Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

Nos quedamos ahí tendidos. Me acomodé a su lado y no me levanté. El sol me abrazaba, como si me dijera: “Quédate quieta. Cárgate. Respira.” Y eso hice.

—¿Qué piensas? —me preguntó Eiden, me tomó de un dedo y jugó con nuestras manos.

Tardé en contestar. No sabía qué decir—. En el sol —respondí al fin con un susurro—. La bombilla que tenía en mi encierro no me daba lo que me da esta estrella. Me da más poder.

Él rió—. Por favor, ni que fueras una batería. Es solo el sol.

—Eres un idiota.

—Me lo dicen seguido.

Suspiré contra su pecho―. El sol me mantiene con vida.

A todos los fuegos, es difícil no sentir la vitalidad cuando me pega en la piel ― me quedé callada por un momento, él tampoco dijo nada―.

Gracias por sacarme de ahí, creo que no hubiera podido escapar sola.

Sé que saltar al océano fue la mejor opción.

Eiden entrelazó nuestros dedos y los dejó caer en su pecho―. Tranquila. Sé que no quieres que te encierren de nuevo o que te casen con algún idiota.

―No, no quiero.

Sonrió y cerró los ojos. Se veía tan tranquilo que casi olvidé todo lo demás. Quise tocarle los abdominales. Me contuve. La energía seguía en la mansión, no había apuro o calores que se bifurcaban. Nada. Quizás podíamos quedarnos un momento tendidos en la arena.

Miré el agua, se tragó la arena. El océano me generaba ansiedad. A cada segundo me daban ganas de llorar. Pero ahora estaba en tierra. Segura. Lejos de esas olas tormentosas que parecían querer matarme cada vez que las enfrentaba.

—Tenemos que subir el risco, a la mansión —dije con la voz ya cansada. Él no respondió—. Eiden, tenemos que subir.

―No quiero.

―Ni yo.

―Quedémonos aquí un momento.

Eiden se movió un poco, me interceptó entre sus brazos y quedamos de lado, él me abrazaba, y yo estaba protegida en su cariño.

Todo mi cuerpo se heló por un momento. ¿Qué debía de sentir?

Sí, me divertí con él en el yate, quería ser su amiga, pero, ¿por qué me abrazaba así?

¿Será culpa de todos esos besos fortuitos que nos dimos? No. ¿Sí?

Me quedé quieta donde estaba, después buscaría razón en mi corazón.

Eiden abrió los ojos. Nos incorporó y me movió el cabello de la cara―. ¿Qué es lo que más deseas?

Su pregunta me descolocó un poco―. Libertad. Es lo que siempre he deseado.

―Ya la tienes.

Negué con la cabeza―. No estoy segura de eso. Ahora el mundo sabe quién soy. No estoy segura de que sucederá después de esto.

―Ya no estás encerrada, que es lo importante, ¿no?

―Supongo que tienes razón.

Nos quedamos callados unos segundos, fijos en el otro.

Yo veía un glaciar enorme en Eiden, y esperaba que él viera el volcán que era yo.

Nuestras narices se rozaron, buscábamos contacto.

Deseo. La explosión de nuestros elementos quiso tomar control.

Me alejé. Tuve cosquillas en la nuca. Había alguien cerca.

Sentía su calor, pero no lograba identificarlo.

Eiden notó mi reacción. Se levantó. Dio un paso... Y una masa negra lo atacó. Grité. Me puse de pie con torpeza. Busqué a mi alrededor a Rocco. No estaba. Mi corazón comenzó a ahorcarme, quise vomitar.

No. No. No.

No era posible. No podía ser que ya me hubiera encontrado otra vez.

Lancé una llamarada al éter que envolvía a Eiden. No sirvió. Una ola lo cubrió. Apagó el fuego. Se llevó la sombra consigo. Eiden apareció furioso. Se acercó y me tomó del brazo, me puso detrás de él.

—Dime dónde está —ordenó.

—No lo sé —respondí rápido—. Solo sé que está aquí.

—Eso no es de mucha ayuda, Cass.

― ¡Lo sé! ¡Pero no sé dónde está!

Cerré los ojos.

Debía pensar. Debía de hacer algo. Eiden estaba agotado, no podría luchar contra Rocco. Ni siquiera yo podría, pero no podía dejar que Rocco lo apuñalara como a Will. Vi ante mí los símbolos del círculo de protección. Los recité en voz baja y lo empujé dentro del círculo.

La luz roja lo rodeó. Comenzó a gritarme, pero no pude escucharlo.

Retrocedí. Era mejor protegerlo de esa manera.

No podía permitir que lo lastimaran. Porque sabía que él iría contra Rocco sin importar si le costaba la vida.

Necesitaba que estuviera con vida, porque estaba bastante segura que Eiden no curaría como lo hizo Will.

El éter comenzó a comerse el círculo de protección. Lancé mi fuego. Chispas verdes brincaron entre mis manos. No podía perder el control. Si lo hacía, sería difícil volver a mi cuerpo. Mierda. Iba a perder. El éter volaba a mi alrededor. Me cubrí por completo de fuego. Volví a retroceder.

―Cassandra.

La voz de Rocco me sacó de quicio. Volteé a verlo. Estaba con el traje que portaba en la cena, tenía un poco de sangre salpicada en la tela. Flotaba a un par de metros de mí.

―Cassandra, ¿de verdad creíste que no vendría por ti? Seré sincero, en la gala te veías espléndida. Así mismo te quiero ver el día de nuestra boda. Aunque ahora te falta un poquito de ropa, ¿dónde quedó ese hermoso vestido?

