CAPÍTULO 19
william
―Estúpida, Cassandra ―soltó Eiden con enojo.
Lo empujé, lo señalé con el dedo.
―No le digas así. Yo lo descubrí solo.
― ¡No debiste! Con razón no me quiso decir por qué estabas enojado con ella. Solo me pidió que hablara contigo. Ugh.
―No estoy molesto con Cassie, estoy furioso contigo ―volví a empujarlo―. Sabes que me gusta, y lo primero que hiciste fue acostarte con ella. Ambos acordamos en no acercarnos a ella.
―Solo fue una vez ―se quejó―. No es gran cosa.
― ¡Claro que lo es! ¡Los vi besarse cuando estaban en los establos! Somos amigos y me traicionaste. Te dije que te alejaras de ella.
―Yo le dije lo mismo a Cassandra. Teníamos un trato, y lo rompió.
Me quedé de pie. Quise golpearlo, destrozarle la cara y luego aventarlo al océano. Pero no lo hice. No valía la pena. Estaba furioso con él. ¿Lo peor? Veía a Cassie de esa manera que tanto odiaba. La misma con la que me veía a mí.
Quise decirle algo más. No pude.
―Además, ¿qué importa si me acosté con ella o la besé? ―mustió―. Es solo sexo. Cassandra está loca por ti. Igual que yo.
Me enderecé. Le aventé aire con los dedos.
―Eiden, basta. A mí no me gustas.
― ¡Ya lo sé! No necesito que me lo recuerdes.
―Parece que tengo que decírtelo todas las mañanas ―mustié―. No me gustas, ¿quieres una taza de café?
El sarcasmo le hizo efecto. Me vio molesto.
―No quiero perderte, eso es todo.
―Entonces deja de coquetearme. Es molesto.
Eiden se relamió los labios. Lo vi debatirse. Quizá al fin el pescado que había en su cerebro captaba que no me gustaba.
―Está bien, me detendré. Solo si haces algo por mí.
―No te voy a besar.
― ¡Por favor! ―rogó―. Te juro que me detendré. Solo un besito y jamás volveré a insinuar. ¡Ya no seré amigo de Cassandra! ¡No la volveré a tocar! ¡Lo juro!
Me alejé de él. La propuesta era tentadora. Ese era el único atributo bueno que tenía Eiden, cuando hacía promesas, las cumplía hasta la muerte. Debí obligarlo a prometerme que nunca se acostaría con Cassie. Ugh. No pensé mucho ese día.
―Da igual ― quejé―. Somos herederos, no puede haber romance entre nosotros.
Eiden rodó los ojos―. ¿A quién le importa eso? Todavía faltan muchos años para que alguno de nosotros…
Se quedó callado. Al fin procesó su título. Yo aún no lo hacía, en especial porque la Señora Ventus no me reconocía. Esos días se dedicó a desprestigiar mi existencia.
Suspiré.
―Solo un beso, nada más ―sentencié―. Si haces otra cosa, te golpearé.
Los ojos de Eiden se iluminaron un poco.
―Sí, sí. Lo entiendo.
Lo dejé acercarse. Sentí que todo iba lento. Me tomó por la cara y me besó. Mi corazón estalló. La sensación fue la misma que aquella noche de borrachera. Energía fugaz y ácida que me invitaba a ahogarme.
Me separé. Si lo dejaba más tiempo, caería ante la tentación eléctrica de sus labios. Eiden tenía las mejillas rosadas. Me vio con deseo. Quiso seguir. Me negué.
―Cumple tu trato ―le advertí con indulgencia―. O ya no seremos amigos.
Asintió con la cabeza―. De acuerdo. Ya no la tocaré.
Nos quedamos quietos por varios segundos.
Desvié la mirada y salí del camarote. Sentí con mi viento que me seguía.
Lo único que podía hacer ahora era ignorar que me acababa de besar con mi mejor amigo y seguir con el plan de encontrar a mi padre.
No podía distraerme con besos tontos. Solo éramos amigos.
Eso era todo. Nuestra relación jamás iba a cambiar.
Aunque dentro de mí, prefería que Eiden se fuera con Cassie, para qué dejara de verme a mí con deseo. Mi estómago me picó.
Tenía que concentrarme en encontrar a mi padre. Sin Rosa, nunca lo iba a hallar. La Señora Ventus había ocultado cada uno de sus pasos, destrozado cada error de su hija. Porque eso era para mi abuela, un error que debía de eliminar.
Nuestra única pista de Anders es que podía estar en algún asentamiento de los Salvajes en Ventus. ¿En qué ciudad? No lo sabíamos. Pero era probable que estuviera cerca de la capital, Vitir.
Vi a mi madre y a Melinda en la popa. Estaban hablando con sus elementos.
Me detuve. No quería interrumpirlas. Miré el océano.
El agua chapoteaba con espuma de los motores.
Tal vez no debí dejar que Eiden viniera.
Sus padres se opusieron, pero mi amigo no hizo caso.
Él solo quería que lo perdonara. Y lo hice, porque no sabía vivir sin mi mejor amigo.
Ugh.
Soy un maldito sentimentalista.
Eiden me tomó del brazo. Me alejé por instinto. Me tragué el tedio. No quería sentirme incómodo con él. Solo quería pensar en conocer a mi padre y que cuando regresamos al Continente Lotán, besar a Cassie sin que nadie nos viera.
Me arrepentía de haberla evadido los últimos dos días que estuve en Lotán.
Pero estaba molesto. Me sentía traicionado por Eiden.
Y no sabía cómo manejar ese sentimiento.
Quizá aún no lo sabía. Lo mejor sería descansar.
