Elementtal: La Primera Profecía CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

Entré a la cocina y tomé una fruta. No había nadie.

La solitud me dio cierta libertad. Salí a la popa, quizá podría practicar de nuevo mi elemento o tal vez solo quedarme ahí, viendo las estrellas y la luna contarme alguna historia que no podía escuchar.

Me fascinaba mirarlas, el fulgor de cada una, como pequeños soles que iluminaban la noche junto al satélite, que nos protegía con su destello. Quise ser la luna, no el sol.

Escuché un chapoteo, bajé la mirada, y ahí estaba Eiden, frente a mí, semidesnudo y mojado.

Vi cómo el agua se evaporaba de su cuerpo.

Recordé el vapor que nos rodeó en el camarote, como un grito silencioso que decía que éramos dos depredadores consumiéndose.

Nos miramos, él levantó la vista al cielo y luego volvió a mí; sus ojos azules me encapsularon.

Me hizo un gesto con las cejas y pasó a mi lado. Olía a sal.

—Te moviste bien, para ser tu primera vez —se mofó.

Sentí mis mejillas calentarse. Idiota.

—Pude haber estado encerrada, Eiden, pero no sola.

Él detuvo su caminar y me vio confundido.

Entendía su extrañeza; cualquiera pensaría que había estado abstinente de cualquier contacto humano, pero no fue así.

Rocco y yo conocíamos nuestros cuerpos milímetro a milímetro.

Por eso cedí a los experimentos. Por eso lo dejé hacer lo que quiso.

Y cuando mi fuego cambió, y Rocco se volvió pedante, terminé todo.

—¿Qué? —mustió—. ¿Cómo?

—¿Te importa?

Eiden se quedó callado, pasmado. El vapor de su cuerpo lo rodeó.

Él no me toleraba, o al menos eso había dicho hace unos días.

Incluso Will me lo confirmó. Pero nuestra noche juntos lo ponía todo en otra perspectiva.

Quise llevarlo de nuevo al camarote para que nos comiéramos de nuevo, mordí mi fruta sin dejar de mirarlo.

La única que sabía de mi relación con Rocco era Chloe, y porque me obligó a decírselo.

Lo cual fue molesto, porque sí, si mi fuego no hubiera cambiado, aún seguiría con él.

Probablemente todavía estaba enamorada del doctor, pero ahora también lo odiaba.

Aunque la Diosa me haya dicho que Rocco, el verdadero Rocco, estaba muerto, y con quien había tenido sexo fuera el Primer Dios, para mí seguía siendo el mismo hombre.

Sentí asco. Él me manipuló, me hizo creer que era mi único salvador, que me liberaría de mi cárcel en la base Quetzal.

Pero solo me usó para hacer su fuego verde y robar ese poder.

Era solo un experimento, una rata más en una caja.

—Rocco —susurré con repulsión—. Él y yo.

Eiden juntó el entrecejo, pero no me juzgó, en cambio, soltó una risa de alivio.

—Joder, pensé que era al único al que le gustaban mayores. Estás loca. Da igual, ya estás aquí, disfruta tu vida, Cass. Me gustó lo que hicimos.

Quise responderle, pero no lo hice. En cambio, sentí que la calma me envolvía en una corriente de agua caliente.

Al menos no me recriminó como Chloe. De hecho, la había estado evitando desde que regresamos de la Isla de la Diosa.

Aunque Chloe tampoco me buscó mucho, ella estaba con su prometido discutiendo.

O al menos eso intercepté cuando los vi hablar con sus elementos.

Me encogí de hombros, sin saber qué decir.

—Supongo. A mí también me gustó.

Volví a morder mi fruta, se la tendí y él también mordió.

Nos quedamos en silencio. Me tendió su mano, y acepté el gesto.

Me guio a la orilla de la popa, por donde él había trepado.

Vi el agua revolotear junto a los motores, la espuma formarse por el oxígeno que entraba al agua, como un pozo lleno de éter que quería devorarme. Retrocedí un paso, y él me soltó.

—Teníamos un trato —dijo—. Hoy, después de ver a la Diosa, sé que no tengo opción. Cooperaré.

Me relajé, aunque también quise golpearlo. Él no entendió el mensaje de la Diosa. Bueno, yo estaba enferma y no presté mucha atención, aunque ya me sentía un poco mejor, algo atormentaba mi cuerpo. Suspiré, tomé la manzana de la mano de Eiden y la aventé al agua.

—Nosotros somos dueños de nuestro destino, eso dijo la Diosa. Tú eres quien decide qué hacer.

—Aun así, Will seguirá la Profecía, y no lo dejaré solo. Y mi madre es experta en Profecías, me obligará de todas maneras. Da igual.

—¿Por qué discutir conmigo y hacer el trato? —le pregunté cansada.

Él se encogió de hombros con una mueca indiferente—. Porque sí, estaba celoso, y aún lo estoy. Will es mi único amigo.

—Yo no tengo amigos —le dije, un poco amarga.

Se rió cansado—. Sí, lo sé. Puedo prestarte a Will.

No pude evitar soltar una carcajada ante el comentario. La tensión entre nosotros se disolvió un poco.

—Will no es un objeto, él decide con quién estar, no tú. Además, tú también puedes ser mi amigo si quieres.