―Aléjate de mí.

―Sabes que no lo haré. Serás mi esposa, quieras o no.

―No me voy a casar contigo ―seseé con enojo―. ¡Nunca!

El calor escaló por mis hombros. Sentí mi cabello tornarse naranja. Solté una llamarada con motes verdes. Rocco la absorbió con su masa cuántica. Grité. El Fuego Verde tomó el control. No me importó perder el control.

Mi alma salió de mi cuerpo. Chilló. El Fuego Verde accedió a mí.

Rocco vio el cambio, sonrió con victoria.

Él quería el poder de ese elemento para alimentar su divinidad.

El problema era que el Fuego Verde era impredecible, y solo podía usar mi cuerpo cuando yo me agotaba por usar los conjuros de la Lengua Antigua. Mi alma cayó a la arena.

―Me alegra saber que el experimento funcionó ―expresó Rocco―. Ahora, sede tu poder.

El Fuego Verde sonrió con sarcasmo a través de mis labios―. Me ha olvidado, viejo amigo.

Mi cuerpo generó las alas de fénix, y me elevé en el aire.

No sabía que podía hacer eso. Era más bello con ese tono de verde ácido en mis llamas plumosas.

El tizne comenzó a rodearme la piel, y me cubrió con ropas nuevas, y en mi mano, una espada ondulada como fuego se creó.

¿Qué? ¿Puedo hacer eso? Me quedé estancada en la arena.

Ni siquiera sabía que podía volar, menos crear ropa y metal.

Rocco se mostró impasible. Molesto de la conciencia del fuego.

―Ib. Te hacía muerta.

―Tú me reviviste para quitarme mi poder, y eso no pasará. Tengo una nueva oportunidad de vida, y no pienso perderla.

Ib soltó el primer golpe con la cuchilla.

Rocco y aquella otra persona comenzaron a pelear.

Vi a Eiden por un momento. El éter ya no cubría el círculo de protección.

Él miraba toda la escena sorprendido, él tampoco entendía de dónde venía la fuerza del fuego verde.

Me desesperé. Ojalá pudiera verme y entender que ese fuego no era yo, pero no, no podía, y nunca lo haría. Regresé mi atención a la pelea.

Mandaba fogatas a Rocco. Él las evadía con agilidad.

Las chispas y las rocas oscuras peleaban entre sí.

Rocco e Ib volaban, ambos explotaban entre los elementos.

El primer Dios hizo que su masa oscura se convirtiera en una espada.

Volví a ver los picos que empalaron a Will que casi lo matan, aunque no murió, y sanó su herida casi de inmediato.

Quizá eso tenía que ver con su pasaje en la profecía. Sí, tenía que ver.

Me quedé quieta. Las cuchillas batallaban en las manos de sus portadores.

La sangre emanaba de Ib donde Rocco la lastimaba, lo sentía en mí.

Aunque no dolía, la sangre caía. Ib hirió a Rocco también.

Él solo despedía mucosidad, era como sangre putrefacta.

Ib lo apuñaló en el estómago y retorció su espada.

El hombre se derrumbó, cayó a la arena y desapareció. Ib me volteó a ver.

Sentí lo que el fuego me decía. Mi padre estaba cerca.

Vi el neutralizador volar hasta el cuello de Ib. Las alas desaparecieron, y el cuerpo cayó. Corrí. Ib retiró el dardo de su piel y me volteó a ver con hastío.

―Es tu turno. Ahora tú y yo compartimos cuerpo.

Aspiré aire como si me hubiera ahogado. Estaba en mi cuerpo de nuevo.

Caí a la arena. Levanté la cabeza. Mi padre, mi hermano, y la versión humana de Rocco me veían a un par de metros.

Escupí saliva en la arena, toda mi piel me hormigueaba.

¿Qué mierda fue eso? El fuego verde era otra deidad, tenía nombre, y vivía dentro de mí.

¿Qué sentido tenía eso? Aspiré aire, vi a mi padre.

Más de veinte soldados, los escoltaban. Todos estaban manchados de sangre, mojados, quemados o espolvoreados de tierra. Me levanté con la espada en las manos. Vi a Eiden. Volvió a gritar tras su protección.

―Tu poder ha escalado en gran magnitud ―exclamó mi padre con sorpresa―. Y has luchado contra esa masa negra de manera magnífica.

No sabía si se burlaba o lo decía en serio.

Traté de hacer aparecer mi fuego, pero el neutralizador era rápido en mí.

Lo único que me quedaba era la espada de ceniza de la entidad que también vivía en mi cuerpo.

Alcé la cuchilla. Estaba pesada. Mi hermano menor se puso frente a mi padre.

Vi la sed de poder en los ojos de Morten.

Joder, jamás pensé que volvería a ver a mi hermano en persona.

―Yo me encargo, padre.

El Señor Ignis no dijo nada, solo dio un paso hacia atrás, eso fue suficiente para darle permiso de atacarme.

Vi las llamas llegar, puse la espada frente a mí.

El calor me atacó con un tufo de energía.

Cerré los ojos. Sentí la presión. El fuego me empujaba.

Abrí los ojos. La cuchilla absorbió el golpe.

Cuando Morten terminó la llamarada, blandí mi arma con torpeza.

Los hombres que estaban frente a mí estaban conmocionados.

Yo también. El metal estaba encendido. Un fulgor estelar. Quise apuñalar a alguien y matarlo.