CAPÍTULO 14 #5
—Madre, por esto quiero guerra. Quiero confrontar a mi padre. Fui un experimento por años en Quetzal. Quiero venganza.
—Debí volver por ti, hija —se lamentó—. Debí hacer que Henning…, debí…
Se acercó y me abrazó. Mi madre se arrepentía por haberme abandonado. También yo lo hacía, aunque pensaba que estaba muerta, porque eso me repetía mi padre cada vez que me visitaba en la base Quetzal. Ni siquiera sabía qué sentir sobre tener a mi madre con vida. Solo sabía que la había extrañado.
Me separé de Marie. No quería llorar, ni pensar en mi infancia.
No, quería concentrarme en el futuro, en lo que podría hacer con mi nueva libertad.
Fui a quitarme el vestido y empecé a sentir el calor de Eiden afuera de la habitación.
Will lo había ignorado esos días, y Chloe solo discutía con él.
Yo era la única con la que hablaba y comunicaba su lamento a Will.
Él seguía enojado con su amigo, le había dado una paliza, y hasta hoy aún se estaba recuperando de los golpes.
Bueno, al menos pronto todo sería revelado al mundo, y esos golpes ya no importarían.
El Señor Aqua también diría que Eiden era su heredero.
Todos seríamos herederos, menos Chloe.
Dejé el vestido en el perchero y se lo entregué a la modista.
La mayoría de los trabajadores en la Dinastía Agua estaban a favor de la guerra.
Incluso la mayoría de los ciudadanos. Había estado investigando sobre el mundo, todo lo que me había perdido.
Los conflictos entre el Señor Aqua y el Señor Ignis llevaban años.
Mi padre exigía que todos los continentes se militarizaran, mientras que el Señor Aqua decía que no era necesario, pues los cuatro elementos habían vivido quinientos años en paz.
Aún no sabía cómo los ciudadanos de Lotán sabían de la guerra; quizá solo lo suponían, porque eso era lo que se murmuraba desde la llegada del Señor Ignis al continente hacía días.
Me volví a vestir con mi vestido corto. Oculté mis cicatrices de nuevo. Mi madre me recibió, otra vez me abrazó.
—Tienes razón, hija. Debemos luchar por lo que es correcto. Y en este momento —suspiró—, es derrotar a tu padre. No podemos permitir que te quite tu elemento. Eres la única mujer fuego en el mundo.
—También por las injusticias hacia los Blancos, por eso nos ayudarán los Salvajes —mi madre me tapó la boca—. Son humanos, todos lo somos. Decir Blanco es peyorativo, lo sabes.
Asentí con la cabeza, y mi madre retiró su mano.
—Tienes razón. Todos somos humanos. Aunque tengan o no elementos.
—Sí. Así es, hija.
Me alejé y fui hacia la puerta. Eiden seguía con los pies inquietos en el pasillo. Marie me detuvo. Quise que tuviera un elemento para que me dijera en silencio lo que sus ojos transmitían. Me alejó de la puerta y se plantó frente a mí.
—¿Qué sucede?
—Te voy a pedir un favor, hija. No tengas una relación con Eiden o William, ¿de acuerdo?
Si sus poderes se combinan —me tomó del brazo y señaló el pasaje, al mundo salvarán o destruirán—, creo que entiendes lo que te quiero decir.
Sé que eres cercana con William, ten cuidado.
Aneka está de acuerdo conmigo. Es lo mejor.
Solo sean amigos, para que puedan terminar la profecía y salven el mundo. Además, sabes bien que entre herederos…
―Sí, sí, lo sé. Solo somos amigos ― chisté.
―Eso espero. No podemos tener ningún incidente. ¿De acuerdo?
Quise replicar. Aneka y mi madre eran quienes estaban organizando lo que sucedería en la cena de declaración.
Aneka iba a proporcionar la seguridad, junto con Henning, y mi madre planeó la estrategia de ataque, por si mi padre llegaba a atacarnos, ya que ella conocía mejor al Señor Ignis. Asentí con la cabeza.
—Está bien —mentí—. ¿Qué hay de Chloe?
—Ella está comprometida, respeta eso.
