Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

cassandra

Al caer, grité.

En ese momento deseé estar en la base Quetzal, con mi rutina sin cambios, con Rocco odiándome por ya no dejarle hacer experimentos con mi fuego, y con las visitas casi nulas de mi padre.

Quise haberme ido con Will. Quise haber hecho caso a mi madre y no haber asistido a la gala. Quise quedarme en la pelea. Quise muchas cosas, y no pude tener ninguna. Solo me aferré a Eiden, y acepté que íbamos a huir por el océano y yo no podía negarme.

Cerré los ojos, lista para el impacto. Creí que tocaría el agua, que me ahogaría y moriría para siempre.

Pero no fue así. Mi piel sintió algo helado, y al abrir los ojos, vi que estábamos recubiertos en una esfera de hielo que descendía por el agua.

Sentí los golpes de las rocas del risco.

Solté un gritito ante el movimiento. Me aferré al saco de Eiden, la presión me tapó los oídos.

Quise cubrirme en fuego para dejar de sentir frío.

Mi corazón me gritaba que saliera del agua, lo deseaba con desesperación, pero el problema era que, si salía, tendría que luchar de nuevo, y no quería hacerlo.

Eiden se alejó de mí. Comenzó a desvestirse.

Sabía que la ropa causaba fricción en el agua. Íbamos a nadar.

Mi respiración se aceleró. No, no, no. Me arrinconé contra la pared helada. No quería estar sumergida en el agua. Suficiente tenía con estar en esa esfera que se movía errática. No, no, yo no sé nadar.

Él terminó de quitarse la ropa y me miró con apuro.

—Desvístete —ordenó—. Así podré nadar más rápido. La tela de tu vestido nos va a estorbar.

—¡No! —solté asustada—. Debe de haber otra manera de escapar.

Eiden me tomó de las muñecas y me jaló hacia él. Sus ojos no me dieron apertura a que mi miedo lo convenciera de no nadar.

—Escúchame, Cassandra Flur. A menos de que quieras que el estúpido Señor Ignis nos atrape, y a ti te encierre de nuevo, quítate el maldito vestido para irnos de aquí. Porque no pienso dejar que te lleve, ¿de acuerdo?

Me soltó. Me quedé quieta un momento, dudando.

No quería desvestirme…, aunque no sería la primera vez que me veía casi desnuda.

Pero también me picó lo último que me dijo.

No había opción, él controlaba el agua, no me sucedería nada, ¿o sí?

Suspiré con resignación, concentré mi energía en la tela y la quemé.

Me quedé en ropa interior. El tizne flotó entre nosotros, bailando como si no supiera que esto no era una fiesta, y nos manchó la piel. Estornudé.

Eiden volvió a tomarme entre sus brazos. Me aferré a su cuello.

—Cierra los ojos y respira con normalidad —ordenó—. No los abras, para nada.

—De acuerdo.

Hice lo que me dijo. El agua nos envolvió. Lo sentía por todos lados queriendo rajarme el alma, en mi piel, en mi cabello, en el maldito frío de las corrientes. Respiré normal, o al menos lo intenté, y entonces empezamos a movernos.

(…)

El aire golpeó mi rostro. Abrí los ojos, y lo primero que noté fue que mi piel estaba seca.

Seguía siendo de noche. Estábamos lejos del Continente.

Apenas si podía verlo en el horizonte envuelto en sombras de la pelea.

Todo había sucedido demasiado rápido. Ahora la gente sabía que no había muerto, que existía.

Que era la heredera de Vulkan. Ahora todo el mundo sabía que una mujer fuego había nacido, y estaba ligada a la Primera Profecía que hablaba de la destrucción del mundo.

Me aferré más al cuerpo de Eiden. Él lo notó.

Algo tocó mis pies. Grité. Luego nos elevamos.

El agua ya no nos cubría. El aire nos contaminó todo el cuerpo.

Eiden se dejó caer sobre mí, y mi corazón comenzó a querer caer de la balsa.

Me separé de él con cuidado. Habíamos flotado gracias a un bloque de hielo.

Lo miré. Estaba agotado, casi al borde del colapso.

¿Acaso había usado demasiada energía elemental?

No, eso era imposible, solo habíamos nadado.

Bueno, él nadó. ¿Eso lo drenó? No, Eiden podía pasar horas debajo del agua, lo vi en la isla de los salvajes.

Si se desmayaba, no llegaríamos al Continente.

Y yo..., yo no sabía nadar. Ambos nos ahogaremos, yo no era de ninguna ayuda.

Eiden volvió a caer en mis brazos. Mierda. Mierda, mierda.

—Ya no puedo más —susurró—. Nos alejé lo más que pude. Estoy bastante seguro de que saben dónde estamos.

—Sé que estás agotado —dije e intenté mantenerme firme—. Pero no podemos quedarnos aquí. No podemos dejar que nos encuentren.

—Lo sé. Solo dame un momento, Cass. Mi cuerpo me arde.

Los movimientos de la pequeña balsa me hacían querer chillar, opté por morderme la lengua y sostenerme de Eiden, aunque él era quien se sostenía de mí.

Este no era el poder que vi en el yate. Tal vez podía usar mi fuego para desplazarnos, pero no sabía si eso funcionaría, y no quería derretir el hielo que nos mantenía a flote.

