Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 15 #4
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CAPÍTULO 15 #4

Sentí calor, miré a Cassandra. Estaba encogida a un lado de Chloe, pero ella no fue quien soltó el fogonazo, fue el Señor Ignis.

Estática sonó en todo el recinto, eso detuvo el paso del Señor Ignis, él señaló hacia su hija.

Sus guardias tomaron camino. Moví la mano.

Hielo con picos se formó entre nosotros y los soldados.

― ¡No se llevarán a Cassandra a ningún lado! ― grité.

Otra capa de hielo reforzó la valla. Volteé a ver a Aquiles.

Tenía la mano elevada, y discutía con su elemento frente al Señor Ignis.

El plan de ataque se adelantó. No hubo cena.

Vi movimiento. Los Salvajes ya habían llegado.

En cada puerta, en cada salida, impedían que la gente pudiera escapar.

La discusión entre los dos hombres se cortó.

Vi a Aquiles bajar del estrado con tranquilidad, mientras bruma lo seguía con su capa.

En las pantallas flotantes del recinto, botó el video de la declaración de guerra.

Todos se quedaron en silencio, mientras las palabras del Señor Aqua anunciaban los crímenes del Señor Ignis.

Incluso mencionó lo que la Señora Ventus había hecho con Will y con Rosa.

Aparecieron imágenes de Cassandra. Cicatrices.

La vi, pero no había nada en su piel. Quizá las ocultaba, como hacía con el pasaje de la Profecía.

Cassandra se alejó de la protección de Chloe, se plantó en medio de la pista.

Una pequeña capa de fuego la cubrió. Parecía una mariposa saliendo de su capullo.

Las heridas aparecieron. Se escuchó un murmullo.

El video explicó el daño que sufrió, la razón de su encierro, lo que deseaban hacerle a su elemento.

También hablaron de Henning y su pérdida de elemento.

Por último, me revelaron a mí. Y a mi madre. Ahora era el príncipe heredero oficial de Lotán. Ya no era un ladrón de Farren. No, ya no había manera de escapar.

Hellena me tomó del brazo y me quitó la mascarilla. Solo escuchaba el cotilleo, y las palabras de Aquiles en las bocinas. No quise prestar atención a nada más, pero la adrenalina me tenía en la cima, listo para atacar si era necesario.

―Estos son secretos de Estado. Todos hemos cometido errores, lo sé.

Ahora estoy aquí, ante ustedes, diciendo la verdad.

Esta es una declaración de guerra contra el Señor Ignis y a la Señora Ventus.

Deberán responder ante sus crímenes… Al igual que yo lo haré por haber ocultado al verdadero heredero de la Dinastía Agua.

El conflicto interno de los Continentes termina aquí.

El silencio que se formó, fue asqueroso. Me quise largar de ahí.

― ¡Todo eso es mentira! ― gritó el Señor Ignis―. ¡Esa mujer no es mi hija! ¡Mi hija murió junto a mi amada esposa años atrás!

Cassandra volteó a verlo, su cabello negro comenzó a cambiar de color, los mechones se hicieron naranjas. Su corona se derritió, las gotas del metal resbalaron y cayeron al suelo. Se quitó el antifaz y confrontó a su padre.

―Tiene razón, su hija murió el día del incendio de la Dinastía― ella lloró lava―.

¡Murió el día que la encerraste en la base Quetzal, cuando la Diosa le dijo que no lo hiciera!

¡Murió el día que la culpaste por la muerte de su madre!

¡Murió el día que quisiste quitarle su elemento para que la Primera Profecía no se hiciera realidad!

¿Adivina qué? ¡Nosotros cuatro somos los elementos de la Profecía!

Cassandra levantó su brazo. Hice lo mismo. Chloe y Will nos imitaron. Me armé de valor, y recité las estrofas que tanto odiaba.

― ¡Cuatro elementos se juntarán, al mundo destruirán o salvarán! ¡El agua al fuego revivirá! ¡Uno en la Tierra se hundirá! ¡El éter regresará y solo uno lo controlará!

El silencio nos encapsuló de nuevo, era como si nos quisiera tragar. Di un par de pasos hacia adelante, el Señor Ignis se mantuvo en su lugar, su antifaz se disolvió en humo.  Will se me acercó apurado.

―El joven que está detrás del Señor Ignis es el hermano menor de Cassie, Morten― el niño veía a Cassandra con odio―. Es explosivo, estoy seguro de que nos va a atacar. Debemos hacer algo. No creo que el Señor Ignis lo detenga. La declaración de guerra está hecha.

