CAPÍTULO 17 #3
Mi padre tomó a Morten del hombro, detuvo cualquier otro ataque que pudiera lanzarme. Le apunté con mi metal llameante.
― ¡Largo de aquí! ―grité con poca fuerza―. Me habrán quitado mi elemento, pero aún puedo luchar. No pienso regresar a Quetzal, o casarme. Ya soy libre, y no quiero volver a estar encerrada.
El Señor Ignis comenzó a caminar hacia mí. Retrocedí con miedo hasta tocar las lenguas del océano. Vi a Eiden. Me imploró que rompiera el conjuro. El problema era que no podía hacerlo sin mi fuego. Amenacé a mi padre con la punta de la espada.
―Cassandra, déjate de niñerías. Eres una Dama, compórtate como tal ―chascó los dedos y la espada se apagó.
Volvió a ser gris. Quise llorar, implorar perdón―.
Entrégame el arma y deja de luchar. Esto ha llegado a niveles ridículos.
¿Una guerra? Sigo sin creer que el idiota del Señor Aqua me haya retado de esa manera.
Ya todos saben la verdad. Ríndete, y no mataré al hijo bastardo del Señor Aqua.
El metro y medio del metal era lo único que me separaba de él. Bajé la espada. Quise chillar. No lo haría. Vi a Rocco entre los soldados. En su mano, una pistola con neutralizadores. Quise asesinarlo. ¿El problema? Él era un Dios. Jamás moriría.
―No.
Mi respuesta desconcertó a mi padre. Aventé la espada hacia Eiden.
Cayó sobre el círculo de protección. No sabía si funcionaría, pero lo hizo.
La protección se deshizo entre humo. Eiden tomó el mango de la cuchilla y el suelo se hizo de hielo.
Quise correr hacia él. Mi padre soltó una llamarada para separarnos y me tomó por el brazo, me aprisionó bajo sus brazos.
Traté de luchar, pero mi fuerza era nula.
El calor de mi padre comenzó a sofocarme.
―Suéltala ―Eiden amenazó―. O lo mataré, imbécil. ¡No dejaré que se la lleve!
No supe qué reacción tuvo mi padre, pero sentí el fuego en mi espalda.
Estaba furioso. Eiden lanzó otra oleada de hielo.
El frío me escaldó los pies desnudos. Mi padre me restringía cualquier movimiento.
Los soldados atacaron al recién nombrado Príncipe Aqua con llamaradas.
Mi padre me movió lejos de la pelea. Cargó un poco conmigo, traté de zafarme, de huir, no pude.
Dos guerreros volaron hasta chocar contra las rocas de la bahía. Vi a Will descender del risco de la Dinastía en un remolino. Atacó a otros dos guerreros. Aterrizó junto a Eiden. Chocaron puños y comenzaron a pelear con los guerreros.
Temblé, no podía regresar a Quetzal, no quería que me casaran con Rocco. Debía de pelear, lo sabía, pero sin elemento solo era una Blanca débil que lloraba porque no tenía conocimiento del mundo.
Me debatí bajo el agarre de mi padre. Me obligó a caminar, mientras unos escoltas nos protegían del ataque.
Morten me vio con odio, casi juré ver fuego en sus ojos.
Mi sola presencia tambaleaba su puesto como heredero de Vulkan.
Entendía por qué mi hermano menor me odiaba.
Pero yo no quería eso. Joder. No quería irme a Vulkan. ¡Solo quería ser libre!
Rocco me volvió a inyectar y me pusieron esposas anti fuego para aprisionarme. Grité el nombre de los dos chicos. Mi hermano me golpeó.
―Cállate, estúpida ―mustió mientras nos alejábamos de la pelea. Le escupí―. ¡Asquerosa!
― ¡Basta los dos! ―gritó mi padre―. Parecen Blancos. Nos iremos de aquí, ya. No puedo creer que te estés comportando como una Salvaje, Cassandra. Eres una Dama.
Su reproche me acalambró. Pero aun así seguía debatiéndome debajo de sus agarres. No quería irme. Quería quedarme.
― ¡Eiden! ― grité, mi padre me empujó―. ¡No!
El viento nos azotó. Cerré los ojos por un momento.
Los soldados fueron alejados de nosotros.
Traté de ver hacia atrás. Todos estaban en el piso.
Algunos se movían, otros no. Rocco trató de usar su viento, fue alejado de un empujón frío.
Sentí la ráfaga de viento separarme de mi padre.
Rodé lejos de los hombres. El golpe me dejó sin aire, traté de recomponerme, pero solo pude soltar una queja.
Mi piel se raspó y ardió. El frío escaló por mis brazos, tuve un escalofrío. Jalé las cadenas. Luego, golpeé el metal contra el suelo y se hizo trizas. Moví un poco las manos con libertad.