Mi madre me soltó y señaló con la barbilla la puerta. Me alejé de ella y fui con Eiden, salí, me rasqué el brazo; no me gustó lo que mi madre dijo. Comencé a caminar por el pasillo hasta llegar a mi habitación. Eiden me siguió. Cuando entramos, cerré la puerta.
—Necesito tu ayuda, Will no me perdona.
Suspiré y me encaminé a la cama, me recosté y tomé un cojín, lo abracé contra mí.
—Le diste una paliza. Su ojo sigue inflamado, y ya han pasado varios días desde eso, claro que no te va a perdonar.
—¡Ya sé! Estaba enojado, eso es todo.
—Eso no amerita que golpees a tu único amigo.
Se quedó callado y me señaló con desprecio. Dejó de mirarme y se talló la cara con las manos.
—Está bien, ya entendí que no debí hacerlo, ¿de acuerdo? Dile que me perdone, que hable conmigo.
Me eché en la cama. Yo no quería hablar con Eiden. Solo se quejaba, y perseguía a Will para que lo perdonara, y cuando él lo ignoraba, venía tras de mí. Sentí cómo se trepaba al colchón, Eiden se puso encima de mí. Sus ojos eran cristales helados que me acuchillaban.
—Ayúdame, por favor.
—Te he ayudado toda la semana, y Will me da la misma respuesta, lo sabes. No te quiere cerca.
Se acercó un poco más y susurró.
—Por favor, Cass.
—No.
Su nariz rozó mi mejilla. Vi sus labios y comenzamos a besarnos. El fulgor volvió a encenderse dentro de mí. La mezcla de nuestros elementos era como una explosión submarina que me saciaba. Mi fuego evaporaba su agua, y ese calor nos empapaba.
Solté el cojín y le tomé la cara. Él se deslizó entre mi cuerpo como un caracol. Quizá no era buena idea hacerlo ahí de nuevo, pero algo dentro de mí pedía evaporar toda el agua que Eiden podía crear.
Nos levantamos un poco para seguir con nuestro toque furtivo.
Sí, sabía lo que mi madre me había advertido.
Pero yo había estado encerrada años privada de todo.
Si quería divertirme, lo haría. ¿Por qué mierda el mundo se iba a destruir si me besuqueaba con Eiden?
No, claro que no. La Primera Profecía habla del destino del mundo, no del nuestro.
Eiden se separó y me miró alerta. Vio la puerta de la habitación, se alejó de golpe, se tiró al suelo y se metió bajo la cama. Gateé por el colchón y miré bajo el catre. Me volvió a señalar la puerta.
Me enderecé, mi corazón empezó a calmarse y sentí el calor de Will. Ni siquiera me había dado cuenta por estar concentrada en los toques de Eiden. Hubo un par de golpes indecisos contra la madera.
—¿Puedo pasar?
Me relajé al escuchar su voz y traté de controlar lo que sentía. Me peiné rápido con los dedos y alisé el vestido.
—Sí.
Lo vi pasar y quedarse cerca de la puerta, se veía enojado.
—¿Dónde está Eiden?
—¿De qué hablas?
Will se quedó callado, hizo una mueca con la boca, se agachó y miró bajo mi cama. Eiden salió de ahí, incómodo.
—Hola —saludó.
—¿Qué hace él aquí? —Will se dirigió a mí—. ¿Por qué estaba bajo la cama? ¿Qué hacían?
Nos miramos, y volví a Will.
—Quiere que lo ayude a que lo perdones.
Will se cruzó de brazos.
—Ese no es tu trabajo. Ya lo hemos hablado.
—Lo sé.
—Will, por favor, ya sé que no debí golpearte —interrumpió Eiden—. Eres mi amigo, te extraño. Perdón, sé que me equivoqué. No debí hacerlo.
Estuve a punto de mofarme de su súplica, pero Will se interpuso, empujó a Eiden, me tomó del brazo y me hizo levantar. Me alejó como si fuera un perro celoso.
—Vete a la mierda, no quiero hablar contigo —mustió—. ¿Quieres un té?
Sonreí incómoda.
—Claro.