaras que tuviste sexo con Cassandra, en vez de que la Diosa te advirtiera sobre nuestro futuro. Odio aquí.
―Estamos en medio del océano, Eiden.
― ¿Y?
Me quedé callado por un momento. Cerré los ojos y suspiré.
Tenía que calmarme antes de que se me ocurriera voltear el yate solo para hacerlo recapacitar.
Que dejara de pensar en sexo, por favor.
Era molesto. Volví a abrir los ojos. Teníamos que pensar en una estrategia ahí mismo.
La Diosa y la otra deidad lo dijeron. Era probable que Rocco ya supiera dónde estábamos y hacia dónde nos dirigíamos.
También la Señora Ventus. Tenía que contarle todo eso a mi madre.
―Lo que quiero decir ―hablé―. Me dijo que la Señora Ventus ya sabe que vamos hacia Vindas, y que mi padre también lo sabe. Puede que la guardia de mi abuela nos intercepte o algo, la verdad es que no sé.
Eiden se quedó en silencio. Procesaba la información del ataque inexistente.
No podíamos regresar por apoyo, ya estábamos a un día o dos del Continente Vindas.
Tampoco podíamos pedir ayuda, porque en cuanto lo hiciéramos, sabrían que dimos la alerta.
Lo que tenía que hacer era ir con Rosa y advertirle lo que vi en mi sueño.
Omitir el nombre del Primer Dios, y también el de la otra deidad que vivía en Cassie. Algo debía de hacer.
Eso me preocupaba más. La Diosa Em lo dijo, Ib hacía que Cassie se comportara vengativa.
Por eso había tratado de defender a Eiden cuando lo reprendieron por haber herido a muerte a los soldados del Señor Ignis.
Nadie le prestó atención porque creían que lo decía por su enojo de haber sido encerrada.
Pero ahora yo sabía que debía tener cuidado.
No quería que Ib tomara control del cuerpo de Cassie y la obligara a hacer cosas que ella no deseaba.
―Si lo que te dijo la Diosa es cierto ― Eiden dudó―, entonces tenemos que estar alerta. No podemos dejar que nos encuentren a ti y a mí.
―Porque nos pueden matar.
Eiden asintió.
―Más a ti. Eres su nieto que debería estar muerto, pero no lo está. Y eres heredero a la Dinastía, después de tu madre.
―Y tú eres el heredero legítimo de la Dinastía Agua. Si nos atrapan, pueden usarte como moneda de cambio. Quizá no debiste venir. Tus padres no querían que lo hicieras.
Eiden frunció el ceño molesto―. No quiero ser una moneda.
―Bueno, yo no quiero morir.
Nos quedamos en silencio y luego empezamos a reír.
Sonaba estúpido pensarlo así, pero era verdad.
Podía pasar. Me matarían, y a Eiden lo usarían para manipular a su padre y frenar cualquier ataque en esta nueva guerra.
Me detuve. Suspiré y miré hacia la oscuridad del océano.
Tenía que hablar con mi madre. Aunque tuviera que despertarla.
Me daba pavor hacerlo. ¿Qué debía hacer?
¿Tocar la puerta y pedir acceso? ¿O solo entrar?
―Vigila ―ordené―. Iré con mi madre y le diré lo que vi. Es posible que ella tenga un mejor plan.
― ¿Desde cuándo tú das órdenes? ―preguntó con burla.
―Desde que somos parte de una Profecía ―dije―. Y desde que eres un imbécil.
Eiden sonrió de lado. Me enseñó el dedo medio. Caminé hacia el camarote de Rosa y Melinda. Me quedé frente a la puerta, sin saber qué hacer. Era de madrugada. Era posible que las dos estuvieran dormidas. Sería irrespetuoso despertarlas.
Me recargué en la puerta. Podía sentirlas. Sus respiraciones eran tranquilas.
El yate dio un vuelco. Me alejé de la puerta. Las luces se encendieron, los guerreros se habían despertado. Hubo otro jalón en el agua. Eiden corrió hacia mí.
― ¿Qué mierda sucede? ―exclamé―. ¿Nos encontraron?
―Sí ―mustió―. Hay un submarino debajo de nosotros y dos barcos se acercan por allá.
Eiden señaló al horizonte, no vi nada, pero le creí cada palabra. Abrí la puerta del camarote de mi madre. Ambas mujeres estaban despertando apenas. Pero noté la urgencia en ellas.
—Sienten eso, ¿verdad? —preguntó Melinda con angustia—. Hay un submarino debajo de nosotros.
—Son soldados de mi madre —dijo Rosa—. Ya nos encontraron.
Me aclaré la garganta—. Sí, soñé con la Diosa y me advirtió que la Señora Ventus ya sabía nuestra ubicación. Pensé que tardarían más en interceptarnos.
El yate volvió a retumbar, y esta vez dejó de moverse. Oí a los motores chapotear. Mierda. Perdimos. Regresé con mi amigo, lo tomé por los hombros y lo hice mirarme a los ojos.
—Ve al Continente Lotán y diles lo que sucede, ya no hay tiempo de pedir ayuda. Nada lo más rápido que puedas.
Eiden negó con la cabeza. Melinda y mi madre salieron de su camarote y corrieron a la popa, ambas empezaron a usar su elemento para alejar al submarino. Quise ir a ayudarlas. Eiden se alejó de mí.
—¡No! ¡No pienso dejarte, te voy a ayudar! ¡Yo controlo el agua!
—¡Eiden, por favor! —el barco volvió a moverse con violencia—.
Ve, diles lo que sucede. Me van a separar de mi madre, y si te quedas, será nuestra única oportunidad de advertirles del ataque.
Si Ventus ya está aquí, significa que Vulkan va a Lotán.
Debes advertirles que la guerra se dirige al Continente.
Vi a mi amigo debatirse, se restregó las manos en la cara, tenía que hacerlo, si no, se quedaría a luchar y nunca iría al Continente Lotán. Le tomé la cara y lo besé.
—¡Ve con tu padre, y diles que nos atacaron!
El yate comenzó a inclinarse, ambos caímos a la baranda, Eiden trató de mantener el barco estable, no pudo. Ambos vimos hacia el horizonte, los dos barcos que Eiden había dicho se acercaban con sus luces cegadoras.
—¡Ve! —le volví a gritar—. Sé que me vas a rescatar.
Eiden hizo una mueca, me tomó de los hombros y me besó de nuevo―. Maldito idiota. Más te vale que no te suceda nada.
―Te prometo que no. Ahora lárgate.
Eiden ya no dijo nada, solo saltó por la borda. Joder, iba a extrañar a mi amigo. Me puse de pie como pude y fui con mis madres, Rosa me abrazó, mientras los tres tratábamos de mantenernos de pie en el ahogado yate. No había razón para luchar, lo sabíamos.