CAPÍTULO 16
william
Chloe y Einar crearon el túnel. Yo me encargaba de mantener el aire y de que nadie nos siguiera. Era difícil, porque yo aún podía sentir los elementos allá arriba peleando, luchando por su poder, queriendo ganar una batalla.
Me costaba concentrarme. Además, me distraía el saber que mi madre estaba ahí.
Cuando la vi salir a la terraza, comencé a llorar como un niño pequeño.
Rosa me abrazó y no dijimos nada. Fue como si el silencio lo explicara todo.
El viento se entendía solo, no necesitábamos de nada.
Todo fue cálido para mí, hasta que el Señor Ignis nos interrumpió.
Pero en ese pequeño momento, supe que al fin tenía una madre a la cual podría recurrir por amor.
De igual manera, quería resguardarme en sus brazos.
Saber por qué nunca me buscó…, y si alguna vez lo hizo, ¿por qué se rindió?
Incluso quería vengarme de mi abuela, la Señora Ventus, por haber intentado matarme, y por haber querido matar a mi padre.
Que ahora sabía que seguía con vida. El problema era que no sabíamos dónde estaba.
Ni siquiera sabía cómo lucía. Solo Rosa lo sabía.
Mi madre parecía conocer toda la historia, así que pensaba usar eso a mi favor.
Necesitaba encontrarlo. La guerra se había desatado, y ahora iba a ser más difícil investigar a alguien que, en teoría, estaba muerto.
Todo era un caos en mi corazón, al igual que en mi mente.
Al fin conocía la verdad de mis padres, ellos jamás murieron en un accidente.
Rosa estaba aquí, me tomaba de la mano, y no me dejaba alejarme de ella.
No había duda en su viento. Ella también sabía que yo era su hijo.
Eso era suficiente para mí, quise llorar de nuevo.
Toda mi vida pudo haber sido diferente, si tan solo la Señora Ventus no odiara a los Blancos.
Si hubiera hecho los análisis para comprobar si yo portaba el elemento, hubiera visto el gen…
No, no importaba. Amaba a mis abuelos, ellos me criaron como pudieron.
Tuvimos carencias, sí, pero el amor jamás faltó.
Chloe y Einar se detuvieron. Los vi discutir con sus elementos.
Pequeñas rutas se formaron alrededor de nosotros.
Rosa me tomó del brazo y me volvió a abrazar.
Aspiré su perfume. Dulce, como ella. Conocía su historia.
Era la hija menor de la Señora Ventus. La única mujer entre seis hermanos.
También la única que heredó el elemento viento.
Rosa se había enamorado de un Blanco, de un humano.
De mi padre. Eso manchó su nombre, porque el Blanco no tenía ni siquiera un título, o poder.
Solo era alguien que trabajaba en la mansión.
Así que la Señora Ventus la castigó casándola con una Casa Elite.
A pesar de todo, mi madre era la única heredera del trono de los mil vientos. Rosa me acarició la cara.
―Jamás creí encontrarte. Eres igual a tu padre. Desistí en buscarte en cuanto me casaron con Melinda.
Melinda le puso una mano en el hombro y sonrió apenas―. Somos mejores amigas, Rosa. En cuanto mi padre dijo lo que haría, le rogué que me escogiera a mí. Sé que cuando te coronen como Señora tendremos que separarnos, pero al menos así, pudiste retomar tu vida.
―Lo sé, gracias ―le devolvió la sonrisa y volvió conmigo―. ¿Cómo se llamaban las personas que te criaron?
―Sten y Sorine Gave. Son mis abuelos, bueno… ―suspiré―, eran.
―Lo siguen siendo, cariño. Criaron a un estupendo hombre. Tan poderoso como la mismísima Señora Ventus. Serás mi heredero, al fin te tengo en mis brazos de nuevo.
Solté una risa sin gracia―. Solo soy un chico. Mis abuelos hicieron lo que pudieron.
Me volvió a abrazar. Chloe nos alumbró con la lámpara del celular de Melinda―. Vengan. Debemos de seguir avanzando. No podemos dejar que nos sigan.
―Lo sabemos ― Rosa habló―. Gracias, dama Chloe. Por permitirnos venir.
Chloe hizo una pequeña reverencia―. Su hijo es parte de la Primera Profecía. Es un marcado como yo. Claro que usted es bienvenida a la Dinastía Aqua. Síganme.
Me vi con mi madre por un momento, y avanzamos.
Esperaba que no nos rastrearan por el celular de Melinda. Aunque, con la guerrilla que se estaba desatando en el salón, dudaba que alguien tuviera tiempo de preocuparse por nosotros. A menos que la Señora Ventus estuviera buscando a Rosa. Que era lo más probable.
Cuando escapamos por el túnel, muy pocos nos prestaron atención.
Todos estaban viendo al Señor Aqua y al Señor Ingis discutir.
Y también miraban a Cassie, como si fuera un animal de rodeo, no la adoraron como en la isla.
La única que intentó atacarnos fue la Señora Ventus.