Vi al agua, las pequeñas olas nos mojaban las piernas donde estábamos sentados.

Cada gota me picaba la piel. Estaba fuera, estaba lejos de Quetzal, ahora el mundo sabía de mi existencia.

Ya no era un rumor, o una imaginación. Ya no era un experimento, ni una princesa encerrada en una torre protegida por un dragón.

Estaba libre, podía extender mis alas y disfrutar la vida.

Pero…, ¿de verdad podría? Se había desencadenado una guerra por mi culpa, ¿esto era plan de la Diosa?

Oculté mi cabeza en el hombro de Eiden, él solo mantuvo sus brazos en mi cintura.

― ¿No tienes miedo? ― le pregunté bajito―. ¿De qué ahora todos saben que existes?

Su respirar fue un ronquido profundo―. Un poco. No me gusta la idea de ser un príncipe, yo solo soy un ladrón.

Lo hice separarse un poco de mí―. Casi no te conozco, pero creo que eres más que solo eso.

Eiden sonrió un poco sin decir nada. Ambos vimos hacia el Continente, oculto en la penumbra de la noche.

Traté de concentrarme en mi fuego, no sentía a nadie cerca, solo el calor decadente que irradiaba Eiden.

Negué con la cabeza y volví a verlo. Su expresión de agotamiento me confundía.

Algo no estaba bien. Le tomé la cara, estaba frío. Esto no era por el bloque de hielo.

Entonces lo vi. Le hice una señal con la mirada y él se giró. En su espalda, la punta de una jeringa. La retiré. Se quejó. Le mostré el pedazo de metal que acababa de sacarle.

—Por eso estás agotado, te lanzaron el neutralizador —le dije con enojo. Eiden tomó la punta entre mis dedos—. No penetró por completo en tu cuerpo, pero aun así te hizo efecto.

—Te juro que voy a matar a esos imbéciles.

La furia en su voz me erizó la piel. Lo había visto matar a dos soldados de mi padre en la terraza del salón hacía apenas unas horas.

Pensé en replicarle, en decirle que eso estaba mal…

pero no lo creía. Yo también quería guerra.

Venganza. Por haber sido encerrada. Por haber sido tratada como un error por ser mujer fuego.

Mi corazón tembló en la moral, no, ya no había razón para comportarme como una dama perfecta.

—Lo haremos los dos —sentencié y apreté sus dedos que sostenían la aguja—. Mi padre pagará por sus crímenes.

—Eres un enigma para mí, Cassandra. Pensé que serías una Dama que se rige por las reglas.

—Estoy harta de las reglas —me quejé—. Toda mi vida ha estado planeada. Lo que tengo y lo que puedo hacer. Quiero hacer algo por mí misma. Para eso iniciamos esta guerra, por algo permitimos que el Señor Aqua revelara quiénes éramos.

Eiden soltó una carcajada agotada y me soltó la mano.

Luego lanzó el pedazo de metal al océano.

Nos miramos por un momento y nos besamos.

El fulgor de nuestros elementos, el rocío de la sal y el calor, se mezclaron de nuevo como en el yate.

Me encantaba esa sensación de poder. Que nuestros poderes se entrelacen, como en una pelea constante pero íntima, sobre la acuosidad de nuestra magia.

La barca de hielo empezó a moverse hacia el continente.

Nos separamos. Pero nuestros cuerpos se mantuvieron juntos, como si otra profecía dictara nuestro sentir.

(…)

Mientras más nos acercamos, más sentía el calor de las personas.

Pude identificar a Chloe, a Will, y al Señor Aqua.

Guíe a Eiden hacia ellos. Llegamos al embarcadero de la Dinastía.

Estaba vacío. No había seguridad perimetral, no había boyas, no había nada.

Ni siquiera había algún guerrero. Pero los sentía allá arriba, en la cima del risco.

Toda la energía comprimida estaba en la mansión.

Quizá algo había sucedido cuando huimos de la gala.

Ya, la pelea inició, pero quizá alguien salió herido.

Esperaba que no. Aunque, también era muy pronto para que el Señor Aqua estuviera en la mansión.

Vi al cielo, el sol comenzó a iluminar el camino.

Los rayos me acariciaron la piel. Lo necesitaba.

Después del hielo, del encierro, de las sombras...

, necesitaba su luz. Sentí como si pudiera absorber toda la energía de la estrella a través de mi piel.

Aneka llegó a decirme de broma que era una pequeña planta que necesitaba de rayos UV para poder vivir. Y sí, no se equivocaba.

Aunque ya no sentía frío, porque mi cuerpo regulaba la temperatura, deseaba llenarme de esa energía solar. De su fuerza. De su poder.

Encallamos. Eiden me ayudó a bajar de la lancha. Sentir la arena húmeda en los pies fue extraño. Casi placentero. Quise quedarme ahí, disfrutarlo, no moverme nunca. Convertirme en un crustáceo. Pero ese no era mi destino. Yo debía de decidir si salvar o destruir el mundo.

Al salir del agua, solo dimos unos pasos antes de que Eiden se desplomara en la arena.

Caí con él. La arena se sentía fría, como si el hielo de Eiden se filtrara en todo lo que tocaba.

Las olas no nos alcanzaban, pero su sonar me regresaba a la caída del risco.

El amanecer nos acompañó, y quise quedarme dormida bajo los brazos de Eiden.