Pasé de largo de Eiden, regresé al camarote.
Quizá dormir me daría respuestas que mi corazón no tenía.
≥Desperté en el templo de la Diosa Em. Estaba soñando, este no era el yate.
Miré el lugar. Ya no había ningún mural antiguo.
Todo era blanco, listo para que una nueva historia se escribiera.
Escuché voces. Seguí el mismo camino que tomamos cuando la Diosa se presentó ante nosotros.
Traté de usar mi viento, pero no pude. Abrí la puerta con mis manos.
Cassie y la Diosa estaban ahí. Hice la reverencia por inercia.
―Levántate, William ―ordenó la Diosa.
― ¿Esto es un sueño? ―pregunté confundido.
―Sí ―dijo. Miró a Cassie. Ella me miraba como si estuviera constipada. Quise decirle que no estaba enojado con ella―. Y no.
― ¿Qué?
―Yo cité a Cassandra para hablar con ella, a ti no. No deberías estar aquí. Ven.
Entré por completo a la habitación. La puerta se cerró detrás de mí, no hubo ruido. Me puse a un lado de Cassie y le tomé la mano. Ella apretó mi agarre, esperaba que con ese gesto entendiera que mi enojo no era con ella.
―Ya que los dos están aquí ―continuó la Diosa―. Debo advertirles. William, la Señora Ventus sabe que irás con tu madre a Vindas. Tu padre vio la declaración de guerra y ya los está buscando. Quiero que estés alerta, él no sabe quién eres. Puede que te ataque.
―De acuerdo ―respondí―, le diré a mi madre que estemos alerta.
La Diosa asintió con la cabeza y luego se concentró en Cassie.
―Cassandra, sé que estás enojada, pero eso que sientes no es tu sentir, esa necesidad de venganza es el Fuego Verde.
―Ib ―Cassie mustió con dureza―. Rocco dijo su nombre.
Vi cómo la piel de la Diosa se hizo pálida, eso no debió ser posible. Me miró a mí, luego a Cassie. Negó con la cabeza.
―Eso solo significa que el Primer Dios recuerda su nombre. Es imposible. Él sigue débil.
Sentí calor emanar de mi agarre con Cassie.
―Sí, Rocco sigue débil. Quiere el poder de Ib para poder volver a ser ese Dios que menciona usted.
―Por eso no ha destruido el mundo.
―No creo que eso sea lo que quiera.
― ¿De qué hablas, Cassandra? ―preguntó la Diosa confundida―. Eso es lo único que quiere. Lo dice la Primera Profecía.
―Lo sé. Pero…, mejor le enseño.
Yo también quise saber. No entendí muy bien lo que Cassie quiso decir.
Negó con la cabeza, cerró los ojos. En ese momento, sentí una presencia más escalar por mi espalda.
A un par de metros, se formó una mujer entre bruma marina.
Se parecía a Cassie, pero también era completamente distinta.
Un aura verdosa la rodeaba. La Diosa la miró horrorizada.
Sentí pavor. Si Em tenía miedo, entonces ese ente era peligroso.
La luz de la ensoñación desapareció, y la única luminancia venía de la piel de la Diosa y de la mujer verdosa.
―Em ―la voz de la mujer nueva fue melodiosa, llena de poder―. Veo que te convertiste en una Diosa. Cassandra nunca me deja salir. Es más poderosa que Fuego. ¿Te acuerdas de ella? Hermosa mujer.
―Ib ―mustió la Diosa―. El Primer Dios te trajo a la vida. Pensé que el Fuego Verde…
― ¿Qué, Em? ―interrumpió Ib con un balanceo―.
¿Qué solo era una manifestación? ¿Qué solo era mi poder, pero no mi alma?
Udo es astuto. Tomó a un chico bastante inteligente, porque no solo trajo mi poder de regreso, sino también mi alma.
Y Cassandra ―Ib la miró con deseo, ella le sostuvo la mirada con fuerza―, no quiere entregarle nada a Udo.
Chica lista. Ni siquiera a mí me quiere entregar su cuerpo.
―Deja de decir ese nombre, Ib ―reprendió la Diosa―. No quiero que nos intercepten.
Ib sonrió con burla―. William ya lo hizo. Y su control del Éter es muy pobre. Udo ya sabe que estamos aquí.
Vi a la Diosa perder poder. Como si le hubieran arrancado la inmortalidad. Todo el escenario desapareció en un parpadeo. Dejé de sentir a Cassie.
Desperté.
Aspiré aire con fuerza. Me toqué el pecho y me enderecé en la cama.
Me faltaba el oxígeno. La piel me ardía en sudor.
Los pulmones me quemaban. Mi corazón me lastimaba el pecho y mi viento revoloteaba las sábanas.
Me tumbé de nuevo. ¿Qué mierda acababa de suceder?
Me quedé viendo al techo, intenté procesar lo que vi. ¿Qué sucedió?
El Fuego Verde de Cassie era otra deidad, y vivía dentro de ella.
La Diosa la conocía. Y ahora sabía el nombre del Primer Dios.
Me lo quedé para mí. Tres letras. Solo tres.
Lo recité en silencio. Recé el cántico de Em para calmarme.
Tenía que hacerlo. No podía regresar al Continente Lotán solo para hablar con Cassie.
No. Debía encontrar a mi padre. Y ahora sabía que mi abuela sabía que iba en ese barco y que mi padre ya sabía de mi existencia. Iba a ir por Rosa.
Pero…, si mi padre vio la declaración de guerra, ¿por qué no me vio a mí? ¿O acaso fue un acertijo de la Diosa? ¿Por qué mi padre me lastimaría?