Lanzó una ráfaga para detenernos, pero le devolví el golpe con la misma intensidad.
Estaba harto de ella. Me quería muerto, y gracias a la Diosa, no lo estaba.
Mi destino estaba escrito en la Primera Profecía.
Tenía que cumplir mi parte. Aunque todavía no tenía ni idea de qué mierda significaban esas estrofas. ¿Solo uno el éter lo controlará?
Ni siquiera sabía que era el éter.
Sí, lo había visto rodear al científico Rocco, pero no entendía qué tenía que ver yo con esa mucosidad negra. ¿Yo debía controlarlo? ¿Puedo manejar dos elementos? No, eso es imposible.
Seguimos nuestro camino. Me quedé junto a mi madre, me volvió a tomar de la mano, y quise quedarme para siempre a su lado.
¿Cómo sería vivir con ella y Melinda Rubí?
Al fin fui nombrado como su hijo en la declaración.
¿También me llamarían príncipe? Bueno, ella justo dijo que sería su heredero.
Sí. Al fin dejaría de robar. Solo debía estar con mi madre.
Ese era mi lugar como su heredero. Ella me enseñaría todo lo que tenía que saber sobre etiqueta y protocolos.
Nos detuvimos. Chloe y Einar se movieron un poco, y la tierra tembló.
Resurgimos en el palacio de la Dinastía Agua. En el sótano.
Todos subimos con prisa. Chloe y Einar nos dirigieron a mi habitación mientras iban a asegurarse de que no nos hubieran seguido en otro túnel.
También se deshicieron del celular y de cualquier cosa que revelara nuestra ubicación.
Era obvio que sabrían que estábamos ahí.
Ese lugar era nuestro cuartel. Nos habían protegido durante una semana.
Además, era el lugar más obvio al cual huiríamos.
Hellena les trajo ropa más cómoda a Rosa y Melinda.
Ambas se deshicieron de sus ropas de gala.
Yo hice lo mismo. Me incomodaba portar telas tan finas.
Y ni hablar de la corona. Me negué a usar las joyas, pero me obligaron.
Me dijeron que tenía que mimetizarme entre la gente de poder, que si no las usaba me iban a descubrir.
Prefería mil veces un pantalón y una playera.
Pero entendía por qué debía fingir en la gala.
Ya no estaba ahí, ahora podía volver a ser yo mismo.
Aunque ahora también ya era un príncipe.
Hellena salió de la habitación sin decirnos nada. Solo me sonrió un poco. Sentí con mi viento que iba al sótano. Seguro fue en busca de Chloe.
Rosa volvió a abrazarme. Me hundí en su cariño.
Tantas veces soñé que mis padres regresaban, que jamás hubo un accidente, y ahora mi madre me abrazaba con fuerza.
Yo tampoco podía procesar que mis dos padres estuvieran con vida.
Que Rosa, mi madre, fuera la heredera de su Dinastía, y la tuviera ahí, conmigo.
Siempre me pareció hermosa. Cuando la veía en las revistas, o en la televisión.
Había algo en ella que me llamaba la atención.
Siempre quise acercarme a ella cuando iba a Farren, una vez casi lo logré, en un desfile, pero solo pude verla de lejos, y la felicidad me achicharró todo.
Ahora sabía qué era ese sentir. Era la felicidad de haber visto a mi madre.
Toda mi vida fantaseé con tener a mis padres vivos.
Me inventaba que el accidente de tráfico que me contaron mis abuelos fue una mentira.
Que solo estaban de viaje. Que algún día regresarían por mí.
Que seríamos una familia completa. Que nos iríamos a una casa enorme, y viviríamos todos juntos.
Ahora…, ahora eso podía ser real. Solo necesitaba encontrar a mi padre, regresar a la isla por mis abuelos, y ser una familia feliz. Eso era todo lo que deseaba.
―Tengo tantas preguntas ―sollozó Rosa―. Pero siento que tú tienes más.
Me aferré a ella. Quise llorar, pero ya lo había hecho en la terraza. Después vino la guerra, y me quedé seco por dentro. Lo único que me decía el cerebro era que debía protegerla. Sacarla de todo eso. Llevarla lejos. Ahora estábamos en un lugar seguro, y podría hablar con ella.
―Prefiero que tú me conozcas primero ―le dije―. Yo ya sé quién eres.
Rosa soltó una pequeña carcajada. Melinda nos rodeó a ambos con sus brazos.
―Bueno, será mejor que comiences, muchacho. Ahora tienes dos madres. ¿Entendiste?
La bulla en la voz de Melinda me rompió. El estómago se me llenó de calor. Suspiré, me relamí los labios… y hablé.
Les conté sobre mi niñez. De lo difícil que fue crecer en las periferias de Farren y en la vecindad.
La primera vez que tuve que robar porque no había comida.
El temblor de mis manos al tomar el huevo y un pan para poder llevar algo a mis abuelos.
Rosa se afligió. Se lamentó por no haberme buscado.
Por haberse rendido tan fácil ante los castigos de su madre. Le dije que no era su culpa.