Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 18 #2
60%

CAPÍTULO 18 #2

Aprovechamos que su madre estaba dormida.

Marie siempre estaba encima de Cassie, y aunque lo comprendía, necesitaba estar sola con ella para hacer los exámenes necesarios y poder, quizá, encontrar una forma de deshacernos del Fuego Verde.

Si es que había manera de deshacer lo que Rocco le hizo al fuego de Cassie.

Retiré la aguja de su brazo. Un tubo de sangre sería suficiente.

Dividí la sangre en diferentes pedazos de muestra.

Puse el plasma restante a centrifugar. Necesitaba ver la información en mi computadora.

Cassie me miraba desde atrás. En el microscopio, todo parecía normal.

La sangre tenía el brillo de su elemento.

Todo se veía igual que cualquier otra persona con elemento.

La verdad es que no le di mucha opción a Cassie. Le dije que quería ver que había hecho Rocco en ella, y asintió con la cabeza. Pensé que seguiría enojada conmigo por lo que le dije en el puerto, pero no. Parecía indiferente.

El centrifugado pitó. La información se desglosó en la pantalla.

Revisé cada dato, y todo era ordinario. Cassie estaba saludable.

Lo único anormal era que sus defensas estaban bajas, su cuerpo aún no se acostumbraba al exterior.

Me derretí sobre la silla. Era como si el Fuego Verde se escondiera, o como si existiera dentro de ella, sin dejar entrever su presencia a menos que usara un conjuro de la Lengua Antigua.

Cassie se inclinó hacia mí.

― ¿Qué dice?

―El informe es normal ―suspiré―. Estás saludable, tu elemento está ahí, pero además de eso, no hay nada.

Chasqueó la lengua. No dijo nada más. Yo tampoco pude.

Quizá por eso Aneka y Hellena no nos dijeron nada.

Porque no había nada que decir. El Fuego Verde era una incógnita.

Ni siquiera lograba ver lo que Rocco le había hecho a su cuerpo.

Los moretones ya no estaban en sus vértebras.

Solo quedaban los relieves de las cicatrices.

Cassie volvió a ocultar su pasado. Nos miramos con pesadez.

― ¿Solo te inyectaba en la espalda? ―pregunté―. ¿Nunca viste de qué color era? ¿O el componente?

Negó con la cabeza.

―No, nunca me dejó ver. Solo dijo que me haría más fuerte.

― ¿Y si era éter? ―indagué―. Es lo único que se me ocurre.

―Quizá ―mustió―. Siempre hablaba de eso. Que algún día lo lograría descubrir.

―Pues lo hizo. Incluso la Diosa Em lo llamó Primer Dios. Sigo sin saber qué significa eso.

―Ni yo.

Cassie se enderezó. Miró hacia el suelo y frunció el ceño. Me levanté también. Lo sentí. Energía brotando desde el subsuelo. El piso tembló.

―Los prisioneros ―exclamé―. Creo que debemos ir.

―No.

― ¿Por qué no?

Señaló la puerta. El agua comenzaba a brotar por debajo de la puerta.

Salimos. El salón estaba inundado hasta los tobillos.

Vi el vapor elevarse. Cassie me tomó del brazo y caminamos entre el agua tibia.

El suelo retumbó. Los seis prisioneros salieron del subsuelo.

Los vimos, nos vieron y nos atacaron. Cassie contuvo el primer golpe de fuego.

Traté de sentir las vibraciones, pero el agua me lo impedía con su movimiento constante.

¿Qué mierda?

¿Qué sucedió con mis padres? ¡Ellos los estaban interrogando!

Solté a Cassie. Tenía que deshacerme del líquido. Su golpeteo contra las paredes me impedía usar mi elemento.

Vi la pared tras de mí. Golpeé el suelo, creé un agujero en la base. Busqué las alcantarillas escondidas, y traté de mover el piso hacia ellas. Hice lo mismo en cada muro que logré alcanzar.

El calor me azotó. Me cubrí la cara. Cassie estaba en el suelo resollando. El líquido la empapaba, tosió. Trató de levantarse. Un hombre viento la mantenía prisionera contra el agua y el piso.

Quise atacar para defenderla, pero me dispararon fuego.

Creé un muro entre nosotras y los prisioneros.

El viento y el fuego dejaron de oprimirnos.

El aire que la aprisionaba se disolvió. Cassie se levantó.

Estaba empapada y, casi de inmediato se secó.

Se sostuvo del muro. Su cabello se tornó naranja.

Cerró los ojos. Se dio media vuelta, movió los brazos. El agua desapareció. El vapor me sofocó por un segundo, pero ella dirigió el calor hacia los prisioneros como si acabara de hacer una pirueta de ballet. No quise entender, así no se usaban los elementos.

Vi la puerta. Ahora podía sentir a los hombres. Me cubrí la boca con mi playera, el vapor me sofocaba. Moví un poco mi pierna. Protegí la salida con otro bloque, y deshice el que nos resguardaba. Cassie alzó ambos brazos y lanzó su fuego. Los hombres contraatacaron.

Encerré al hombre viento. Cassie atrajo los brazos hacia ella. Vi el fuego de los hombres ser absorbido por mi amiga. La piel de sus manos se tornó naranja. Los hombres batallaban por mantener su elemento.

― ¡Basta, les quitarás su elemento!

Cassie no me escuchó. Rompí el ataque con un bloque entre ambos grupos. Cassie retrocedió con torpeza y luego me empujó.

― ¡Estaba ganando!

― ¡Les estabas quitando su elemento! ―siseé―. ¡No deberías poder hacer eso!

El bloque de concreto retumbó. Lo deshice. Levanté las manos y encerré a los demás con un movimiento rápido. El mármol brilló con su nueva forma.

Cassie me empujó de nuevo.

―No merecen tener el privilegio de un elemento.

―También son personas ―le respondí―. ¡No puedes hacer eso solo porque quieres! ¡Ni siquiera deberías ser capaz! ¡Es imposible!

―Soy una mujer fuego, no importa.

Una piedra nos golpeó. Caímos al suelo y nos protegí con una capa de mármol.

El fuego nos encerró por fuera. Cassie trató de deshacerse de las llamas.

Sentí a los hombres, uno a uno, desaparecer.

Un vidrio se rompió. Cuando Cassie logró deshacerse del fuego, quité el mármol.

Los prisioneros ya habían escapado. Deshice el muro de la puerta y corrí tras ellos. Ya estaban en el cielo, huían de Lotán.

¿Qué hacía? ¿Me elevaba e iba por ellos? Yo no podía volar. Solo podría crear algún pico que me alzará al cielo, pero no estaba segura de poder alcanzarlos. Debía ir por mis padres, debía de ir por los guerreros y que ellos fueran tras los prisioneros.

Miré hacia mi casa. Cassie estaba en la entrada, con la mirada en el cielo. Levantó el brazo, cerró el puño. Volví a ver la energía brillar en sus manos.

Vi a los hombres. Sobrevolaban el océano, hasta que cayeron directos a una muerte ahogada.