Eiden sonrió ladeado, acercó su cara a la mía. Su nariz rozó mi mejilla y su aliento me hizo cosquillas. Quise besarlo de nuevo, dejar que sus manos me recorrieran por completo.

—No creo que podamos ser amigos, Cass —cerró los ojos y mordió su labio inferior—. No después de lo que hicimos.

—Podemos intentarlo —quejé queda—. No es imposible.

—No —me dijo cauteloso—. No lo es. Pero creo que será difícil.

Mi fuego comenzó a quemarme la garganta―. ¿Eso crees?

―Sí. Tú eres fuego, y yo soy agua. Debemos repelernos, pero eso no fue lo que sucedió en la cama.

Sentí mi cabello querer calentarse, Eiden abrió los ojos, nuestras narices se tocaban. Quise tomar sus manos y ponerlas en mi cintura, me quedé quieta―. ¿Quieres volver a hacerlo?

Eiden se relamió los labios, sentí su elemento querer envolvernos, incluso mi fuego quiso quemarnos.

—Muchachos —una voz nos llamó y nos sacó del momento.

Nos separamos de golpe. Sentí mi corazón retumbar contra mi pecho y me esforcé por calmar la adrenalina. Una pequeña llama apareció frente a mí, la atrapé rápido y miré hacia donde nos llamaban.

Era Aneka.

—Es tarde, ¿qué hacen aquí?

—Nada —respondí—. Estábamos hablando.

Aneka se cruzó de brazos, y con su elemento me hizo saber que nos había escuchado y visto todo. Sentí el calor de la vergüenza invadirme, sobre todo por el tono desaprobador con que habló.

―Ven conmigo, Cassie. Tengo que hablar contigo.

Vi a Eiden por un momento, él también tenía las mejillas un poco rosadas. Apreté mis manos con fuerza y lo dejé en la popa. Aneka me hizo un gesto con la cabeza y la seguí.

Cuando entramos al pasillo me detuvo por un momento―. ¿En serio? ¿Él?

Dejé de verla, mascullé―. Solo quería divertirme un momento.

―Es el próximo heredero de Lotán― me recriminó―, y tú de Vulkan. Sabes que está prohibido el romance entre herederos.

―No es romance, solo…

―Basta, Cassie ― me tomó del mentón y me hizo verla―. Tú no eres de las que se deja controlar por sus impulsos. Sé que ahora estás libre, pero no por eso te dejes caer en los brazos del primer hombre que te cruces.

Me sulfuré. Me alejé de ella―. Eso no fue lo que sucedió. Tienes años sin estar conmigo, Aneka. Ya no soy la misma niña.

El aire de la doctora envolvió un poco su cabello―. Te equivocas, Cassie. Sigues siendo esa niña. Y justo eso es lo que me preocupa.

―No…, yo no…

Me calló al tomarme de la mano, me hizo caminar―. Después hablamos de eso. Primero debemos prepararte para antes de encallar en Lotán.

― ¿De qué hablas? ― me quejé bajo―. ¿Te refieres a la gala que se hará para declarar la guerra?

Aneka no respondió, me guió a la pequeña oficina que habían usado las madres y mi tío para analizar la Profecía.

Adentro estaban mi madre y Henning. Hice contacto con Marie, pero preferí mirar la mesa.

Esperaba que Aneka no le dijera nada a mi madre sobre Eiden.

No quería que ella también me regañara. ¿Lo haría? No sabía.

Mi madre ya me había dicho cómo sobrevivió y por qué huyó.

Su matrimonio con mi padre había sido arreglado.

Le dio dos hijos, pero cuando ya no pudo más, decidió irse.

Quiso llevarme, pero las nanas no se lo permitieron.

Mi madre huyó, y yo, con siete años, desesperada, la busqué y desencadené mi elemento.

Lo que ocasionó el incendio en la dinastía, y mi encierro.

No recordaba nada de esa noche, solo a mi padre abrazándome, mientras yo lloraba y le decía que no debía enterarse de mi fuego.

Ahora me arrepentía de haber perdido el control.

Era solo una niña, lo único que quería era a mi madre, que ahora estaba de regreso, pero no sabía cómo acercarme a ella sin sentir culpa.

O quizá era tedio, saber que su “muerte” fue la causa de mi encierro, aunque ella jamás murió.

En cuanto a mi tío, Henning ayudó a mi madre a escapar. La llevó a una isla segura, lejos de Brand, lejos de Vulkan. Henning nunca la visitó hasta que fui rescatada, y entonces le contó todo lo que había sucedido en mi vida.

Mi tío me visitaba con regularidad, hasta que un día dejó de hacerlo.

¿Por qué? Porque se enteró de mi relación con Rocco.

Le advirtió a mi padre, y él no hizo nada.

Dejó que la relación siguiera, y eso enfureció a mi tío.

Decidió sacarme de esa cárcel, pero mi padre lo atrapó y lo desterró.

El Señor Ignis me dijo una mentira: que mi tío desertó porque ya no quería ser un guerrero, que traicionó al estado.

Pero eso no era verdad. Henning era el General de todas las fuerzas armadas de Vulkan.

Él era parte del gabinete del Señor Ignis, era imposible que traicionara al estado.