―Estoy pensando― mustié―. Solo nos dijeron que no nos interpusiéramos en el ataque. Pero no sé qué estamos esperando.

―Que ataquen ― Will chistó―. No seas tonto. Lo mejor es largarnos y que ellos peleen.

―Ya lo sé. Lo mejor…

Chloe me calló. Ella se interpuso entre Cassandra y el Señor Ignis.

―Quiere llevarse a Cassie y no voy a permitirlo. La torturaron por años, experimentaron en ella. ¡Usted es un monstruo! ¿¡Cómo se atreve a hacerle eso a su hija?! ¡A la única mujer fuego del mundo! ¡Al milagro de la Diosa Em!

Nadie replicó. Morten disparó una llamarada.

Cassandra la detuvo sin esfuerzo. Su hermano quiso disparar más calor, pero ella mantuvo su brazo levantado, puño cerrado.

Dos soldados quisieron atacar también, pero solo gas se esparció por el salón.

Todos se cubrieron la nariz.  Cassandra estaba impidiendo que el fuego naciera, justo como había hecho conmigo y mi agua. ¿Cómo mierda lo hacía?

El Señor Ignis levantó su mano, los guardias y Morten dejaron de crear el gas. Todos entendieron que no podían ganarle a Cassandra, o quizá no querían una pelea contra la única mujer que portaba fuego en el planeta, porque no entendían qué tan poderosas eran sus llamas. Ni siquiera yo lo sabía.

Cassandra movió su otra mano y el gas desapareció del aire. Descubrí mi boca. Vi a Will moverse, mi atención se centró en Rocco, el científico loco. Ugh, me había olvidado por completo de él.

—Puedo sentir su aire, hará algo. No sé qué es —susurró Will—. Tenemos que hacer algo, ya. No podemos dejar que se lleve a Cassie.

—¿Ya no estás enojado conmigo? —coqueteé, aunque el antifaz cubría las heridas, su mirada me calló—. Solo bromeaba. Perdón.

—No tenemos tiempo para tus bromas estúpidas. Debemos irnos de aquí.

—Tú ve con Chloe y su prometido. Llévate a tu madre y a su esposa, también a la mía. Yo me llevaré a Cassandra —organicé sin pensar mucho—. Es mejor que me persigan a mí. Dejaremos que los Señores peleen aquí. ¿De acuerdo?

Will asintió y me dejó solo. Lo vi agrupar a las mujeres.

Me puse a un lado de Cassandra. Su brazo aún seguía levantado.

Nos vimos. Sus ojos combinaban con su cabello, rojos como la lava.

No quise procesar el cambio de color, le comuniqué el plan con mi elemento.

Ella desvió la mirada, movió el brazo con rapidez y una pared de fuego creció entre nosotros y el Señor Ignis.

La tomé del brazo y comenzamos a correr hacia la terraza sin decir nada.

Sí, íbamos a saltar. Estábamos sobre un risco, abajo nos esperaba el océano.

Ese era nuestro plan de escape. Azoté el suelo.

Dos paredes se alzaron, separando a la gente de poder de nosotros.

Volteé a ver a mi amigo, ya estaban entrando al orificio en el suelo.

Bien, ya no me iba a preocupar por ellos.

Los Salvajes comenzaron el ataque. El pánico llenó el salón otra vez.

Los elementos se mezclaban. La guerra había comenzado entre temblores y cenizas.

Cassandra me detuvo en el barandal del balcón.

La vi, su cabello volvió a ser negro, sus ojos también.

Estaba desesperada, no quería saltar, pero no teníamos muchas opciones.

Llamaradas, cenizas, tierra, polvo, rocas, ventiscas de aire y corrientes de agua salían de las puertas.

Algo explotó dentro. El olor a humo me escandalizó.

El suelo tembló. Cassandra se aferró a mí.

Por una de las puertas, tres soldados aparecieron. Lanzaron llamas. Ella los detuvo.

—¡Tenemos que saltar! — le grité―. ¡Te dije que el agua me respondía a mí!

La vi batallar consigo misma. Sus ojos brillaban de miedo. La tomé por la cintura y la ayudé a trepar. Se aferró a mí mientras aún luchaba contra los guerreros. Saltamos. Gritó. Y lo único que sentí al caer fue el calor quemándome la nuca. El agua nos recibió.