Me levanté con esfuerzo. Mi padre hizo afán de acercarse, pero se detuvo. Sentí a Will y a Eiden a cada lado mío. Morten me enseñó el dedo medio. Los guerreros restantes se cubrieron en fuego, al igual que mi padre, Morten y Rocco. Todos desaparecieron entre cenizas.
Eiden me volteó hacia él, el apuro crecía en sus pecas―. ¿Estás bien?
Logré asentir con la cabeza. Will tosió a nuestro lado―. Aún hay guerreros fuego, iré a la mansión para que traigan refuerzos. No quiero pelear de nuevo contra ellos, son demasiado fuertes.
―Te esperamos aquí― Eiden tajó―si despiertan yo los mato.
Will no dijo nada. Solo se elevó en su aire. Regresé a Eiden, me abrazó y caí a su pecho sin saber procesar lo que acababa de suceder. El fuego verde tenía nombre, Ib. La sentí volar a mi alrededor con burla.
―Por favor, no digas nada del fuego verde― murmuré queda―. No quiero que sepan lo que sucedió.
―Tomó posesión de tu cuerpo, ¿verdad? Como en el yate.
―Sí. No sé qué es.
―Tranquila. No diré nada. Hay que subir.
Asentí con la cabeza.
(…)
Mi madre, Aneka y Henning aparecieron en la noche.
Henning informó que la guerrilla se había prolongado.
Varios Salvajes resultaron heridos, unos cuantos más, murieron.
Tuvieron que quedarse hasta que toda la gente de poder desapareció, para poder recoger los cuerpos.
Triunfamos, sí, pero el Señor Ignis huyó.
Expliqué lo que sucedió con el Primer Dios —porque los adultos se negaban a darle un nombre— y lo que hizo mi padre al intentar llevarme.
Eiden y yo mantuvimos el pequeño secreto: el Fuego Verde tomó control de mi cuerpo.
Le expliqué en la noche qué era ese fuego y le rogué que se callara.
Aceptó, aunque dijo que algún día me cobraría el favor.
Saber que el fuego verde era una deidad que vivía en mi cuerpo, me descolocó.
Rocco hizo algo más que modificar mi elemento. Modificó mi alma entera.
Henning y un par de Salvajes se llevaron a los soldados de mi padre, los que aún seguían con vida a un calabozo de la mansión.
Al parecer, Eiden mató a un par de guerreros.
Los que sobrevivieron fue porque Will no quiso dañarlos.
Hellena regañó a su hijo en cuanto él confesó.
No había remordimiento en él. Dijo que era necesario hacerlo. Yo estaba de acuerdo. Era la única.
En cuanto mi fuego regresó, me cubrí en mis llamas y lloré sola en el baño de mi habitación.
Casi volvía a ser una princesa encerrada en una torre.
Si no hubiera sido por Eiden y Will, yo ya estaría en Vulkan.
Estábamos en guerra, se desencadenó una guerra por mi existencia.
Esto era lo que el Señor Ignis quería evitar al quitarme mi elemento y al encerrarme.
Me quedé dormida en el baño, Aneka me encontró.
La abracé por un momento, pero ella nos separó.
Solo me sacó de ahí y me hizo cambiar de ropa.
Ella se había llevado la espada cuando llegué a la mansión.
La tomó de mis manos y se fue. No me dijo nada, y tampoco me dio tiempo de explicar.
Solo cuando dije lo que sucedió, mentí que el arma era de un guerrero.
Suspiré.
Vi al Señor Aqua en su cama. Chloe y Hellena me pidieron que lo curara con un conjuro.
Aquiles estaba muriendo por la herida. Les pedí que me dejaran sola con él.
Sabía que, si hacía el conjuro, Ib tomaría el control de mi cuerpo.
No quería que nadie me viera de esa manera.
Eiden esperaba fuera de la habitación junto a su hermana.
Le pedí con mi elemento que se quedara cerca.
Aunque no sabía qué podría hacer él si Ib me poseía.
Medité un par de segundos antes de conjurar. Mi fuego se hizo azul. Chispas verdes saltaron.
Aventé los símbolos al Señor. Las chispas lo rodearon. Lo vi tener un par de espasmos, luego comenzó a respirar con normalidad. El aire se hizo frío.
Sentí a Ib tras de mí, me susurraba que le cediera el poder.
Que la dejara tener control de mi cuerpo.
Cerré los ojos, me concentré en mí misma, en mi propio fuego.
Tenía que mantener al Fuego Verde bajo control.
No podía perder. Negué con la cabeza, como si la deidad me viera.
Sentí un leve roce caliente en mi mejilla, me crispé. Yo estaba sola.
La presencia de Ib desapareció. Respiré.
Salí de la habitación del Señor Aqua. Chloe y Hellena entraron con prisa. Eiden se quedó fijo en mí. Ninguno dijo nada. Yo fui a buscar a mi madre. Quería un abrazo. ¿Me lo daría si se lo pedía?